Tito 2.4,5
Cada vez más crece el número de mujeres que no aman a sus maridos, que no son amadoras de sus maridos. Les son fieles, pero no los aman. Viven con ellos, pero no los aman. Los apoyan y toleran, pero no los aman. Los ayudan y defienden, pero no los aman. Ciertamente es difícil amar a los maridos y puede haber muchas razones para no hacerlo. Pero si estamos interesados en preservar la salud del sistema familiar al que pertenecemos, debemos saber que este requiere del que las esposas sean amadoras de sus maridos. En las versiones inglesas de la Biblia, a la indicación de ser “amadoras de sus maridos”, se antepone la expresión “que sean sabias[i], que sean amadoras de sus maridos”. Así que amar al esposo requiere de sabiduría, del que la mujer muestre buen juicio, prudencia y madurez en sus actos y decisiones.
La vida nos enseña que, no obstante, todo lo que hacemos en su favor, resulta muy poco lo que los padres podemos hacer por los hijos. No se trata de la cantidad de cosas que hacemos, sino de las que impactan de manera significativa en sus vidas. Nos lastima el saber que, con todo lo que hacemos, no siempre logramos que nuestro quehacer se traduzca en menos sufrimiento, menos errores o más aciertos y mayor felicidad en la vida de quienes tanto amamos. La cuestión se complica cuando el quehacer conveniente cambia de acuerdo a la identidad, la edad, las circunstancias, los intereses y la disposición de los hijos respecto de sus padres.
En la Biblia existe una clara reciprocidad entre la espiritualidad y las relaciones familiares. Desde la perspectiva bíblica ambas son mutuamen
Comentarios