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Hemos Visto su Estrella

24 diciembre, 2010

Al repasar los relatos de la Navidad me encuentro con un hecho importante. A Abraham, Dios le dio como ejemplo de la numerosidad de sus descendientes, el incontable número de las estrellas. Alrededor del nacimiento de nuestro Señor Jesús, hay también una estrella de por medio. Sin embargo, a diferencia del caso de Abraham, a los sabios de Oriente, les fue dada por señal una sola, la que coloquialmente conocemos como la Estrella de Belén.

Llama mi atención que, en ambos casos, hay un elemento común: el de la dificultad para comprender aquello a lo que la señal. Para Abraham seguramente resultó muy difícil entender cómo él podría ser el padre, la raíz, de tantos descendientes, siendo que no había tenido aun, ni siquiera un hijo. Para los sabios de Oriente, no debe haber sido fácil identificar entre tantas estrellas luminosas, a esa sola estrella que anunciaba la llegada de la luz del mundo.

Y llama mi atención lo aquí mencionado porque, en los casos que nos ocupan, había que entender la señal para poder comprender la realidad de la bendición prometida. Por la fe vemos lo que todavía no es. Pero, lo vemos. Es más, la fe que es resultado de la comunión íntima, profunda y confiada con Dios, nos permite estar convencidos y, por lo tanto, actuar en consecuencia, de aquello que todavía no está al alcance de nuestras manos. De aquello que ya es una realidad para nosotros, pero que, sin embargo, no resulta del todo comprensible y accesible en la condición en que nos encontramos.

Casi para llegar a Belén, los sabios de Oriente andaban perdidos. Vinieron de tan lejos, viajaron tanto tiempo, siguiendo la estrella. Pero, a pocos kilómetros de su destino final, ya no supieron con certeza donde quedaba el lugar exacto que la estrella les mostraba. A solo nueve kilómetros, a escasos sesenta minutos a pie del lugar donde la estrella reposaba, los sabios dejaron de saber y fue necesario que preguntaran a quien ni idea tenía de la existencia de tal estrella ni, mucho menos, de la llegada al mundo del Rey. Herodes, quien no tenía noticias del nacimiento de Jesús, es quien tiene que responder y reorientar a los sabios de Oriente en la dirección adecuada.

Como Abraham, como los sabios de Oriente, así nosotros. También nosotros caminamos por fe. Abandonamos nuestra tierra y parentela, nuestra antigua manera de vivir, para caminar por los desconocidos caminos de la fe. En nuestro observar la vida, hubo un momento en el que nos dimos cuenta que algo diferente estaba sucediendo. Algo brilló frente a nosotros y sobresalió por sobre cualquier otra luz que hubiera atraído nuestra atención. Entendimos, entonces, que era necesario dejarlo todo e ir al encuentro de quien nos atraía con el brillo de su luz a una nueva vida.

Desde entonces, estamos en camino. A veces, muy seguros; en otros momentos, sin saber bien a donde vamos o a donde tenemos que ir. En ciertas ocasiones, animados desde dentro nuestro, por el testimonio del Espíritu Santo. En otras, tenemos que recurrir a los herodes de nuestros tiempos, para entender hacia dónde nos dirige el Señor. Así hemos caminado durante el año que se está acabando; así habremos de seguir caminando los días que el Señor nos depare sobre esta tierra. Y qué bueno que es así: caminar en la incertidumbre, a veces seguros, a veces temerosos. Como Moisés, quien se mantuvo como viendo al Invisible, mirando al que no se ve.

Cuando los sabios de Oriente llegaron a donde Herodes, le hicieron saber que había visto en el cielo la estrella del Rey de los judíos y, añadieron, hemos venido para adorarlo. Quizá a Herodes solo le interesó la primera parte del comentario de los sabios, por lo que ella representaba para él como rey. Pero, lo importante, lo que daba sentido al viaje, a la búsqueda de ayuda y dirección, está en la segunda parte de la declaración de los sabios de Oriente. Dijeron, hemos venido a adorarlo.

Todo: Tiempo, esfuerzo, recursos, alejamiento de la familia, etc., todo por una sola razón: los que vieron la señal en el cielo entendieron que habían venido al mundo, había acumulado dones y riquezas, con un solo propósito: Adorar al Rey nacido en Belén. Vinieron a Belén de tan lejos, viajando por casi dos años, simplemente para postrarse ante Jesús, cuyo nombre es Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

¿Para qué vivimos? ¿Para qué hemos nacido? ¿Para qué hemos caminado tanto tiempo y tantos kilómetros hasta este día y este lugar? ¿Para qué hemos acumulado tantos dones y bienes a lo largo de nuestro peregrinaje? Si hemos visto su estrella, hemos hecho todo, y hemos vivido tanto, sólo para adorarle, para postrarnos ante él y ofrecerle lo mejor de nosotros.

No fue suficiente que los sabios de Oriente llegaran a Jerusalén, después de haber caminado cientos o miles de kilómetros. Debían recorrer todavía los nueve kilómetros faltantes. Sencillamente porque el lugar donde reposaba la estrella, Belén, representaba el final de su peregrinaje. Todo camino tiene un final, toda vida llega a su fin. Lo importante no es cómo se empieza, ni dónde se inicia el camino. Lo que importa es cómo se acaba, a dónde se llega cuando termina el camino de la vida.

De los sabios de Oriente aprendemos que así como la razón de nuestro caminar ha sido Jesús, el final de nuestro camino es él mismo. Porque en él vivimos, y nos movemos y somos, asegura el Apóstol Pablo. Así ha sido hasta ahora, que así sea hasta el final. Como pasó con Chofita y con otros este año, habrá quienes sólo empiecen a caminar el 2011. Y lo importante no será cuándo se acabe su camino, sino en dónde termine el mismo. Más aún, ante quién termina el largo viaje por la vida. Si este termina en Jesús, y quiera el Señor que así sea, habremos llegado a casa y lo habremos hecho en paz, viendo cumplida la promesa y justificada nuestra esperanza.

Ustedes y yo hemos visto la estrella, vivimos iluminados por la luz de Cristo. Hagamos nuestro el propósito, entonces, de llegar hasta su presencia para entonces, adorarlo por siempre. Porque, nosotros a diferencia de Abraham y de los sabios de Oriente, hemos recibido una promesa eterna y esta habrá de cumplirse: Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria;  porque han llegado las bodas del Cordero,  y su esposa se ha preparado. Nosotros somos la Iglesia de Jesucristo, la esposa del Cordero, y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente;  porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios. Ap 19.8,9. Por lo tanto, los que estamos en camino, lleguemos hasta la presencia del Rey pues es necesario que le adoremos.

La Tarea del Espíritu Santo

11 octubre, 2010

Juan 15.26, 27

Pero cuando venga el Defensor que yo voy a enviar departe del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él será mi testigo. Y ustedes también serán mis testigos, porque han estado conmigodesdeelprincipio.

El ser humano es un ser trascendente. Dado que tiene la capacidad para recordar el pasado y proyectar el futuro, incluye entre el costo de su ser, el de la incertidumbre y la necesidad de elementos que sustenten sus convicciones, sus creencias. El conocimiento humano, sobre todo el que deriva del quehacer científico, sirve como sustento importante para dar respuesta muchas de las inquietudes de los hombres, sin embargo, no es suficiente para responder a las cuestiones más trascendentales: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, cuál es mi papel en este Mundo, etc.

Nuestro Señor Jesucristo estuvo al tanto de tales necesidades y limitaciones de los hombres. Como resulta natural en él, se ocupó de atenderlas de manera integral y estableciendo las prioridades del caso. Por ello es que, de manera reiterada, se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una que trae convicción a la persona respecto de Dios; respecto de la presencia y la comunión de Dios en y con el hombre.

Los seres humanos necesitamos de la comunión con Dios. Mucho más de la que necesitamos respecto de nuestros padres, pero esta nos ayuda a entender mejor la importancia de la primera. Así como una relación inadecuada, deficiente, conflictiva con nuestros padres nos condena a una vida inestable, dolorosa; mucho más de lo mismo resulta en nosotros cuando no estamos en comunión con el Señor. No sólo no estamos completos, sino que enfrentamos un desequilibrio vital que afecta nuestra propia estabilidad y el cómo de nuestras relaciones con los demás.

Por ello, en Juan 14.26; 15.26; 16.7-15, nuestro Señor se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una de reafirmación del vínculo entre Dios y los discípulos de Cristo. Dice que el Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Jesús ha dicho; asegura que el Consolador será su testigo; además de que el Espíritu mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente, y quién recibe el juicio de Dios, además de que nos guiará a toda la verdad.

Ante las inquietudes que resultan del significado de ser humano y ante los retos que representan la conducta propia y la de los demás, sólo quedan dos alternativas. Podemos animalizarnos y acallar tales inquietudes e ignorar los retos. Así, podemos relacionarnos instintivamente. En la relación matrimonial, por ejemplo, lejos de tratar de entender quiénes somos y cuál es el propósito de nuestro matrimonio, terminamos por vivir a la defensiva. Atacando para no ser atacados, utilizando al otro para satisfacer nuestras necesidades más básicas y cerrando ojos y oídos ante aquello que no podemos manejar.

El Espíritu Santo en nosotros, sin embargo, nos provee una forma alternativa de vida. Su presencia en nosotros nos da una perspectiva diferente. Nos ayuda a ver la vida, a las personas, ¡a nosotros mismos!, desde la perspectiva divina. Primero, porque da testimonio permanente a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Romanos 8.15Este testimonio asienta nuestra identidad, nos permite saber quiénes somos y, por lo tanto, tomar conciencia de nuestro valor y de nuestra misión en la vida. El cómo de nuestra relación con nuestros padres determina sensiblemente la percepción que tenemos de nosotros mismos, la conciencia de nuestro valor como personas y el para qué de nuestra vida. El Espíritu Santo nos ubica más allá de nuestros padres, los trasciende. Así podemos ahondar en nuestro origen y tomar conciencia de que nuestra raíz es Dios y que nuestro valor como personas es resultado de lo que él es en nosotros. Sobre todo, el testimonio del Espíritu Santo nos hace saber y experimentar el hecho de que somos amados por el Padre, por nuestro Padre.

Quien se sabe amado por el Padre vive la vida de manera diferente a quien carece del amor paterno. Quien ha sido abandonado por su padre natural generalmente va por la vida al garete, sin origen y sin rumbo. Pero quien, a pesar de la ausencia o deficiencia del amor filial, se sabe amado por Dios encuentra en tal amor la razón, el propósito y el valor de su vida.

Quien se sabe amado por Dios, está seguro. Por lo tanto puede enfrentar seguramente los retos, las interrogantes y las dificultades de la vida. El saber de Dios que está en él, ayuda al creyente a saber lo que es necesario que sepa. Conforme pasa la vida, más evidente se hace la necesidad de la sabiduría. Por ello el proverbista nos exhorta: sabiduría ante todo;  adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia. Proverbios 4.7La sabiduría no es otra cosa sino el conocimiento de Dios, de quién es él, de cuáles son sus propósitos para nosotros y, por lo tanto, la razón de ser de sus mandamientos. El Espíritu Santo que es Dios mismo en nosotros, trae a nuestra mente la revelación divina y nos capacita así para conocer y entender lo que necesitamos saber en cada circunstancia de la vida. En lo que se refiere a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros estudios y trabajo, etc. La luz de Dios ilumina todos y cada aspecto en particular del todo de nuestra vida.

Nuestro Señor Jesús también se refiere a un tercer elemento de la tarea del Espíritu Santo en y al través de los creyentes. En Hechos 1.8, nuestro Señor asegura que el creyente recibe poder cuando viene sobre él el Espíritu Santo. Dunamis, es la capacidad inherente de llevar cualquier cosa a cabo. No basta con saber quiénes somos, ni saber lo que tenemos que hacer en la vida. En la vida necesitamos poder, es decir, la capacidad para realizar todo lo que es propio de nosotros. La tragedia nuestra, en la mayoría de las situaciones difíciles de nuestra vida, no es que no sepamos o que no queramos. Es que no podemos.

La capacidad humana, al igual que la sabiduría humana, es real y valiosa. Pero, siempre es limitada. Siempre llegamos a un extremo en el que ya no podemos hacer en nuestras fuerzas. Es cuando nos acercamos al territorio del Espíritu Santo. Se trata del espacio donde el Espíritu Santo nos da testimonio de su presencia en nosotros y nos capacita para que también nosotros demos testimonio de su presencia entre los hombres. Es decir, que podamos ser quienes hagamos evidente que él está en nosotros y que él está haciendo en y la través de nosotros.

Como podemos ver, la tarea del Espíritu Santo resulta indispensable en nuestra vida. Sin ella, ni tenemos conciencia de quiénes somos, ni podemos estar convencidos de que somos amados y que nuestra vida tiene razón y sentido, como tampoco podemos hacer aquello que queremos y necesitamos lograr. La buena noticia es que Dios da su Espíritu Santo a quienes se lo piden. Así que conviene que empecemos a pedir el ser llenos del Espíritu Santo, que busquemos la llenura del Espíritu Santo. Él en nosotros hace la diferencia. Y, nosotros llenos de él, podemos ser diferentes.

Somos el Pueblo de la Palabra

31 julio, 2010

2Timoteo 4.1-5

En México, agosto es el mes de la Biblia. En pleno Siglo XXI tal celebración pareciera un despropósito, sobre todo ante la propuesta de que toda verdad es relativa. La Biblia, se nos dice, es una colección de historias inexactas, de preceptos pirateados a otros escritos religiosos, un compendio de principios moralistas irrelevantes, etc. Sin embargo, para nosotros los cristianos la Biblia es nuestra regla de fe y, en cuestiones espirituales, está libre de error. Ello significa que, en materia de fe (Dios, la salvación, la ética y la moral, etc.), juzgamos y calificamos todo a la luz de lo que la Palabra nos enseña. Por más interesante, atractiva y complaciente que resulte cualquier idea o enseñanza religiosas, nosotros vamos a la Biblia para comprobar la fidelidad de tales ideas o enseñanzas. Si estas no están de acuerdo con el pensamiento bíblico… las desechamos.

Vivimos en un mundo saturado de propuestas religiosas. Algunas de ellas parecen ser una novedad cuando realmente son las mismas enseñanzas erradas promovidas por el diablo desde siglos atrás. Todas ellas tienen como propósito el impedir que las personas sirvan al único y verdadero Dios. Algunas de estas corrientes religiosas son francas, abiertas, y declaran su propósito honestamente. Otras resultan más peligrosas en cuanto que toman elementos de la sana enseñanza y los mezclan con propuestas totalmente ajenas a la misma. Sin embargo, es esta mezcla la que las hace especialmente peligrosas y, paradójicamente, sumamente atractivas para las personas que viven en ignorancia de Dios y de su Palabra.

Como hemos dicho, el propósito original de las enseñanzas diabólicas es impedir que las personas conozcan y sirvan al único y verdadero Dios. Esto se logra en la medida que se alimenta el deseo de la gente de ser como Dios. Es decir, de decidir por sí misma qué es lo bueno y qué es lo malo. A esta gente Pablo la califica como “amadores de sí mismos”, y dice de ellos que aparentarán ser muy religiosos, pero con sus hechos negarán el verdadero poder de la religión. 2Ti 3.5 Más aún, de acuerdo con nuestro pasaje, estas personas llegarán al momento en que “no soportarán la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso de toda clase de cuentos”. 2Ti 4.1-5

Toda clase de cuentos. Para que los cuentos sean creídos se requiere tanto de la habilidad del cuentista como de la disposición de quien los escucha. Esta disposición está determinada por los intereses del oyente. Es a esto a lo que Pablo llama “caprichos”, sus deseos. En un diciembre pasado, un periodista se refería a las multitudes que abarrotaron nuestra Ciudad, como “un pueblo de huérfanos que necesitan de una figura paternal fuerte”. Y en verdad, detrás de tanta emoción y alboroto se esconden necesidades profundas e insatisfechas que llevan a la gente a desear con pasión una salida de su condición actual. Sin embargo, se trata de que la salida de su condición actual sea una que les beneficie sin comprometerlos ni obligarlos a salir de la comodidad de sus pensamientos y tradiciones.

Por ello están dispuestos a creer en cuentos, historias falsas. Al profeta Isaías se el advierte que la gente que no está dispuesta a escuchar la sana enseñanza (por el compromiso y sufrimiento que esta incluye), pedirá: “No nos cuenten revelaciones verdaderas; háblennos palabras suaves; no nos quiten nuestras ilusiones.” Isa 30.10 La Biblia Latinoamérica traduce esto así: No nos comuniquen la verdad, sino que, más bien, cuéntenos cosas interesantes de mundos maravillosos.

Entre otros medios, el semanario Proceso ha publicado una serie de artículos que demuestran que la pintura de la Virgen de Guadalupe, fue pintada por manos humanas. Investigadores destacados, restauradores reconocidos e historiadores serios dan testimonio tanto del origen humano de la pintura referida, como de la no certeza histórica de la existencia de Juan Diego. Sin embargo, creer y aceptar estas verdades representa la necesidad de renunciar a las ilusiones con que muchos alimentan su existencia. Desde luego, resulta mucho más emocionante creer en cosas interesantes de mundos maravillosos, que creer en la Palabra que transforma nuestra vida. Pero, resulta, no sólo quienes profesan la fe católica asumen como reales tales cosas interesantes. No pocos cristianos evangélicos tienen sus propios mundos maravillosos. Y, desafortunadamente, cuando son confrontados por otros, o por la vida misma, acerca del sustento de sus creencias, entran en crisis y terminan, en no pocos casos, por escoger y privilegiar sus propias fantasías antes que la enseñanza bíblica. Así mantienen sus ilusiones. Son quienes dicen a los a los profetas: No nos cuenten revelaciones verdaderas; háblennos palabras suaves; no nos quiten nuestras ilusiones. Isa 30.10 Porque este es precisamente el atractivo de los cuentos, de las fábulas: no te obligan a transformar tu vida, pues todo lo que te ofrecen son meras ilusiones… te llevan a vivir una realidad virtual, misma que puedes ir cambiando y adaptando a tus deseos e intereses más inmediatos.

La fe cristiana es una fe racional, no reñida con la inteligencia de las personas. La fe cristiana tiene que ver con el pensamiento antes que con las emociones. Por eso se basa en la Escritura, que está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. 2Ti 3.16

¿Cuál es nuestra tarea en las circunstancias que nos toca vivir? Obviamente tendremos que enfrentar mayor intolerancia, incomprensión y experimentaremos el celo de Dios en nuestros corazones ante la manifestación burda de la idolatría. Pero debemos ser cuidadosos para enfrentar todo esto en el espíritu de Cristo. Y Pablo dice a Timoteo: pero tú conserva siempre el buen juicio, soporta los sufrimientos, dedícate a anunciar el evangelio, cumple bien con tu trabajo. 2Ti 4.5

Y es que Pablo tenía un secreto, sabía que las tinieblas no avanzan. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron ante ella. Jn 1.5 No importa lo que veamos, lo que escuchemos ni lo que padezcamos, Jesucristo sigue siendo la luz del mundo, la luz de México. Pero si las tinieblas no avanzan, la luz sí puede retroceder. Y este es nuestro reto, fielmente sustentados en el espíritu de Cristo, debemos seguir iluminando con la luz que está en nosotros y no permitir que la luz de Cristo retroceda. No se trata de que nos entristezcamos al grado de la parálisis, ni de que nos enojemos con quienes viven en el engaño. Tampoco se trata de que nos desgastemos en discusiones estériles. Se trata de que, en medio de esta oscuridad, brillemos con la luz de Cristo.

Nuestros recursos son poderosos. Entre ellos, la palabra de Dios que es la espada que nos da el Espíritu Santo. Ef 6.17 Más poderosa aún que los machetes de San Salvador Atenco. Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón. Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él; todo está claramente expuesto ante aquel a quien tenemos que rendir cuentas. Heb 4.12-13

No debemos olvidarlo, somos el pueblo de la Palabra.