1 Corintios 16.14
La historia de nuestras vidas hace evidente la dificultad que tenemos en lo que se refiere a desarrollar relaciones humanas complementarias y funcionales. Ello, desde luego, pervierte y erosiona el sentido y el cómo de nuestra relación con los que amamos. Pero, tal dificultad no sólo afecta nuestras relaciones, termina por destruirnos a nosotros mismos, desgastando nuestra estima propia, amargándonos y, en consecuencia, nos lleva a desarrollar mecanismos de defensa y manipulación que evidencian nuestra necesidad de equilibrio y, sobre todo, la de ser amados.
Porque todos necesitamos saber y sentir que somos amados. Tanto como necesitamos amar y hacerlo saber a quienes nos sabemos unidos, precisamente, por los lazos del amor. Sin embargo, descubrimos que eso a lo que llamamos amor, tanto el que recibimos como el que damos, no siempre resulta ni suficiente ni adecuado a nuestras necesidades e intereses de amar. Hay en nosotros la sensación, la percepción, de que el amor es o requiere de algo más de lo que obtenemos y damos.
igual. Si no es que han podido hacer creer a cada uno de sus hijos que lo aman tiernamente… como si fuesen el hijo único de su madre. Cómplices de tan piadoso engaño somos los hijos que tenemos la necesidad de ser amados así: preferentemente, porque ello contribuye a fortalecer nuestra estima, la consciencia de nuestra individualidad y de nuestros sentidos de pertenencia y de trascendencia.
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