Archive for the ‘Amor cristiano’ category

Sentía Compasión por las Multitudes

9 febrero, 2014

Jesús recorría las ciudades y los pueblos de la región enseñando en las sinagogas, predicando las buenas nuevas del reino y sanando la enfermedad y el dolor. Sentía compasión por las multitudes que como ovejas desamparadas, dispersas y sin pastor, acudían a Él en busca de ayuda. -¡Es tan grande la mies y hay tan pocos obreros! –Dijo una vez a los discípulos-. Oren que el Señor de la mies consiga más obreros para los campos. Mateo 9.35-38

El tercer pensamiento gobernante de CASA DE PAN tiene que ver con el hecho de que somos llamados a servir a Dios, sirviendo a nuestros semejantes. Partimos del presupuesto de que somos meros administradores de los recursos que hemos recibido. Que si bien podemos beneficiarnos de los mismos, estos no nos pertenecen y que se nos han dado con el propósito de que bendigamos a muchos otros. Esta semana hablaba con alguno de ustedes respecto de su falta de compromiso y disposición a realizar la obra de Dios. Mientras hablábamos sucedió algo interesante: al mismo tiempo que experimentaba un fluir de enojo dentro de mí, vino una especie de iluminación que me hizo preguntar “¿qué le motiva para cumplir su tarea? La verdad es que era una de esas preguntas sesgadas, con chanfle: porque no sólo se trataba de entender las motivaciones del otro sino las mías propias.

¿Qué nos motiva en el servicio del Señor? ¿Cuál es la motivación que lleva a los discípulos a realizar su tarea con pasión y compromiso?

En búsqueda de la respuesta a tales interrogantes, tuve que ir a la historia de la salvación. Encontré que el motivador de la misma es el amor. Dios amó “de tal manera al mundo” que decidió hacer lo necesario para la salvación de la humanidad: “ha dado a su único Hijo para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3.16

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Jesús y los Niños

18 noviembre, 2012

Marcos 10.13-16

Acostumbramos pensar de Jesús como un hombre en pleno control de sus emociones. Sin embargo, Marcos nos asegura que hubo, cuando menos una vez en la que Jesús se dejó llevar por la fuerza de sus emociones. Lo que Reina-Valera traduce: “Jesús se indignó”, otras traducciones lo hacen diciendo que Jesús se enojó. Es más, el término utilizado por Marcos, aganakteo, sugiere que Jesús se irritó violentamente. Al grado de que su molestia pudo ser notada en su rostro y en lenguaje corporal por los que estaban a su lado. Podemos preguntarnos cuál fue la razón y la importancia que la misma tenía para provocar que Jesús se alterara tanto. ¿Acaso alguien dijo una blasfemia, acaso alguien puso en duda el poder de Dios, o quizá hubo quienes le atacaron por decir que era el Hijo de Dios?

La razón que provocó tanto malestar en Jesús fue una que, para la mayoría de nosotros podría pasar desapercibida: sus discípulos regañaron a los padres que querían que Jesús tocara a sus hijos. Pobres discípulos, ellos que querían evitarle a Jesús la molestia de los niños inquietos, resultan regañados por aquel a quien querían proteger. Agradezcámosles, sin embargo, el que su fallido intento nos permita conocer el interés de Jesús por los niños. El enojado Jesús señala un par de cosas que no podemos ignorar en nuestra relación con los niños, especialmente con los que forman parte de nuestras familias y de nuestra iglesia.

Lo primero que nos encontramos es que a la indicación, “dejen que los niños vengan a mí”, sigue una advertencia: no se lo impidáis. Lo que Jesús reclama a sus discípulos es: no los estorben, no les hagan difícil llegar hasta mí. Esto nos lleva a la siguiente cuestión implícita en las palabras de Jesús, quien asegura que de los tales [los niños] es el Reino de Dios. Así que lo que Jesús reclama es los discípulos están haciendo difícil que los niños se acerquen, conserven, lo que de ya es suyo: el orden de Dios. Tan es suyo, que Jesús explica que quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.

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El Amor de Una Mujer de Mala Vida

14 octubre, 2012

Lucas 7.36ss

Las mujeres viven en un mundo de hombres. No sólo porque a nivel mundial es ligeramente mayor el número de hombres que el de mujeres, sino que, aún en los lugares donde el número de mujeres resulta mayoritario, estas siguen viviendo en función de lo que los hombres creen, deciden y hacen.

Nuestra historia refleja bien esta cuestión. Una mujer, desconocida, se introduce sin invitación a un santuario de hombres, la casa de un fariseo. A tal osadía, añade una más, lavó los pies del Señor con sus lágrimas, los perfumó, los secó con sus cabellos y los besó amorosamente. Como en muchos casos, y las mujeres lo saben bien, ella y su conducta quedaron de inmediato bajo el juicio parcial de los hombres, mismo que se tradujo en su descalificación. Como mujer y pecadora, no tenía el derecho para hacer lo que hacía. Sus intenciones, dada su condición, quedaban en entredicho y daban pie a la sospecha. No sólo ello, al relacionarse con Jesús lo hacía partícipe de su propio descrédito, lo contaminaba y Jesús quedaba, por lo tanto, igualmente bajo sospecha.

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