Jesús y los Niños

Marcos 10.13-16

Acostumbramos pensar de Jesús como un hombre en pleno control de sus emociones. Sin embargo, Marcos nos asegura que hubo, cuando menos una vez en la que Jesús se dejó llevar por la fuerza de sus emociones. Lo que Reina-Valera traduce: “Jesús se indignó”, otras traducciones lo hacen diciendo que Jesús se enojó. Es más, el término utilizado por Marcos, aganakteo, sugiere que Jesús se irritó violentamente. Al grado de que su molestia pudo ser notada en su rostro y en lenguaje corporal por los que estaban a su lado. Podemos preguntarnos cuál fue la razón y la importancia que la misma tenía para provocar que Jesús se alterara tanto. ¿Acaso alguien dijo una blasfemia, acaso alguien puso en duda el poder de Dios, o quizá hubo quienes le atacaron por decir que era el Hijo de Dios?

La razón que provocó tanto malestar en Jesús fue una que, para la mayoría de nosotros podría pasar desapercibida: sus discípulos regañaron a los padres que querían que Jesús tocara a sus hijos. Pobres discípulos, ellos que querían evitarle a Jesús la molestia de los niños inquietos, resultan regañados por aquel a quien querían proteger. Agradezcámosles, sin embargo, el que su fallido intento nos permita conocer el interés de Jesús por los niños. El enojado Jesús señala un par de cosas que no podemos ignorar en nuestra relación con los niños, especialmente con los que forman parte de nuestras familias y de nuestra iglesia.

Lo primero que nos encontramos es que a la indicación, “dejen que los niños vengan a mí”, sigue una advertencia: no se lo impidáis. Lo que Jesús reclama a sus discípulos es: no los estorben, no les hagan difícil llegar hasta mí. Esto nos lleva a la siguiente cuestión implícita en las palabras de Jesús, quien asegura que de los tales [los niños] es el Reino de Dios. Así que lo que Jesús reclama es los discípulos están haciendo difícil que los niños se acerquen, conserven, lo que de ya es suyo: el orden de Dios. Tan es suyo, que Jesús explica que quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.

Si la Palabra ha sido escrita para nuestra corrección y edificación, entendemos que Marcos nos sólo nos cuenta una anécdota. Registra lo que sucedió para que nosotros, iluminados por el Espíritu Santo, dejemos de imitar a los discípulos y, por lo tanto, dejemos de hacer difícil a nuestros niños el acercarse a Jesús. Entendiendo que al dificultarles el estar en comunión con él, contribuimos, si no es que nosotros mismos lo hacemos, a despojarlos de lo que ya es suyo: el Reino –el orden de Dios-, y la correspondiente comunión perfecta con su Señor y Salvador, Jesucristo.

Hay dos formas principales en las que estorbamos que nuestros niños estén cerca de Jesús y vivan la realidad de su Reino. La primera consiste en no llevarlos a él, en no enseñarles a desarrollar su relación con Cristo. No les enseñamos a orar, no procuramos que lean y entiendan la Biblia, no les enseñamos a alabar y a adorar a Dios como familia y como iglesia, etc. Al privarlos de ello, contribuimos a que se alejen del Señor, a que lo que de Dios hay en ellos se seque y deje de dar fruto.

La otra forma es mayormente perjudicial, tiene que ver con el ambiente familiar en el que los niños y los adolescentes viven la realidad de la fe de sus padres. Diversos estudios seculares y religiosos muestran que el concepto que los niños tienen de Dios está claramente influenciado por la calidad de las relaciones familiares. Por la manera en que sus padres son pareja y la manera en la que, como pareja, se relacionan con sus hijos. Esto es importante porque, a diferencia de lo que pasa en la primera alternativa de obstáculo, en esta los padres si parecen estar interesados en acercar a sus hijos a Cristo. Los llevan a la iglesia, les compran sus Biblias, les enseñan a orar al dormir y al levantarse, así como a la hora de los alimentos, etc. Sin embargo, la calidad de las relaciones familiares, el ambiente familiar en el que el niño vive y alimenta su fe, es nociva y altamente contaminante.

Los niños que oyen hablar del amor de Jesús y escuchan a sus padres gritarse. Los niños que aprenden que Jesús quiere que nos respetemos unos a otros y son objeto de los abusos de sus padres. Los niños que aprenden que deben hablar con la verdad y viven cada día la mentira de la vida familiar. Todos ellos tienen algo en común: sus padres les están haciendo difícil el acercarse a Jesús y, por lo tanto, cada día se relacionan con el Reino de Dios que está en ellos con desconfianza y creciente confusión.

Cuando una planta ha permanecido seca, cabe la posibilidad de que al ser regada recupere su vida, su fuerza. Pero, cuando una planta ha sido desgajada, dañada y hasta desarraigada, pocas esperanzas hay que recupere su vida y fuerza. Lo mismo pasa con los niños, con nuestros hijos adolescentes. A veces, sería preferible el mal menor de que sus padres no hicieran nada por acercarlos a Cristo. Esto, que no es lo mejor, evitaría que en ellos se sembraran semillas de amargura que pudieran llevarlos a renegar de Cristo. Me duelen los hijos de cristianos que hacen de sus hogares espacios de conflicto cotidiano. Que parecen estar programados para la violencia, el abuso, el desinterés y el menosprecio mutuo. Y, que no obstante ello, insisten en animar y aún en presionar a sus hijos para que crean en Jesús y se esfuercen por buscarlo. Me duelen porque no sólo no reciben de sus padres la ayuda conveniente y oportuna para acercarse a Jesús, sino que, en la práctica, son sus mismos padres los que les están despojando de lo que ya es suyo: la comunión con Dios y el orden de su Reino en sus vidas.

Termino animando a que tengamos en cuenta que, en cuestiones de espiritualidad, no son nuestros niños los que tienen que hacerse como nosotros, sino que somos nosotros los que hemos de ser como ellos. Por ello, les animo a que seamos sensibles y estemos dispuestos a aprender de ellos. Sobre todo, a los padres les exhorto para que limpien su manera de vivir y de relacionarse, a que se revistan del hombre nuevo que es en Cristo Jesús, para que así no sólo faciliten que sus hijos se acerquen al Señor, sino que eviten ser los depredadores de aquellos a quienes han traído a la vida y a los que, indudablemente, aman tanto.

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