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Atesoraba Todas Estas Cosas en su Corazón

13 mayo, 2012

Lucas 2.41-52

Nuestro pasaje contiene un par de elementos contrastantes. Habla de un adolescente, Jesús, que acostumbraba obedecer a sus padres en todo, lo cual -de ser cierto- resulta extraordinario, y, por lo otro lado, nos habla de una madre, María, que atesora en su corazón todas las cosas que tiene que ver con su hijo, en particular sus palabras, o cual resulta del todo natural en la mayoría de las madres.

El porqué las madres acostumbran y pueden hacer un tesoro de las cosas de sus hijos, en particular de sus palabras, tiene un par de explicaciones.

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En el Día del Padre

19 junio, 2011

Pensando en Manuel, mi amado padre

La paternidad es una institución en crisis. Entre otras razones, porque aunque cada día aumenta el número de los que procrean hijos, cada día hay menos padres. Es decir, cada día hay menos hombres que aman a sus esposas, lideran a sus familias y que forman a sus hijos. Las consecuencias de ello son evidentes, dolorosas y con un potencial de dolor y daño que provoca temor y tristeza. Al mismo tiempo que, a quienes hemos tenido el privilegio de un padre amoroso, fiel y congruente, nos mueve la gratitud por tan precioso don recibido.

Tres son las principales causas que explican la crisis de la institución paterna:

Inmadurez del padre. La Biblia muestra diversos ejemplos de cómo padres inmaduros condujeron a sus familias al fracaso. Abraham, Isaac, Jacob, David, etc., son muestra de ello. Algo que tal tipo de padres tiene en común es que provienen de entornos familiares disfuncionales. De familias que no animaron en sus hijos un carácter firme, responsable y comprometido. Lo mismo vemos en nuestros días. Cada vez más, quienes forman una familia provienen de familias disfuncionales. Van por la vida carentes de identidad y, por lo tanto, no tienen la capacidad para actuar de manera íntegra y son esclavos de sus temores y pasiones.

Menosprecio de la esposa. Alguien ha dicho que muchas mujeres han pasado de la sumisión al menosprecio del marido. El menosprecio es poco aprecio, poca estimación. No siempre, el poco aprecio es resultado del desamor o de la condición del menospreciado. Mical, la hija de Saúl, estaba enamorada de David –héroe valiente, hombre con fama y poder, exitoso por sobre todos-, y, sin embargo, lo menospreciaba. En términos generales el menosprecio del marido tiene que ver más con la mujer que con este. Muchas mujeres han mamado el menosprecio al marido de sus propias madres. Dado que les resulta tan natural, no sólo tienen dificultad para tomar conciencia de ello, sino que lo transmiten sistemáticamente a sus hijos. El esposo menospreciado termina siendo un padre menospreciado.

Ingratitud. La tarea de los padres y las madres, ni tiene precio ni debe ser pagada. Pero, se espera que sea agradecida. Es decir, que se responda debidamente al beneficio recibido. Muchos padres varones, si no la mayoría, llegan al momento en que perciben la ingratitud de los suyos. Hay señales, actitudes, sobre todo, que les muestran que lo que hacen ha dejado de ser correspondido por su familia. Como en el caso de Absalón, se trata de que el quehacer del padre se asume, por la esposa y por los hijos, como una obligación absoluta, no merecedora de aprecio y valoración. Lo cotidiano del servicio paterno, como del materno, provoca que se estime como natural, cuando es una expresión extraordinaria y valiosa del amor del esposo y del padre. Quizá en las familias en las que tanto la esposa como los hijos, desde edades tempranas, contribuyen al gasto familiar, las expresiones de ingratitud sean menores, dado que en razón de su esfuerzo pueden valorar mejor el significado del aporte paterno al bienestar familiar.

Cuando una, o las dos últimas causas se suman a la primera, no resulta raro que el padre entre en crisis. Su inmadurez empodera el efecto del menosprecio y la ingratitud percibidos. Pero, aún en el caso de los hombres maduros, el enfrentar el menosprecio y la ingratitud de los suyos les dificulta el mantener su entrega a la causa paterna. Quienes de plano no renuncian a ella la realizan cuesta arriba, desgastándose más y más cada día. ¿Qué es, entonces, lo que el marido y padre comprometido necesita hacer para cumplir con su tarea como cabeza de la esposa y la familia?

Caminar cotidianamente el camino de la conversión. El hombre sensible a la dirección del Espíritu Santo desarrolla una conciencia de Dios que le revela sus debilidades y le anima y dirige a abundar en sus fortalezas. Sin embargo, la acción del Espíritu Santo no es suficiente. Se requiere que el esposo y padre se convierta, haga lo que le corresponde. Que, siendo guiado por el SSTO, identifique las áreas que requieren de su madurez y se comprometa en la tarea de crecer integralmente. Toda crisis, aún aquellas que parecen ser, o son, fruto de la injusticia de los demás, conllevan el beneficio de la reflexión. Nos animan a reflexionar y, por lo tanto, a valorar la importancia y las áreas de la conversión requerida. Jacob se convirtió a Dios, luchó con él y se convirtió a él. Dejó de ser el usurpador, para ser uno que gobernara a su casa como Dios a su pueblo.

Asumir el reto de la autonomía. Somos lo que somos, no lo que los demás quieran hacer de nosotros.  El esposo y padre debe procurar pensar, sentir y actuar en función de lo que es y no estar sometido a los afectos y tratos circunstanciales de los suyos. Como líder de la familia enfrenta el reto de ejercer la doble tarea de marido y esposo animado por la visión que Dios le ha dado para los suyos. En tal tarea no siempre contará ni con la comprensión ni con el acuerdo de su familia, pero habrá de discernir con la ayuda del Espíritu Santo lo que mejor conviene. Por lo tanto, deberá asumir la cuota de incomprensión familiar resultante. Así como deberá asumir las inconsistencias afectivas y aún la soledad que es propia de su condición de líder.  Como David, el esposo/padre cristiano debe estar dispuesto a confesar sus faltas y a pedir fervientemente que Dios lo limpie de toda impureza y le de un espíritu (una manera de pensar), renovado cada día.

Permanecer fiel a la visión recibida. Los hijos son don de Dios, por lo tanto, quien los recibe también recibe una visión para ellos. El padre fiel ve en sus hijos lo que Dios ve en ellos y acompaña al Señor en la tarea de cumplir el propósito que él tiene para cada uno. En este sentido, el padre fiel es llamado a asumir la doble dimensión del discipulado cristiano. Él mismo debe permanecer siendo un discípulo de Cristo, amando aún a aquellos los de su familia que le son ingratos, que le lastiman, que se vuelven sus enemigos circunstanciales o permanentes. Ello, al mismo tiempo que no renuncia a la tarea de discipular a los suyos, a su esposa y a sus hijos. Puede hacerse esto aún en medio de la ingratitud y el cuestionamiento injustos, cuando se tiene presente el objetivo que Dios ha animado en el corazón del esposo/padre para cada uno de los suyos. Aquí resulta de especial valor comprender y tener presente lo que la Madre Teresa de Calcuta dice a los padres:

Para los padres

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño,
perdurará siempre la huella del camino enseñado.

La Familia y las Adicciones

12 junio, 2011

Resulta de particular importancia el énfasis que diversas autoridades y organizaciones no gubernamentales han venido haciendo en los últimos días respecto del incremento del uso del alcohol por niños y adolescentes. Las cifras oficiales resultan de suyo alarmantes, además el hecho de que la edad promedio en la que los niños inician el consumo regular del alcohol, los diez años, evidencia el papel en que tal problema juegan las familias disfuncionales.

En efecto, los investigadores nos dicen que en no pocos casos son los mismos padres los que inducen a sus hijos menores a iniciarse en el consumo de las bebidas embriagantes. Por ejemplo, Ernesto Macareno Alvarado, funcionario de ISESALUD (Instituto De Servicios De Salud Pública Del Estado De Baja California), asegura: es muy común que en algunas de nuestras familias el papá le dé incluso a probar cerveza o algún bebida alcohólica al niño y que no se vea esto como algo malo o negativo. Esto tenemos que cambiarlo, pero no es fácil cambiar algunos aspectos culturales y estilos de vida.

Agrega el investigador: el alcoholismo es una enfermedad progresiva, que no tiene cura, pero se puede detener.  Que un niño consuma bebidas alcohólicas puede provocar en el organismo severos trastornos de salud. La cirrosis y los accidentes son la principal causa de muerte a consecuencia de este mal. Son frecuentes los problemas de gastritis, de úlceras que llegan a desarrollarse, pero también resultan padecimientos del hígado que tienen como causa principal el alcohol. Otro indicador de la importancia y seriedad del problema es el hecho de que, a nivel nacional, se estima que el 42% de los estudiantes de secundaria y el 12% de los estudiantes de primaria son consumidores frecuentes de bebidas alcohólicas, especialmente de cerveza.

Cuando la persona inicia el consumo de alcohol en la niñez o adolescencia, se expone de manera significativa a grandes riesgos. Según Carlos Tena Tamayo, titular de la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC), los jóvenes que consumen alcohol a temprana edad tiene tres veces más de posibilidades de convertirse en una persona dependiente, además, su cerebro no se desarrollará plenamente, tienen dieciséis veces más posibilidades de consumir otras drogas y enfrentarán diversas enfermedades tales como las hepáticas y las del corazón y el cerebro.

Si bien el alcoholismo se ha considerado tradicionalmente como un asunto de hombres, el hecho es que en los últimos años esta práctica se ha recrudecido entre el sexo femenino. 45% de los alcohólicos son mujeres. En nuestro país, el alcoholismo ocupa el tercer lugar entre las causales de muerte de las mujeres de entre 35 y 45 años. Algunos investigadores estiman que el número de mujeres alcohólicas han superado al de los hombres, con las consecuencias obvias que esto acarrea a los procesos de desintegración familiar. Alrededor del 90% de las mujeres alcohólicas son casadas y el 80% de ellas tienen hijos. Un dato importante es el que considera como especialmente vulnerables ante el alcoholismo a las mujeres solteras, las sin religión, las trabajadoras y las que enfrentan distintos grados de soledad.

El alcohol produce efectos más rápidos y graves en las mujeres que en los hombres. Diversas investigaciones indican que entre los problemas adicionales que el alcoholismo ocasiona entre las mujeres están: el abandono de sus responsabilidades hogareñas, sobre todo en lo que tiene que ver con la atención de los hijos, así como el maltrato violento y el abandono funcional de los mismos. En el caso de las mujeres embarazadas, el alcohol puede provocar malformaciones genéticas en el feto. Asimismo, el alcohol provoca una alteración de la menstruación y posibilita la menopausia precoz, además de que favorece el desarrollo de cirrosis hepática, demencia y los intentos de suicidio.

He querido abundar en cuestiones tan terribles porque es un hecho el que el problema del alcoholismo está afectando a las familias sin distingo de su profesión de fe. Lo mismo ataca a las familias cristianas, que a las católicas y a las incrédulas. De nada serviría negar o cerrar los ojos ante esta realidad que está afectando, particularmente, a un número creciente de familias cristianas. Niños, adolescentes y mujeres son quienes, cada día, nos preocupan más al caer en las garras de esta expresión del pecado que termina por convertirse en una enfermedad física, mental, espiritual del afectado y de la familia toda.

La fe que profesamos nos lleva a creer y proclamar que la sangre de nuestro Señor Jesucristo tiene el poder suficiente para proteger, rescatar y transformar a quienes están en el riesgo o bajo el poder del alcoholismo. Sin embargo, la fe es mucho más que creer y requiere, indudablemente, de la conversión. Desde luego, de la conversión de quien ha caído en esta o alguna otra dependencia o adicción, pero, y este es mi punto fundamental, en la conversión integral de las familias de los alcohólicos y drogadictos.

El alcoholismo no es otra cosa sino la expresión de una problemática mayor y más compleja. Particularmente los niños y las niñas, así como los y las adolescentes, que recurren al alcohol o a alguna otra adicción, son generalmente fruto de familias disfuncionales, de familias enfermas. Es el entorno familiar el que orilla a los hijos a buscar en el alcohol y las drogas un escape a la realidad que les oprime y les ha quitado la esperanza de vida. La violencia que se expresa de tantas maneras, en particular en la desatención y la indiferencia de las figuras de autoridad respecto de lo que sus hijos menores y adolescentes están viviendo. La doblez de espíritu, es decir, el cultivo de una cultura de la apariencia en la que, especialmente las familias cristianas, procuran aparentar que todo está bien y que los problemas son pequeños y pasajeros, así que no vale la pena ni reconocerlos, ni ocuparse de ellos. La ignorancia de los padres respecto del carácter de sus hijos. En fin, estas y otras muchas condiciones son aquellas que reclaman de nosotros un proceso constante de conversión a Dios y a su justicia. Es decir, son cuestiones que nos llevan a la necesidad de cambiar nuestra manera de pensar, para que así cambie nuestra manera de vivir. Somos llamados a hacer lo bueno, lo que conviene, de la forma adecuada y siempre en el momento oportuno.

Por ello es que convoco a las familias que están enfrentando este tipo de problemas con sus hijos e hijas para que se conviertan. Para que den la vuelta y dejen de hacer las cosas como las han venido haciendo hasta ahora. Habrá que empezar por reconocer el problema y aceptar que los recursos de los que disponen no son suficientes. Así que se requiere que busquen ayuda urgentemente. Ayuda espiritual, desde luego, pero también la clase de ayuda que les permita comprender cuáles son aquellas características de la dinámica familiar que están propiciando el que sus miembros se inclinen a buscar la falsa salida de las adicciones. Además, se requiere que se procure el compromiso de todos y cada uno de los miembros de la familia para cumplir con la tarea que les corresponde. Para ello habrá que propiciar una cultura de responsabilidades familiares acorde a la edad y circunstancias de cada uno de sus miembros.

La recuperación de las adicciones implica un largo y difícil camino que conviene empezar a caminar desde hoy. Les animo a ello. Les exhorto a que paguen los precios de la conversión, pues sólo así podrán cosechar los frutos de la bendición. Los padres, las familias y, sobre todo, quienes han caído en algún tipo de adicción no están solos. Dios está con ustedes y la Iglesia, nosotros sus hermanos en la fe, también estamos con ustedes para orar por y con ustedes, para acompañarlos en este caminar por el desierto y para alegrarnos cuando la redención de los nuestros se haga realidad.