Preparativos para la Conquista

Publicado 7 noviembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Compromiso, Espíritu Santo, Fe, Fruto del Creyente

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Josué 1.1-9

La historia de Josué es un buen ejemplo de cómo se alcanzan las victorias espirituales. Estas tienen que ver con las promesas que Dios ha hecho a los suyos. No con lo que uno desea, no con lo que uno cree necesitar, no con lo que a uno le gustaría lograr. No, las victorias espirituales son el cumplimiento del propósito divino en su pueblo. Es en el cumplimiento de tales promesas que el creyente encuentra su plena realización, el gozo de su vida y los recursos para que esta sea fructífera: para él, para los suyos y para quienes están a su alrededor.

Nuestro pasaje ha sido atinadamente titulado: Preparativos para la conquista. El tino resulta del hecho de que las promesas de Dios se conquistan. Es decir, se ganan, se consiguen, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Desde luego, el grado del esfuerzo o la habilidad requeridos, así como el de las dificultades a enfrentar, está directamente relacionado con la importancia y la trascendencia de la promesa recibida. Tal el caso del bautismo del Espíritu Santo. Si consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo habitando y obrando en y al través del creyente, resulta obvio que el ser llenos, bautizados, con el Espíritu Santo requiere de grados importantes de esfuerzo y valor de nuestra parte.

A Josué Dios, de manera reiterada, le mandó diciendo: Esfuérzate y sé valiente. Estos dos parecen ser los elementos comunes a toda conquista espiritual. Son los que caracterizan a las mujeres y los hombres que al través de la historia han hecho suyas las promesas de Dios. Todo acto de fe, todo milagro, es precedido y acompañado hasta el final de tales virtudes: Esfuerzo y valor.

Esfuerzo, nos dice el diccionario, es el: Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Dios parte, para el cumplimiento de sus promesas, de lo que ya hay en nosotros. Conocimiento, fe, disposición, etc. Y nos ordena que explotemos al máximo los dones que ya hemos recibido. Como a Josué se nos llama a tomar ánimo; es decir, a invertir toda nuestra energía, nuestras capacidades, nuestros recursos, en la tarea que nos ocupa. A la conquista de la promesa recibida dedicamos el todo de nuestros recursos y lo hacemos hasta el extremo del agotamiento. Esto se refiere tanto al lugar, la importancia que le damos a lo que queremos alcanzar, como a los costos que estamos dispuestos a gastar en ello. San Pablo da buen ejemplo de ello cuando asegura: Y yo con el mayor placer gastaré lo mío,  y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas,  aunque amándoos más,  sea amado menos. 2Co 12.15 Otro buen ejemplo es el del reformador escocés John Knox, quien oraba diciendo: “Señor, dame Escocia o muero”.

El valor, es la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Es decir, como Josué hubo de hacerlo, nosotros debemos estar dispuestos a hacer cosas que nunca hemos hecho, a hacer lo que hacemos de manera que nunca antes lo habíamos hecho y a enfrentar peligros y riesgos que, de no estar ocupados en la empresa que perseguimos, no tendríamos que enfrentar. A Jesús, Pedro preocupado por los riesgos que enfrentaba al denunciar la injustica y el pecado, le rogaba que tuviera compasión de sí mismo y evitara el ir a Jerusalén. Jesús, no solo lo equipara a Satanás, sino que lo acusa de dejar de ver las cosas de Dios y ocuparse de las de los hombres. Es decir, Jesús reafirma su propósito de pagar los costos de su ministerio ante la consideración que Pedro hace de replegarse, de dejar de luchar por aquello que representa tantas dificultades y sacrificios.

Esto nos lleva a otra acepción más del término valor: La subsistencia y firmeza de algún acto. A Josué, y a nosotros, no sólo se nos pide coraje ante las dificultades y peligros; también se nos pide que perseveremos luchando hasta alcanzar el fin perseguido. Muchas de las tragedias, las frustraciones y los desánimos de los creyentes tienen que ver con el hecho de que dejaron de luchar. Matrimonios frustrados, hijos fracasados, trabajos empecatados, sueños abortados, etc., tienen como común denominador el que quienes creyeron posible y, por lo tanto, empezaron a luchar para obtener la victoria, dejaron de luchar y se sienten satisfechos apenas manteniendo el fuerte.

Nosotros queremos ser llenos del Espíritu Santo y sabemos que Dios ha prometido darlo a quienes lo pidan. Como esta, tenemos otras victorias a la vista: la sanación de nuestra iglesia, el crecimiento integral de la misma, el testimonio relevante a la sociedad mexicana. Y todo esto es posible porque Dios nos lo ha prometido y llamado a alcanzarlo. Así es que tenemos que esforzarnos y ser valientes.

Pareciera paradójico que algo en apariencia tan sencillo como la práctica de la oración, resulte tan difícil de ser logrado. Pero, resulta que en la conquista de una vida de oración está la raíz de todas las demás conquistas espirituales. La oración es poderosa, es poder. Se gana mucho más postrado ante el Señor, puertas cerradas, que con un activismo desgastante. Por lo tanto, es tiempo de que nos dediquemos a la oración con esfuerzo y con valor. Que hagamos de la oración, y nuestra súplica de ser bautizados con el Espíritu Santo, la prioridad principal de nuestra vida. Que dediquemos tiempos y lo hagamos de maneras que nunca antes hemos experimentado. Que organicemos nuestra vida alrededor del cultivo de la oración.

Y, debemos hacerlo con valor. Quien ora es como quien va a la guerra. Enfrenta riesgos y peligros reales porque atenta contra el orden del príncipe de este mundo. Así que se necesita fuerza, vigor para orar, pero también se necesita que seamos perseverantes. Que nunca sea suficiente lo que hemos orado y que siempre estemos dispuestos a ir por más en nuestra vida de oración.

A nosotros, como a Josué, se nos asegura que si nos esforzamos y somos valientes, si no tememos ni desmayamos, Dios estará con nosotros dondequiera que vayamos, hará prosperar nuestro camino y que todo nos salga bien. Tal nuestra promesa, tal nuestra esperanza.

 

Ante las Masacres de Cd. Juárez y Tijuana

Publicado 25 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Apologética, Compromiso, Corrupción, Discipulado, Espiritualidad, Fe

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Esta mañana escuché el lamento dolorido del corazón de un pastor. Una conocida periodista entrevistaba al aire al sacerdote de la mayoría de los jovencitos asesinatos el sábado pasado en Ciudad Juárez, el padre Roberto Ramos. Ellos eran no sólo asiduos asistentes, sino gente comprometida en las tareas de evangelización y servicio a su comunidad religiosa. Es decir, los asesinados eran gente limpia, jóvenes que confiaban en el poder del evangelio para la transformación de sus vidas y las de otros jóvenes que, como ellos, enfrentan el cotidiano reto de elegir el bien entre tanta abundancia del mal como la que se da en esa ciudad fronteriza. Más allá de su ser católicos, eran hombres y mujeres, casi niños, a quienes su fe en Dios animaba y alentaba para ser luz en medio de las tinieblas.

Muy temprano, también, he tenido la oportunidad de ver algunas fotografías del centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, en el que apenas anoche fueron asesinados catorce hombres jóvenes que estaban luchando por salir de la drogadicción y recuperar la libertad de su alma. Me llama la atención que, en algunas de tales fotografías, destaque la razón social, el nombre, de la organización que patrocina el trabajo del albergue de referencia: El Camino, A.C. A todas luces, quienes se han comprometido en la tarea de ofrecer a drogadictos y alcohólicos, así como a sus familiares, una alternativa de vida, lo hacen animados por su fe en Jesucristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. De la misma manera que quienes, derrotados por el pecado y atraídos por la luz de Cristo, buscaron en el camino de la fe la salida de una manera de vivir que era más muerte que vida. Con muchas probabilidades, era una perspectiva evangélica-cristiana la que animaba a quienes ahora están muertos, a buscar en Dios la luz que iluminara sus respectivas vidas.

No sé ustedes, pero enterarme de cuestiones como estas me provoca, al igual que al sacerdote católico de referencia, dolor, ira y tristeza. Pareciera que estamos ante el fracaso de la fe, del poder del evangelio, del testimonio de la iglesia. Pareciera, también, que Dios se ha ido o que ha endurecido su corazón ante tanto dolor humano. Sin embargo, como el corazón dolido de ese pastor asegurara a la reportera esta mañana, ni la muerte de catorce jovencitos, ni las muchas otras expresiones de la violencia injusta que sufre nuestro País en particular, son la voluntad de Dios. Tanto dolor, tanta muerte, tanta pérdida, confusión y frustración, lastiman y ofenden también a Dios. Por eso, decía el párroco de la Iglesia del Señor de los Milagros, en medio de toda esta violencia y del dolor que la misma genera, podemos estar seguros que Dios está de nuestro lado.

Sí, podemos asegurar también nosotros, Dios está de nuestro lado, del lado de la justicia. La Biblia nos asegura que Dios se acuerda de los afligidos y no olvida sus lamentos; castiga a quienes les hacen violencia. Y, también asegura: Esto ha dicho el Señor: “A los pobres y débiles se les oprime y se les hace sufrir. Por eso voy ahora a levantarme, y les daré la ayuda que tanto anhelan.» Salmos 9.12; 12.5

Si esto es así, si las cosas que están sucediendo en nuestro país no sólo no son la voluntad de Dios, sino que al ir contra la misma provocan que Dios actúen en contra de los violentos y los corruptos e ineptos, ¿cuál es nuestro papel como comunidad cristiana?, ¿qué somos llamados a hacer ante la violencia que destruye miles de vidas (alrededor de 30,000 bajo la presente administración federal), y daña a miles más que enfrentan la orfandad, la ausencia de los hijos y hermanos, etc.? ¿Podemos quedarnos callados, acostumbrándonos a lo que sucede a nuestro alrededor, rogando porque a nosotros no nos suceda?

Desde luego que no. La Iglesia, la comunidad de creyentes que nos asumimos discípulos de Cristo, tenemos una doble obligación: primero, la de ser solidarios con aquellos que sufren la violencia injustamente. Es decir, hacer nuestra la causa de ellos y asumir su dolor y la injusticia que padecen como nuestra. Además, tenemos la obligación de la denuncia profética, tenemos que levantarnos y denunciar tanto la injusticia de la violencia asesina, como la injusticia de un sistema político, económico y social que permite y favorece el fortalecimiento del poder de los delincuentes.

Una vez debo denunciar, como muchos otros lo están haciendo también a riesgo de su propia seguridad, que la estrategia presidencial para contrarrestar a la delincuencia organizada ha fracasado. El empecinamiento del Presidente Calderón para ignorar las voces que alertan sobre la falta de atención a las causas sociales que favorecen a la delincuencia, no sólo es fanático sino también irresponsable. Reitero que es fácil ir por la vida ofreciendo la sangre de otros, cuando la propia se encuentra bajo seguro resguardo. Sobre todo, cuando mucha de la sangre que se derrama en una estrategia sin rumbo ni concierto, es sangre inocente y que no tiene a quienes reclamen por ella.

Los delincuentes, los asesinos, deben ser detenidos. La suya es una cruzada injusta y pecaminosa. Como destino sólo tienen el castigo de Dios y nosotros no podemos ni darles la razón, ni ponernos de su lado. Mucho menos, justificar lo que hacen. Nuestro deber cristiano incluye tanto el llamarlos al arrepentimiento, como denunciar como malas sus obras. En este sentido, la Iglesia de Cristo, debe estar al lado de las autoridades fieles que enfrentan con sabiduría, valor y sacrificio a los delincuentes.

Pero, nuestra tarea profética también incluye el denunciar que gobiernos que propician la pobreza de muchos para mantener el bienestar de los pocos, son igualmente contrarios a la voluntad de Dios y, por lo tanto, igualmente injustos y pecadores. El avance de la llamada delincuencia organizada no sería tal si no se contara con la complacencia y aún con la colusión de muchas autoridades. Por ello, no basta con que el Presidente denuncie que hay gobernadores y funcionarios que, como cantaba Pedro Infante, ante el avance de la delincuencia se agachan y hacen a un lado. Si lo sabe, si sabe quiénes son las autoridades que actúan a lo Pedro Infante, y cuenta con los elementos probatorios de su dicho, su deber es denunciarlas y perseguirlas con los recursos que la ley y su investidura le proveen y no seguir haciendo política con la aplicación de la justicia. Al igual que él, los muchos políticos, funcionarios, y hombres y mujeres de autoridad, que se llenan la boca insinuando la culpabilidad de otros, tienen la obligación de la congruencia para así contribuir a detener no sólo a los que matan con las armas a los inocentes, sino contra aquellos que con el hambre, la pobreza, la marginación y la explotación, atentan injustamente con la vida presente y futura de millones de mexicanos.

Como Iglesia, como comunidad de creyentes en Cristo, ya se trate de católicos o de cristianos-evangélicos, todos somos llamados a asumir como propia la responsabilidad de ser, efectivamente, luz y sal en este Mundo. Luz, porque guiamos, porque animamos con nuestro ejemplo a que todos sigamos las enseñanzas de Cristo. Como sal, porque contribuimos a detener, cuando menos a estorbar, el crecimiento de la injustica que se evidencia en la muerte, y la pérdida de la esperanza, de los inocentes. Como sucedió en Monterrey, también este fin de semana, somos llamados a comprometernos en la oración intercesora a favor de nuestro México. Pero, como Juan el Bautista, también somos llamados a pararnos en la plaza pública y denunciar a los poderosos recordándoles que no les es lícito hacer lo que están haciendo.

Como en otras ocasiones, conviene que un servidor asuma la total y exclusiva responsabilidad de lo aquí dicho. Sé que corro el riesgo de que mi voz sea apagada y lo asumo en la esperanza de que, si esto fuera así, Dios levantará a otros que denuncien la injustica y proclamen la llegada del año agradable del Señor. Es este el tiempo de llorar con los que lloran, de hacer nuestro el dolor de los que sufren, pero, también es el tiempo de proclamar con fe y compromiso santo la buena noticia de nuestro Señor Jesucristo, quien ha venido para que los hombres tengan vida y vida en abundancia.

Termino mis palabras en la confianza de que seguiremos caminando juntos. Y que, de no ser así, podremos decir como ese profeta de nuestros tiempos, el Pastor Juan Marcos Rivera, decía: ahí nos vemos, Jesús, por el camino.

Como Plumas de Ganso

Publicado 18 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Alguna vez, nuestro Señor Jesucristo hizo referencia al hecho de que nuestro adversario el diablo sólo ha venido para robar, matar y destruir. Creo que difícilmente podemos encontrar una mejor descripción de lo que el abuso resultante de la violencia intrafamiliar hace en las personas, especialmente en las mujeres. Los abusos son equivalentes al hecho de esparcir plumas de ganso al aire, se llega al momento en el que el abusador pierde el control sobre lo que ha hecho y el daño se hace cada vez más grande, más poderoso y alcanza a más y más personas. Sucede lo mismo que con quien avienta plumas al aire, no sabe hasta dónde llegarán y a cuántas personas afectarán una vez que han salido de sus manos.

El padre o la madre que abusan de sus hijos, lo mismo que los esposos que abusan de sus esposas o los hijos que abusan de sus padres y madres, no sólo causan dolor y daño en el aquí y ahora de los suyos. Desatan fuerzas que nunca más podrán controlar y que esparcirán el dolor y el daño a muchos otros, en muchos lugares y al través de mucho tiempo. Conozco mujeres que a sus más de setenta años, todavía lloran y se estremecen cuando recuerdan lo que sus padres, abuelos o hermanos, hicieron con ellas. Van por la vida, tristes y provocando la tristeza, y a veces el dolor, de aquellos con los que comparten su vida. Al igual que conozco padres ancianos, a los que el menosprecio y las ofensas de los hijos los han marcado y, con toda seguridad, seguirán causando dolor hasta que la muerte los libere del mismo.

Debemos entender que la violencia intrafamiliar provoca un deterioro integral de la persona. Es decir, no sólo la afecta físicamente, sino que también la daña en lo espiritual, lo intelectual, lo emocional, y, desde luego, en el terreno de lo relacional. Sí, quienes sufren cualquier tipo de violencia, en cualquier edad de sus vidas, son despojados de mucho de aquello que les hace seres humanos. Sucede con ellos lo que nuestro Señor Jesús describe como la primera obra del diablo: son robados.

Se les roba dignidad. Esta es la principal característica de los seres humanos, consiste en el hecho de que las personas son merecedoras de respeto, dado que son creadas a imagen y semejanza de Dios. La falta de respeto es causa y efecto del menosprecio. Se abusa de aquellos a quienes se desprecia, a quienes se tiene en poco. Es decir, a quienes no se tiene en estima. A fuerza de repetir y aumentar el grado de tales expresiones de menosprecio, la persona abusada aprende que no vale, que no importa, que no es merecedora de respeto por parte de sus abusadores… y de los demás. En consecuencia, el robo de su dignidad le lleva a que su estima propia muera poco a poco, y de manera irreversible.

Sí, los abusadores y los sistemas familiares que los permiten, matan la estima propia de aquellos de quienes abusan. Muchas veces la violencia intrafamiliar provoca la muerte física de los suyos. Según la Revista Nexos el 20% de los asesinatos en México son de mujeres, en el contexto de la violencia intrafamiliar. Pero, con todo el drama y el dolor de quienes son asesinados por sus propios familiares, es mucho más dramático el hecho y mucho mayor el número de aquellos que, estando vivos, llevan la muerte en el alma. Y esta es mucho más que una mera frase efectista, es literal. El alma es el asiento de los pensamientos y las emociones de las personas. Es decir, en el alma se desarrolla también la capacidad intelectual que permite a las personas pensar atinadamente, tomar las decisiones adecuadas y oportunas, analizar y discernir sobre las cuestiones importantes de la vida.

Los abusadores matan tales capacidades en los abusados. No pocas veces, lo primero que me dice quien ha sido, o está siendo víctima de abuso, es “no sé”. “No sé qué pensar”, “No sé si estoy bien o no”, No sé…” Ante la pérdida o la disminución de la capacidad para pensar, razonar y decidir por sí misma, la persona abusada queda más y más a expensas de quien las ofende y daña. Cada vez son menos ellas, para ser, también cada vez más, quienes sus abusadores quieren que sean.

En consecuencia, la libertad de la persona abusada va muriendo poco a poco. Como en el caso de las víctimas de abuso sexual, se trate de mujeres o de hombres, quienes terminan por no presentar resistencia ante la violación que sufren. Aprenden que no pueden hacer nada, que sólo les queda resignarse y así se muere en ellos su dignidad, su capacidad para pensar y sentir y, desde luego, su libertad. He perdido ya la cuenta del número de veces que personas que han pedido hablar conmigo en busca de consejería, llaman por teléfono para disculparse porque ya hablé con mi marido-mi padre-mi hijo-mi jefe y no quiso que yo hablara con usted”. Lo peor es que no sólo sufren la muerte de su libertad para buscar ayuda, también va muriendo en ellos la fe, la confianza en Dios, la capacidad para creer que Cristo es su liberador, así como es su Salvador. Sí, el la violencia intrafamiliar mata el alma de las personas.

Robo más muerte, es igual a destrucción total. Como pasa con el diablo, los abusadores no se contentan con robar y matar, no descansan sino hasta que destruyen a sus víctimas. Al robo y a la muerte agregan la burla, la ostentación de su poder y los efectos del dolor infligido. Amenazan, presumen, evidencian, tanto su conducta, como los daños causados. Por eso dejan a la vista las fotos de sus conquistas, por eso señalan las debilidades y limitaciones de aquellos a quienes dañan, por eso cada vez causan más daño y dañan a más personas. Porque no les es suficiente con robar y con matar, necesitan destruir como lo hace su padre el diablo.

La buena noticia es que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo. Ha venido para regenerarnos, es decir para hacer de nuevo lo que estaba en nosotros desde nuestro nacimiento. Él nos ha justificado, ha quitado lo que está de más y ha añadido lo que hacía falta. Así que quienes han sido redimidos por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, son libres de dos cosas: del poder de sus abusadores, y, la segunda, del poder de las heridas recibidas. Pueden vivir en plenitud de vida. Pero, para ello, tienen que pagar el precio que representa el salir de su propio Egipto y caminar hasta la Tierra Prometida.

Es decir, tienen que asumir –hacer suya-, la convicción de que el sacrificio de Cristo en la cruz alcanza para que salgan de su condición de víctimas y vivan como mujeres y hombres libres. Deben creerlo y actuar en consecuencia. Denunciando, oponiéndose y haciendo público el hecho del abuso recibido. Pueden hacerlo a pesar de la vergüenza y el dolor que ello provoque, porque en Cristo son más que vencedores.

Pero, también, deben creerlo y actuar en consecuencia sobreponiéndose a los pensamientos, las emociones y los temores que los dañan y limitan. Por favor, no permitan que el diablo y quienes han abusado de ustedes se salgan con la suya. Al abuso, al menosprecio, al robo, la muerte y la destrucción que les han provocado, respondan con el poder liberador de la sangre de Cristo. Paguen el precio de salir al desierto y caminar hasta la Tierra Prometida, en su caminar no estarán solos: Dios será la nube que los proteja y la antorcha que los guíe. Será difícil y doloroso; habrá soledad y confusión, es cierto. Pero, quien pone sus pies en el agua de la vida no tiene otro destino sino la libertad gloriosa que Dios ha provisto para los suyos.

A ti te recuerdo el llamado a Josué: Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios, está contigo.