Todo lo que te venga a la mano, hazlo

Eclesiastés 9.7-10 NVI

Hoy iniciamos un ciclo de meditaciones pastorales con el título Retos de Vida. Como sabes, reto es la situación difícil o peligrosa con la que alguien se enfrenta. Quiero invitarte para que nos ocupemos de las cosas prácticas, de la vida real, a la luz de la Palabra de Dios. Eclesiastés es un libro realista, cínico e insolente. Con crudeza examina las realidades de la vida y es por ello por lo que me ha parecido conveniente partir del mismo en este esfuerzo de reflexión sobre nuestras circunstancias. Te animo a que leas este hermoso y difícil libro, a que lo hagas en distintas versiones y a que compartas con un servidor tus comentarios, inquietudes y descubrimientos. También te pido que ores por mí para que sea el Señor quien dirija mi propia reflexión y las propuestas que contigo habré de compartir.

Una de las grandes y más frecuentes mentiras que se nos cuentan es la que asegura nuestra seguridad.  No, no es un juego de palabras, cada vez más nuestra cultura perversa se ocupa de crear y fortalecer en nosotros el sentido de seguridad. Si hacemos esto en la vida, si adquirimos aquello, si nos ocupamos de tales cosas, si nos relacionamos con ciertas personas, etc., entonces estaremos seguros. Lo malo es que para que tal mentira prospere y produzca los beneficios buscados por sus promotores, cada día se descubren nuevos motivos para ocuparnos de nuestra seguridad, cada día corremos más riesgos.

Pero, como para cada riesgo se nos ofrece una alternativa de solución, podemos estar seguros. Tal sentido de seguridad anima una segunda mentira, la de la seguridad de nuestra trascendencia. De la capacidad humana para lograr lo que se propone y la seguridad de que lo que logremos permanecerá. En otras palabras, aprendemos a creer que si nos lo proponemos el futuro será lo que nosotros deseamos, porque quien controla su presente, controla su futuro.

Sin embargo, la vida se encarga de burlarse de tales pretensiones. En México, según diversos estudios, el COVID acabó con la vida, la seguridad y la permanencia de entre trescientas y quinientas mil personas. En el último año, millones perdieron sus empleos, miles sus casas, sus posesiones, muchos, muchos, perdieron lo que les hacía sentir seguros. Cerraron miles de negocios, miles vieron reducidos sus ingresos y otros más vivieron el impacto de la situación en el deterioro de sus relaciones familiares.

El viejo sueño de ser como dioses, sabiendo lo bueno y lo malo, pudiendo estar seguros en cualquier circunstancia, permanecer a pesar de todo, se ha venido abajo. Pocos, muy pocos, son los que no han sido afectados por la debacle provocada por el COVID. Y, resulta importante tomar en cuenta, todo ello les ha sucedido a quienes, en su momento, se sentían seguros, hacían planes, tenían expectativas y confiaban en un futuro mejor.

Desde luego, el enfrentar tal realidad y sufrir tantas pérdidas obliga el considerar el tema de Dios, de su existencia, de su quehacer, de su relevancia en la vida. Se hacen, hacemos, preguntas de descuento: Si Dios existe, por qué hace o permite esto. Si Dios existiera, esto no sucedería. A Dios no le importa el sufrimiento de las personas. Dios no pudo con esta crisis. También hacemos declaraciones aventuradas: Dios nos está castigando. Dios nos pone a prueba para ver qué tanta fe tenemos. Todo es culpa del diablo que no quiere que seamos felices. Todo esto comprueba que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Etcétera.

Más que ocuparme de intentar responder a tales preguntas, propongo a ustedes que la realidad que todavía nos desgasta es una oportunidad para replantear nuestra consideración de la vida. Eso que algunos llaman cosmovisión, es decir, la manera en que interpretamos el mundo, la vida. En particular, la manera en que nos acercamos a la cuestión de la seguridad de nuestra permanencia y de nuestra capacidad para generar nuestra propia estabilidad ante los retos que la vida nos presenta.

Hace algún tiempo incluí la primera parte de nuestro pasaje en el devocional Palabras de Vida, mismo que envío de lunes a viernes por WhatsApp y otras redes sociales. Isela Olmos, respondió muy emocionada por aquello de ¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo! Y, en verdad, Isela, como yo, tenía razón para alegrase con que tal invitación esté en la Biblia. Pero, he dicho que Eclesiastés es un libro cínico y, ahora agrego, sarcástico. Tan alegre invitación sólo tiende la cama para el desánimo de la conclusión del escritor sagrado: en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría.

En nuestro pasaje encontramos una dupla, una pareja de cuestiones complementarias que resultan importantes en la construcción de nuestro vivir, de nuestra manera de vida. La primera cuestión, es que resulta propio del ser humano emprender, construir y disfrutar. De ahí la importancia de la declaración que da nombre a esta meditación: Todo lo que te venga a la mano, hazlo. Ya he compartido contigo mi convicción de que las personas somos cocreadoras con Dios. Que nuestra capacidad creativa es evidencia que confirma que somos creados a su imagen y semejanza. De ahí que el Predicador nos anime a soñar, a crear, a construir -relaciones y cosas-, a gozar de la vida. A que lo hagamos en plenitud y con pleno derecho del ejercicio de nuestra capacidad creadora.

El Predicador destaca que es justo y merecido que quien cultiva las uvas, beba el vino que de ellas resulta. Que quien encontró a la mujer amada, goce con ella cada día de su vida. Que quien se esfuerza en el trabajo, vista y luzca bien: que use buena ropa y un poquito de perfume. (Vs 8) NBV Esto sintetiza lo que la Biblia enseña acerca de la capacidad y el derecho de las personas para progresar, para establecer y alcanzar metas en la vida.

Para referirnos a un tema actual, bíblicamente no encontramos una razón para no ser aspiracionistas. Por el contrario, el Predicador nos anima para que nos esforcemos por alcanzar nuevos niveles de productividad, confort y aportar al desarrollo personal, familiar y social. Es el principio que ha animado a muchos a investigar, inventar, desarrollar aquello que hace a las personas más capaces, más productivas y más satisfechas.

La segunda cuestión resulta de primordial importancia porque atempera -acomoda- la primera cuestión en la perspectiva de la eternidad. Esta segunda cuestión es la realidad e inminencia del sepulcro. El Predicador nos anima a considerar todo lo que hacemos y logramos a la luz de la realidad del sepulcro. Es decir, nos anima a vivir conscientes de nuestra fragilidad y de la fragilidad de lo que nuestras manos y fuerzas producen. Antes, el Predicador ya ha advertido: No hay nada seguro en esta vida. Eclesiastés 7.14 NBV

Si no hay nada seguro en esta vida, si nada de lo que hemos logrado, de lo que tenemos, de lo que contamos como nuestro es inatacable, entonces no conviene ni poner nuestra confianza en ello ni hacer de lo mismo la razón de nuestra seguridad. Más aún, si nada es seguro, entonces ¿qué es lo verdaderamente trascendente, que es aquello que debemos asumir con la fuente de nuestra seguridad?

Es un hecho que cuando hacemos de lo que logramos, de lo que tenemos, la razón de nuestra seguridad Dios se convierte en alguien y en algo accesorio: lo que no resulta primordial y puede sustituirse. Para quien se siente seguro con lo que logra, para quien lo que tiene le hace sentirse seguro, Dios es un asunto de segunda o tercera importancia. Después de todo, se asume, si logramos lo que hemos logrado, somos como dioses y ¿siendo dios quién necesita a Dios?

La pandemia, el accidente que te ha arrebatado a alguno de tus seres queridos, la pérdida de tu empleo, el rechazo de tus hijos o el de tu esposo o esposa, eventos inesperados e insidiosos, te han mostrado que no eres dios. Los retos de la vida nos revelan contundentemente nuestra fragilidad, la realidad constante de nuestra inseguridad. Vi esta semana un video en el que un hombre joven, fuerte, capaz, al atravesar la calle es atropellado por un perro que lo deja tirado y lastimado en el suelo. Buena parábola del cómo la vida se encarga de recordarnos nuestra fragilidad.

Por ello es por lo que toman especial importancia las palabras del Predicador al invitarnos a gozar cada uno de nuestros absurdos días. O, como dice otra versión, debemos gozar cada momento de la vida. Día, momento. Lo que tiene un principio y un fin. Lo que comienza y acaba. Me parece que en esta dualidad encontramos un consejo sabio sobre el cómo de nuestra vida: Dado que esta ha de acabarse, sin que sepamos cuando, nos toca disfrutar plenamente del momento presente, del día que hoy vivimos. Con lo que en él hay y a pesar de lo que en él falta. El espacio de nuestro disfrute es hoy, aquí, en este momento.

¿Podemos, tenemos el derecho a soñar, desear, planear, preparar para el mañana? Desde luego que sí, sin dejar de tomar en cuenta que nuestro hoy es hoy. Que el futuro solo es posibilidad que anima, pero nunca, seguridad en la que podemos confiar. Así, la consciencia de nuestra fragilidad y de la inseguridad nos revelan la fuente de la verdadera trascendencia, la fuente única de nuestra seguridad en el aquí y ahora, tanto como en el mañana, en el futuro.

Jesús nos invitó a no hacer tesoros en la tierra, donde fácilmente pueden ser destruidos, sino en el cielo donde están seguros y trascienden. Mateo 6.19ss NVI Y esto nos lleva, necesariamente, al terreno de la fe. Nos obliga a considerar y revalorar dos categorías ausentes en la mayoría de los casos de la cosmovisión contemporánea, de la manera de hacer la vida en nuestra época. Se trata del cielo y del infierno. De la comunión eterna con el Señor o de la condenación eterna, de eso de lo que no nos gusta hablar, el infierno.

Lo que Jesús nos dice es que aquí se define nuestro allá. Y que quien quiere trascender, permanecer firme en medio de las tribulaciones y pérdidas, debe hacer de su comunión con Dios la prioridad que define el todo de su vida. Estando en Cristo lo tenemos todo aunque la vida nos deje sin nada. Porque lo que nos hace no es lo que tenemos o logramos, sino quienes somos. Estando en Cristo encontramos nuestra plena realización como seres humanos, porque si Dios, nuestra comunión con él es el tesoro que más valoramos en nuestra vida, nuestro corazón, nuestro sentido de realización, permanece y se mantiene seguro en él.

Las crisis de la vida nos revelan nuestra fragilidad, pero también nos dan la oportunidad de replantear la manera en que enfrentamos, hacemos y valoramos la vida. La fe da sentido tanto a lo que tenemos como a lo que perdemos o dejamos de alcanzar. La fe lo dimensiona, nos muestra su verdadero valor e importancia. Y, a la luz de la fe, encontramos que mientras permanecemos en Dios permanecemos firmes cuando tenemos y cuando dejamos de tener. Cuando la vida no es lo que deseamos y cuando lo es. Porque, siempre, en Cristo, la vida es más.

Por ello te animo a que sueñes, planees, te esfuerces y logres lo más que puedas. A que procures vivir tu vida plenamente, desarrollando tus capacidades y dones a cada momento. Pero, también te invito a que vivas cada día en la presencia del Señor, a que consagres cada momento de tu vida, los de alegría y los de tristeza, para honrar a Dios. Hónralo en lo más y hónralo en lo menos. Hónralo siempre.

A este más los animo, a este más los convoco.

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