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La Fe y Nuestras Zonas de Confort

24 agosto, 2010

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.

Entregar el Espíritu

2 agosto, 2010

Hace muchos años, más de treinta, tuve la oportunidad de volar por primera vez en una pequeña avioneta. Cruzamos buena parte de la Sierra Madre, en el Estado de Chihuahua, así que tuvimos que despegar y aterrizar varias veces en rústicas pistas, entre tierra y no pocas piedras. Al observar al piloto que, después de que la avioneta se encarreraba un tanto sobre la pista, jalaba una palanca produciéndose así el despegue, le pregunté: ¿cómo sabe cuándo es el momento de jalar la palanca para elevarse? El piloto, quizá extrañado por mi pregunta, dudó un poco y entonces me contestó: la avioneta te dice cuándo está lista para dejar la tierra y volar.

Tan pocas palabras compusieron uno de los mejores sermones que haya yo escuchado. Resultaron una parábola sobre la fe, la confianza y la entrega de nuestra vida a Dios, nuestro Señor. Y es que al reflexionar sobre la respuesta del piloto vienen a mí los momentos de la vida en los que debemos dejar, separarnos, distanciarnos de alguien o de algo para poder ir al encuentro de lo que está delante. Pienso en las mujeres y los hombres de la Biblia quienes llegaron a períodos clave, determinantes en y de sus vidas, en los que tuvieron que renunciar a la seguridad de sus espacios, al pretendido control de sus circunstancias y se entregaron a lo desconocido.

Algunos, cuando la vida o Dios mismo los llamó a ir más allá de lo que eran, tenían y estaban haciendo, respondieron en obediencia y, como Abraham, salieron de su tierra, dejando a su parentela para ir a lugares que no sabían dónde quedaban. Otros, como Jonás, simplemente no quisieron dejar de ser lo que eran, ni de tener lo que tenían; tampoco quisieron caminar caminos oscuros y correr riesgos desconocidos. Estos últimos, decidieron permanecer en tierra, caminar sí, pero en dirección contraria a la que Dios les estaba indicando.

Es que no resulta fácil ni sencillo dejar la seguridad de lo que somos y tenemos. Una de las tendencias naturales del ser humano es la que lo inclina al confort, a la comodidad de lo que conoce y puede controlar. Cuando la vida lo coloca en situaciones de cambio, sobre todo cuando la propuesta de la vida conlleva, o parece hacerlo, el riesgo del dolor y del sufrimiento, las personas nos resistimos a salir de nuestra zona y confort y nos aferramos a lo que somos, tenemos, nos hace sentirnos seguros.

Pero, resulta, que como las avionetas de la Sierra de Chihuahua, no importa cuántas veces hayamos aterrizado y despegado en nuestra vida, siempre habrá una vez más para hacerlo, siempre habrá una nueva pista de la cuál tendremos que partir para ir al encuentro de nuestra realidad y destino. Esta realidad tiene que ver con el todo de nuestra vida y la enfrentamos y vivimos, en acuerdo o en desacuerdo, cada día… hasta que se acaben los días de viajar.

Pensemos en los padres de familia y en esa circunstancia, accidente de tiempo inevitable, que significa el dejar ir a los hijos y quedarse solos y a solas. Mientras menos tienen los padres, como individuos y como pareja, más difícil les resulta dejar lo que conocen y controlan. Se aferran a los hijos, no por los hijos mismos, sino por lo que ellos representan para los padres incapacitados para volar a la nueva etapa de sus vidas. En la mayoría de los casos el aferrarse a los hijos, o a los padres, provoca una serie de complicaciones tales que lejos de hacer la convivencia entre los padres y sus hijos mayores una fuente de bendición, paz y crecimiento, se convierte en motivo de discordia, frustración y amargura crecientes.

O pensemos también en aquellos hombres y mujeres que iniciaron alguna empresa importante en la vida. Fueron visionarios, valientes y arrojados, dispuestos a volar por zonas que no conocían y a recorrer caminos en los que no sabían qué habrían de encontrar. Pero, llegados a la vejez se niegan a pasar la estafeta. Se aferran a lo que fueron e hicieron, a lo que tanto les costó y a lo que con tanto esfuerzo lograron echar a andar. Por lo tanto, no dan oportunidad a otros para que enriquezcan la empresa iniciada por ellos. Se aferran creyendo sinceramente que pueden seguir en control, cuando en la realidad lo único que están haciendo es sofocar, asfixiar, la obra que Dios les encomendó y que con tanto éxito hicieron fructificar en el tiempo favorable. Es esta una historia que se repite, una y otra vez, en empresas familiares de todo tipo; así como, desafortunadamente, en un número creciente de iglesias y movimientos eclesiales que habiendo sido fructíferos ahora languidecen bajo el liderazgo de hombres y mujeres cansados; mismos que no han estado dispuestos a despegar y dar así la oportunidad a que la vida siga y otros tomen la estafeta que ellos recibieron de quienes les precedieron o de Dios mismo.

Hay un tercer espacio en el que el reto de dejar lo conocido para asumir e ir hacia lo que no conocemos, se vuelve especialmente difícil y doloroso. Tiene que ver con la aceptación de nuestro propio desgaste, de esa dinámica en la que el deterioro de nuestra humanidad parece ir en proporción inversa a nuestro deseo de ser todavía relevantes, útiles y productivos. No sé ustedes, pero a veces me encuentro con que todavía tengo mucho más que dar, que aquello que mi cuerpo está en condiciones de hacer, de procesar. Queremos seguir al mismo ritmo que lo hicimos hasta aquí… o hasta ayer. Queremos seguir trabajando, comiendo, relacionándonos, importando… como antes. Por eso nos volvemos, no solo perseverantes, sino tercos y hasta groseros cuando otros, no falta quien lo haga, nos recuerden que ya no somos, ni podemos, lo que antes éramos y podíamos.

Son circunstancias en las que tenemos que dejar de correr por las pistas de arena y piedra conocidas para elevarnos a las realidades nuevas que tenemos por delante. La cuestión es que hemos aprendido que siempre será mejor aquello que resulte de nuestras fuerzas e inteligencia. Por eso queremos seguir haciendo, permaneciendo, controlando y no aceptamos que ha llegado un momento, una manera diferente de ser y hacer. Hemos creído que si hacemos más, si nos esforzamos más, si nos presionamos a nosotros mismos y a los demás, podremos lograr todavía cosas buenas, importantes y trascendentes.

Resulta, sin embargo, que al ir a la Palabra de Dios nos encontramos que cuando las mujeres y los hombres temerosos de Dios han llegado a tales momentos de cambio, la respuesta no ha estado en el hacer más, sino en el que permanezcamos quietos. Isaías reclama, en nombre de Dios, que en medio de su conflicto, Israel todavía siguiera creyendo que la respuesta a su tragedia estaba en hacer más de su propia mano. Isaías (30.15), les recuerda: así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: en descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos;  por tanto,  vosotros huiréis. Sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores.

Siempre he creído que quien sí creyó tal promesa y la hizo suya fue, precisamente, nuestro Señor Jesús. Lucas nos cuenta que, en la cruz, Jesús llegó al momento en que ya nada podía hacer, ni por sí mismo, ni por los que habían confiado en él. Todo lo que fue, todo lo que hizo, todo lo que pudo había llegado a su fin. Entonces, relata Lucas, Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús llegó al lugar y al momento en el que tuvo que soltar todo lo que había estado en su control y abandonarse en los brazos y la gracia del Padre.

¿Qué no podría haber hecho otra cosa? ¿Qué su fe no era suficiente para bajar de la cruz? ¿Qué no tenía el poder para echar fuera los demonios que poseían a la multitud que lo estaba crucificando? A todas estas preguntas la respuesta es una sola: sí. Pero, nuestro Señor Jesús supo que había llegado el momento de estar quieto y descansar en la misericordia del Padre. Que había llegado el momento en el que habría de conocer lo que hasta ese instante no había conocido del Padre: su poder para resucitarlo a él y para redimir a todos los que hacen suyo el sacrificio del Calvario.

Entre los que me leen hay quienes, al igual que las avionetas, intuyen que ha llegado el momento de despegar, de abandonar la pista que representa lo que conocen, disfrutan y controlan. Naturalmente, algunos tienen temor y otros se rebelan ante tal revelación. Sin embargo, es tiempo de entregar el espíritu, el aliento, el aire que les queda (nos queda), y abandonarnos en las manos del Señor para que sea él quien haga de y con nosotros lo que él se ha propuesto. En algunos casos, quizá, como en el de Jesús en la cruz, ello implique que se acepte que se ha llegado al final del camino. Como la Nicolina, una mujer a quien tuve el honor de pastorear. En la camilla de la sala de urgencias del hospital al que la llevaron me dijo: Pastor, me muero. Le recomendé entonces: Nicolina, si se ha llegado el momento, deje de luchar y entréguese al Señor. De veras, dijo. Reposó la cabeza sobre la camilla y así, en paz, el Señor la llevó a su presencia.

En otros casos, quizá los más, entregar el espíritu significa entregar el control de nuestra vida, renunciar a lo que controlamos, o creemos hacerlo (nuestra salud, nuestra provisión, la felicidad de los nuestros, etc.), y reposar en el Señor. Creo que es esta la expresión mayor y más sublime de nuestra fe. La que no solo cree que Dios puede hacer cosas para nosotros, sino la que cree también que él puede hacer grandes cosas con y en nosotros. Es la fa que anima nuestro salir de casa y dejar a la parentela para ir al encuentro de su bendición. Es la fe que se cristaliza en el entrar en el reposo del Señor y habitar confiados bajo la sombra del Omnipotente.

Cuando el piloto no entiende lo que la avioneta le está diciendo corre el riesgo de estrellarse en la tierra que ha sido llamado a abandonar. No permitamos que esta tierra, con todo lo que tiene y representa, nos impida entrar en la profundidad del amor y el consuelo de nuestro Dios. Recordemos que él, cuando todo se nos ha quitado, nos prepara un banquete delante de nuestros enemigos y nos ha preparado lugar del que nunca más tendremos que separarnos, el lugar de su presencia amorosa e infinita.

Estando en la cruz nuestro Señor Jesucristo supo que había llegado el momento de jalar la palanca. ¿Cómo lo supo? ¿Qué señal tuvo de que era el momento propicio para abandonarse en los brazos del Padre? Estoy seguro que fue el testimonio mismo del Espíritu del Padre lo que hizo que Jesús supiera. El mismo Espíritu de Dios está en nosotros y sigue dando testimonio al nuestro de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, podemos saber y entender los tiempos divinos. Te animo a que, como Jesús, te mantengas en comunión con el Padre, así sabrás cuando ha llegado el tiempo de jalar la palanca y podrás disfrutar del reposo del Señor.

Amar a Dios

21 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Deuteronomio 11.1

Los seres humanos llevamos el aliento de Dios en nosotros mismos. La Biblia dice que Dios, al formar a Adán, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Más allá de las complejidades de tal aseveración está el hecho de que llevamos algo de Dios mismo en nosotros. Este aliento de vida (sea lo que ello signifique), tiene la capacidad para provocar una doble atracción: Dios nos atrae a sí mismo y nosotros experimentamos la necesidad de Dios. Es decir, existe en Dios y en nosotros la necesidad de permanecer en comunión, en armonía; así que el amor a Dios no es otra cosa sino el amar a quien está en nosotros mismos, así como el amor de Dios no es otra cosa sino el que Dios ama lo que de él está en nosotros.

La historia de vida de cada persona explica cómo es que la misma responde al amor de Dios. En el Antiguo Testamento el amor de Dios es entendido como misericordia. Es decir, que Dios ama a quien no merece ningún favor por su pecado. Y es que la historia de vida de cada uno explica las razones por las que nos hemos separado de Dios. Resulta incómodo asumirnos pecadores, pero lo cierto es que lo somos. Tan cierto como que nuestro pecado se ha convertido en rebelión contra Dios, al negarnos a seguir sus mandamientos; como cierto es que al pecar hemos ido contra nosotros mismos, contra nuestros intereses, nuestra conveniencia, nuestra paz y nuestra integridad. Por ello es que el amor de Dios también es entendido como gracia, dado que se trata del amor al culpable. Sí, los seres humanos somos víctimas y culpables de nuestra historia de vida. Sufrimos, cierto, las consecuencias de los errores de otros, pero también sufrimos las consecuencias de nuestras propias equivocaciones.

La Biblia declara que Dios nos ha amado, ha seguido sintiéndose atraído hacia nosotros, a pesar de nosotros mismos. Ro 5.8 Nuestro pecado no ha sido suficiente razón para que Dios renuncie a su propósito de mantener la comunión con nosotros. Más aún, no se trata solo de una atracción nostálgica, sino de un deseo ardiente que la Biblia describe así en Santiago 4.5: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente. Ello explica que Dios se haya propuesto proveer el recurso único para recuperar con la humanidad toda, y con cada uno de nosotros en particular, esa relación armónica que él y nosotros necesitamos. Así, Dios ha provisto en Jesucristo el camino a la recuperación del amor de Dios el Padre. Juan (3.16), lo dice así: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Fijémonos que esta declaración trascendental contiene una condición clave: que todo el que cree en él no se pierda. No muera, traduce DHH. Es decir, Jesucristo, expresión excelente del amor de Dios no es suficiente para cumplir el propósito divino de mantener viva la relación con el hombre. Se requiere que este, que es amado incondicionalmente, actúe en consecuencia ante la evidencia del amor divino. Se espera del hombre que crea; ¿Qué crea qué?, que crea que Dios lo ama.

La respuesta de la persona al amor de Dios empieza en el terreno de la fe, de lo que se cree. El término bíblico pisteuo contiene dos elementos complementarios: primero, se trata de estar persuadido, convencido de algo o de alguien, y luego, de confiar en consecuencia. Creer en la Biblia significa aceptar la validez de algo y actuar en consecuencia. ¿Qué es aquello de lo que debemos estar convencidos?, de que Dios nos ama, hemos dicho. Pero, se trata de entender y acepar que Dios nos ama porque él es amor, no por lo que hemos hecho o dejado de hacer. En no pocos casos, la experiencia de vida nos hace dudar, no de que Dios ame, sino de que él pueda amarnos a nosotros. Y, en verdad, Dios tendría muchas razones para no amarnos, sin embargo lo hace. ¿Por qué?, porque Dios es amor. Asumir esto nos lleva a permanecer confiados en el Señor. A confiar en su disposición favorable para nosotros. Así como los hijos saben que sus padres están favorablemente dispuestos a favor suyo, o los amigos saben que sus amigos están incondicionalmente a favor suyo. O, de plano, como quien tiene una mascota sabe de la disposición de esta a su favor, aun cuando en ocasiones la haya lastimado injustamente. Bueno, todas estas situaciones son apenas débiles intentos de explicar lo que significa permanecer de Dios, a partir del presupuesto de su amor.

Ahora, quien se sabe amado por Dios y permanece en él, se ocupa de guardar los mandamientos del Señor. Nuestro Salvador Jesucristo aseguró: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a élEl que no me ama, no guarda mis palabras. Jn 14.21,24 Jesús se refiere a la necesaria tarea que el creyente tiene de obedecer aquello que garantiza el que se mantenga la relación de amor y armonía entre Dios y él. Contra lo que resulta ser una desafortunada insistencia en los ambientes religiosos, los mandamientos de Jesús no tienen que ver tanto con el no hacer, sino, más bien, con el hacer aquello que nos permite permanecer en Dios.

El amor de Dios da al hombre la oportunidad de que este asuma la responsabilidad de su vida. Lo anima a escoger el bien y lo ayuda a perseverar haciendo lo bueno. Además, el amor de Dios siempre recompensa, siempre facilita y hace viable la bendición, el éxito del creyente. 1 Samuel 2.30; Col 3.24 El amor obliga, cierto, pero también es verdad que el amor recompensa. Por eso es que los mandamientos de Dios no son gravosos, porque siempre el resultado, la bendición que genera el cumplirlos es mucho más rica y enriquecedora que el costo o, aún el sacrificio, que hayamos tenido que hacer para observarlos.

Finalmente, amamos a Dios cuando nuestra respuesta abunda en la fe de Cristo. Me gusta la expresión: que por fe Cristo habite en sus corazones. La fe es una cuestión de relaciones, de nuestra relación con Dios y su Hijo Jesucristo. Su Espíritu Santo mora en nosotros y quiere habitar permanentemente en nuestro corazón. Se trata de un permanecer intenso, no una mera visita, no una cuestión superficial. Siguiendo la figura doméstica, se trata de que Cristo se meta hasta la cocina de nuestro ser y quehacer. La fe, el deseo de algo más, de ir más allá de lo que hemos alcanzado, la convicción del ad maiora nátí sumus, nos lleva a permanecer arraigados y cimentados en amor a Dios, a Cristo y a nuestro prójimo.

Es en el camino, en la zona de incertidumbre y no en la comodidad de nuestra zona de confort, donde podemos descubrir cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo. Respondemos al amor de Dios cuando, por la fe, salimos de las situaciones que impiden o nos amenazan con hacerlo, el que nos mantengamos unidos a Cristo. Cuando nos negamos a permanecer en relaciones indignas, a cultivar actitudes negativas, a detenernos en el camino de la superación personal, familiar y social. Es decir, cuando nos negamos a seguir asumiendo como propio lo que nos es ajeno, lo que no corresponde a nuestra condición de amados de Dios.

Salir al camino y enfrentar el riesgo de la incertidumbre, la soledad, la incomprensión y aún el sacrificio no requiere de mayor conocimiento, ni siquiera de un entendimiento pleno de lo que dejamos y adonde nos dirigimos. Requiere de nuestra confianza, de nuestro responder confiado al amor de Dios. Es en el camino de la fe en el que encontramos la plenitud de Dios. Es cuando respondemos a su amor confiando que se hace cierta en nosotros la promesa divina que dice: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Josué 1.5 O, más aun, aquella que nos recuerda: pero el Señor me ha dicho: «Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.» Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Corintios 12.9