Posted tagged ‘Agentes de Cambio’

Juegos Evangelizadores

5 octubre, 2009

Les dijo, síganme. Mateo 4.19

Skip Moen

Sígueme.  El tema de los pescadores de hombres es bien conocido, contiene una serie de joyas que no siempre son bien entendidas. Una mirada más atenta revela los juegos evangelizadores de Dios.

Primero, el verbo en griego utilizado aquí se compone de dos palabras, deute opiso. Literalmente significa “vengan tras de mí”. Así, el primer juego evangelizador de Dios es Sigue al Líder. Pon tu pie donde yo pongo el mío. Deja de querer ir por tu propio camino, mejor sigue mis huellas. Quieres experimentar las bendiciones que Dios tiene para ti, entonces camina la senda que yo estoy caminando.

Fíjense que Dios no juega a los quemados. Este es un juego en el que te persigo, toco momentáneamente y corro gritando: “pásala”. Así, hasta que tú logras alcanzar a otro y le dices “pásala”. Este juego me recuerda las técnicas evangelísticas en las que no se hace más que pasarle a la pobre víctima la tarea de evangelizar, sin capacitarla primero. La pregunta: “si mueres hoy, a dónde irás, al cielo o al infierno”, como una técnica evangelizadora es como el juego de los quemados. “yo te la paso, ahora es tu turno”, decimos. Cuán diferente resulta a invitar a otro a que nos siga, nos imite. Debemos estar deseosos de ir al frente y mostrar al otro claramente la manera de hacer el viaje.

Hay otro juego implícito en deute opiso. Es muy hebreo. Se llama Simón dice. El objeto de Simón Dice, es lograr que quienes siguen al líder sigan exactamente las instrucciones del mismo. Para lograrlo hay una condición, que todos escuchen lo que Simón dice. Cuando Simón dice “tocarse la nariz”, tú te tocas la nariz. Pero, si no escuchas su voz, no podrás seguir sus instrucciones. Cuán necesario resulta escuchar y obedecer las instrucciones de tu líder. En esto consiste este otro juego evangelizador: no solo pongo mis pies en las pisadas de mi líder, sino que también me entreno para escucharlo y hacer exactamente lo que él me indica. La cultura hebrea llama a esto: discipulado.

Ambos juegos tienen algo en común. Se trata de una estrecha, inmediata y continua relación entre el líder y sus seguidores. Se espera que el seguidor atienda cuidadosamente cada acción de su líder y que escuche atentamente cada palabra que este dice y lo obedezca. En otras palabras, la evangelización bíblica está basada en el principio imítame, como regla de vida. Como Pablo imitó a Jesús. Nosotros seguimos el mismo camino y hacemos las mismas cosas. Todos somos discípulos.

Por cierto, hay otra cosa en el pasaje que generalmente esconden las traducciones. El texto griego no se lee: “les dijo”, una mejor traducción es “les dice”. El verbo está en tiempo presente. Es un recurso literario para enfatizar la inmediatez del momento. Es como si la escena estuviera ocurriendo precisamente ahora, en frente nuestro.

¿Es este tu estilo de discipulado? ¿Estás siguiendo a alguien, al mismo tiempo que estás dirigiendo a otro? ¿Has invitado a otro a que te observe e imite la clase de vida que llevas? ¿Es tu vida un ejemplo digno de imitar? O tu tarea discipuladora se parece más al juego de los quemados. Sólo se trata de “pasarla” a otro. Cuando a los que compartimos la Palabra no se interesan en la transformación de sus vidas… quizá solo estén copiando lo que están viendo.

Traducción de Adoniram Gaxiola

¿Quién será mi Mensajero?

27 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 6

Los creyentes recibimos un doble llamado de Dios. El primero, a aceptar la salvación que él nos ofrece por medio de Cristo. El segundo, a cumplir con una tarea específica, particular e irrepetible. Al ser salvos, se desarrolla en nosotros una capacidad especial para ver y oir lo que nos rodea. Mientras más profundizamos en ese estado de salvación-comunión al que hemos sido llamados, tenemos una capacidad mayor para ver lo que no es aparente. Más aún, para mirar de otra manera lo que nuestros ojos ven, y para escuchar de manera distinta lo que nuestros oídos oyen. Tal el caso de Isaías.

Isaías era sacerdote, como nosotros. Como sacerdote tenía un lugar privilegiado en el templo para observar y participar de las ceremonias religiosas que ahí se realizaban. Con toda seguridad, el día del relato, se celebraba un “culto de acción de gracias” por el rey Ozías. Isaías veía lo mismo que sus compañeros sacerdotes, lo mismo que el pueblo. Pero, también miraba otras cosas. Primero, miraba que la devoción mostrada a Dios en el templo, contrastaba con formas de vida, personales y comunitarias, en las que Dios era ignorado. El entusiasmo religioso no era correspondido con la fidelidad de lo cotidiano. El sabía de la situación que había llevado a Dios a reclamarle a Israel: “Todo es música de arpas, salterios, tambores y flautas, y mucho vino en sus banquetes; pero no se fijan en lo que hace el Señor, no toman en cuenta sus obras”. Además, miraba el corazón de Dios. Es decir, como quien está cercano al ser amado, Isaías conocía el sentir de Dios respecto de lo que pasaba ese día en el templo… y en la vida cotidiana de Israel.

En ese contraste, en esa coyuntura, Isaías tiene una visión. En la visión escucha una pregunta. Y en la pregunta recibe un llamado: “¿A quién voy a enviar? ¿Quién será mi mensajero? Sorprendentemente, Isaías no pregunta ¿a dónde?, o ¿para hablar a quién? No, simplemente responde: “Aquí estoy, envíame a mí”.

¿Qué llevó a Isaías a responder de tal manera? ¿Qué buscaba, qué esperaba? ¿Éxito profesional? ¿Realización personal? ¿Riquezas, fama? Todo lo tenía. Era miembro de la minoría más influyente y rica de Israel, después de la Casa Real. Entonces, ¿lo animaba una tarea emocionante, gratificante, exitosa en sí misma? Basta leer los vvss 9 al 13, para darnos cuenta de que no había lugar para tales expectativas.

Entonces, ¿qué llevó a Isaías a unirse a Dios en una tarea tan poco prometedora?

En primer lugar, la conciencia del señorío y la magnificencia de Dios. El sabía que al Rey al que se celebra en el templo no es a Ozías, sino al Todopoderoso de Israel. Él es el centro de la vida de su pueblo. Es él quien gobierna, es a él a quien se le debe todo honor y gloria. “Sentado en un trono muy alto”. “El borde de su manto llenaba el templo”. “La tierra esta llena de la gloria del que es Santo, Santo, Santo”.

En segundo lugar, la conciencia del carácter y condición de Isaías. “Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros”. La santidad de Dios evidencia, por contraste, el pecado de Isaías. La magnificencia de Dios evidencia, también por contraste, la vulnerabilidad de Isaías. Y al tener conciencia de todo ello, también tenía conciencia de la gracia recibida. Él no era mejor que los demás, pero Dios le daba un trato diferente, especial, bendecido. Como a nosotros. Que hemos recibido, como principal privilegio, el de la salvación.

Pero hay un elemento más: Isaías oye las voces de los seres como de fuego, mira las puertas del templo temblar y ve llenarse de humo el santuario entero. Hay miles de personas congregadas en el templo y solo Isaías ve y oye. Y lo que ve y oye lo altera.

Hay quienes, como Isaías, están viendo y oyendo cosas que los que están a su alrededor ni imagina. Están alterados y están confundidos. Algunos cierran los ojos para no ver. Otros, como niños ante lo que no comprenden se enojan, con Dios o con el sujeto de su visión.

¿Qué es lo que ven? Simplemente, lo mismo que Dios ve: millones de hombres y mujeres sin Dios y sin esperanza, multitudes en aflicción, familias disfuncionales, jóvenes sin futuro, etc. E Isaías, como Dios mismo, no permanece indiferente, no puede permanecer indiferente.

Lo que hace diferente a Isaías de quienes no quieren ver y oir lo que otros no ven y oyen; y de los que ante la confusión se desesperan y aún enojan, es un par de cosas: Isaías sabe que Dios no revela nada a sus siervos, a menos que tenga el propósito de involucrarlos en lo que él está haciendo al respecto. Así que, Isaías también sabe que en lo que vemos está el llamado.

Quien se ocupa de ti para mostrarte lo que hay en su corazón, te está llamando para que lo sirvas. Su pregunta es retórica. Porque es la pregunta del que lo llena todo. Del Rey. De tu Señor. Así que, en realidad, no pregunta, te ordena que vayas.

A veces nos resistimos a salir del templo y a abandonar a Ozías, con todo lo que él representa. El hecho es que Dios ya no está en el templo, ni en las ceremonias que ahí se realizan, ni en la alegría del pueblo que celebra a Ozías. Dios ha dejado de estar en lo que te resulta cotidiano, cómodo, manejable. Dios está afuera… o en otro lugar, y es ahí a donde él te está llamando.

Algunos de ustedes están en crisis. Ven y escuchan lo que otros no. Han descubierto que ya no encajan… pero quieren seguir estando “entre el porche y el Altar”. Sólo tengo una invitación que hacerte, a ti que, sabemos, estás viendo y oyendo lo que otros no: ve y haz a donde, y lo que, el Señor te está llamando. Recuerda que en lo que ves y oyes está el llamado. Ve a él y ve con él.

Colaboradores de Dios

19 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

1 Corintios 3.1-15

A veces pareciera que la manifestación creciente del pecado de los no creyentes, o los conflictos y/o la infidelidad de los cristianos serían lo suficientemente poderosos para detener el quehacer divino. No hay tal. A pesar de nuestro pecado, a pesar de nuestra indiferencia e insensibilidad, a pesar de nuestros conflictos, Dios sigue haciendo aquello que se ha propuesto a favor de los hombres: tanto de los que aún vagan sin Dios y sin esperanza, como de aquellos que ya forman parte de la Iglesia. (más…)