Vivos o Muertos, Somos del Señor

Romanos 14.7-9

Tarde o temprano llegamos al momento en que nos preguntamos qué es de nuestra vida. Cuál es su razón, cuál su importancia, cuál su destino. Se trata de momentos de insatisfacción existencial. No sabemos qué da origen a la misma, pero sabemos que ahí está. En no pocas ocasiones, tales momentos de insatisfaccción existencial generan temor pues nos preguntamos si el resto de nuestra vida será satisfactoria, si seremos felices; también son momentos de culpa, pues tenemos que enfrentar el hecho de que hay vacíos, errores y ausencias que, en buena medida son nuestra responsabilidad.

Me parece que hemos sido diseñados para que, de tanto en tanto, nos lleguemos a etapas de evaluación y valoración de nuestra vida. Así, conciente e inconcientemente, cíclicamente la vida nos califica, y da lugar a innumerables preguntas sobre cada una de las áreas de nuestra existencia.

También me parece que un elemento determinante del tipo de respuestas que encontramos, y nos damos a nosotros mismos, tiene que ver con la medida en que, reconocemos, hemos hecho la vida en función de nosotros mismos. Sí, la medida en que las decisiones tomadas, las relaciones desarrolladas y las acciones realizadas han tenido que ver con nuestros intereses inmediatos, con el yo, antes que con el nosotros. Y, por consiguiente, lo que hemos hecho en función de la inmediato, de la satisfacción inmediata y no considerando el contexto y el mediano y largo alcance de nuestro quehacer.

Como los que se casan porque no quieren estar solos, o los que buscan trabajo pensando en no trabajar mucho, o los muchachos que no estudian porque les da mucha flojera. Cuando tales son nuestra motivaciones, tarde o temprano la vida nos pasa la factura. Nos muestra que, por más importantes que seamos, la bendición de la vida no se agota en nosotros. Que, aún cuando somos tanto, hacer en función de nosotros es hacer en función de demasiado poco.

El egoísmo conduce a la soledad, pero también a la insatisfacción. Y es que, como dijera el poeta John Donne, ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente. Sí, cuando vivimos en función de nosotros mismos, vivimos a contra natura, aislándonos, separándonos, de los demás. Repeliendo a aquellos de quienes queremos estar cerca.

Pero, peor aún, quien vive en función de sí mismo. Quien ve la vida como su espacio y a todos y todo como bienes a su disposición, termina por alejarse de Dios. Entenderemos mejor esto si conocemos el significado de la palabra administrar: Ordenar, disponer, organizar, en especial la hacienda o los bienes.

Sí, aquello que es el centro de nuestra vida determina como ordenamos, disponemos y organizamos los bienes recibidos: las fuerzas, los afectos, le mente, los recursos materiales, etc. La manera en que estamos administrando nuestra vida exhibe quién y qué está en el centro de la misma. Nos demos cuenta o no de ello, nuestro quehacer cotidiano evidencia quién es el Señor de nuestra vida y para quien vivimos.

El Apóstol Pablo nos recuerda que nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos. Gibran Jalil Gibran, ha causado un mal no intencional a la cultura dominante. Nos recuerda, ciertamente, que nuestros hijos no son nuestros, sino hijos del anhelo de la vida. Así, hay quienes siguiendo a Jalil Gibran piensan que nuestros hijos, y los de nuestros padres, se pertenecen a si mismos. Que cada quien es dueño de sí mismo. Pablo se anticipa a tal conclusión y nos recuerda que si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.

La preposición para, denota el fin o término a que se encamina una acción. Así que Pablo dice que vivimos encaminados, dirigidos al Señor. Por lo tanto, cualquier pensamiento, afecto, acción, interés que no esté enfocado en el Señor no es propio de nosotros. Al contrario, va en contra de nuestra naturaleza.

Administrar correctamente nuestra vida significa hacer todo en acuerdo con el carácter santo, amoroso y justo de Dios. Es decir, tomando en cuenta quien él es y lo que él ha determinado como correcto.

La clave, la sencilla clave para lograr esto consiste en preguntarnos si lo que hacemos agrada a Dios. Si, al elegir y actuar, estamos siendo animados por el deseo y el interés de que Dios se sienta bien. Pero, al lado de esta clave, tenemos otro recurso para saber si lo que hacemos es acorde al propósito divino. Este recurso es el sentido de satisfacción, de plenitud, en nuestra vida.

La satisfacción es fruto del equilibrio. Quien vive para Dios encuentra que su vida está en equilibrio, que le satisface. En lo general y en lo particular. Creo que puedo aventurar la propuesta de que aquello que no nos satisface: relaciones, trabajo, formas de vida, etc., probablemente no podemos ofrecerlo al Señor como ofrenda pura, santa y agradable a él.

Hoy quiero animarles para que administremos nuestra vida sabiendo que no nos pertenecemos, sino que solo somos administradores al servicio de Dios. A que terminemos los ciclos de frustración que nos desgastan, comprometiéndonos a vivir de tal manera que Dios sea glorificado en todo lo que somos y lo que hacemos.

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