¿Quién será mi Mensajero?

Publicado 27 septiembre, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 6

Los creyentes recibimos un doble llamado de Dios. El primero, a aceptar la salvación que él nos ofrece por medio de Cristo. El segundo, a cumplir con una tarea específica, particular e irrepetible. Al ser salvos, se desarrolla en nosotros una capacidad especial para ver y oir lo que nos rodea. Mientras más profundizamos en ese estado de salvación-comunión al que hemos sido llamados, tenemos una capacidad mayor para ver lo que no es aparente. Más aún, para mirar de otra manera lo que nuestros ojos ven, y para escuchar de manera distinta lo que nuestros oídos oyen. Tal el caso de Isaías.

Isaías era sacerdote, como nosotros. Como sacerdote tenía un lugar privilegiado en el templo para observar y participar de las ceremonias religiosas que ahí se realizaban. Con toda seguridad, el día del relato, se celebraba un “culto de acción de gracias” por el rey Ozías. Isaías veía lo mismo que sus compañeros sacerdotes, lo mismo que el pueblo. Pero, también miraba otras cosas. Primero, miraba que la devoción mostrada a Dios en el templo, contrastaba con formas de vida, personales y comunitarias, en las que Dios era ignorado. El entusiasmo religioso no era correspondido con la fidelidad de lo cotidiano. El sabía de la situación que había llevado a Dios a reclamarle a Israel: “Todo es música de arpas, salterios, tambores y flautas, y mucho vino en sus banquetes; pero no se fijan en lo que hace el Señor, no toman en cuenta sus obras”. Además, miraba el corazón de Dios. Es decir, como quien está cercano al ser amado, Isaías conocía el sentir de Dios respecto de lo que pasaba ese día en el templo… y en la vida cotidiana de Israel.

En ese contraste, en esa coyuntura, Isaías tiene una visión. En la visión escucha una pregunta. Y en la pregunta recibe un llamado: “¿A quién voy a enviar? ¿Quién será mi mensajero? Sorprendentemente, Isaías no pregunta ¿a dónde?, o ¿para hablar a quién? No, simplemente responde: “Aquí estoy, envíame a mí”.

¿Qué llevó a Isaías a responder de tal manera? ¿Qué buscaba, qué esperaba? ¿Éxito profesional? ¿Realización personal? ¿Riquezas, fama? Todo lo tenía. Era miembro de la minoría más influyente y rica de Israel, después de la Casa Real. Entonces, ¿lo animaba una tarea emocionante, gratificante, exitosa en sí misma? Basta leer los vvss 9 al 13, para darnos cuenta de que no había lugar para tales expectativas.

Entonces, ¿qué llevó a Isaías a unirse a Dios en una tarea tan poco prometedora?

En primer lugar, la conciencia del señorío y la magnificencia de Dios. El sabía que al Rey al que se celebra en el templo no es a Ozías, sino al Todopoderoso de Israel. Él es el centro de la vida de su pueblo. Es él quien gobierna, es a él a quien se le debe todo honor y gloria. “Sentado en un trono muy alto”. “El borde de su manto llenaba el templo”. “La tierra esta llena de la gloria del que es Santo, Santo, Santo”.

En segundo lugar, la conciencia del carácter y condición de Isaías. “Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros”. La santidad de Dios evidencia, por contraste, el pecado de Isaías. La magnificencia de Dios evidencia, también por contraste, la vulnerabilidad de Isaías. Y al tener conciencia de todo ello, también tenía conciencia de la gracia recibida. Él no era mejor que los demás, pero Dios le daba un trato diferente, especial, bendecido. Como a nosotros. Que hemos recibido, como principal privilegio, el de la salvación.

Pero hay un elemento más: Isaías oye las voces de los seres como de fuego, mira las puertas del templo temblar y ve llenarse de humo el santuario entero. Hay miles de personas congregadas en el templo y solo Isaías ve y oye. Y lo que ve y oye lo altera.

Hay quienes, como Isaías, están viendo y oyendo cosas que los que están a su alrededor ni imagina. Están alterados y están confundidos. Algunos cierran los ojos para no ver. Otros, como niños ante lo que no comprenden se enojan, con Dios o con el sujeto de su visión.

¿Qué es lo que ven? Simplemente, lo mismo que Dios ve: millones de hombres y mujeres sin Dios y sin esperanza, multitudes en aflicción, familias disfuncionales, jóvenes sin futuro, etc. E Isaías, como Dios mismo, no permanece indiferente, no puede permanecer indiferente.

Lo que hace diferente a Isaías de quienes no quieren ver y oir lo que otros no ven y oyen; y de los que ante la confusión se desesperan y aún enojan, es un par de cosas: Isaías sabe que Dios no revela nada a sus siervos, a menos que tenga el propósito de involucrarlos en lo que él está haciendo al respecto. Así que, Isaías también sabe que en lo que vemos está el llamado.

Quien se ocupa de ti para mostrarte lo que hay en su corazón, te está llamando para que lo sirvas. Su pregunta es retórica. Porque es la pregunta del que lo llena todo. Del Rey. De tu Señor. Así que, en realidad, no pregunta, te ordena que vayas.

A veces nos resistimos a salir del templo y a abandonar a Ozías, con todo lo que él representa. El hecho es que Dios ya no está en el templo, ni en las ceremonias que ahí se realizan, ni en la alegría del pueblo que celebra a Ozías. Dios ha dejado de estar en lo que te resulta cotidiano, cómodo, manejable. Dios está afuera… o en otro lugar, y es ahí a donde él te está llamando.

Algunos de ustedes están en crisis. Ven y escuchan lo que otros no. Han descubierto que ya no encajan… pero quieren seguir estando “entre el porche y el Altar”. Sólo tengo una invitación que hacerte, a ti que, sabemos, estás viendo y oyendo lo que otros no: ve y haz a donde, y lo que, el Señor te está llamando. Recuerda que en lo que ves y oyes está el llamado. Ve a él y ve con él.

Cultivar la Comunión con Dios I

Publicado 23 septiembre, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Espiritualidad

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Cuando en CASA DE PAN hablamos de comunión con Dios, no nos referimos a una cuestión intimista, limitada al cultivo de una experiencia sensorial. Estar en comunión con Dios es mucho más que sentir su presencia y, desde luego, mucho más que apartarse para leer la Biblia, orar y alabar al Señor. De hecho, comunión es: participar de una misma cualidad o circunstancia, parecerse en ella. Así, estar en comunión con Dios consiste en sintonizar la propia vida con el carácter, el propósito y el quehacer divinos. Veamos:

Dios es santo, tal es su carácter. Ello implica que estar en comunión con Dios significa practicar lo bueno y abstenerse de toda expresión del pecado. El cristiano que cultiva la comunión con Dios, se abstiene de aquello con lo que Dios no comulga. Pero, no solo se abstiene, también se consagra para, con su vida, dar testimonio del poder del bien.

El propósito de Dios es que los hombres sean salvos. Jesucristo es la evidencia más contundente de que en la agenda de Dios no hay asunto más importante que este. El creyente asume tal propósito y dedica el todo de su vida para colaborar con Dios en la tarea de la redención humana. No deja de ser, ni de hacer, lo que le es propi, todo lo que es y hace lo orienta para que sea un instrumento que proclame la obra redentora de Cristo y anime a los hombres a volverse a él.

Los cristianos se suman a lo que ven hacer al Padre. Se niegan a sí mismos para poder participar de la obra de Dios. Consuelan a los que están tristes, acompañan a los que padecen tribulaciones, alimentan y visten a los pobres; en fin, son luz del mundo y sal de la tierra. El estudio de la Biblia, el cultivo de la oración y la comunión con los santos, la Iglesia, les permite saber qué es lo que Dios está haciendo a favor de la humanidad.

Estar en comunión con Dios consiste, entonces, en sintonizar la vida para que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo. Efesios 4.15

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Hablemos de la Mujer Necia

Publicado 22 septiembre, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Uno de los énfasis del ministerio de CASA DE PAN es el reconocimiento de la plena dignidad de la mujer, creada en igualdad con el hombre, a imagen y semejanza de Dios. Consecuentemente, uno de los temas recurrentes de nuestra enseñanza es la denuncia de la opresión de la mujer, como una práctica que Dios aborrece. Sin embargo, ahora debemos recordar que el hecho de que a las mujeres se les discrimina, explota y se abusa de ellas, no deja de lado otro hecho igualmente importante: las mujeres necias destruyen su casa con sus propias manos. Proverbios 14.1

Sí, hay mujeres necias y estas destruyen sus hogares. La figura utilizada por el proverbista es de por sí interesante, dice que las mujeres necias destruyen sus casas “con sus propias manos”. Esta figura implica tanto una determinación –conciente/inconciente-, como un proceso. Hay mujeres que destruyen sus hogares de una vez por todas: son infieles, abandonan el hogar, etc. Pero, no pasa así con las mujeres necias, estas van quitando ladrillo a ladrillo, enfocando sus esfuerzos de destrucción con serenidad, paciencia y determinación. Aunque son movidas por sentimientos profundamente arraigados de insatisfacción, frustración y enojo, mantienen la cabeza fría y se ocupan pacientemente en su tarea destructiva.

Aún cuando el término necio se refiere a quien es ignorante, en el contexto bíblico adquiere una dimensión más profunda. Necio, necia, es quien rechaza la sabiduría; quien, convencida de su propio saber, no está dispuesta a considerar otras razones. En el NT, el término “necio” se refiere a quien hace caso omiso de la voluntad de Dios. Es decir, ser necio no significa necesariamente, ser ignorante, no saber. Necio es quien se niega a reconocer lo verdadero, lo bueno, lo conveniente. Así, el sustento de la necedad es la soberbia, el ser sabio en su propia opinión.

Tres son las características que distinguen a los necios, hombres y mujeres:

1. Han dejado de crecer espiritual, intelectual y emocionalmente. No están interesados en aprender nuevas cosas, con lo que saben o creen saber les basta.

2. Son superficiales y sus conversaciones lo evidencian. Hablan mucho y dicen poco. Se ocupan de cosas sin importancia y las convierten en lo importante de sus vidas: modas, deportes, chismes, etc.

3. Se vuelven obsesivos, casi monotemáticos. Solo hablan de unos cuantos temas. Por lo general, se ocupan de cuestiones que resaltan sus aciertos y destacan los errores de los demás.

Las mujeres necias se distinguen además porque minimizan sus propias faltas y las consecuencias de las mismas. Prov 14.9 También por ser contenciosas. Prov 20.3 Es decir, porque son dadas a mantenerse trabadas en algún tipo de conflicto. Todos conocemos a mujeres que sin importar la razón de la desavenencia o discusión, terminan reclamando lo mismo de siempre: dinero, errores del marido, carencias, etc. Son licenciosas; se dan permiso de decir y hacer, o dejar de hacer, lo que conviene a sus intereses personales, son desconsideradas. También se distinguen porque desprecian la sabiduría y la disciplina. Prov. 1.7

Hemos dicho que la mujer necia destruye su casa “ladrillo a ladrillo”. Este es un proceso que generalmente incluye los siguientes elementos:

Menosprecio del esposo. Cuando las relaciones de pareja dejan de ser satisfactorias se hacen evidentes las distintas razones de frustración, tanto del hombre como de la mujer. En no pocos casos, se tiende a hacer al otro responsable de las frustraciones propias. En el caso de las mujeres necias podemos advertir un proceso que es causa y efecto de tales frustraciones. Primero, la mujer se decepciona del marido, con razón o sin ella; después, lo adjetiva, o sea lo identifica con las conductas que le critica. V.gr. “eres un irresponsable”. En tercer lugar, conciente e inconcientemente busca vengarse de él. Como se asume engañada, decepcionada, considera que tiene el derecho a cobrarse por los daños recibidos. Así, se vuelve cada vez más intolerante y perseguidora. Cada vez más dada al juicio fácil y parcializado.

Cambio unilateral y parcializado de roles. Cada pareja decide, conciente e inconcientemente, cuáles son los roles o funciones que toca desempeñar a cada quién. Aún las parejas disfuncionales acuerdan lo que toca hacer a cada quién. Sin embargo, la necedad lleva a cambiar unilateral y parcialmente tales roles. Unilateral, porque no se trata ya de acuerdos. Por ejemplo, hay mujeres que quitan ladrillos dejando de ocuparse de tareas tales como la preparación de los alimentos, el cuidado de la ropa, el pago de los servicios de la casa, etc. Dejan de hacerlo no obstante que existía el acuerdo, explícito e implícito, de que a ellas tocaba cumplir con tales cuestiones. Es un cambio parcial porque, en no pocos casos, el cambio de roles tiene un destinatario: el marido. Así, la mujer sigue atendiendo como siempre a los hijos, pero cambia la calidad de su atención al esposo.

Un espacio de la relación de pareja en el que esto se hace más evidente es el que tiene que ver con la sexualidad. Recuerdo a un hombre quien, en un taller para parejas, exclamó de repente: “ya ni siquiera quiere tener relaciones conmigo”.  Hay una rara mezcla de espiritualidad y menopausia, pues no pocas mujeres necias justifican su cambio de actitud en cuestiones sexuales, asegurando que siendo espirituales, no necesitan de las cosas de la carne. Lo interesante es que este tipo de descubrimiento se da, generalmente, cuando llegan a la menopausia.

Desapego emocional y afectivo. El diccionario define el desapego como [la] falta de afición o interés, alejamiento, desvío. Así, cuando hablamos de desapego emocional y afectivo nos referimos a esa toma de distancia que toman las mujeres necias respecto de sus esposos. Cuando dejan de sentir con ellos y dejan de sentirse inclinadas a favor del marido. Suele suceder que, cegadas por su frustración, dolor o cansancio, olvidan la importancia de seguir siendo una con su marido. Y, por cierto, llegan a menospreciar y hasta a burlarse de quienes, como José Abellán escribía a su esposa: ”Como todo ser humano, yo necesito sentirme querido y en el ambiente actual que se vive en nuestra casa, no me siento ni querido ni respetado ni valorado. Necesito que me necesiten; y no sólo para soltar dinero…”

Recordando lo que eran y lograron estando solteras, no pocas mujeres necias hacen gala de que ellas no necesitan a nadie, que son suficientes para sí mismas y que, por lo tanto, pueden permanecer solas… aunque sigan durmiendo en la misma cama con su marido.

Proverbios 14.1, habla de casas que se construyen o destruyen. Reconoce a la mujer una capacidad que en toda la Biblia no se reconoce a los hombres: la mujer puede construir su casa, o destruirla. Por ello es que yo animaría a las mujeres que han optado por el camino de la necedad a que vuelvan sobre sus pasos. A que escojan ser mujeres sabias, pues optar por la sabiduría les permitirá construir y aún reconstruir sus casas.

Hay casas que pueden ser remodeladas y otras que necesitan ser derrumbadas para construir una mejor sobre el mismo terreno. Las mujeres que han sido lastimadas por sus maridos deben saber que hay lugar para la esperanza. Que el bien vence al mal. Así, si ellas se vuelven al Señor, él reconstruirá sus propios muros derribados por la negligencia de sus maridos. Y siendo ellas regeneradas, podrán ejercer el poder que Dios les otorga y reconoce y contribuir a la construcción y reconstrucción de sus hogares.

En última instancia, las mujeres sabias no permiten ser destruidas por el mismo mal que está destruyendo sus casas. A los errores de sus maridos, contraponen el ejercicio del perdón. Ante la escasa sabiduría de sus hombres, ellas claman a Dios quien les enseñará cosas grandes y dificultosas que, por ahora desconocen. Ante el desánimo que les embarga, ellas enfrentan la confianza que se alimenta de la comunión con su Señor. Y ante la atracción de la necedad, ellas recurren al ejercicio del perdón como el instrumento que las libera del poder de sus emociones, y del de las heridas que sus maridos les han causado.

Sí, hay mujeres necias y estas destruyen sus hogares, hemos dicho. Pero, ni todas las mujeres son necias; ni las mujeres necias tienen que seguir siéndolo. Nuestras familias necesitan de la sabiduría de sus mujeres. Nuestras iglesias necesitan de la sabiduría de las mujeres. Nuestra sociedad toda necesita de la sabiduría de las mujeres. Entonces, mujeres que leen esto, ¿no creen que sea tiempo de que privilegiemos la sabiduría y confiemos en la gracia divina?

Vale la pena que, como tarea, mujeres y hombres recordemos que a la mujer sabia: “Sus hijos la llaman bienaventurada, y su marido también la alaba”. Prov 31.28