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Amor y Respeto

21 noviembre, 2010

Efesios 5.33

Amor y respeto es una combinación de por sí difícil y rara. Sobre todo, cuando se trata de las relaciones de pareja, de la relación matrimonial. Amor, desde luego, es quizá la palabra que más se asocia con el matrimonio, pero pocas veces se la coloca en el mismo casillero con la palabra respeto. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica y en lo que se refiere a la relación matrimonial que representa -y quizá hasta reproduce- el misterio de la relación de Cristo con su Iglesia, amor y respeto no son uno sin el otro y ambos resultan mutuamente condicionantes.

No resulta una cuestión menor que Pablo concluya su enseñanza respecto del cómo de la relación matrimonial refiriéndose, primero, a la tarea y responsabilidad del marido. Este, enseña Pablo, debe amar a su mujer como a sí mismo. Como sabemos, el Apóstol se refiere al amor ágape y este no es un impulso que provenga de los sentimientos, no siempre concuerda con la general inclinación de los sentimientos, ni se derrama solo sobre aquellos con los que se descubre una cierta afinidad. Busca el bien de todos, no busca el mal de nadie y sí busca el hacer bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe. (Vine, W. E.) Esta larga cita resulta de por sí interesante pues contrasta con el significado que tradicionalmente atribuimos a la palabra amor. Para empezar, el término ágape desvincula al amor de los sentimientos, por lo que amor no es lo que se siente ni siempre concuerda con ello. Amor tampoco significa estar de acuerdo, tener afinidad con el ser amado. El amor ágape tampoco es un impulso, sino una disposición.

El llamado paulino a que el hombre ame a la mujer como a sí mismo revela la sabiduría bíblica. Los hombres no siempre nos gustamos a nosotros mismos, no siempre nos sentimos bien con nosotros mismos… pero siempre estamos a favor de nosotros mismos. Buscamos nuestro bien, procuramos nuestro bienestar. Por ello, somos pacientes con nosotros mismos, mantenemos la esperanza de que llegaremos a ser mejores y buscamos la manera de lograr aquello que nos hemos propuesto. Esto es, precisamente, lo que Pablo nos pide para nuestra esposa.

Pasada la emoción propia del enamoramiento, el esposo descubre que no siempre se siente impulsado a sentir bien, respecto de su esposa. Que, contra lo que él creyó, su mujer no siempre es una fuente de renovado entusiasmo y de burbujeante alegría. Es más, no resulta raro que el marido encuentre que la afinidad (proximidad, analogía o semejanza de una cosa con otra), no es un bien presente en su relación. Que la atracción o la disposición para adecuar sus caracteres, opiniones, gustos, etc., o es cosa del pasado o nunca existió entre ambos. En tal circunstancia, el llamado bíblico es a amar a la esposa con amor ágape, es decir, con una disposición favorable independientemente de las circunstancias que se viven.

Tal disposición consiste en el mantenimiento intencional y sostenido de la búsqueda del bien de la esposa, así como el negarse de manera comprometida a buscar o propiciar el mal de su mujer. Por el contrario, persiste en el propósito de hacer el bien a su mujer y para ello se decide a privilegiar a su esposa por sobre cualquier otra relación o interés. Los hombres que son respetados por sus mujeres encuentran menos difícil el amarlas de tal manera.

Y esto nos lleva a considerar la cuestión del respeto que las esposas deben a sus maridos. El mismo es, de por sí, un tema difícil de considerar. Sobre todo porque el término respeto, de fobeo, significa tener miedo; menos cruda, pero igualmente difícil, sería la traducción reverenciar. Aun la traducción latina respectus, resulta complicada: Veneración, acatamiento que se hace a alguien. Prefiero la segunda acepción del término: Miramiento, consideración, deferencia. Porque no se trata que la esposa tema al marido, ni que se incline ante él. Se trata de que reconozca los espacios de elección, de decisión y de autonomía que son propios de su esposo y actúe en consecuencia, con madurez, consideración y aprecio.

El respeto tiene que ver con la calidad del trato que la esposa da a su marido. Nuestra cultura ha privilegiado la aparición de hombres light y de mujeres autosuficientes. Por lo general, las mujeres son presionadas para actuar con mayores responsabilidades a edades menores a las que tienen los hombres cuando se les exige que sean responsables. El carácter light de los hombres, provoca que su umbral del dolor no sea suficiente para afrontar con madurez los retos de la vida. Por lo tanto, no pocos hombres son dependientes, pasivos y seguidores… de mujeres que se asumen fuertes, capaces y autosuficientes.

Resulta natural que en tales casos las mujeres encuentren difícil el respetar a sus maridos. Pero, también sucede que mujeres que han dejado de crecer integralmente, sea por renuncia consciente o por su propia inmadurez, dejan de estar satisfechas consigo mismas y, por lo tanto, también dejan de respetarse a sí mismas. A menor respeto a sí misma, a mayor insatisfacción consigo, la esposa encontrará cada día más difícil el respetar a su marido, el tratarlo con miramiento, consideración y deferencia.

Quizá se trate de una trampa sicológica que lleva a algunas mujeres a desarrollar un mecanismo de defensa, útil para evadir la responsabilidad propia respecto de sus circunstancias. Pero, quizá se trate, también, de una inadecuada comprensión de las cuestiones espirituales. Muchas mujeres que han dejado de crecer se afana con una espiritualidad escapista, en la que la moral, los convencionalismos y los ritos religiosos son el todo; pero, al mismo tiempo, renuncia a crecer y madurar su psique, su alma: Su inteligencia, sus conocimientos, su lenguaje, su capacidad creativa, etc. Estas mujeres se vuelven activistas, pues la mucha actividad les da la sensación de que están avanzando cuando, quizá, solo están patinando en el mismo sitio.

Solo quien está en equilibrio consigo misma puede respetar a su marido… aún cuando este no haga mucho para merecer tal respeto. La razón es que el respeto al marido tiene que ver, principalmente, con lo que la mujer es y no con lo que el marido tiene, ha logrado o parece merecer.

Como podemos ver, amor y respeto son cuestiones relativas a uno mismo, antes que al otro. Tienen que ver con lo que uno es, antes que con lo que quisiéramos que el otro sea. En cierta manera, la estabilidad matrimonial es fruto de la estabilidad personal integral: Espiritual, mental y física. De ahí la necesidad de la constante conversión a Dios y sus propósitos. En cada nueva etapa de la relación matrimonial la pareja encuentra nuevos retos para el amor y el respeto. La rutina, la costumbre, la cercanía, paradójicamente, hacen más difícil que los hombres amen, se dispongan a favor de sus esposas. A mayor conocimiento de las debilidades del marido, que con el creciente deterioro físico, mental y social del mismo, son más cada día, las mujeres pocas razones encuentran para respetar a sus esposos.

Pero, es el cultivo de la comunión con Dios y la sabiduría que de ella resulta, lo que permite a maridos y esposas el hacer lo que les es propio. Llevar nuestra relación matrimonial a Cristo, ofrecérsela a Dios como una ofrenda, no la hace menos difícil, quizá, pero sí la hace más viable. Porque la gracia divina, que nos justifica, añade y quita lo que hace falta a nuestra relación. Sobre todo, porque nos fortalece y sostiene en la emocionante y difícil tarea de mantener unidos y colaborando al amor y el respeto.

Paz y Santidad

14 noviembre, 2010

Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor. Hebreos 12.14

Paz y santidad es la dupla que nos ocupa esta ocasión. Como muchas otras cuestiones importantes de la Biblia, esta combinación de paz y santidad, tiene que ver con el cómo de nuestra vida en el aquí y ahora; así como el de nuestra comunión eterna con Dios, nuestro Señor. Resulta importante destacar esto pues, la fe, hemos de decirlo una vez más, alimenta nuestra esperanza, cierto, pero, sobre todo, da sentido y dirección a nuestra vida.
Prueba de ello es el sentido del término paz, en nuestro pasaje. Eirene es el término bíblico traducido como paz. Su primer significado es el de tranquilidad y sosiego. Fijémonos que ambos significados tienen como elemento común el permanecer en control. Sosiego, nos dice el diccionario, es, cuando se trata de una persona: Que se toma las cosas con tiempo, sin nerviosismos ni agobios, y que no se preocupa por quedar bien o mal ante la opinión de los demás. Los creyentes somos llamados a ser pacificadores; es decir, promotores y constructores de la paz. La expresión usada por el autor sagrado en nuestro pasaje: Procuren estar en paz con todos, resulta de por sí interesante.
Cada vez más, los conflictos relacionales tienen que ver con la incapacidad de las personas para producir sosiego con su forma de vida. Una de las razones para ello es que las personas esperan que los demás fabriquen la paz que ellas desean. Es el caso, por ejemplo, de muchos hombres que reclaman a sus esposas que ellas sean la causa de su desasosiego y que no se interesen en producirles paz. Cualquier persona que así actúa, demuestra su inmadurez emocional y espiritual. Son como niños, afectados por el ambiente emocional que les rodea e incapaces de encontrar sosiego en sí mismos, así como de producir la tranquilidad que la situación amerita.
La exhortación bíblica resulta contrastante, pide a quienes viven la realidad de las relaciones humanas que procuren estar en paz con todos. Procurar es hacer diligencias o esfuerzos para que suceda lo que se expresa. Las situaciones de conflicto, las relaciones desgastantes, son resultado del hacer lo equivocado. Alguien ha dicho que todas las empresas hacen lo debido para encontrarse en la situación en que se encuentran. Lo mismo cabe para cualquier tipo de relaciones humanas: estas son el resultado de lo que quienes las construyen han hecho y han dejado de hacer. En cierta manera, podemos decir que quienes viven situaciones de conflicto han procurado el mal que les aqueja. Es decir, han hecho aquello que les ha traído a la situación que tanto malestar les provoca.
Mantenerse procurando el mal, hace nulo cualquier esfuerzo para vivir en paz y desarrollar relaciones satisfactorias. Esto nos lleva a considerar otra acepción del término eirene: armonía. La paz no es otra cosa que armonía y esta es, en tratándose de la música, la unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero acordes. Es decir, del arte de unir, combinar y sacar lo mejor de instrumentos y voces diferentes. Y, cuando a las relaciones humanas se refiere, la armonía es la conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras.
Quien procura la paz, busca mantener una proporción conveniente en el ejercicio de sus obligaciones y derechos respecto de las otras personas. No ve sólo su propio interés; se ocupa de él, cuestión que es de por sí legítima, pero también se ocupa del interés del otro. Por ello actúa de manera convenientemente proporcional, estando dispuesto a favor del otro y de la relación misma, hace sólo y lo que resulta conveniente para la relación. Además, aprovecha todas las oportunidades para abundar en el bien de la relación y de quienes la componen.
Una persona así está en armonía consigo misma; en equilibrio y, por lo tanto, no le afecta ir adelante, o ceder cuando así conviene. El resultado es que anima y provoca la armonía con el otro, aún cuando la otredad del otro siga siendo una realidad permanente. Porque armonía no es invalidar la identidad del otro, sino aprender a convivir, adaptarse y a complementar lo que el otro es y hace. Desde luego, esta resulta una tarea difícil y es por ello que debemos considerar la segunda parte de la mancuerna paz y santidad.
Santidad es, literalmente, separación para Dios y el estado que de ella resulta. Nuestro pasaje asegura que sin santidad no podemos ver a Dios. Optomai se refiere a mirar fijamente, por lo que podemos considerar que quien no vive en santidad no puede ni entender, ni comprender, ni seguir a Dios. Vive en tinieblas y sus ojos están ciegos. Es decir, no puede saber lo que necesita para hacer la vida correctamente.
Vivir separado para Dios significa comprometerse en el propósito de honrar a Dios en todo lo que se hace. Cuando este propósito se refiere al cómo de nuestras relaciones, significa que vemos y nos relacionamos con los otros al través del filtro de Dios. Es decir, que nuestra intención de agradar y, por lo tanto, adorar a Dios, es la que permite el paso de aquello que es propio de Dios, al igual que impide lo que no corresponde.
Ello nos lleva al segundo aspecto del término santidad: Pureza. Quien es puro está libre y exento de toda mezcla de otra cosa. Porque es libre, puede mantenerse independiente ante el poder de sus propios deseos desordenados. El esposo santo no sólo no ofende a su esposa con un trato inmoral; también, el esposo santo, procura no hacer víctima a su esposa de sus complejos, necesidades existenciales y frustración. Es decir, se compromete consigo mismo y con Dios a madurar para, de esa manera, poder relacionarse en pureza con su esposa y con las demás personas. No mezcla en sus relaciones lo que no es propio de ello.
Desde luego, su carácter de santo lleva a los cristianos a ser sensibles ante cualquier expresión de impureza y a esforzarse continuamente para no contaminarse con aquello que Dios aborrece.
Paz y santidad son dos condiciones que debemos procurar en el día a día de nuestra vida. Esforzarnos para alcanzarlas nos libera del tener que esforzarnos para mantener una forma de vida que ni nos da paz, ni nos hace santos. Por ello conviene que, en toda relación, sigamos la paz y la santidad.

Pastores Machistas

8 noviembre, 2010

Hace algunos años recibí en la iglesia que pastoreaba a una familia numerosa, procedente de otra zona de la Ciudad. Al pasar las semanas pude apreciar que la esposa se mostraba retraída, molesta e incómoda durante las actividades de la iglesia. La abordé y le pregunté la razón de su malestar. Su razón fue breve, contundente: Juan me pega para que venga a la iglesia. Cuando encaré al marido y le reclamé el que golpeara a su esposa me contestó: El pastor que me bautizó me dijo que yo debía obligar a mi esposa a que asistiera a la iglesia; que si era necesario golpearla para que entendiera, lo hiciera, porque así estaría yo ayudando para que ella fuera salva.

Fui invitado a compartir la Palabra en un desayuno de parejas. Al terminar mi participación, el Pastor de esa iglesia pidió a un hombre que estaba sentado en la misma mesa que nosotros, que tuviera una palabra de bendición para las familias ahí representadas. Pude observar el inmediato malestar reflejado en el rostro de la esposa de tal hombre; la verdad es que no oré y mejor la observé con atención. Había amargura, coraje y desesperanza en su mirada. Al terminar la reunión se acercó a mí y me pidió que habláramos. Me contó que desde el inicio de su matrimonio su marido había sido sistemáticamente infiel. Le pregunté si el Pastor estaba enterado de ello y me dijo que sí, pero que cada vez que ella buscaba el consejo y la pastoral, se le recomendaba que comprendiera a su marido, que fuera paciente y lo ayudara, pues alguna razón tenía él para actuar de la manera en que lo hacía.

Recientemente conocí del caso de una mujer quien, habiendo descubierto que su marido tiene otra familia, buscó la intervención de su Pastor. Este no solo no quiso hablar con el marido, también le prohibió a ella que le reclamara a su esposo por su conducta; le advirtió que debía seguir estando sometida a él pues, a pesar de sus errores, él seguía siendo la autoridad espiritual de ella y de su familia. La previno advirtiéndole que si ella denunciaba públicamente a su marido, o si iniciaba cualquier intento de separación, no contaría más con la bendición de Dios pues, le aseguró, al quedar fuera de la autoridad de su esposo, quedaría automáticamente fuera de la cobertura divina.

Si bien no todos los pastores reaccionan de maneras similares a las aquí mencionadas ante el abuso que sufren las mujeres a manos de sus esposos, sí tenemos que reconocer lamentablemente que muchos, quizá la mayoría de los pastores, terminan poniéndose del lado de los esposos abusadores cuando estos son denunciados por sus mujeres. En no pocos casos, son las mujeres abusadas quienes sufren el castigo pastoral y quienes resienten las presiones de la congregación que ha aprendido a no aceptar, ni a hablar de la violencia intrafamiliar que se da a su interior.

Desde luego, el de la violencia intrafamiliar, como hemos dicho, es un asunto complejo y multifactorial. La manifestación de tal fenómeno en los ambientes fuertemente religiosos se complica más en tanto que se explica y justifica con argumentos espirituales. Una mujer me decía: Por años intenté defenderme del abuso de mi marido. Pero, cuando nos hicimos cristianos, y él me mostraba que la Biblia enseña que yo debía obedecerle en todo, tuve que aguantarme ante su maltrato, pues, ¿cómo poder ir contra lo que Dios ha establecido? — ¿De veras la Biblia enseña que los hombres tenemos el derecho y hasta la obligación de disciplinar a nuestras mueres, aún al extremo de la violencia física? ¿De veras tienen razón los pastores que se ponen del lado de los maridos abusadores y exigen que las mujeres lastimadas se sigan sometiendo incondicionalmente a sus maridos?

La respuesta para tales interrogantes y otras semejantes a estas, es una, simple y categórica: No, ni la Biblia enseña que los hombres tienen el derecho de abusar de sus mujeres; ni tienen razón los pastores, ni otros líderes espirituales, que justifican a los abusadores y lastiman aún más a las mujeres lastimadas.

La Biblia enseña, en efecto, que las esposas deben estar sujetas a sus maridos. Tal es la enseñanza paulina en Efesios 5.22ss, por ejemplo. Pero, cualquier estudioso de la Biblia, sabe que tal admonición bíblica empieza en el verso 21 del mismo capítulo, cuando la Palabra de Dios ordena: Someteos unos a otros en el temor de Dios. Es decir, la mujer se somete a su marido, cierto; pero, también el marido debe someterse a su mujer. Desde luego, quienes leen la Biblia con anteojos machistas sólo destacan lo que conviene a su condición de machos. Terminan haciendo lecturas parcializadas y descontextualizadas; ejercicio que termina en una temeraria manipulación del texto bíblico a favor de sus propios intereses.

¿Qué es lo que las mujeres abusadas o en riesgo de serlo, deben hacer ante tal aproximación machista a los textos bíblicos? Primero, y aunque parezca una contradictoria ofensa a las mujeres que me escuchan o leen, debo pedirles que aprendan y se decidan a pensar por sí mismas. Que no compren lo que los hombres, sus esposos y pastores, les dicen, sin asegurarse que tales enseñanzas tienen un real sustento bíblico. Para ello, las mujeres deben convertirse en cuidadosas lectoras de la Biblia y en dedicadas estudiantes de la misma. Para tal tarea, cuentan con la inspiración del mismo Espíritu Santo que guía a los hombres sinceros y obedientes a la Palabra.

En segundo lugar, conviene que las mujeres hagan un inventario de los recursos con los que cuentan para enfrentar las situaciones de abuso que las oprimen. Espirituales, intelectuales, económicos, familiares y, aún, los recursos legales a su disposición. Y, siguiendo la instrucción de nuestro Señor, antes de tomar cualquier decisión, antes de empezar a construir su torre o de salir a la guerra, deben considerar si están dispuestas a perseverar hasta la victoria en el proceso de su liberación integral. De su propio éxodo, que no sólo consistió en salir de Egipto, sino en llegar a la Tierra Prometida. No empiecen lo que no están dispuestas a hacer hasta el final, y de la manera correcta. Porque, quienes empiezan y luego vuelven atrás, terminan fortaleciendo aún más las ataduras en manos de sus maridos.

Y, finalmente, ante la actitud de los líderes espirituales que actúan bajo prejuicios machistas, conviene, primero, que las mujeres distingan entre ellos y Dios. Cosa difícil, pero necesaria. La decepción que sientan ante los errores de sus pastores no tiene que llevarlas a alejarse, ni a decepcionarse, de Dios mismo. Deben saber que Dios está del lado de quienes sufren opresión y violencia, se trate de los pobres, de los huérfanos… y de las mujeres que no son tratadas como vasos frágiles por sus maridos. Además, como lo hiciera nuestro Señor ante el alguacil que lo golpeaba injustamente, las mujeres que sufren de la incomprensión pastoral deben estar dispuestas a encarar a sus pastores y pedirles que actúen con fidelidad y lealtad a la Palabra de Dios. Con caridad y firmeza, las mujeres que sufren abuso pueden convertirse en agentes de cambio que contribuyan a la sanación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, que por ahora está siendo dañado por tanta violencia en contra de las mujeres que forman parte de la misma.

Es tiempo de que la Iglesia de Cristo se detenga para que, en oración y con un espíritu humilde, se dedique al estudio de la Palabra de Dios a la luz de tantos males que le aquejan, entre ellos el del estado deplorable de muchos de sus matrimonios. De ahí mi invitación a mis compañeros pastores y demás líderes espirituales para que corramos el riesgo de acercarnos, desde una perspectiva diferente, a los pasajes bíblicos que habiendo siendo tan mal entendidos y tan mal enseñados, causan tanto dolor a aquellos por quienes Cristo se entregó, para que tuvieran vida en abundancia y gozaran la paz que es fruto de la justicia.