Juan 20.1-18 NTV
El relato de la resurrección de Cristo, sin importar quien lo haga, no deja de ser conflictivo. Primero, porque en realidad nadie relata la resurrección del Señor sino las reacciones de quienes la enfrentaron de primera mano. Estos aparecen impactados por la tumba vacía y responden a la misma con confusión, temor y desesperanza. Alguien diría que la breve indicación de Lucas en el sentido de que Pedro y el otro discípulo regresaron a sus casas sería la más contundente declaración del fracaso del proyecto de Jesús. Para Pedro y Juan la tumba vacía les despojaba hasta de la memoria de aquel a quien habían ofrendado su vida.
Recordar el momento de la entrada de Jesús a Jerusalén, siempre es motivo de regocijo inicial para mí. Sin embargo, mientras avanzo en la lectura de los relatos siguientes entro en cierta crisis. ¿Cómo es que quienes gritaban ¡Dios nos ha mandado un Rey!, ¡Viva el Rey! Lucas 19.39, hayan sido los mismos que pocos días después gritaban ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!¡Nuestro único rey es el César!? Juan 19.6; 15
La clave de nuestra comunión con Dios es el amor y la confianza que del mismo resulta. Nos sabemos amados, Cristo es nuestro principal argumento, y, por lo tanto, podemos estar seguros de su interés, comprensión y su ayuda en nuestro favor. Nunca será suficiente el recordar que la esencia de nuestra comunión con Dios es su amor y no nuestros méritos. Que la intimidad de nuestra relación con él es fruto de su amor y se fortalece con nuestra confianza en él. Dios nos ama y su amor es nuestro principal recurso para enfrentar todos los retos de la vida.
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