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Una Iglesia En el Poder del Espíritu Santo

4 julio, 2010

Hechos 1.8; 2.1-4; 4.29-31

La principal característica, y por lo tanto la principal enseñanza, de la Iglesia Primitiva, es que se trata de una Iglesia que vive y hace en el Espíritu Santo. Utilizo esta expresión, en el Espíritu Santo, porque es sabido que la preposición en, denota en qué lugar, tiempo o modo se realiza lo expresado por el verbo a que se refiere. Así, la Iglesia Primitiva estaba inmersa, sumergida y por lo tanto llena por fuera y por dentro, en el poder del Espíritu Santo.

Nuestro Señor Jesucristo prometió a sus discípulos que recibirían poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos. Hechos 1.8 A partir de tal realidad, los discípulos habrían de convertirse en testigos de Cristo en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta en las partes más lejanas de la tierra. El estudio del tema, sobre todo en el libro de Hechos, nos permite entender que lo que el bautismo del Espíritu Santo habría de provocar o producir en los discípulos, nosotros entre ellos, es un apoderamiento. Es decir, que Dios habría de poner en ellos poder y darles posesiones que hasta entonces no tenían. Al ser un bautismo del Espíritu Santo tal poder no sería otro sino el mismo poder de Dios, que quedaría bajo la administración de los discípulos con el fin de que ellos pudieran cumplir con la tarea de evangelizar y hacer nuevos discípulos en todo el mundo.

El estudio bíblico nos permite descubrir que el poder del Espíritu Santo apodera al creyente dándole tres capacidades particulares: la capacidad de recuperar el equilibrio interior; la capacidad para hacer señales milagrosas que evidencien el poder y la presencia de Dios en y al través de ellos; y, lo que podemos llamar la capacidad de la palabra convincente, misma que es creída aun por los más pecadores.

Cuando hablamos de la capacidad para la recuperación del equilibrio interior, estamos hablando del poder para desaprender una forma de vida bajo la influencia del pecado y re-alinear nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y acciones en el orden de Cristo. Ante el poder del pecado y sus consecuencias, poco podemos hacer por nosotros mismos. Pero, el Espíritu Santo en nosotros nos capacitad y fortalece de tal forma que podemos actuar como nuevas criaturas… en todo. Más aún, podemos enfrentar los ataques del diablo que van certeramente dirigidos a nuestras áreas débiles, y salir victoriosos ante los mismos. Esta capacidad se incrementa en la medida que nos llenamos constantemente del Espíritu Santo.

Los discípulos en equilibrio interior pueden disponer del poder delegado por Dios para hacer milagros y señales en su nombre. Resulta obvio el que una persona sin equilibrio interior puede ser superada por un poder tan extraordinario como el que nuestro Señor prometió a los suyos en Marcos 16.16. Pero el discípulo en equilibrio, aquel que ha logrado superar sus conflictos internos y de relación, puede usar sabia y oportunamente el poder derivado de los dones espirituales a su servicio. Por ejemplo, puede orar por los enfermos y ver que estos sanan, sin olvidar que no es él quien los ha sanado, sino Dios que mora en él por su Espíritu Santo. Sobre todo, el discípulo que sabe quién es, que cultiva su comunión personal con Dios haciéndose responsable de la misma y que se relaciona adecuadamente con sus semejantes, sabe que los milagros y las señales que él hace tienen como exclusivo propósito el que Dios sea glorificado en todo.

El Espíritu Santo capacita al discípulo para que la suya sea una palabra convincente. De manera extraordinaria, sobrenatural, prueba lo que dice e incita a sus oyentes para que acepten como verdad lo que le escuchan decir. En las palabras del discípulo lleno del Espíritu Santo hay un poder que clarifica la verdad, la hace sencilla y comprensible y anima al oyente a que la siga. Bien lo dijo el Señor, cuando prometió que cuando sus discípulos fueran llevados ante los jueces -cuando sus palabras estuvieran bajo juicio-, el Espíritu Santo les enseñará lo que deben decir. Lucas 12.12

Ahora bien, el estudio del libro de los Hechos nos muestra que el poder del Espíritu Santo no fue lo único, ni el único poder, que explica el éxito de la Iglesia Primitiva en su tarea de proclamar fielmente el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Además del poder del Espíritu Santo encontramos el que podemos identificar como el poder del compromiso de los primeros discípulos. Por su amor y gratitud a Dios por la salvación recibida y animados por la manifestación del poder del Espíritu Santo en y al través de ellos, los primeros cristianos contrajeron la obligación, de vivir al límite con tal de ser hallados fieles en la tarea que se les encomendara.

Hechos 2 nos relata el cómo fueron llenos del Espíritu Santo en el día de Pentecostés y cómo la señal de las lenguas despertó el interés inicial de miles de nuevos creyentes. Pero, la historia no termina en ese capítulo. Al impacto inicial provocado por las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo, habría de seguir el testimonio: [la] prueba, justificación y comprobación de la certeza o verdad de algo. Debían probar con su propia vida y no nada más en su propia vida, la presencia real del Reino de Dios entre los hombres. Para ello debían vivir de una manera diferente a quienes no tenían el poder del Espíritu Santo; y debían hacerlo en oposición a lo que ellos mismos habían sido y a lo que eran los incrédulos.

El poder del compromiso resulta de la determinación para cambiar y convertirse en agentes de cambio. Es fruto este poder, de la experiencia convencida y cotidiana de la presencia del Espíritu Santo en ellos. Como se cree que el Espíritu Santo los ha hecho capaces, entonces se esfuerzan y viven de acuerdo a tal realidad. No siguen haciendo lo que los aleja de Dios, no siguen practicando el pecado… en fin, no siguen la inercia de formas de vida sin poder y sin propósito. Contraen la obligación de vivir de manera diferente y su vivir diferente se convierte en testimonio que impacta a los no creyentes.

Estando concientes que vivir la vida de Cristo implica graves dificultades y riesgos peligrosos, los discípulos se comprometen a ser fieles al Señor y a su llamado. Por eso oran diciendo: Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos que anuncien tu mensaje sin miedo. Hechos 4.29

De la Iglesia Primitiva aprendemos que necesitamos ser llenos del poder del Espíritu Santo. Que nada o muy poco podemos hacer si no tenemos el poder de Dios en nuestras vidas. Así que, como la Iglesia Primitiva lo hizo, debemos ocuparnos de manera intencional y prioritaria en la búsqueda de la llenura del Espíritu Santo. Mismo que, el Señor ha prometido, Dios habrá de dárselo a quienes se lo pidan. Lucas 11.13 Toca a nosotros, en lo individual y como iglesia, abocarnos a la tarea de ser llenos del Espíritu Santo, no hacerlo nos condenará a una vida mediocre, llena de frustración e impotente en todos los sentidos.

Pero, de la Iglesia Primitiva también aprendemos que se requiere de nuestro compromiso para vivir y desarrollar las capacidades que el Espíritu Santo pone en nosotros. Lamentablemente, hay quienes siguen atrapados en las mismas circunstancias que vivían cuando vinieron a Cristo. Sus vidas siguen estando llenas de insatisfacción; sus relaciones matrimoniales siguen igualmente enfermas; viven bajo el poder de la amargura, la depresión y los conflictos relacionales. En fin, sus vidas no son en nada, o en casi nada, diferentes a lo que eran antes de Cristo. ¿Qué les falta? Les falta compromiso, les falta el denuedo, la libertad, para predicar y vivir la Palabra de vida que han recibido.

Dos tareas tenemos por delante, entonces: la primera, buscar la llenura del Espíritu Santo en nuestras vidas. No es suficiente con lo que tuvimos o las veces que nos llenamos, hoy y aquí necesitamos llenarnos nuevamente de su Espíritu Santo. La segunda, debemos salir de nuestras zonas de confort espiritual y entregarnos a la tarea de ser testigos fieles de Jesucristo. Debemos pagar los precios que ello significa: tomar las decisiones que hemos relegado; hacer lo que es adecuado y oportuno; quedarnos solos, si es necesario; asumir que nuestra fidelidad a Cristo implica la enemistad del mundo. Podemos hacerlo y así experimentar la novedad de vida que es propia de las criaturas nuevas, al mismo tiempo que nos convertimos en agentes de cambio en medio de la generación perversa entre la que vivimos y que tanta necesidad tienen de las buenas nuevas del Evangelio de Cristo.

El Costo de la Vida Cristiana

27 junio, 2010

Lucas 9.23,24

Cuando se trata de considerar el costo del discipulado, del seguir a Jesús, es necesario considerar también dos cuestiones relativas a la naturaleza del discípulo. Recordemos que quien ha nacido de nuevo es una nueva creación. 2Co 5.17 Ello significa que la persona es ahora animada por el Espíritu Santo y ha dejado atrás lo que era propio de una naturaleza (identidad) animada por el pecado.

Entender lo anterior nos permite atender las dos cuestiones antes apuntadas. Primero, el discípulo de Cristo es una persona diferente; y, la segunda, el discípulo de Cristo ha recibido un llamamiento específico y prioritario para su vida.

El discípulo de Cristo es diferente en dos sentidos: es diferente a lo que él mismo era antes de ser transformado por Cristo y es diferente a quienes no sirven a Cristo. La regeneración (Tito 3.5), implica una transformación radical y no una mera modificación de la persona. Sin embargo, el discípulo regenerado sigue habitando lo que Pablo llama este cuerpo de muerte. Es decir, sigue confrontado el poder del pecado practicado y las consecuencias del mismo. Por lo tanto, cada día y a cada momento enfrenta el reto de encarar la vida presente de una manera radicalmente diferente a la forma en que lo hacía antes de Cristo. El discípulo tiene que desaprender la forma de vida propia de los sin Cristo.

Además, el discípulo es llamado a vivir en medio de gente mala y perversa. Fil 2.15 Teniendo, así, que enfrentar el reto de mantenerse dentro de ella brillando como estrellas en el mundo. Podemos asegurar que el lugar del creyente es el mundo, la realidad cotidiana donde gobierna Satanás. Por lo tanto, los discípulos de Cristo no son llamados a exiliarse en islas aisladas del pecado, sino a constituirse en comunidades alternativas que permean a la comunidad de pecado.

Dado que hemos sido comprados a precio de sangre, no nos pertenecemos a nosotros mismos. Nuestra vida no es nuestra. Nuestra vida pertenece a Cristo. Por lo tanto, somos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, los cuales son de Dios. 1Co 6.20 Este glorificar a Dios no es otra cosa que honrarlo. De acuerdo con Juan 15.8, nosotros glorificamos a Dios cuando llevamos mucho fruto y nuestro fruto permanece. El fruto del discípulo no es otro sino aquello que el Espíritu Santo produce en y al través de él. Gál 5.22 Este fructificar se traduce en la tarea evangelizadora; es decir, en la proclamación efectiva del anuncio de Jesucristo que tiene como resultado la salvación de quienes todavía permanecen en la esclavitud del pecado.

Habiendo considerado lo anterior estamos en condiciones de acercarnos a la cuestión del costo de la vida cristiana. Primero, debemos entender que la vida cristiana es una vida de lucha, de esfuerzo y aún de sufrimiento. Luchamos contra nosotros mismos, nos esforzamos por desaprendernos y aprender a Cristo (Efesios 4.20), todo lo cual implica sufrimiento. Esto es lo que significa, de inicio, el llamado del Señor a negarnos a nosotros mismos. La exhortación es a que nos olvidemos de nosotros mismos y que hagamos de Cristo nuestra realidad presente. Es decir, que dejemos de vivir en función de nosotros mismos y que lo hagamos en función de Cristo.

La segunda faceta del costo del discipulado tiene que ver con el llamamiento que como discípulos recibimos. Somos llamados, hemos dicho, a honrar a Dios llevando fruto abundante y permanente. De acuerdo con Pablo nos convertimos en colaboradores de Dios en la obra que él realiza. Por lo tanto, como Dios se ocupa de manera prioritaria de alcanzar con la salvación al mayor número de personas posible; así también nosotros somos llamados a hacer de tal tarea la nuestra. Para ello somos llamados a hacer todo en la intención de que nuestro todo contribuya a la reconciliación de los hombres con Dios. 2Co 5.19 Ello implica, primero, que la razón última de nuestro hacer no lo somos ni nosotros, ni los nuestros. Así que somos llamados a dejar para después la satisfacción de nuestras necesidades y nuestros objetivos, cuando la satisfacción de los mismos impide o retrasa el propósito divino. En segundo lugar, ello implica que asumamos como propios los sufrimientos propios de la lucha espiritual en que estamos envueltos. Desde luego, el diablo no cederá ni a las personas, ni los espacios de poder que están bajo su dominio. Peleará en una guerra que no hace prisioneros, sino que procura la destrucción total de los enemigos. Satanás busca destruirnos porque él sabe que su destino es la destrucción eterna, puesto que será lanzado al infierno por la eternidad. Ap 20.10

Lucha, esfuerzo, sufrimiento, olvido de uno mismo, son las palabras que contienen y definen el costo del discipulado, de la vida cristiana. Uno podría pensar que es un costo demasiado alto y que quizá no valga la pena pagarlo. Sin embargo, nuestro Señor asegura que el que pierda su vida por causa de él, la salvará.

Cuando Jesús habla de la vida, se refiere a la personalidad del discípulo. Así que cuando nuestro Señor se refiere al salvar la vida, se ocupa de la realización plena de la persona. En términos postmodernos diríamos, del éxito de vida de la persona. Se trata, entonces, sí de un costo muy alto, pero que tiene como resultado el éxito más alto al que cualquiera pueda aspirar. El discípulo que se niega a sí mismo y toma su cruz, trasciende al todo de la vida puesto que se hace uno con su Maestro.

Dejemos pues de hacer de nosotros el centro de nuestro limitado, en tiempo y espacio, universo personal. Salgamos al camino con Jesús, pagando el precio que ello significa, para que podamos llegar hasta la consumación eterna de todas las cosas. Para que podamos, como Cristo en la cruz, decir al final de nuestra vida, consumado es.

Para que el Mundo Crea

13 junio, 2010

Para que el Mundo Crea

Juan 17.21

Como hemos visto, la vida cristiana consiste en el vivir el aquí y ahora a la luz de la realidad del Reino de Dios. Es decir, el creyente es llamado a vivir su cotidianidad en el orden divino. Este sustenta y define el cómo del ser de la persona, el cómo de su actuar y, sobre todo el cómo de sus relaciones. Hemos dicho ya que la realidad del Reino se expresa básicamente en la santidad del creyente. Entendemos esta como la pureza moral y ética, así como en el asumirnos apartados para Dios procurando vivir de manera diferente a la que nos caracterizó antes de Cristo y de quienes no son de Cristo.

Ahora debemos ocuparnos del para qué de la vida cristiana. Al plantearnos esta cuestión, asumimos que ni la santidad, en cuanto pureza, ni la vida consagrada a Dios son un fin en sí mismas. Es decir, no se trata de no practicar el pecado sólo para ser limpios. Ni se trata de hacer las cosas a las que Dios nos llama, sólo por hacerlas. No, el propósito de la vida cristiana no consiste sólo en que seamos diferentes.

Nuestro breve pasaje contiene un par de elementos fundamentales para la comprensión del qué y el para qué de la vida cristiana. Primero, nuestro Señor se refiere a la cualidad distintiva de la vida cristiana: la unidad de los creyentes como cuerpo de Cristo. Después, el Señor establece el propósito de tal clase de vida: que el mundo crea.

Como hemos visto, hemos aprendido erróneamente que la vida cristiana resulta de lo que hacemos o dejamos de hacer. Mientras más hacemos en cierto sentido, se nos dice, más cristiana resulta nuestra vida. Pero, la Palabra de Dios nos enseña que el quehacer es fruto, consecuencia del ser. Así es que nuestro Señor, pide por sus discípulos no para que hagan, sino para que permanezcan siendo. ¿Siendo qué?, siendo uno con Dios y con sus hermanos en la fe.

El término utilizado por nuestro Señor Jesús y que se traduce como uno, tiene, entre otros, el sentido de uno en contraste con muchos. Se refiere, entonces, a la unidad esencial que los creyentes gozan. La koinonía, la unidad del Espíritu. Esta no la construyen los creyentes, la mantienen. Este mantenimiento consiste y es resultado del cultivo del amor que los cristianos disfrutan y expresan en lo cotidiano de sus vidas. La sustancia de la relación de Dios con los hombres, es la misma sustancia de la relación entre los creyentes: el amor.

Como su Pastor, debo confesar que de manera significativa he caído en el error de enfatizar, convocar y aún reclamar a ustedes el que no hagan –hagamos-, lo que se debe. Pero poco he insistido y promovido en el que cultivemos el amor que nos une. Lo he hecho, cierto, pero ni he abundado en la importancia que el cultivo de la unidad que nos une merece; ni me he ocupado en lo personal del fortalecimiento bilateral de tales lazos de amor. Por ello, pido a ustedes que me perdonen y que me ayuden, no sólo a amarlos con mayor pasión, sino a enseñarlos y animarlos debidamente al amor fraternal.

La razón por la que, como Iglesia de Cristo, abundemos en el amor fraternal es sencilla y va más allá de nosotros mismos. Porque no se trata sólo de que nos amemos más o de mejor manera. Es decir, la razón del amor fraternal no somos nosotros. Según la enseñanza de nuestro Señor, la razón y propósito del amor de los creyentes, es hacer creíble a Cristo. Que se haga evidente que él es el Mesías, que él es el mismo Dios que habita entre los hombres.

De tal suerte, la vida cristiana encierra un misterio salvífico. La unidad de los creyentes, al ser fruto de la unidad de Dios con ellos, se convierte en una fuerza poderosa que transforma, no sólo a los que ya creen, sino a quienes permanecen incrédulos respecto de Dios, de su amor y de su propósito.

Quiero animarlos, pues, a que estemos dispuestos a recorrer el todavía virgen sendero del amor y la unidad del cuerpo de Cristo. A que nos ocupemos de mantenernos unidos en lo cotidiano de la vida. Para ello se requiere que estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables unos con otros, compartiendo nuestra cotidianidad y haciendo nuestras las alegrías y los motivos de llanto mutuos. Se requiere, también, que salgamos de nosotros mismos y vayamos al encuentro del otro. A que tomemos la iniciativa dinámica de involucrarnos y ser involucrados en el día a día de nuestras vidas. Y, desde luego, se requiere que fortalezcamos la conciencia de que los lazos que nos unen como creyentes son más fuertes y trascendentes que cualquier otra clase de lazos relacionales en los que participamos.

En el cultivo de la unidad que hemos recibido, encontraremos el poder para testificar y descubriremos como nuestra unidad se convierte en un argumento irrebatible a favor de la realidad de Dios en Jesucristo. Es decir, seremos testimonio viviente del amor y la intención salvífica con los que Dios se relaciona con los hombres.