El Amor de Dios se Nota

Publicado 24 diciembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Biblia, Navidad

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Lucas 1.46-55

Que la celebración de la Navidad ha perdido su propósito, su razón de ser, ni es noticia, ni es asunto que parezca preocupar a muchos. Sabemos bien que la temporada navideña ya representa un problema de salud mental para muchos, quienes lejos de asumirla como una época de gozo, amor y felicidad, la encuentran llena de tristeza, depresión y soledad. No se trata sólo de que la Navidad haya caído en manos de los voraces comerciantes, ni, tampoco, de que sea una época de simulaciones y falsedades. Creo que hay una razón de fondo que explica la secularización de las fiestas navideñas y la notoria ausencia del Niño Jesús, y todo lo que él significa, en las reuniones familiares y sociales de estos días.

La razón que propongo como la que explica la pérdida del sentido original de la celebración navideña es, simple y sencillamente, lo difícil que significa para muchos el creer y experimentar la realidad del amor de Dios. Creo que la pregunta que muchos se hacen al respecto no es si Dios existe o no, más bien, se preguntan si es verdad que Dios es amor y, sobre todo, si Dios los ama. Algunos podrían pensar que la soledad de las multitudes, la pérdida de la fe, el aumento de la maldad, etc., son cosas propias del hombre moderno y que, por lo tanto, es ahora, en estos tiempos, cuando resulta difícil creer en el amor divino.

La verdad es que, en los tiempos en que nació Jesús, las cosas no estaban mucho mejor que ahora. Los pobres eran bien pobres y los ricos, muy ricos. La violencia contra las mujeres era pan de todos los días, dado que se dudaba que fueran racionales (que tuvieran alma), y eran, por lo tanto, tratadas como menores de edad sin importar cuántos años tuvieran. La violencia social era dramática, los soldados, como los de nuestro tiempo, eran corruptos, abusivos y sanguinarios. Los bienes religiosos, eran propiedad de unos cuantos, así que quienes buscaban su último refugio en las cuestiones espirituales, enfrentaban la doble moral, la corrupción y el desprecio de los sacerdotes y demás dispensadores de la fe, la esperanza y el amor.

Por todo ello es que resulta tan importante el cántico de María, cuando agradecida por la gracia recibida, alaba a Dios convencida de que las cosas, por fin, han empezado a ser diferentes. En efecto, el centro de la alabanza mariana es la misericordia de Dios. NVI traduce: “Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre”. La misericordia es la manifestación externa de la compasión, del amor mismo. Así que María ve en Jesús un hecho de por sí relevante, el amor de Dios se muestra, se pone a la vista. No se trata de una mera expresión de propósitos o de buenas intenciones, el amor de Dios se hace una realidad, se expresa en cuestiones concretas, objetivas y posibles de medir y evaluar.

María no dudaba de ello puesto que llevaba en su seno la manifestación sublime del amor de Dios para ella y para la humanidad. Pero, aun siendo cierto eso, dirían algunos, nosotros no estamos preñados de Dios. ¿Cómo, entonces, creer y asumir como real que Dios nos ama?

Lo primero que encontramos es que el amor divino se manifiesta preferentemente a quienes están en necesidad y se asumen como necesitados. A quienes han llegado a una condición en la que los recursos a su disposición no son suficientes para enfrentar la desventura que están viviendo… y lo aceptan. Algo que, me parece, provoca el espíritu secular navideño, es una sensación de autosuficiencia o de la capacidad extrema para llenar los vacíos existenciales. Aún cuando pocos se llenan, muchos se esfuerzan por parecer satisfechos o piensan que, si se esfuerzan un poco más, por fin alcanzarán la saciedad que anhelan. Lo trágico es que si el diciembre navideño es duro para muchos, la resaca que le sigue es mucho más difícil, solitaria y costosa para quienes después de tanto, siguen estando vacíos.

Ello nos lleva a la segunda cuestión. Ante las señales que anunciaban la disposición divina para manifestar su amor a las personas en lo particular, y a la humanidad toda, consecuentemente, hay un común denominador en quienes supieron entender e interpretar tales señales. Sirva de ejemplo la declaración de los sabios de Oriente a Herodes, respecto del niño Jesús: Su estrella hemos visto, y venimos a adorarlo. Al igual que los pastores, o que Zacarías que estuvo contando los años y los días que le faltaban en el turno para oficiar delante de Dios, quienes pueden constatar, comprobar, que Dios les ama, son quienes buscan, piden y hacen lo necesario para ser y estar en la condición que el amor de Dios pueda manifestarse.

Desde luego, es esta una cuestión de fe, de la cual podemos aprender, y conviene que lo hagamos. El amor es una cuestión de dos, es un baile que se baila en pareja. Es decir, Dios, quien nos ama, necesita de quienes estemos dispuestos a testificar la realidad presente de su amor. Partiendo del hecho de que Dios, no sólo está dispuesto a amarnos, sino que lo está haciendo, se requiere que nosotros busquemos estar ahí, en el espacio en el que el amor de Dios ha de manifestarse. Los pastores dijeron: Vamos, pues a Belén, a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Donde estaban no podían ver el amor divino hecho realidad. Tenían que ir a Belén. Y cuando llegaron, yendo de prisa, encontraron a María, a José y al niño Jesús. Estuvieron frente a frente con la evidencia del amor de Dios.

En Navidad, aún los creyentes sinceros, llegamos al pesebre en esperanza y desanimados. Creyendo y llenos de incredulidad. No de que el niño Jesús nació, y de todo lo que está alrededor de su nacimiento sorprendente; más bien, llegamos cansados de creer en el amor de Dios, sin ver la realidad del mismo en nuestras vidas. Por ello es que, quisiera animarlos, para que hoy y a partir de este momento, dejemos en un segundo plano lo que nos detiene y caminemos los caminos que nos llevan a la realidad objetiva y concreta del amor que Dios nos dispensa. ¿Cuáles son estos caminos?, desde luego son caminos de fe. Pero, también son caminos de purificación, de santidad, de compromiso y de entrega. Se trata de que volvamos a cavar los pozos de nuestra espiritualidad, de los que ya hemos bebido y que ahora parecen estar secos.

Se trata de que asumamos que, en verdad, nuestros vacíos sólo pueden ser llenados por Dios. Y partiendo de tal verdad, creamos que él no se ha olvidado de tratarnos con misericordia. Navidad es el recordatorio de que, nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad, y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz. Lucas 1.78,79

Hemos Visto su Estrella

Publicado 24 diciembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Navidad

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Al repasar los relatos de la Navidad me encuentro con un hecho importante. A Abraham, Dios le dio como ejemplo de la numerosidad de sus descendientes, el incontable número de las estrellas. Alrededor del nacimiento de nuestro Señor Jesús, hay también una estrella de por medio. Sin embargo, a diferencia del caso de Abraham, a los sabios de Oriente, les fue dada por señal una sola, la que coloquialmente conocemos como la Estrella de Belén.

Llama mi atención que, en ambos casos, hay un elemento común: el de la dificultad para comprender aquello a lo que la señal. Para Abraham seguramente resultó muy difícil entender cómo él podría ser el padre, la raíz, de tantos descendientes, siendo que no había tenido aun, ni siquiera un hijo. Para los sabios de Oriente, no debe haber sido fácil identificar entre tantas estrellas luminosas, a esa sola estrella que anunciaba la llegada de la luz del mundo.

Y llama mi atención lo aquí mencionado porque, en los casos que nos ocupan, había que entender la señal para poder comprender la realidad de la bendición prometida. Por la fe vemos lo que todavía no es. Pero, lo vemos. Es más, la fe que es resultado de la comunión íntima, profunda y confiada con Dios, nos permite estar convencidos y, por lo tanto, actuar en consecuencia, de aquello que todavía no está al alcance de nuestras manos. De aquello que ya es una realidad para nosotros, pero que, sin embargo, no resulta del todo comprensible y accesible en la condición en que nos encontramos.

Casi para llegar a Belén, los sabios de Oriente andaban perdidos. Vinieron de tan lejos, viajaron tanto tiempo, siguiendo la estrella. Pero, a pocos kilómetros de su destino final, ya no supieron con certeza donde quedaba el lugar exacto que la estrella les mostraba. A solo nueve kilómetros, a escasos sesenta minutos a pie del lugar donde la estrella reposaba, los sabios dejaron de saber y fue necesario que preguntaran a quien ni idea tenía de la existencia de tal estrella ni, mucho menos, de la llegada al mundo del Rey. Herodes, quien no tenía noticias del nacimiento de Jesús, es quien tiene que responder y reorientar a los sabios de Oriente en la dirección adecuada.

Como Abraham, como los sabios de Oriente, así nosotros. También nosotros caminamos por fe. Abandonamos nuestra tierra y parentela, nuestra antigua manera de vivir, para caminar por los desconocidos caminos de la fe. En nuestro observar la vida, hubo un momento en el que nos dimos cuenta que algo diferente estaba sucediendo. Algo brilló frente a nosotros y sobresalió por sobre cualquier otra luz que hubiera atraído nuestra atención. Entendimos, entonces, que era necesario dejarlo todo e ir al encuentro de quien nos atraía con el brillo de su luz a una nueva vida.

Desde entonces, estamos en camino. A veces, muy seguros; en otros momentos, sin saber bien a donde vamos o a donde tenemos que ir. En ciertas ocasiones, animados desde dentro nuestro, por el testimonio del Espíritu Santo. En otras, tenemos que recurrir a los herodes de nuestros tiempos, para entender hacia dónde nos dirige el Señor. Así hemos caminado durante el año que se está acabando; así habremos de seguir caminando los días que el Señor nos depare sobre esta tierra. Y qué bueno que es así: caminar en la incertidumbre, a veces seguros, a veces temerosos. Como Moisés, quien se mantuvo como viendo al Invisible, mirando al que no se ve.

Cuando los sabios de Oriente llegaron a donde Herodes, le hicieron saber que había visto en el cielo la estrella del Rey de los judíos y, añadieron, hemos venido para adorarlo. Quizá a Herodes solo le interesó la primera parte del comentario de los sabios, por lo que ella representaba para él como rey. Pero, lo importante, lo que daba sentido al viaje, a la búsqueda de ayuda y dirección, está en la segunda parte de la declaración de los sabios de Oriente. Dijeron, hemos venido a adorarlo.

Todo: Tiempo, esfuerzo, recursos, alejamiento de la familia, etc., todo por una sola razón: los que vieron la señal en el cielo entendieron que habían venido al mundo, había acumulado dones y riquezas, con un solo propósito: Adorar al Rey nacido en Belén. Vinieron a Belén de tan lejos, viajando por casi dos años, simplemente para postrarse ante Jesús, cuyo nombre es Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

¿Para qué vivimos? ¿Para qué hemos nacido? ¿Para qué hemos caminado tanto tiempo y tantos kilómetros hasta este día y este lugar? ¿Para qué hemos acumulado tantos dones y bienes a lo largo de nuestro peregrinaje? Si hemos visto su estrella, hemos hecho todo, y hemos vivido tanto, sólo para adorarle, para postrarnos ante él y ofrecerle lo mejor de nosotros.

No fue suficiente que los sabios de Oriente llegaran a Jerusalén, después de haber caminado cientos o miles de kilómetros. Debían recorrer todavía los nueve kilómetros faltantes. Sencillamente porque el lugar donde reposaba la estrella, Belén, representaba el final de su peregrinaje. Todo camino tiene un final, toda vida llega a su fin. Lo importante no es cómo se empieza, ni dónde se inicia el camino. Lo que importa es cómo se acaba, a dónde se llega cuando termina el camino de la vida.

De los sabios de Oriente aprendemos que así como la razón de nuestro caminar ha sido Jesús, el final de nuestro camino es él mismo. Porque en él vivimos, y nos movemos y somos, asegura el Apóstol Pablo. Así ha sido hasta ahora, que así sea hasta el final. Como pasó con Chofita y con otros este año, habrá quienes sólo empiecen a caminar el 2011. Y lo importante no será cuándo se acabe su camino, sino en dónde termine el mismo. Más aún, ante quién termina el largo viaje por la vida. Si este termina en Jesús, y quiera el Señor que así sea, habremos llegado a casa y lo habremos hecho en paz, viendo cumplida la promesa y justificada nuestra esperanza.

Ustedes y yo hemos visto la estrella, vivimos iluminados por la luz de Cristo. Hagamos nuestro el propósito, entonces, de llegar hasta su presencia para entonces, adorarlo por siempre. Porque, nosotros a diferencia de Abraham y de los sabios de Oriente, hemos recibido una promesa eterna y esta habrá de cumplirse: Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria;  porque han llegado las bodas del Cordero,  y su esposa se ha preparado. Nosotros somos la Iglesia de Jesucristo, la esposa del Cordero, y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente;  porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios. Ap 19.8,9. Por lo tanto, los que estamos en camino, lleguemos hasta la presencia del Rey pues es necesario que le adoremos.

José, el Esposo Atípico

Publicado 20 diciembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Familia, Feminismo, Machismo, Parejas, Testimonio

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José es el personaje de la historia de la Navidad que mejor me cae. Con frecuencia me siento solidario con él. Me parece que, en el fondo, José encarna uno de los aspectos más complejos, definitorios y aun difíciles del ser esposo: Asumir –hacer propias-, sin poder ni capacidad alguna para influir y lograr que cambien, las decisiones, las experiencias y/o las maneras de pensar de la esposa. En efecto, cuando José se entera, aparentemente de forma indirecta, que María está embarazada, se encuentra ante una situación en la que él no ha participado y de la que, sin embargo, debe responder de alguna forma.

Bien es cierto que María y José no vivían todavía juntos, como también es cierto que, por razones que no entendemos, Dios decidió tratar directamente con María sin tomar en cuenta el papel que José tenía como esposo de ella. En el entorno judío esta era una situación atípica. Las mujeres judías no gozaban de autonomía, ni cuando hijas, un cuando esposas. No podían establecer acuerdos sin la participación de su padre o de su esposo. En el caso de María, ya existía un contrato matrimonial con José, su relación se encontraba en la fase de la consagración matrimonial, la quedushín. En esta fase, que precedía a la de la consumación del matrimonio y el vivir juntos, la nissuín, María estaba tan obligada a la fidelidad y obediencia su marido José, como si ya viviera con él. Por ello es que resulta especialmente significativo que el ángel Gabriel se haya dirigido a María, y no a José o a los dos juntos, para comunicarle algo tan trascendente como el hecho de su embarazo por el poder y quehacer del Espíritu Santo.

Ante los acontecimientos que nos ocupan, José, como muchos esposos, se ve enfrentado a una situación que le rebasa y le coloca en la necesidad de hacer una decisión sumamente complicada. El evangelista Mateo nos dice que José era un hombre justo. En el contexto bíblico esto significa que José era un hombre que valoraba la Ley Mosaica y las tradiciones y costumbres de su pueblo. Por ello, ante el hecho de que su esposa resulta embarazada por alguien que no es él, enfrenta la necesidad de proceder en justicia; es decir, de hacer aquello que la Ley establecía para tales casos: denunciar a María y dar por finiquitado el compromiso matrimonial con ella.

Ahora bien, la justicia no resultó suficiente para José en la medida que proceder justamente, de acuerdo con lo que la Ley establecía, provocaba un conflicto con otro aspecto del carácter de José. No sólo era justo, sino que también era misericordioso. Como observante cuidadoso de la Ley, sabía que su repudio público de María no sólo significaría para ella vergüenza y marginación. También abría la puerta para que María fuera castigada conforme a lo que la Ley establecía como el castigo para una esposa adúltera: ser apedreada hasta que muriera.

Obviamente, José amaba a María. Más aún, la misericordia de José le impedía asumir la responsabilidad de la muerte de cualquiera, particularmente, de la muerte de la mujer que él amaba y legalmente ya era su esposa. ¿Qué hacer?, era el dilema de José. Cumplir con lo que se sabe, lo que se ha aprendido y lo que se cree; o correr el riesgo de transitar por caminos desconocidos en el cómo de las relaciones conyugales. No debe haber sido esta una situación fácil para José. Mateo dice que José no quería denunciar públicamente a María, [y] decidió separarse de ella en secreto. Una mejor traducción dice de José, pero a la vez no quería. José sabía lo que un esposo tenía que hacer ante el embarazo, la presunta infidelidad, de su mujer. Su forma de pensar, la manera en que había aprendido a ser esposo, por el ejemplo de su padre, su abuelo, los otros esposos con los que él convivía, le mostraban el camino a seguir. José, por lo tanto, sabía lo que debía hacer, pero a la vez no quería hacerlo.

Por ello estuvo dispuesto a violentar, él mismo, la Ley Mosaica. Llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era separarse de María en secreto. Pero, la Ley no contemplaba tal modalidad. De hacerlo, él mismo quedaría en entredicho porque si el hijo de María no era suyo, debía haberla denunciado públicamente; y si era de él, entonces no tenía razón para repudiarla.

Difícil situación la de José. ¿Qué hacer, cumplir de la forma debida o ir en contra de lo que él mismo era, creía y consideraba propio? ¿Qué hacer ante aquello en lo que el proceder de su mujer lo colocaba en una condición de ignorancia, confusión y conflicto interior? Esta es una pregunta válida no sólo para José, sino para muchos esposos de nuestros días. La cotidianidad de la vida conyugal lleva a los esposos a circunstancias inesperadas y desconocidas que actúan como parteaguas de lo que son, piensan, hacen y deciden. Muchas cosas de lo que sus mujeres piensan, hacen y deciden ponen a prueba lo que los maridos han aprendido que es lo correcto, lo propio, lo conveniente. Como José, no pocos concluyen que lo mejor es separarse en secreto de sus mujeres.

Este separarse en secreto, incluye la toma de distancia emocional, y aun espiritual, respecto de la esposa. Se termina por ver a la mujer como a alguien ajena al esposo, con la que, sin embargo, hay que seguir interactuando, relacionándose, de la mejor manera posible. Es decir, los maridos se separan de su mujer en lo secreto –muy dentro suyo-, aunque permanezcan en relación con ellas. Pero, como en el caso de José, llegar a tales conclusiones y/o tomar tales decisiones, lejos de traer paz al marido y de contribuir al bien de la relación matrimonial, sólo producen noches oscuras, como la de José.

Siempre me ha parecido muy interesante, bella y reveladora la expresión con la que el ángel anima a José: No tengas miedo de tomar a María por esposa (no temas recibir a María como tu mujer). El ángel mete el dedo en la llaga, pues hace evidente que la mayoría de los esposos experimentan miedo ante las expresiones de la libertad y autonomía de sus mujeres. Que la esposa no sea, piense y actúe como el marido piensa que debe hacerlo, genera miedo en el corazón del esposo. El miedo coarta la libertad y termina por destruir a quien lo experimenta y a quienes ama. Por ello es que el ángel invita a José a que no actúe como se acostumbra hacerlo; más bien, le propone, abre tus ojos y descubre que lo que pasa en María es quehacer del Espíritu Santo. José, ábrete y disponte a conocer y participar de los tiempos nuevos que el Espíritu Santo está trayendo a tu mujer, a ti mismo y a todo el mundo.

El nacimiento del niño Jesús también nos anuncia que el cómo de las relaciones matrimoniales es transformado a la luz de Cristo. Jesús libera a las mujeres y las trata de tú a tú, sin intermediarios, sin tutores. Reconoce en ellas la imagen y semejanza de Dios. Por ello, para hablar con María, Dios no tiene que pedirle permiso a José. Pero, Jesús también libera a los hombres de la pesada carga de ser los dueños, los responsables últimos de sus mujeres. El reconocerlas como iguales a ellos, el respetar sus espacios de decisión y autoridad, el participar de aquello en lo que ellas están envueltas, aun cuando parezca ponerlos en riesgo, no es razón para que teman. La razón es sencilla, en el fortalecimiento de la identidad, la individualidad, de su esposa, es el Espíritu Santo quien está actuando.

José me cae bien porque me identifico con él cuando me confundo, me estremezco, me enfado, ante el actuar independiente de mi esposa. Pero, José me cae mejor porque veo en él la clase de esposo que me propongo ser cada día. Justo, pero misericordioso; temeroso, pero confiado; cansado, pero paciente; ignorante, pero obediente a la palabra recibida de Dios para el bien de mi matrimonio. Y a esto animo a los esposos que me escuchan o leen. Oro por que la realidad de Cristo en los esposos cristianos nos permita ser participantes, junto con José, de las buenas nuevas de paz para los hombres que gozamos del favor de Dios.