El Amor de Una Mujer de Mala Vida

Lucas 7.36ss

Las mujeres viven en un mundo de hombres. No sólo porque a nivel mundial es ligeramente mayor el número de hombres que el de mujeres, sino que, aún en los lugares donde el número de mujeres resulta mayoritario, estas siguen viviendo en función de lo que los hombres creen, deciden y hacen.

Nuestra historia refleja bien esta cuestión. Una mujer, desconocida, se introduce sin invitación a un santuario de hombres, la casa de un fariseo. A tal osadía, añade una más, lavó los pies del Señor con sus lágrimas, los perfumó, los secó con sus cabellos y los besó amorosamente. Como en muchos casos, y las mujeres lo saben bien, ella y su conducta quedaron de inmediato bajo el juicio parcial de los hombres, mismo que se tradujo en su descalificación. Como mujer y pecadora, no tenía el derecho para hacer lo que hacía. Sus intenciones, dada su condición, quedaban en entredicho y daban pie a la sospecha. No sólo ello, al relacionarse con Jesús lo hacía partícipe de su propio descrédito, lo contaminaba y Jesús quedaba, por lo tanto, igualmente bajo sospecha.

De cierto, la mujer aquella no era la única persona pecadora presente en la reunión que se relacionaba con Jesús. También es cierto que el pecado de aquella mujer, quizá una prostituta, requería de la participación de los hombres, algunos de los invitados a casa del fariseo. Esto pone en evidencia dos cuestiones básicas, primero, generalmente los hombres juzgan a las mujeres con mayor severidad que con la que se juzgan a sí mismos. Además, los hombres en situación de crisis con las mujeres, tienden a desconocer su propia responsabilidad respecto de las carencias, taras o errores, de las mismas. El juicio que el fariseo hace de la mujer se revierte y termina siendo un juicio en contra suya.

Es que Jesús también juzga. Juzga a la mujer, es cierto, pero también juzga al fariseo. Mediante el recurso de una simple parábola, Jesús pone en evidencia la condición imperfecta del fariseo. Este, defensor orgulloso de los ritos religiosos y culturales de la época está en falta, no atendió –no se relacionó con Jesús- debidamente. Generalmente, cuando Dios interviene en los conflictos de género sucede lo mismo: las cosas pequeñas y cotidianas del quehacer de los hombres los ponen en evidencia y descubren sus propias fallas. Al mismo tiempo que hacen público su falta de amor. Sí, lo que Jesús saca a la luz es que el fariseo (defensor de la Ley), ha fallado en el gran mandamiento, el de amar a Dios con todo su corazón y al prójimo como a sí mismo.

El juicio que Jesús hace del fariseo no libera a la mujer del ser juzgada por el Maestro. Jesús reconoce, hace público, que sus pecados son muchos. Pero, Jesús establece que a diferencia de lo que pasa con el fariseo, los muchos pecados de la mujer le son perdonados. ¿Por qué lloró, por qué ungió los pies de Jesús con un perfume caro, por qué se humilló secando los pies con su propia cabellera? No, Jesús parece no tomar en cuenta lo que la mujer hace, sino lo que la motiva. Al fariseo le explica que los muchos pecados de la mujer le son perdonados porque amó mucho.

Sólo quien ama reconoce el amor del otro. El juicio que Jesús hace de la mujer hace evidente lo que hay en Jesús, lo que Jesús tiene para aquella mujer, amor. Jesús ama a la mujer pecadora y ese amor le permite relacionarse con ella de tal manera que el resultado de tal relación es el perdón de los pecados de la mujer y su salvación. Como el fariseo no amaba a la mujer su juicio la condenaba, es decir, contribuía a mantenerla en su condición de pecadora, de indeseable. Jesús, por el contrario, hace de su juicio la oportunidad para reconocer lo bueno que hay en aquella mujer y a partir de ahí construir una relación fructífera que se traduce en una nueva vida, una nueva forma de ser y de hacer la vida.

En fin, de esta historia podemos entender un par de cosas. La primera es que Jesús nos ama, a pesar de nuestras circunstancias. Que su amor tiene el poder de transformar nuestras vidas y hacer de nosotros algo nuevo, diferente y mucho mejor de lo que éramos. El amor de Dios trasciende nuestras faltas y empodera nuestras fortalezas. Jesús no nos juzga como los otros, lo hace con amor y en su amor está nuestra vida.

Una segunda cosa que aprendemos de esta historia, especialmente nosotros los hombres, es que la motivación del juicio que hacemos de nuestras mujeres produce muerte o produce vida. Por ello, al juzgarlas (porque toda relación implica juicio), primero debemos estar conscientes y tener el valor de asumir nuestras propias faltas y nuestra corresponsabilidad en su ser y hacer. Pero, además, nuestro juicio tiene que ser fruto de nuestro amor a ellas. El amor nos hace ver su todo, no nada más lo que no nos gusta o lo que nos duele de ellas. Al amarlas podemos verlas en perspectiva y, por lo tanto, ver lo que los otros no ven y lo que, sin amor, no podríamos ver en ellas aunque siempre haya estado presente.

Jesús ha venido a nuestro encuentro. De nosotros depende si su llegada se traduce en nuestra condenación o en nuestra salvación. Su Palabra nos llama a cultivar su presencia, a estar unidos a él, para así ser animados por su mismo Espíritu. Si en nuestras relaciones es el amor el facto determinante de nuestro acercamiento al otro, podemos estar seguros de que, como en el caso de la mujer de nuestra historia, unos y otros podremos ir en paz, perdonados, salvos y regenerados para vivir la vida abundante a la que somos llamados.

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