Pues nos ha Nacido un Niño

Isaías 9.1-7

Los pasajes bíblicos relativos al nacimiento de Jesús registran una tensión entre el sufrimiento y la esperanza. Se trata tanto del sufrimiento de las personas en lo individual, como el del pueblo, de las gentes. Unos y otros, en tal estado de abatimiento, encuentran en el anuncio de Jesús el Mesías razón para la esperanza, esperanza que tiene que ver con la transformación integral de su realidad y el advenimiento de tiempos y circunstancias de paz.

Isaías hace Portal_de_Belen_Nacimiento_Jesusuna buena síntesis de la tensión a la que aquí nos referimos. Él asegura, hablando por mandato del Señor, que ese tiempo de oscuridad y de desesperación no durará para siempre. Que a la humillación sufrida, siguen tiempos llenos de gloria. Describe la caída de aquellos que lastiman, ya se trate de las personas que oprimen al pueblo de Dios, o a los espíritus o cosas contra los que los creyente luchan –podemos concluir-; y, lo hace de una manera poética: las botas de los guerreros y los uniformes manchados de sangre por la guerra, serán quemados.

Sorprende la razón que Isaías esgrime para tan particular esperanza: pues nos ha nacido un niño, dice. ¿Un niño, qué clase de niño tendrá que ser aquel que tenga el poder para cambiar oscuridad y desesperación en tiempos de gloria? Más allá de las implicaciones y complicaciones teológicas, en el nombre de ese niño podemos encontrar la razón de la esperanza de Isaías y de la de muchos otros.

Primero, Isaías lo llama Consejero Maravilloso. El niño anunciado por Isaías es un niño extraordinario, al que le viene bien el calificativo de Maravilloso. Sobre todo, porque es Consejero Maravilloso. Es decir, viene a aconsejarnos, viene a inspirarnos, a darnos nueva vida mediante la Palabra de Dios que trae juicio, comprensión y una nueva perspectiva. Lo que el niño Jesús nos dice es que, por causa de él, podemos ver y hacer la vida de una manera diferente. Nos anima para que veamos más allá de lo que estamos mirando, de tal forma que el presente es redimensionado ante el impacto de la realidad venidera.

Además, Isaías dice que el niño es, también, Dios Poderoso. De nada servirían las promesas implícitas en el niño aquel, si sólo fuera un niño, un hombre como nosotros. Para que sus promesas tengan sustento deben contar con un cimiento firme. Cimiento que sólo Dios puede establecer. Porque sólo con el poder de Dios es que nuestra vida y circunstancias pueden ser transformadas. Lo que el niño que nos ha nacido nos anuncia es que Dios ha venido a nosotros. Que le interesamos, que se ocupa de nosotros. Que es por su poder que nosotros podemos transitar de las tinieblas y la confusión a los tiempos de gloria que tanto anhelamos.

Ese niño es, también, Padre Eterno. Los tiempos de crisis son, de alguna manera, tiempos de orfandad. Tiempos en los que estamos faltos de algo, especialmente de amparo. Los tiempos de tinieblas y confusión acentúan en nosotros la sensación de soledad, la convicción de que estamos en un desierto, carentes de compañía. Sin quien nos acompañe, ni quien nos comprenda, ni quien pueda ayudarnos. Otra vez, el niño que nos ha nacido, se convierte en testimonio actual de que Dios es nuestro Padre. Bien asegura Pablo que el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos sus hijos. Ro 8.16 Y, añade, que si somos sus hijos somos, entonces, herederos de Dios. Que en tal condición nos es propio contar con su compañía, su comprensión y su ayuda.

El niño que nos ha nacido se llama, también, Príncipe de Paz. El primero y más excelente en cuestiones de paz. De hecho, Jesús da testimonio de ello en distintos momentos y de diferentes maneras. Nos da su paz, la cual no es como la que el mundo da; en sus palabras, nos asegura, podemos encontrar paz. Pablo llega a una conclusión que da luz al nombre del niño que nos ha nacido, así como a las declaraciones que el mismo hizo cuando adulto. En efecto, Pablo asegura que Cristo es nuestra paz. No sólo nos da paz, sino que él mismo es nuestra paz. Que cuando Jesús habita en nosotros, su paz emana y satura el todo de nuestra existencia. No en balde, el mismo Apóstol asegura que, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Isaías asegura que todas las promesas que se hacen carne en el niño que nos ha nacido, serán una realidad. La razón para ello, nos dice Isaías, es el ferviente compromiso del Señor de los Ejércitos. La Navidad nos recuerda que Dios está comprometido en nuestro bien. Que no sólo le interesamos, que no sólo se ocupa de nosotros. Jesús es el testimonio del compromiso de Dios con cada uno de nosotros.

El que todo esto suceda depende, entonces, de nuestra aceptación de Jesús como nuestro Señor y Salvador. Jesús muestra que Dios ya no tiene que hacer más nada, pues en Jesús lo ha hecho todo. Así, para que el todo de Jesús se haga una realidad en nuestras vidas, somos nosotros los que tenemos que hacer algo. Este algo es recibir a Jesús, hacernos uno con él mediante el bautismo. Vivir para él, pues, de esa manera, él vivirá en nosotros y hará realidad todo aquello que su nombre significa en nuestro favor.

Sí, podemos alegrarnos con los ángeles y dejar atrás el temor de la vida porque, nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado; el gobierno descansará sobre sus hombros, y será llamado: Consejero Maravilloso, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. ¡Feliz Navidad!

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