Ante el Machismo Bíblico

Leí hace poco que cuando Adela Micha, la reconocida conductora y periodista, fue cuestionada por su ocuparse reiteradamente del tema de la violencia en contra de la mujer, respondió que no se trata de una cuestión de necedad, sino de necesidad. Desafortunadamente, la realidad se empeña en darle la razón a Adela y muchos otros que seguimos considerando que el tema de la violencia en contra de las mujeres no debe dejarse de lado, en tanto las mujeres sigan siendo víctimas de tan injusta violencia.

Apenas ayer, el periódico Reforma informaba que de enero de 2009 a junio de 2010, en once estados del país, se dieron 890 feminicidios, de los cuales el 58% implicó un alto grado de violencia. Por cierto, menos del 5% de tales crímenes han recibido sentencia. La Encuesta sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, realizada el año 2007, arrojó el dato de que 67% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido violencia de algún tipo y que el 92% de las mujeres ha sufrido alguna manera de intimidación en sus comunidades. 43.2% sufren algún tipo de violencia a lo largo de sus relaciones de pareja y el 16% de las mujeres sufren maltrato de alguno de sus familiares, además del que reciben de sus parejas. No cabe duda que sigue siendo necesario el que nos ocupemos de tan delicado tema y animemos la concientización de los hombres y las mujeres creyentes, respecto de la necesidad de llevar el todo de nuestras relaciones a la luz de Cristo.

Como hemos dicho en otras ocasiones, desafortunadamente ciertas interpretaciones parciales, prejuiciadas y hasta ignorantes de los textos bíblicos dan pie a la pretendida legitimidad de la violencia en contra de las mujeres. Quienes van a la Biblia influenciados por los valores machistas de la cultura judeo-cristiana, encuentran en la misma suficientes razones para justificar un modelo de relación entre géneros, en el que el hombre actúa desde una presunta superioridad y la mujer aparece como una natural subordinada. Pero, debemos decirlo una vez más, el que una lectura prejuiciada de la Biblia parezca dar razón a quienes pretenden encontrar razón en ella para tal modelo de relación, no significa que tal lectura sea correcta.

Para empezar, todo estudioso de la Biblia sabe que la interpretación de los textos bíblicos exige de la consideración del contexto histórico, cultural y aún ideológico y doctrinal de los mismos. El estudioso de la Biblia sabe que la misma fue escrita en circunstancias distintas a las del lector contemporáneo y que, por lo tanto, la tarea exegética incluye, y aún requiere, de una adecuación acorde al aquí y ahora en el que la Biblia se lee y aplica. Tal tarea implica la necesidad de distinguir y separar los valores culturales que los escritores bíblicos reflejan y transmiten, respecto de los principios bíblicos que trascienden lugares, tiempos y culturas particulares. Esto implica que resulte un error el simplemente aplicar a las circunstancias actuales lo que era propio de una cultura y forma de organización social propia de otros tiempos y circunstancias.

Entender esto nos permite descubrir, apreciar y aplicar los principios inherentes a la verdad revelada por Dios en su Palabra. Para empezar, en tratándose de las relaciones de género, es decir del cómo de la relación entre el hombre y la mujer, debemos considerar lo que los relatos de la creación del ser humano (varón y hembra), enseñan respecto de la dignidad de ambos. Como sabemos, el Génesis contiene dos relatos de la creación que resultan complementarios el uno al otro. El primer relato que aparece, en Génesis 1. , y que por cierto no es el más antiguo, destaca que tanto el hombre como la mujer somos creados en un principio de igualdad y semejanza respecto de Dios mismo. En efecto, el texto sagrado asegura que el Señor creó al hombre y a la mujer, igualmente a semejanza de Dios.

Por otro lado, el relato más antiguo de la creación del hombre y la mujer, mismo que aparece en Génesis 2, destaca que cuando Dios crea a Eva y la presenta a Adán, este reconoce que su mujer es igual a él en dignidad puesto que es sangre de su sangre y carne de su carne. Es decir, ni Adán es más que Eva, ni esta es menos que su marido. Ambos participan de la misma naturaleza.

Así pues, el principio regulador de las relaciones de género contenido en la Biblia, es un principio de igualdad en dignidad. Así es como Dios crea a los seres humanos, iguales y con los mismos derechos y responsabilidades respecto de la creación: dominarla y administrarla. Sin embargo, el relato bíblico también enseña que el trato desigual entre los hombres y las mujeres, la dominación y el sojuzgamiento de la mujer por parte del hombre, son una realidad, sí, pero una realidad ajena al propósito divino. El que el hombre se enseñoree de la mujer y el que esta tienda a desarrollar relaciones de codependencia con su marido, no corresponde al propósito de Dios. Por el contrario, el origen de tal modelo de relación, la razón del mismo, es el pecado. De acuerdo con la nueva traducción de la Biblia conocida como La Palabra, Dios le advierte a la mujer que una de las consecuencias de su pecado será el que tendrá ansia de su marido y él la dominará. Podemos decir, entonces, que los hombres abusadores y las mujeres que sufren y permanecen en situaciones de violencia, evidencian el poder del pecado que les domina. Pero, de ninguna manera podemos concluir que ha sido la voluntad de Dios al crear al hombre y la mujer, que estos desarrollasen modelos relacionales en los que la dignidad de ambos fuera negada.

Muestra del poder del pecado es el hecho de que este se manifiesta tanto en el ámbito personal, individual, como en el social. El pecado se vuelve cultura, establece formas de vida tanto de individuos, como de familias y aún de la sociedad misma. A pocos les agrada que se diga que la cultura oriental, misma que permea la manera de pensar de no pocos autores bíblicos, es una cultura machista, deformada por el pecado. Pero, que no resulte agradable decirlo, no significa que no sea verdad tal hecho. Por ejemplo, en el conocido pasaje de 1Co 11, donde el Apóstol Pablo enseña que la mujer debe cubrirse la cabeza cuando ora, estamos ante una expresión del machismo de ciertas escuelas rabínicas. Pablo usa como argumento de su instrucción una enseñanza extra bíblica. Esta aseguraba que los ángeles, a quienes según algunos se refiere Génesis 6.1, cuando habla de los hijos de Dios, habían sido seducidos por el cabello de las mujeres con las que sostuvieron relaciones sexuales.

Sorprende que el mismo Apóstol Pablo, tan preparado intelectualmente y tan lleno del Espíritu Santo, haya hecho suya tan débil interpretación. Pero, se trata del mismo hombre que haciendo suyos algunos conocimientos médicos de su época, recomienda a Timoteo que tome vino en lugar de agua, para así aliviar sus males estomacales.

Lo cierto es que los escritores bíblicos son resultado de los condicionamientos culturales de su época. Por lo que tarea nuestra es discernir bajo la dirección del Espíritu Santo y con las herramientas de investigación y estudio bíblico a nuestro alcance, la verdad de Dios. Entresacar esta de entre los prejuicios culturales y aún religiosos de quienes escribieron la Biblia y de entre los nuestros.

Ante el deterioro evidente de la institución familiar. Ante el avance, aparentemente incontenible, de la degradación de la mujer por parte de sus propios esposos y familiares. Ante la pérdida de valores que sirve como justificación para el surgimiento y la aceptación social de modelos de matrimonio ajenos al propósito divino. Ante todo esto sigue estando vigente el llamado bíblico para que las relaciones matrimoniales de los creyentes sean de tal carácter y forma que sirvan como un ejemplo del cómo de la relación de Cristo con su Iglesia. Dios quiere que los matrimonios cristianos den testimonio al mundo del propósito redentor que Cristo encarna.

No deja de ser interesante y cautivante que, de acuerdo con Pablo, tal misterio habrá de ser revelado cuando el marido ame  a su esposa como a sí mismo, y que la esposa sea respetuosa con su marido. Es decir, las relaciones matrimoniales que se sustentan en el mutuo reconocimiento, en el respeto recíproco y en el trato digno, tienen el poder para hacer presente a Cristo en la tierra. En contraste, cuántos hijos han dejado de creer en Dios ante el lamentable escenario familiar en el que su propio padre humilla, lastima y desprecia a la mujer que les dio la vida.

Según el Censo realizado el año pasado, los cristianos evangélicos son más que nunca antes en la historia. Gracias a Dios por ello. Lamentablemente, tal crecimiento no parece estar contribuyendo a acabar, cuando menos a detener, el deterioro de las relaciones de pareja y el de las familias mexicanas. Por ello es que tenemos que seguir ocupándonos del tema.

Termino hoy invitando a los hombres y las mujeres que me escuchan, para que vayamos a la Biblia dispuestos a correr el riesgo de que la misma nos muestre nuestra realidad. Que en una lectura-espejo, permitamos que Dios no revele lo que está de más y lo que hace falta en nuestras relaciones de pareja. En particular, al felicitar a las mujeres a la luz de la celebración del Día Internacional de la Mujer, quiero invitarlas a que se propongan recuperar el respeto que se les ha negado. Si su marido, o los hombres que las rodean, no las respetan, respétense a ustedes mismas. Por favor, no olviden que han sido creadas a imagen y semejanza de Dios y que son ustedes, nada más y nada menos, que templos santos en los que habita el Espíritu de Dios.

 

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2 comentarios en “Ante el Machismo Bíblico”

  1. ADRIANA MONTOYA Says:

    Escalofriantes las cifras que se presentan, el reto es mayúsculo.
    Ante tales situaciones, comparto la conclusión: TOMEMOS, COMO MUJERES, LA RESPONSABILIDAD de respetarnos a nosotras mismas.

  2. Laura Mendieta Says:

    Muchisimas gracias, es un tema muy interesante y muy completo, ya que da textos biblicos indicando puntos importantes para que no sean manipuladas las mujeres a tomar posturas de humillación y maltrato. DIOS siempre a dado a saber de la igualdad entre el hombre y la mujer. Bendiciones .


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