Atesoraba Todas Estas Cosas en su Corazón

Lucas 2.41-52

Nuestro pasaje contiene un par de elementos contrastantes. Habla de un adolescente, Jesús, que acostumbraba obedecer a sus padres en todo, lo cual -de ser cierto- resulta extraordinario, y, por lo otro lado, nos habla de una madre, María, que atesora en su corazón todas las cosas que tiene que ver con su hijo, en particular sus palabras, o cual resulta del todo natural en la mayoría de las madres.

El porqué las madres acostumbran y pueden hacer un tesoro de las cosas de sus hijos, en particular de sus palabras, tiene un par de explicaciones.

La primera tiene que ver con la calidad de la relación entre la madre y sus hijos. Su principal peculiaridad consiste en que, al inicio de su relación, ambos son uno solo. Se da entre ellos una relación inicialmente simbiótica en la que el hijo depende de su madre para vivir, en tanto que está dentro del seno materno. Al nacer, tal simbiosis se mantiene pues el hijo depende del cuidado materno para subsistir, es decir, para seguir viviendo en un ambiento desconocido y hasta hostil, los primeros años de vida.

Tal relación establece vínculos afectivos, emocionales y relacionales únicos. Nada comparables con el cómo de la relación entre los hijos y sus padres. Esta es una relación entre extraños que poco a poco se van acercando y hasta identificando sí. Pero, nunca en el grado en el que las madres se acercan e identifican con sus propios hijos.  Ello explica ese sexto sentido materno, el que mamá sepa, el que mamá adivine, lo que hay en el corazón de sus hijos y lo que está pasando en y con ellos.

Desde luego, una relación tal es una relación privilegiada. Pero, también, es una relación altamente riesgosa y conlleva el pago de altos precios. Tarde o temprano se llega al momento en que los hijos se van, dejan de estar al lado de su madre: física, afectiva y relacionalmente. En algunos casos, las madres enfrentan la maldición de los dioses y tienen que enterrarse a sí mismas al enterrar a sus hijos. También sucede que el hijo salido de sus entrañas se vuelve en un desconocido para la madre, deja de ser el hijo que fue. De pronto, piensa, siente y actúa de maneras que no tienen sentido para su madre. El que es sangre de su sangre y carne de su carne, se convierte en un extraño, en alguien con quien ya no se tiene parte.

Cuando los hijos se van, cuando los hijos se convierte en extraños, el tesoro guardado por sus madres se convierte en el sustento de su relación con los hijos ausentes, diferentes. Ellas han conservado lo necesario, y lo suficiente, para seguir siendo madres de sus hijos aunque estos no estén, aunque estos hallan cambiado. Pueden seguirlos amando, y seguir asumiéndolos como parte de sí mismas, en razón de lo que conservan de ellos. Llama la atención que Lucas explique que lo que María atesoraba de Jesús eran sus palabras. Es decir, la expresión de sus pensamientos y sentimientos, de su esencia. Cuando los hijos se van o cambian, los padres recuerdan lo que los hijos hacían; en cambio, las madres recuerdan lo que los hijos eran. Ello explica por qué las mujeres pueden enfrentar con mayor fortaleza la ausencia y los cambios de los hijos, siguen llevando en ellas la esencia de sus hijos. Este es el tesoro que han atesorado y, por lo tanto, el que les sostiene cuando los hijos se van o cuando los hijos dejan de ser los hijos que fueron.

La segundo explicación del porqué las madres atesoran las cosas, las palabras de sus hijos, tiene que ver con el hecho de que, a pesar de todo, ellas siguen siendo ellas y sus hijos otros. A los hijos hay que destetarlos, es decir, hay que apartarlos de las atenciones y comodidades de su casa para que aprendan a desenvolverse por sí mismos. Es decir, a los hijos hay que dejarlos ser ellos para que la madre pueda seguir siendo lo que en realidad es: una persona única, independiente y responsable de sí misma.

María fue ella misma. Acompañó a su hijo hasta la muerte, pero siguió viviendo su propia vida. Ni fue, ni hizo de sí en función de su hijo. Su hijo fue parte de ella, pero no su todo. Mientras lo tuvo, fue ella. Cuando lo perdió, siguió siendo ella. Enriquecida y despojada a causa de hijo, pero siempre ella, María quien, además de muchas otras cosas, también fue la madre de Jesús. Ella mientras su hijo estuvo, ella mientras su hijo fue quien ella esperaba. Pero, también ella cuando su hijo dejó de ser y dejó de estar.

En mayo celebramos el Día de la Madre y no el Día del Hijo. Aunque a veces se considera que es lo mismo uno que lo otro. No hay tal. Aunque se es madre porque se tienen hijos, quien es madre es mucho más que quien ha parido. Sólo pueden ser madres quienes son personas y quienes son mujeres. Esta verdad de Perogrullo es mucho más importante y significativa de lo que parece. Veamos por qué.

La maternidad no agota el ser de la mujer. No se es mujer por ser madre, sino que es madre quien es mujer. La mujer, en cuanto persona, es digna en sí misma. Merecedora de la vida plena y, por lo tanto, responsable de lo que la vida pone a su disposición. Entonces, es capaz y libre para ser ella misma. Para elegir lo que le es propio y para caminar su propio camino. Para vivir su maternidad en función de lo que es y no para ser en función de su maternidad. En este sentido es que me atrevo a proponer que el Día de las Madres celebramos a las mujeres a las que la maternidad no las ha atrapado, encajonado. Sino que, superando los retos de la misma, siguen siendo ellas. Que sin dejarse atrapar por las alegrías y las tristezas, los éxitos y los fracasos de sus hijos, siguen caminando sus propios caminos.

Mujeres, madres, los hijos se van, los hijos cambian. Pero, ustedes siguen siendo ustedes. Dignas, capaces y libres. Suficientes para ustedes mismas. Dadoras de vida, pero no vivas en función de los hijos. Más que madres, mujeres que, como María, no habrá de dar cuenta de la vida de sus hijos, sino cuenta de la vida de ustedes mismas.

Por ello, termino animándolas a vivir la plenitud de sus vidas. A atesorar lo que vale la pena y a sacar del baúl del corazón lo procedente cuando los hijos se vayan o cuando cambien. Sobre todo, a que en comunión con Cristo crezcan integralmente, viviendo en función de ustedes mismas y logrando todo aquello que Dios, en su bondad, ha dispuesto para ustedes.

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