Archive for the ‘Fruto del Creyente’ category

Amar a Dios Con Todo

8 enero, 2011
Marcos 12:30 Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

La Biblia declara que no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios, uno tiene que creer que existe y que recompensa a los que lo buscan. Hebreos 11.6 Es esta una declaración radicalmente importante, pues apunta a una cuestión que resulta fundamental en el camino de la espiritualidad. En efecto, el meollo de dicha declaración es la parte que dice: uno tiene que creer que existe. El verbo creer se convierte en la clave del pasaje y, de hecho, en la clave de la espiritualidad cristiana.

En la Biblia creer es estar persuadido de algo y actuar en consecuencia. Persuadir, nos dice el diccionario es obligar a alguien con razones a creer o hacer algo. Quien cree asume la obligación de actuar en consecuencia con aquello que profesa, que cree y confiesa. Es decir, no se puede creer en Dios y vivir de cualquier manera, sino aceptando y llevando a la práctica lo que él ha establecido como propio para nuestra vida. De hecho, la indicación de nuestro Señor Jesús a sus discípulos incluye el que enseñen (a quienes acepten la doctrina de Cristo), a obedecer todo lo que él les ha mandado. Mateo 28.20

Resulta necesario entender lo que hasta aquí se ha dicho para poder comprender el pasaje que hemos leído. Por cierto, comprender es abrazar, ceñir, rodear por todas partes algo. Y, en efecto, de esto se trata: De hacer propia, parte esencial de nuestra intimidad, la instrucción bíblica de amar a Dios de manera totalitaria. De acuerdo con Vine, reconocido exégeta bíblico, el significado de los recursos con los que somos llamados a amar a Dios sería, en síntesis, el siguiente:

Corazón. Se refiere a toda la actividad mental y la calidad moral de los pensamientos y las acciones consecuentes.

Alma. Aquí se refiere al aliento de vida; el llamado es a amar a Dios con toda nuestra energía.

Mente. Se trata de la conciencia reflexiva. Es decir, con la forma en que percibimos y comprendemos las cosas de la vida, los sentimientos, el razonamiento y la determinación con la que enfrentamos cada aspecto de nuestras vidas.

Fuerzas (fortaleza). Es esta la virtud fundamental que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad.

Lo que resulta de la integralidad del llamado de Jesús es que somos llamados a desarrollar una fe con propósito. Primero, porque somos llamados a fortalecer nuestra intención de vivir para Dios. Ello implica que nuestra fe resulta, crece en proporción directa a nuestra determinación de amar a Dios. Nos esforzamos y aún nos sacrificamos, si ello es necesario. Nos negamos a nosotros mismos, somos humildes y entregamos aún aquello a lo que tenemos derecho con tal de que Dios sea glorificado en nosotros.

Pero, propósito también es meta, objetivo, algo que pretendemos conseguir. Quien ama a Dios, quien dice hacerlo, debe cultivar el propósito de llegar hasta el final, hasta la meta. Apocalipsis 2.10 hace un llamado: ¡Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida! La expresión hasta la muerte, no se refiere solo al final de la vida en el sentido de ser fiel hasta que se muera uno. Dado el contexto de persecución que enfrenta Juan y sus lectores, la expresión adquiere una dimensión diferente. Se trata de ser fiel hasta el extremo de la muerte. A preferir la muerte a dejar de amar (y servir a Dios).

Conviene aquí apuntar que amar a Dios con todo no implica una perfección de vida. Nadie es justo, sino solo Dios. Como bien expresa el Catecismo Menor de Westminster: Buscamos hacer lo bueno y castigar lo malo, pero sólo Dios es justo. Al igual que el que ama está consciente de sus limitaciones, pero, con todo se esfuerza por agradar a su ser amado, así nosotros somos llamados a perseverar en nuestro esfuerzo de agradar a Dios en todo lo que somos y hacemos.

Hacer nuestro tal propósito se convierte en garantía de una vida sana, de una vida plena. Quien ama a Dios, lo obedece; camina por el camino que Dios ha trazado. Efesios 2.20 Y, quien camina el camino de Dios nunca camina caminos desconocidos, porque siempre camina en Jesucristo. Él, nuestro Señor y Salvador, quien habita en nosotros por su Espíritu Santo, es el Camino, la Verdad y la Vida en y para todas y cada una de las áreas de nuestra vida.

¿Por qué nos ocupamos de estas cosas? La respuesta es sencilla, nuestra vida puede ser mejor de lo que está siendo. En algunas áreas de la misma, la forma en que pensamos y nos conducimos tiene el poder de deteriorar el todo de nuestra vida. En algunos casos se trata del cómo de la relación de pareja, en otros del cómo de las relaciones familiares en su conjunto, o del cómo de nuestro quehacer laboral, etc. La disfuncionalidad evidente en tales áreas está, nos consta y lo sufrimos, afectando el todo de nuestra vida y el todo de nuestras relaciones. La razón que explica en última instancia el por qué de tal circunstancia es sencilla y obvia: No nos estamos ocupando de amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas. En consecuencia, estamos viviendo a nuestra manera y no hemos escogido la forma de vida en la que hay dirección, firmeza, paz y satisfacción.

Todas las cuestiones importantes de la vida empiezan en el espacio vital que se da entre Dios y nosotros. Por ello, mientras más de Dios en nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas, mayor sabiduría y capacidad para hacer una vida plena y satisfactoria. Quienes viven lo que está acabando con ellos: con su amor, su paciencia, su esperanza, su paz, etc., no tienen que seguir viviendo lo mismo. Pueden vivir la vida que Cristo ofrece a los que le aman.

Por ello les animo a que hagamos un alto en nuestra vida y encaremos cada una de las circunstancias que nos están desgastando y nos propongamos enfrentarlas en el amor de Cristo. Es decir, que de manera consciente y proactiva nos propongamos mostrar nuestro amor a Dios en la manera en que encaramos y resolvemos las situaciones que nos afectan. Y así, a que obedezcamos el principio bíblico que nos exhorta: Y todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él. Colosenses 3.17

 

 

Paz y Santidad

14 noviembre, 2010

Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor. Hebreos 12.14

Paz y santidad es la dupla que nos ocupa esta ocasión. Como muchas otras cuestiones importantes de la Biblia, esta combinación de paz y santidad, tiene que ver con el cómo de nuestra vida en el aquí y ahora; así como el de nuestra comunión eterna con Dios, nuestro Señor. Resulta importante destacar esto pues, la fe, hemos de decirlo una vez más, alimenta nuestra esperanza, cierto, pero, sobre todo, da sentido y dirección a nuestra vida.
Prueba de ello es el sentido del término paz, en nuestro pasaje. Eirene es el término bíblico traducido como paz. Su primer significado es el de tranquilidad y sosiego. Fijémonos que ambos significados tienen como elemento común el permanecer en control. Sosiego, nos dice el diccionario, es, cuando se trata de una persona: Que se toma las cosas con tiempo, sin nerviosismos ni agobios, y que no se preocupa por quedar bien o mal ante la opinión de los demás. Los creyentes somos llamados a ser pacificadores; es decir, promotores y constructores de la paz. La expresión usada por el autor sagrado en nuestro pasaje: Procuren estar en paz con todos, resulta de por sí interesante.
Cada vez más, los conflictos relacionales tienen que ver con la incapacidad de las personas para producir sosiego con su forma de vida. Una de las razones para ello es que las personas esperan que los demás fabriquen la paz que ellas desean. Es el caso, por ejemplo, de muchos hombres que reclaman a sus esposas que ellas sean la causa de su desasosiego y que no se interesen en producirles paz. Cualquier persona que así actúa, demuestra su inmadurez emocional y espiritual. Son como niños, afectados por el ambiente emocional que les rodea e incapaces de encontrar sosiego en sí mismos, así como de producir la tranquilidad que la situación amerita.
La exhortación bíblica resulta contrastante, pide a quienes viven la realidad de las relaciones humanas que procuren estar en paz con todos. Procurar es hacer diligencias o esfuerzos para que suceda lo que se expresa. Las situaciones de conflicto, las relaciones desgastantes, son resultado del hacer lo equivocado. Alguien ha dicho que todas las empresas hacen lo debido para encontrarse en la situación en que se encuentran. Lo mismo cabe para cualquier tipo de relaciones humanas: estas son el resultado de lo que quienes las construyen han hecho y han dejado de hacer. En cierta manera, podemos decir que quienes viven situaciones de conflicto han procurado el mal que les aqueja. Es decir, han hecho aquello que les ha traído a la situación que tanto malestar les provoca.
Mantenerse procurando el mal, hace nulo cualquier esfuerzo para vivir en paz y desarrollar relaciones satisfactorias. Esto nos lleva a considerar otra acepción del término eirene: armonía. La paz no es otra cosa que armonía y esta es, en tratándose de la música, la unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero acordes. Es decir, del arte de unir, combinar y sacar lo mejor de instrumentos y voces diferentes. Y, cuando a las relaciones humanas se refiere, la armonía es la conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras.
Quien procura la paz, busca mantener una proporción conveniente en el ejercicio de sus obligaciones y derechos respecto de las otras personas. No ve sólo su propio interés; se ocupa de él, cuestión que es de por sí legítima, pero también se ocupa del interés del otro. Por ello actúa de manera convenientemente proporcional, estando dispuesto a favor del otro y de la relación misma, hace sólo y lo que resulta conveniente para la relación. Además, aprovecha todas las oportunidades para abundar en el bien de la relación y de quienes la componen.
Una persona así está en armonía consigo misma; en equilibrio y, por lo tanto, no le afecta ir adelante, o ceder cuando así conviene. El resultado es que anima y provoca la armonía con el otro, aún cuando la otredad del otro siga siendo una realidad permanente. Porque armonía no es invalidar la identidad del otro, sino aprender a convivir, adaptarse y a complementar lo que el otro es y hace. Desde luego, esta resulta una tarea difícil y es por ello que debemos considerar la segunda parte de la mancuerna paz y santidad.
Santidad es, literalmente, separación para Dios y el estado que de ella resulta. Nuestro pasaje asegura que sin santidad no podemos ver a Dios. Optomai se refiere a mirar fijamente, por lo que podemos considerar que quien no vive en santidad no puede ni entender, ni comprender, ni seguir a Dios. Vive en tinieblas y sus ojos están ciegos. Es decir, no puede saber lo que necesita para hacer la vida correctamente.
Vivir separado para Dios significa comprometerse en el propósito de honrar a Dios en todo lo que se hace. Cuando este propósito se refiere al cómo de nuestras relaciones, significa que vemos y nos relacionamos con los otros al través del filtro de Dios. Es decir, que nuestra intención de agradar y, por lo tanto, adorar a Dios, es la que permite el paso de aquello que es propio de Dios, al igual que impide lo que no corresponde.
Ello nos lleva al segundo aspecto del término santidad: Pureza. Quien es puro está libre y exento de toda mezcla de otra cosa. Porque es libre, puede mantenerse independiente ante el poder de sus propios deseos desordenados. El esposo santo no sólo no ofende a su esposa con un trato inmoral; también, el esposo santo, procura no hacer víctima a su esposa de sus complejos, necesidades existenciales y frustración. Es decir, se compromete consigo mismo y con Dios a madurar para, de esa manera, poder relacionarse en pureza con su esposa y con las demás personas. No mezcla en sus relaciones lo que no es propio de ello.
Desde luego, su carácter de santo lleva a los cristianos a ser sensibles ante cualquier expresión de impureza y a esforzarse continuamente para no contaminarse con aquello que Dios aborrece.
Paz y santidad son dos condiciones que debemos procurar en el día a día de nuestra vida. Esforzarnos para alcanzarlas nos libera del tener que esforzarnos para mantener una forma de vida que ni nos da paz, ni nos hace santos. Por ello conviene que, en toda relación, sigamos la paz y la santidad.

Preparativos para la Conquista

7 noviembre, 2010

Josué 1.1-9

La historia de Josué es un buen ejemplo de cómo se alcanzan las victorias espirituales. Estas tienen que ver con las promesas que Dios ha hecho a los suyos. No con lo que uno desea, no con lo que uno cree necesitar, no con lo que a uno le gustaría lograr. No, las victorias espirituales son el cumplimiento del propósito divino en su pueblo. Es en el cumplimiento de tales promesas que el creyente encuentra su plena realización, el gozo de su vida y los recursos para que esta sea fructífera: para él, para los suyos y para quienes están a su alrededor.

Nuestro pasaje ha sido atinadamente titulado: Preparativos para la conquista. El tino resulta del hecho de que las promesas de Dios se conquistan. Es decir, se ganan, se consiguen, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Desde luego, el grado del esfuerzo o la habilidad requeridos, así como el de las dificultades a enfrentar, está directamente relacionado con la importancia y la trascendencia de la promesa recibida. Tal el caso del bautismo del Espíritu Santo. Si consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo habitando y obrando en y al través del creyente, resulta obvio que el ser llenos, bautizados, con el Espíritu Santo requiere de grados importantes de esfuerzo y valor de nuestra parte.

A Josué Dios, de manera reiterada, le mandó diciendo: Esfuérzate y sé valiente. Estos dos parecen ser los elementos comunes a toda conquista espiritual. Son los que caracterizan a las mujeres y los hombres que al través de la historia han hecho suyas las promesas de Dios. Todo acto de fe, todo milagro, es precedido y acompañado hasta el final de tales virtudes: Esfuerzo y valor.

Esfuerzo, nos dice el diccionario, es el: Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Dios parte, para el cumplimiento de sus promesas, de lo que ya hay en nosotros. Conocimiento, fe, disposición, etc. Y nos ordena que explotemos al máximo los dones que ya hemos recibido. Como a Josué se nos llama a tomar ánimo; es decir, a invertir toda nuestra energía, nuestras capacidades, nuestros recursos, en la tarea que nos ocupa. A la conquista de la promesa recibida dedicamos el todo de nuestros recursos y lo hacemos hasta el extremo del agotamiento. Esto se refiere tanto al lugar, la importancia que le damos a lo que queremos alcanzar, como a los costos que estamos dispuestos a gastar en ello. San Pablo da buen ejemplo de ello cuando asegura: Y yo con el mayor placer gastaré lo mío,  y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas,  aunque amándoos más,  sea amado menos. 2Co 12.15 Otro buen ejemplo es el del reformador escocés John Knox, quien oraba diciendo: “Señor, dame Escocia o muero”.

El valor, es la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Es decir, como Josué hubo de hacerlo, nosotros debemos estar dispuestos a hacer cosas que nunca hemos hecho, a hacer lo que hacemos de manera que nunca antes lo habíamos hecho y a enfrentar peligros y riesgos que, de no estar ocupados en la empresa que perseguimos, no tendríamos que enfrentar. A Jesús, Pedro preocupado por los riesgos que enfrentaba al denunciar la injustica y el pecado, le rogaba que tuviera compasión de sí mismo y evitara el ir a Jerusalén. Jesús, no solo lo equipara a Satanás, sino que lo acusa de dejar de ver las cosas de Dios y ocuparse de las de los hombres. Es decir, Jesús reafirma su propósito de pagar los costos de su ministerio ante la consideración que Pedro hace de replegarse, de dejar de luchar por aquello que representa tantas dificultades y sacrificios.

Esto nos lleva a otra acepción más del término valor: La subsistencia y firmeza de algún acto. A Josué, y a nosotros, no sólo se nos pide coraje ante las dificultades y peligros; también se nos pide que perseveremos luchando hasta alcanzar el fin perseguido. Muchas de las tragedias, las frustraciones y los desánimos de los creyentes tienen que ver con el hecho de que dejaron de luchar. Matrimonios frustrados, hijos fracasados, trabajos empecatados, sueños abortados, etc., tienen como común denominador el que quienes creyeron posible y, por lo tanto, empezaron a luchar para obtener la victoria, dejaron de luchar y se sienten satisfechos apenas manteniendo el fuerte.

Nosotros queremos ser llenos del Espíritu Santo y sabemos que Dios ha prometido darlo a quienes lo pidan. Como esta, tenemos otras victorias a la vista: la sanación de nuestra iglesia, el crecimiento integral de la misma, el testimonio relevante a la sociedad mexicana. Y todo esto es posible porque Dios nos lo ha prometido y llamado a alcanzarlo. Así es que tenemos que esforzarnos y ser valientes.

Pareciera paradójico que algo en apariencia tan sencillo como la práctica de la oración, resulte tan difícil de ser logrado. Pero, resulta que en la conquista de una vida de oración está la raíz de todas las demás conquistas espirituales. La oración es poderosa, es poder. Se gana mucho más postrado ante el Señor, puertas cerradas, que con un activismo desgastante. Por lo tanto, es tiempo de que nos dediquemos a la oración con esfuerzo y con valor. Que hagamos de la oración, y nuestra súplica de ser bautizados con el Espíritu Santo, la prioridad principal de nuestra vida. Que dediquemos tiempos y lo hagamos de maneras que nunca antes hemos experimentado. Que organicemos nuestra vida alrededor del cultivo de la oración.

Y, debemos hacerlo con valor. Quien ora es como quien va a la guerra. Enfrenta riesgos y peligros reales porque atenta contra el orden del príncipe de este mundo. Así que se necesita fuerza, vigor para orar, pero también se necesita que seamos perseverantes. Que nunca sea suficiente lo que hemos orado y que siempre estemos dispuestos a ir por más en nuestra vida de oración.

A nosotros, como a Josué, se nos asegura que si nos esforzamos y somos valientes, si no tememos ni desmayamos, Dios estará con nosotros dondequiera que vayamos, hará prosperar nuestro camino y que todo nos salga bien. Tal nuestra promesa, tal nuestra esperanza.