Las armas que usamos

2 Corintios 10.1-5 TLA

Nuestro pasaje resulta atípico, no es un tratado teológico sino meramente un relato testimonial. Se refiere a la experiencia cotidiana de Pablo y de las dificultades propias de su relación con algunos de sus hermanos en la fe. Sin embargo, es un pasaje muy valioso porque es un ejemplo de cómo es que las relaciones humanas son el campo de batalla por excelencia en la guerra espiritual que los cristianos vivimos en el día a día.

Cuando hablamos de la existencia del mundo espiritual y de la influencia que el mismo tiene en las personas, generalmente consideramos que tales cosas son extraordinarias. De inmediato pensamos en personas poseídas, en apariciones, etc. Pero, nuestro pasaje devela que la influencia de lo espiritual es una cuestión real y presente en nuestro día a día y que tiene que ver, sobre todo, con nuestro espíritu, con nuestra mente, con nuestra manera de pensar.

Nuestra condición de hijos de Dios añade una dinámica tensional a las ya de por sí difíciles relaciones humanas. Mateo 10.34-36 No he venido a traer paz, sino pleitos y dificultades, advierte Jesús. Esto, porque es en el día a día de las relaciones nucleares donde se hace más evidente las diferencias en la manera de pensar de quienes tienen la mente de Cristo, el espíritu de Cristo, y quienes no lo tienen. De acuerdo con la enseñanza paulina quienes hemos nacido de nuevo somos libres del poder del diablo. Ello implica que Satanás no puede obligarnos a desobedecer a Dios, a hacer lo malo. Pero, también hemos dicho, el diablo nos observa, toma nota de nuestras fortalezas y debilidades y, entonces, nos provoca a actuar en contra de nuestra condición de hijos de Dios.

De lo anterior resulta que lo que determina el nivel (espiritual o carnal), en el que los cristianos decidimos pelear nuestra batalla no es el tipo o el grado de conflicto o de la agresión recibida, sino la elección que hacemos de nuestras armas, de los recursos o instrumentos con los que responderemos al estímulo que la acción percibida representa. Todo lo que nos sucede en la vida produce cierto estado o sentimiento en nosotros, independientemente si lo sucedido sea bueno o malo. Y, como hemos dicho, el diablo observa. Sí, cuidadosamente observa la elección de nuestro armamento y si este es propio de su área de dominación, entonces nos provoca para que abundemos en tal elección. Sabe que la misma nos conducirá a una espiral de decisiones y acciones que tendrá como resultado nuestra derrota.

Recuerdo aquí a David. Israel estaba siendo provocado por los filisteos en la persona de Goliat. Este les incitaba a pelear contra él, con las armas y en el nivel en el que era un experto. Saúl cayó en la trampa. Aceptó el reto y descubrió que en tal nivel de lucha no podría vencer. Aún así, cuando David se ofrece para pelear contra el gigante, Saúl ordenó que lo revistieran con su armadura y le dieran el armamento real. David comprueba que aquello no le sirve y dice el texto sagrado: Y se quitó la armadura. Pero tomó su vara y su honda, y puso en su bolsa cinco piedras del río. Luego fue y se le acercó al filisteo. 1 Samuel 17.30,40 Es decir, David mantuvo su sentido común y decidió que pelearía con las armas que el eran propias. Entre otras cosas, porque discernía que la lucha era mucho más que una pelea entre dos hombres. Era una cuestión que tenía como protagonistas a Dios y al diablo.

A esto se refiere Pablo en nuestro pasaje. Está enfrentando una lucha que es común entre las personas, hay incomprensión, ataques y pasiones. Podría responder en el mismo terreno en el que actúan sus enemigos. Pero, discierne y elige. Él también observa y se da cuenta que no se trata sólo de un diferendo entre hermanos en la fe. Sabe que está en juego mucho más: el testimonio del evangelio que él predica. Y, desde luego, que está en juego su propia permanencia en la gracia.

Es entonces cuando decide no pelear con las armas de este mundo. En su decisión de no actuar como todo el mundo, Pablo hace una elección del terreno en que enfrentará la provocación del diablo. De entrada, cuando hablamos de las armas espirituales, como las alternativas a las de este mundo, pensamos en cuestiones tales como la oración, la lectura de la Biblia, la asistencia a la iglesia, etc. Pero, quiero proponer a ustedes que tales armas sólo son secundarias, un armamento complementario y no el principal ni el más importante. Propongo a ustedes que tales instrumentos no sirven de mucho si no se apoyan en tres recursos fundamentales:

Identidad. La consciencia del quiénes somos resulta determinante en la batalla. David sabía que él era miembro del pueblo de Dios, aunque sólo tuviera una honda y que Goliat no era nadie, aunque fuera un gigante y tuviera tan poderoso armamento. David sabía que, a los suyos, Dios los hace más que vencedores. Los cristianos enfrentamos los retos de la vida sabiendo que somos amados de Dios. En medio de todos nuestros problemas, estamos seguros de que Jesucristo, quien nos amó, nos dará la victoria total. Romanos 8.37

Vocación. Quienes somos llamados tenemos propósito. Ello no sólo da sentido sino también dirección a nuestra lucha. Sabemos por qué, y también sabemos para qué luchamos, a diferencia de quienes no tienen dirección y son animados por sus pasiones, sus complejos y sus temores. Sabemos qué se espera de nosotros y estamos dispuestos a pagar el precio de nuestra fidelidad. Vivimos por y para aquel en quien creemos y esperamos su recompensa. Hebreos 11.6

Obediencia. Quien obedece cede sus elecciones a un superior, a quien ve, sabe y puede más que él mismo. Lo que David hizo hubiera sido una tontería si uno superior a él no lo enviaba y respaldaba. Pero, él fue en el nombre del Dios todo poderoso. 1 Samuel 17.45 Es decir, bajo la autoridad y por la autoridad del único Señor, del Dios único y todo poderoso.

David hubiera sido derrotado por Goliat si hubiera aceptado el reto en los términos que este proponía. Como muchos que, olvidando su identidad, su llamado y el valor de la obediencia, han estado dispuestos a renunciar a su condición de hijos de Dios y han aceptado el pleito callejero que hoy les atrapa y les degrada. La palabra del Señor promete que, si nos sometemos a Dios y resistimos al diablo, este huirá de nosotros. Hebreos 4.7 A esto los animo, a esto les invito.

 

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