Memento Mori

2 Samuel 14.14; Hebreos 9.27

Memento Mori, susurraba constantemente el esclavo que sostenía la guirnalda de olivo que representaba el triunfo del general que celebraba su triunfo entrando en un desfile victorioso a Roma. En medio de las aclamaciones y los deseos de una larga vida, el esclavo repetía, una y otra vez, recuerda que morirás. Hoy, cual esclavo de Jesucristo que te acompaña en la alegría de tu vida, debo decirte: recuerda que morirás. No es esta una tarea sencilla ni del todo agradable, ni para quien susurra Memento Mori, ni para quien lo escucha.

De hecho, cuando envié la invitación para que nos ocupáramos de este tema, no faltaron quienes me reclamaron que me ocupe de la muerte, cuando la vida es tan hermosa. Paradójicamente, quienes se niegan a asumir -hacer propia- la realidad e inminencia de la muerte no podrán apreciar ni disfrutar el don extraordinario de la vida.

Al respecto Arnoldo Kraus cita a Stefan Zweig quien escribió: No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Como sabemos, en todo, tener consciencia de la finitud inherente a lo que amamos: las personas, las relaciones, los momentos, las cosas, etc., las provee de una calidad especial. Aprendemos que lo temporal debe ser apreciado y disfrutado, precisamente, porque pasa y nunca volveremos a gozarlo.

Sin embargo, por cuestiones culturales, resultantes de una espiritualidad degradada, hemos aprendido a dejar de pensarnos finitos y hemos decidido creer que la muerte nos es extraña. Rosa Montero propone: vivimos en una sociedad tan progresivamente ajena a la muerte, tan alejada de los ciclos biológicos, tan medicalizada y prepotente, que a veces la gente sufre el pasajero delirio de creerse eterna. La muerte es vista como una anomalía, como un fracaso, como algo irregular. Muere quien no es capaz de seguir vivo.

La muerte es vista como una anomalía, propone Montero. Y yo me pregunto si no es esto, precisamente, lo que hace que nos resulte tan difícil enfrentar el hecho de la muerte, de la de los otros, pero, sobre todo, el de la nuestra. He propuesto a ustedes que hoy hablemos del temor, de la tristeza y del enojo que la muerte nos provoca. Y, debemos empezar diciendo que estos sentimientos y los otros que los acompañan, tienen razón de ser. Después de todo, dice la Biblia, la muerte es un enemigo que todavía no termina de ser vencido. Pablo asegura que el último enemigo que Cristo vencerá es la muerte. 1 Corintios. 15.25,26

Así que, aunque Cristo venció el poder de la muerte, esta sigue atemorizando, entristeciendo y enojando a quienes tienen, tenemos, que enfrentarla. Porque el poder de la muerte terminará definitivamente cuando seamos transformados, según los versos 55ss de nuestra cita. Así que, no por ser connatural a nuestra existencia, la muerte deja de ser nuestro enemigo. No por haber sido vencida en su poder espiritual, deja de causar estragos a quienes mueren y a los suyos.

Sin embargo, por la victoria de Cristo, el poder de la muerte ni es absoluto ni tiene la capacidad para hacernos vivir en la desesperanza. Mucho menos, para vivir bajo el temor de morir o de que mueran los nuestros. La tristeza que ocasiona no tiene la capacidad para apagar el gozo propio de la vida. Y, desde luego, el poder de la muerte no tiene la capacidad para hacer de nuestro enojo determine ni la calidad de nuestra vida, ni el cómo de nuestra relación con los demás y, sobre todo, de nuestra relación con Dios.

Pero, esto que estoy diciendo no es de aplicación universal. Tiene sus condiciones y está limitado a un determinado grupo de personas. Empecemos por esto último, las promesas de Dios que tienen que ver con la victoria sobre el poder de la muerte son exclusivas para quienes son su pueblo, para quienes somos Iglesia. Esto se debe a que es en los suyos en los que su Espíritu habita y hace su obra redentora. Han vencido el poder de la muerte quienes han muerto al pecado y resucitado para vida eterna. Es en ellos en quienes el poder de Dios se manifiesta y a quienes su Espíritu Santo consuela, fortalece y dirige en las circunstancias difíciles de la vida. Hay quienes esto les resulta difícil de aceptar pues desconocen o no están dispuestos a aceptar lo que la Biblia dice acerca de Dios y de la obra redentora de Jesucristo. Es a los suyos, insisto, a quienes confían en él, a quienes el protege del poder de la muerte y de Satanás.

La principal razón que da sustento a nuestra fe es la esperanza de la resurrección a vida eterna. Los cristianos sabemos que la vida no termina con la muerte física. Sabemos que hay mucho más allá de la muerte del cuerpo. Aunque sabemos que la vida eterna no empieza en el momento de la muerte sino que ya gozamos de la misma al estar en Cristo, nos consuela y anima el saber que cuando muramos descansaremos esperando el momento glorioso en que Jesús vendrá de nuevo a la tierra y nos levantará para llevarnos con él en gloria. Ciertamente esto es difícil de entender, de aceptar y de creer, pero, no por ello deja de ser cierto. Lo cierto es que, a pesar de todo, creemos lo que le dijo nuestro Señor Jesús a Martha, Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Juan 11.25

Pero, esta es una cuestión de doble filo. Para quienes somos salvos, esta esperanza nos anima ante el temor y la tristeza ocasionadas por la muerte. Tenemos razón para la esperanza. El diccionario define esperanza como la confianza de lograr una cosa o de que se realice algo que se desea. Nuestro estar en Cristo es la razón para nuestra confianza. Pero, quienes no están en Cristo no tienen razón para esta esperanza. Fuera de Cristo, sólo hay ilusión. Es decir, una imagen mental engañosa provocada por una falsa percepción de la realidad debida a la interpretación errónea de los datos que perciben los sentidos. Esto, que por lo general dejamos de lado, sí que da razón para que temamos y nos entristezcamos por la muerte de los que no están en Cristo, es decir, para quienes no han alcanzado salvación, sea por ignorancia o por rebeldía.

Por ello es por lo que, ante la situación tan vulnerable y peligrosa que estamos viviendo, debemos abundar en nuestro propósito de llevar el mensaje de Cristo a quienes corren el riesgo de morir sin ser salvos. Esto es lo que debe entristecernos y asustarnos gravemente, que quienes mueran sin Cristo no puedan resucitar a vida eterna cuando el Señor venga por segunda vez. No es que los cristianos no suframos ni lloremos por la muerte de los que amamos, hasta Jesús lloró porque su amigo Lázaro había muerto. Pero, lloramos en esperanza y nuestra esperanza tiene cimientos, el primero, la resurreción de Jesús y el segundo su promesa de que en él tenemos vida eterna. Quienes no están en Cristo y mueren no tiene esperanza, pero, está en nuestra mano el compartir el evangelio y llamarlos a que entreguen sus vidas al Señor y así tengan razón para la esperanza.

La muerte también provoca enojo. Esta es una cuestión compleja porque el enojo surge de nuestra impotencia para evitarla, de nuestra amargura al considerar que mueren los que no deberían morir y de nuestro reclamo a Dios por no haber evitado la muerte de los que amamos, aún cuando le hemos pedido con el corazón en la mano que lo evite. Pero ¿hay razón para nuestro enojo? Es cierto que las emociones no necesitan de razones para que las sintamos. Pero, sería conveniente que nos acerquemos a nuestras emociones desde el cimiento del razonamiento y no que nos dejemos llevar impulsivamente por lo que sentimos ante la realidad de la muerte.

Respecto de nuestro enojo con Dios podemos considerar un par de cuestiones. La primera, que Dios es Señor y es soberano. Cuando nos enojamos con Dios pretendemos ponernos a su nivel porque asumimos que tenemos el derecho a reclamar su proceder, a nuestro juicio, injusto. Pero, él es el Señor. Él decide qué sí y qué no. Porque él sabe lo que nosotros no sabemos, porque él puede lo que nosotros no podemos, porque él es quien nosotros no somos.

Quien reclama corre el riesgo de ser reclamado. Supongamos, sin conceder, que podemos colocarnos en un plano de igualdad ante Dios y reclamarle que no haga lo que le hemos pedido que haga. ¿Podríamos pasar la prueba y tener la autoridad moral de nuestro cumplimiento, de nuestra fidelidad, como sustento de nuestro reclamo? Los que reclamamos ¿hemos cumplido a carta cabal lo que él ha establecido? ¿Quiénes han muerto, lo hicieron?

La segunda cuestión es que, generalmente, ante el enojo provocado por la muerte nos olvidamos de que Dios y la vida no son lo mismo. ¿Recuerdas a Douglas? Él propone: Tenemos la tendencia a pensar que la vida debería ser justa, puesto que Dios es justo. No obstante, Dios no es la vida. La vida tiene su propia dinámica, evoluciona, se adapta, cambia, afecta y es afectada por un sinnúmero de factores ajenos a la voluntad y el propósito de Dios. En no pocos casos, si no es que en la mayoría, la muerte sólo es la expresión de la dinámica propia de la vida. En tales casos, Dios sufre o se alegra y por ello es por lo que puede acompañarnos, fortalecernos y consolarnos cuando enfrentamos la tragedia de la muerte. Sí, Dios ha establecido que los hombres mueran, pero el qué, el cómo y el cuándo no siempre responden ni al propósito ni a la voluntad del Señor.

Nuestro pasaje de Samuel resulta hermoso, poético y muy revelador: Todos tenemos que morir. Somos como el agua cuando se derrama en el suelo, que ya no se puede recoger. Aquí conviene recordar a Stefan Zweig: No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Tanto el escritor sagrado como Zweig proponen que quien tiene presente la inminencia de la muerte, aprenden a apreciar el momento que viven. El agua, cuando se derrama en el suelo, ya no se puede recoger, dijo la mujer de Tecoa al rey David. ¿No sería mejor nuestra vida sabiendo que el día que pasa no lo podremos volver a tener? ¿No sería mejor nuestra vida si apreciáramos la oportunidad del momento para apreciar el don de la cercanía de los seres amados? ¿No sería mejor nuestra vida si tomáramos en cuenta que no tenemos la seguridad de una segunda oportunidad para reparar lo que hemos dañado o recuperar lo que hemos desperdiciado?

Quien sufre el delirio de creerse eterno, Rosa Montero dixit, no puede apreciar el valor del momento presente ni asumir la responsabilidad de aprovecharlo sabiamente. Siempre piensa que hay un después. Aunque, lo cierto, es que no siempre lo hay. Por ello es por lo que somos animados por nuestro Señor Jesús a vivir cada día. Sí, la vida se vive día a día. Por eso es por lo que, propongo a ustedes, nadie vive de más y nadie, al morir, deja cosas que tenía por hacer, pendientes. La vida se vive hoy, nuestro hoy es la vida con la que contamos. Cada quién, entonces, debe saber aprovechar el agua que va derramando en el suelo y que ya no podrá recoger. Así, cuando la muerte llegue tendremos la satisfacción y el consuelo de haber vivido plenamente y de haberlo hecho para honrar a nuestro Señor.

Quien vive cada día ofreciendo su propósito de vida al Señor, procurando agradarle y siendo obediente a su voluntad, es quien, como Pablo, puede asegurar: para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Filipenses 1.21

A esto los animo, a esto los convoco.

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