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Hablemos del compromiso con uno mismo

23 enero, 2011

Como sabemos, compromiso es una obligación contraída. Es decir, es algo que se está obligado a hacer dada la naturaleza de la persona. Persona es un individuo, así que nuestra condición de personas humanas distingue la dimensión individual de cada uno de nosotros. Somos individuos, particulares, diferentes a cualquier otra persona. Sin embargo, durante el proceso de formación de nuestra personalidad somos influidos de diferentes maneras y en distintos grados por aquellos que están a nuestro alrededor. Ellos y ello nos dan forma, generalmente una distinta a lo que somos, podemos y queremos ser. De ahí que la madurez, la emancipación de nuestras familias, la recuperación de nuestra propia identidad, sean integrantes de la obligación que tenemos con nosotros mismos de identificar y hacer evidente quiénes somos. Estamos comprometidos con nosotros a ser nosotros mismos, diferentes de los demás y otros distintos a lo que los demás quisieron hacer de nosotros.

La importancia de tal compromiso reside en el hecho de que sólo quien se asume un individuo, uno distinto a los otros, puede tomar el control de su vida y realizar lo que es propio de su identidad e interés. Quien no se obliga consigo mismo sigue estando a expensas de otros, siendo y actuando de acuerdo a lo que los demás han hecho de él: con unos sumiso, con otros valiente; con unos fuerte, con otros débil; con unos triunfador, con otros un mero perdedor. Dejan de ser ellos para ser con cada cual lo que éste espera que sean. Terminan viviendo vidas esquizoides, sin control ni satisfacción. Y, lo que es peor, sin sentido ni esperanza.

Asumir el compromiso de ser nosotros y no lo que otros hacen de nosotros, requiere del cumplimiento de tres condiciones o, mejor aún, del desarrollo de tres características fundamentales:

Un nuevo orden interno. Proverbios 16.32. Resulta interesante el símil de nuestro pasaje, pues tanto el que conquista una ciudad como el que domina su espíritu, se ven en la necesidad de establecer un nuevo orden. El conquistador de ciudades hace lo que se tiene que hacer con aquello con lo que cuenta, con lo que ha encontrado en la ciudad que ahora está bajo su dominio. Altera el viejo orden, desecha lo que no está de acuerdo con su interés y establece lo que resulta necesario para el cumplimiento de su propósito. Así, asume la responsabilidad de que la ciudad sea lo que él quiere y puede hacer de ella. Entierra a los muertos, derriba lo que no sirve o conviene, destierra o encierra a sus enemigos y hace de la ciudad, su ciudad.

De manera similar, cuando se llega a la edad adulta la persona ya está bajo un orden establecido. Sometida o influenciada por fuerzas ajenas y siendo lo que, en buena medida, otros han hecho de ella. La madurez requiere de la emancipación respecto del poder y la trascendencia de tal orden. Requiere, por lo tanto, que la persona asuma la responsabilidad de sí misma y se ocupe de establecer el orden que le es propio. Las personas maduras s asumen obligadas a responder por sí mismas. Es decir, se obligan a dejar de explicarse a sí mismas en función de lo que los demás hicieron de y con ellas. Como el que conquista una ciudad, alteran el viejo orden, desechando lo que no está de acuerdo con su interés y estableciendo lo que resulte necesario para ser lo que son.

La Biblia llama a este proceso, conversión. Se sale de un orden que es según la carne, el pensamiento humano limitado y deformado, para pasar a un nuevo orden, el que es según el Espíritu y que produce vida plena, vida abundante.

Determinación. Lucas 9.51. La vida está llena de puntos de inflexión, de momentos y circunstancias que determinan el curso de la misma. En el caso de Jesús, se llegó el momento en que había de ser recibido arriba; es decir, el momento clave de su razón de ser, de su para qué había venido al mundo. Y llegado ese momento, Jesús, afirmó su rostro. Jesús fijó los términos de su identidad y misión, es decir, tomó la determinación de ser y hacer lo que le era propio. Muchas personas siguen siendo la misma ciudad de siempre, atrapadas en lo que no les es propio, porque les falta determinación. Porque no se deciden a afirmar, a establecer, lo que se requiere para su propio crecimiento e independencia respecto de personas y hechos que les impiden madurar. No se trata de falta de conocimiento, ni de la aceptación como propia de la circunstancia que se vive. Se trata de falta de determinación, de falta de osadía y valor para el establecimiento del orden que conviene a sus vidas. Esta falta de osadía les mantiene como extranjeros en su propia vida; mientras que el valor y arrojo les liberan y permiten construirse a sí mismos.

Compasión. 1 Pedro 3.1,8. Compasión es, también, sentir con el otro. Comprender, entender al otro. Uno podría preguntarse qué tiene que ver la compasión con el comprometerse con uno mismo. La verdad es que tiene que ver mucho. De acuerdo con nuestro pasaje, la compasión tiene un efecto liberador, liberalizante, respecto de las acciones del otro y que nos han afectado, particularmente de manera negativa. Quien entiende las razones, y aun las sinrazones, que sustentan las actitudes y conductas de los demás puede liberarse de la compulsión de devolver mal por mal. Quienes permanecen bajo la influencia y el poder de la ciudad en la que son extranjeros, cultivan la necesidad de la venganza. No les importa si esta la obtienen al castigar a quienes les dañaron, o si la obtienen al castigar a quienes pueden hacerlo. Lo que les importa es sentirse satisfechos de poder castigar a alguien, aunque ello signifique mayor miseria para sus propias vidas.

El que cultiva la compasión se mantiene libre y, por lo tanto, puede responder con el bien a quienes le han hecho mal. Puede bendecir a quienes le han maldecido. Puede, por lo tanto, ser señor de su ciudad, enterrando a los muertos, derribando las casas de mal, al mismo tiempo que cultiva la vida y edifica casas en las que el bien y la justicia propician la paz y el crecimiento de todos.

Pero, dirá alguno, con qué puedo hacer todo esto. ¿Dónde mis soldados, cuál mi armamento, en la conquista de mi propio espíritu? Como en ningún otro, es en este terreno que cobran relevancia las palabras de Pablo cuando nos asegura que Dios, no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. 2 Timoteo 1.7. No hay conquista de uno mismo que sea posible, fuera de Dios. Sólo nuestro Señor Jesucristo tiene poder para deshacer las obras del diablo. 1 Juan 3.8.

Por ello es que debemos volvernos a Dios buscando no solo su mano, sino su rostro. Es decir, debemos convertirnos a él y reconocerlo como el Señor de nuestra vida. Debemos estar dispuestos a que el orden de Dios altere nuestro propio orden. A hacer y dejar de hacer, a vivir de tal manera que seamos el espacio en el que la voluntad de Dios se cumpla día a día. Si lo hacemos así, y esta es mi invitación a que lo hagamos, podremos comprobar que quien vive en el orden de Dios, vive en la libertad que él nos provee al través de Jesucristo y disfruta de la vida plena, la vida abundante, en la ciudad, nosotros mismos, que hemos conquistado por el poder de su Espíritu Santo.

Amar a Dios Con Todo

8 enero, 2011
Marcos 12:30 Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

La Biblia declara que no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios, uno tiene que creer que existe y que recompensa a los que lo buscan. Hebreos 11.6 Es esta una declaración radicalmente importante, pues apunta a una cuestión que resulta fundamental en el camino de la espiritualidad. En efecto, el meollo de dicha declaración es la parte que dice: uno tiene que creer que existe. El verbo creer se convierte en la clave del pasaje y, de hecho, en la clave de la espiritualidad cristiana.

En la Biblia creer es estar persuadido de algo y actuar en consecuencia. Persuadir, nos dice el diccionario es obligar a alguien con razones a creer o hacer algo. Quien cree asume la obligación de actuar en consecuencia con aquello que profesa, que cree y confiesa. Es decir, no se puede creer en Dios y vivir de cualquier manera, sino aceptando y llevando a la práctica lo que él ha establecido como propio para nuestra vida. De hecho, la indicación de nuestro Señor Jesús a sus discípulos incluye el que enseñen (a quienes acepten la doctrina de Cristo), a obedecer todo lo que él les ha mandado. Mateo 28.20

Resulta necesario entender lo que hasta aquí se ha dicho para poder comprender el pasaje que hemos leído. Por cierto, comprender es abrazar, ceñir, rodear por todas partes algo. Y, en efecto, de esto se trata: De hacer propia, parte esencial de nuestra intimidad, la instrucción bíblica de amar a Dios de manera totalitaria. De acuerdo con Vine, reconocido exégeta bíblico, el significado de los recursos con los que somos llamados a amar a Dios sería, en síntesis, el siguiente:

Corazón. Se refiere a toda la actividad mental y la calidad moral de los pensamientos y las acciones consecuentes.

Alma. Aquí se refiere al aliento de vida; el llamado es a amar a Dios con toda nuestra energía.

Mente. Se trata de la conciencia reflexiva. Es decir, con la forma en que percibimos y comprendemos las cosas de la vida, los sentimientos, el razonamiento y la determinación con la que enfrentamos cada aspecto de nuestras vidas.

Fuerzas (fortaleza). Es esta la virtud fundamental que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad.

Lo que resulta de la integralidad del llamado de Jesús es que somos llamados a desarrollar una fe con propósito. Primero, porque somos llamados a fortalecer nuestra intención de vivir para Dios. Ello implica que nuestra fe resulta, crece en proporción directa a nuestra determinación de amar a Dios. Nos esforzamos y aún nos sacrificamos, si ello es necesario. Nos negamos a nosotros mismos, somos humildes y entregamos aún aquello a lo que tenemos derecho con tal de que Dios sea glorificado en nosotros.

Pero, propósito también es meta, objetivo, algo que pretendemos conseguir. Quien ama a Dios, quien dice hacerlo, debe cultivar el propósito de llegar hasta el final, hasta la meta. Apocalipsis 2.10 hace un llamado: ¡Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida! La expresión hasta la muerte, no se refiere solo al final de la vida en el sentido de ser fiel hasta que se muera uno. Dado el contexto de persecución que enfrenta Juan y sus lectores, la expresión adquiere una dimensión diferente. Se trata de ser fiel hasta el extremo de la muerte. A preferir la muerte a dejar de amar (y servir a Dios).

Conviene aquí apuntar que amar a Dios con todo no implica una perfección de vida. Nadie es justo, sino solo Dios. Como bien expresa el Catecismo Menor de Westminster: Buscamos hacer lo bueno y castigar lo malo, pero sólo Dios es justo. Al igual que el que ama está consciente de sus limitaciones, pero, con todo se esfuerza por agradar a su ser amado, así nosotros somos llamados a perseverar en nuestro esfuerzo de agradar a Dios en todo lo que somos y hacemos.

Hacer nuestro tal propósito se convierte en garantía de una vida sana, de una vida plena. Quien ama a Dios, lo obedece; camina por el camino que Dios ha trazado. Efesios 2.20 Y, quien camina el camino de Dios nunca camina caminos desconocidos, porque siempre camina en Jesucristo. Él, nuestro Señor y Salvador, quien habita en nosotros por su Espíritu Santo, es el Camino, la Verdad y la Vida en y para todas y cada una de las áreas de nuestra vida.

¿Por qué nos ocupamos de estas cosas? La respuesta es sencilla, nuestra vida puede ser mejor de lo que está siendo. En algunas áreas de la misma, la forma en que pensamos y nos conducimos tiene el poder de deteriorar el todo de nuestra vida. En algunos casos se trata del cómo de la relación de pareja, en otros del cómo de las relaciones familiares en su conjunto, o del cómo de nuestro quehacer laboral, etc. La disfuncionalidad evidente en tales áreas está, nos consta y lo sufrimos, afectando el todo de nuestra vida y el todo de nuestras relaciones. La razón que explica en última instancia el por qué de tal circunstancia es sencilla y obvia: No nos estamos ocupando de amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas. En consecuencia, estamos viviendo a nuestra manera y no hemos escogido la forma de vida en la que hay dirección, firmeza, paz y satisfacción.

Todas las cuestiones importantes de la vida empiezan en el espacio vital que se da entre Dios y nosotros. Por ello, mientras más de Dios en nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas, mayor sabiduría y capacidad para hacer una vida plena y satisfactoria. Quienes viven lo que está acabando con ellos: con su amor, su paciencia, su esperanza, su paz, etc., no tienen que seguir viviendo lo mismo. Pueden vivir la vida que Cristo ofrece a los que le aman.

Por ello les animo a que hagamos un alto en nuestra vida y encaremos cada una de las circunstancias que nos están desgastando y nos propongamos enfrentarlas en el amor de Cristo. Es decir, que de manera consciente y proactiva nos propongamos mostrar nuestro amor a Dios en la manera en que encaramos y resolvemos las situaciones que nos afectan. Y así, a que obedezcamos el principio bíblico que nos exhorta: Y todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él. Colosenses 3.17

 

 

Preparativos para la Conquista

7 noviembre, 2010

Josué 1.1-9

La historia de Josué es un buen ejemplo de cómo se alcanzan las victorias espirituales. Estas tienen que ver con las promesas que Dios ha hecho a los suyos. No con lo que uno desea, no con lo que uno cree necesitar, no con lo que a uno le gustaría lograr. No, las victorias espirituales son el cumplimiento del propósito divino en su pueblo. Es en el cumplimiento de tales promesas que el creyente encuentra su plena realización, el gozo de su vida y los recursos para que esta sea fructífera: para él, para los suyos y para quienes están a su alrededor.

Nuestro pasaje ha sido atinadamente titulado: Preparativos para la conquista. El tino resulta del hecho de que las promesas de Dios se conquistan. Es decir, se ganan, se consiguen, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Desde luego, el grado del esfuerzo o la habilidad requeridos, así como el de las dificultades a enfrentar, está directamente relacionado con la importancia y la trascendencia de la promesa recibida. Tal el caso del bautismo del Espíritu Santo. Si consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo habitando y obrando en y al través del creyente, resulta obvio que el ser llenos, bautizados, con el Espíritu Santo requiere de grados importantes de esfuerzo y valor de nuestra parte.

A Josué Dios, de manera reiterada, le mandó diciendo: Esfuérzate y sé valiente. Estos dos parecen ser los elementos comunes a toda conquista espiritual. Son los que caracterizan a las mujeres y los hombres que al través de la historia han hecho suyas las promesas de Dios. Todo acto de fe, todo milagro, es precedido y acompañado hasta el final de tales virtudes: Esfuerzo y valor.

Esfuerzo, nos dice el diccionario, es el: Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Dios parte, para el cumplimiento de sus promesas, de lo que ya hay en nosotros. Conocimiento, fe, disposición, etc. Y nos ordena que explotemos al máximo los dones que ya hemos recibido. Como a Josué se nos llama a tomar ánimo; es decir, a invertir toda nuestra energía, nuestras capacidades, nuestros recursos, en la tarea que nos ocupa. A la conquista de la promesa recibida dedicamos el todo de nuestros recursos y lo hacemos hasta el extremo del agotamiento. Esto se refiere tanto al lugar, la importancia que le damos a lo que queremos alcanzar, como a los costos que estamos dispuestos a gastar en ello. San Pablo da buen ejemplo de ello cuando asegura: Y yo con el mayor placer gastaré lo mío,  y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas,  aunque amándoos más,  sea amado menos. 2Co 12.15 Otro buen ejemplo es el del reformador escocés John Knox, quien oraba diciendo: “Señor, dame Escocia o muero”.

El valor, es la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Es decir, como Josué hubo de hacerlo, nosotros debemos estar dispuestos a hacer cosas que nunca hemos hecho, a hacer lo que hacemos de manera que nunca antes lo habíamos hecho y a enfrentar peligros y riesgos que, de no estar ocupados en la empresa que perseguimos, no tendríamos que enfrentar. A Jesús, Pedro preocupado por los riesgos que enfrentaba al denunciar la injustica y el pecado, le rogaba que tuviera compasión de sí mismo y evitara el ir a Jerusalén. Jesús, no solo lo equipara a Satanás, sino que lo acusa de dejar de ver las cosas de Dios y ocuparse de las de los hombres. Es decir, Jesús reafirma su propósito de pagar los costos de su ministerio ante la consideración que Pedro hace de replegarse, de dejar de luchar por aquello que representa tantas dificultades y sacrificios.

Esto nos lleva a otra acepción más del término valor: La subsistencia y firmeza de algún acto. A Josué, y a nosotros, no sólo se nos pide coraje ante las dificultades y peligros; también se nos pide que perseveremos luchando hasta alcanzar el fin perseguido. Muchas de las tragedias, las frustraciones y los desánimos de los creyentes tienen que ver con el hecho de que dejaron de luchar. Matrimonios frustrados, hijos fracasados, trabajos empecatados, sueños abortados, etc., tienen como común denominador el que quienes creyeron posible y, por lo tanto, empezaron a luchar para obtener la victoria, dejaron de luchar y se sienten satisfechos apenas manteniendo el fuerte.

Nosotros queremos ser llenos del Espíritu Santo y sabemos que Dios ha prometido darlo a quienes lo pidan. Como esta, tenemos otras victorias a la vista: la sanación de nuestra iglesia, el crecimiento integral de la misma, el testimonio relevante a la sociedad mexicana. Y todo esto es posible porque Dios nos lo ha prometido y llamado a alcanzarlo. Así es que tenemos que esforzarnos y ser valientes.

Pareciera paradójico que algo en apariencia tan sencillo como la práctica de la oración, resulte tan difícil de ser logrado. Pero, resulta que en la conquista de una vida de oración está la raíz de todas las demás conquistas espirituales. La oración es poderosa, es poder. Se gana mucho más postrado ante el Señor, puertas cerradas, que con un activismo desgastante. Por lo tanto, es tiempo de que nos dediquemos a la oración con esfuerzo y con valor. Que hagamos de la oración, y nuestra súplica de ser bautizados con el Espíritu Santo, la prioridad principal de nuestra vida. Que dediquemos tiempos y lo hagamos de maneras que nunca antes hemos experimentado. Que organicemos nuestra vida alrededor del cultivo de la oración.

Y, debemos hacerlo con valor. Quien ora es como quien va a la guerra. Enfrenta riesgos y peligros reales porque atenta contra el orden del príncipe de este mundo. Así que se necesita fuerza, vigor para orar, pero también se necesita que seamos perseverantes. Que nunca sea suficiente lo que hemos orado y que siempre estemos dispuestos a ir por más en nuestra vida de oración.

A nosotros, como a Josué, se nos asegura que si nos esforzamos y somos valientes, si no tememos ni desmayamos, Dios estará con nosotros dondequiera que vayamos, hará prosperar nuestro camino y que todo nos salga bien. Tal nuestra promesa, tal nuestra esperanza.