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Para Vivir en Comunión con Dios

4 julio, 2011

El ser humano ha sido creado, diseñado, para vivir en comunión con Dios. La Biblia dice que Dios puso de su propio aliento en el cuerpo del hombre. Por lo tanto, hay una estrecha relación entre Dios y el ser humano. Este, para estar completo, necesita de Dios y, me pregunto si acaso no pudiéramos decir lo mismo acerca del Señor, que él también nos necesita para estar completo.

El Salmista expresa la necesidad que el hombre tiene de Dios, diciendo: “mi corazón ha dicho de ti: buscad mi rostro”. Al mismo tiempo, la Biblia dice que Dios nos atrae hacia sí mismo: “con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor”. Oseas 11.4 Estos pasajes, y sus muchos paralelos, hacen evidente que la comunión con Dios, el cultivo de la espiritualidad, responde tanto al llamado que Dios mismo hace al ser humano; como del impulso interior que lleva a la persona a ansiar la comunión del Señor.

Es esto lo que da sentido al término religión que usamos para referirnos a las cosas y las prácticas espirituales. Uno de sus significados más básicos es religar; es decir, “ceñir más estrechamente” la relación entre Dios y el hombre. Lo que el pecado rompió, Cristo lo ha vuelto a unir. Ahora, dice el Apóstol, “tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Romanos 5.1 Este trato familiar debe ser cuidado y cultivado por el cristiano. Esto significa que debemos esforzarnos en vivir de tal manera que la paz de Cristo permanezca en y entre nosotros. De los primeros cristianos se dice que perseveraban en la comunión, es decir, que se mantenían firmes en ella. Hechos 2.42

De los escritos bíblicos se desprende que perseverar en la comunión incluye dos áreas integrales y mutuamente condicionantes: primero, la que tiene que ver con la individualidad de la persona, con su propia alma y su relación personal e íntima con Dios. La segunda es el área comunitaria, primero en la dimensión la que se refiere al cuerpo de Cristo, la iglesia; perseverar en la comunión con Dios también implica permanecer y crecer en la comunión con los hermanos. No hay tal cosa, como pretenden algunos, que se pueda amar y servir a Dios fuera de la iglesia. Además, esta dimensión comunitaria de la comunión con Dios incluye, también, el vivir de tal manera que nuestro testimonio beneficie y anime a seguir a Cristo a quienes no lo conocen. Col 4.5ss

La comunión personal con Dios empieza siendo un privilegio y una responsabilidad individual y propia de cada quién. Empieza, también, siendo un acto electivo. Cada quien elige, en principio, la profundidad de su relación con Cristo. Él ha tomado la iniciativa y ha venido a nuestro encuentro. Pero, nunca irá más allá de donde nosotros le permitamos ir. “Yo estoy a la puerta y llamo; [dice el Señor] si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos”. Apocalipsis 3.20

Superada la cuestión de si Dios quiere o no estar en comunión con nosotros, queda ahora la relativa a cómo podemos permanecer en comunión personal con él y cómo podemos hacer más profunda nuestra relación personal. La Biblia nos enseña que el recurso con que contamos es, sencillamente, el cultivo de las llamadas disciplinas espirituales:

La práctica cotidiana de la oración y el ayuno. La oración es un diálogo de fe. Cuando oramos nos abrimos a la inmensidad de Dios, lo ponemos a prueba. Él nos escucha y nos habla. Nos descubre su carácter y su propósito personal para nosotros. Además, la oración es la llave al poder divino; hemos sido autorizados para orar pidiendo y se nos ha prometido que lo que pidamos en su nombre lo recibiremos. Lo que Dios hace en respuesta a nuestras oraciones es un plus que nos permite abundar en la comunión con él. Lucas 22.40; 1 Tesalonicenses 5.17; Santiago 5.16

La lectura y el estudio de la Biblia. La Biblia ha sido escrita para nuestra edificación. Es decir, nos guía, fortalece y restaura mostrándonos el carácter de Dios y quienes somos nosotros en Cristo. Cuando nos muestra quienes somos, también nos revela qué es lo que Dios espera de nosotros y cómo, al obedecer sus mandamientos, podemos encontrar la plenitud de la vida. Además, la Palabra de Dios en nuestros labios es poderosa para responder a quienes nos confrontan o piden consejo; así como para reprender al diablo y a sus emisarios.

Una buena cosa es aprender a orar con la Biblia. Es decir, memorizar aquellos pasajes bíblicos que conllevan alabanza, súplica y/o intercesión; repetirlos frecuentemente y aprender a aplicarlos en cada circunstancia que nos toque vivir. Salmo 119.105; Isaías 55.11Juan 5.39; 2 Timoteo 3.16; Hebreos 4.12

La práctica de la santidad. Dios es santo y no puede estar en comunión con quienes no practican la santidad. Esta, según la Biblia, es al mismo tiempo consagración y limpieza. Santo es quien vive para Dios y se aparta del pecado, de hacer lo malo. Vivir sabiendo que somos de Dios, nos permite entender todo lo que nos sucede desde la perspectiva espiritual. Comprender que detrás de todo hay un propósito superior y más grande. Además, nos lleva a vivir teniendo cuidad de que nuestros pensamientos, actitudes, palabras y acciones glorifiquen a Dios y no lo ofendan.

Consideremos atentamente el que nadie que ha buscado a Dios ha resultado defraudado. Al contrario, mientras más abundamos en la comunión con el Señor más vivimos en plenitud, con fortaleza y siendo de bendición para quienes están a nuestro lado. Por lo tanto, vale la pena hacer caso a nuestro corazón y buscar interesada y comprometidamente el rostro de nuestro Dios.

 

El Bautismo en Agua, ¿qué, para qué y cómo?

26 junio, 2011

El que creyere y fuere bautizado será salvo

Una de las declaraciones más contundentes de nuestro Señor Jesucristo la registra el Evangelio de Marcos 16.16: El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Lejos de ser una expresión aislada, tal declaración es consistente con la enseñanza bíblica respecto de la estrecha relación que existe entre el bautismo en agua y la salvación.

Nacer de agua y del Espíritu

Según el evangelista Juan, nuestro Señor Jesús le indicó a Nicodemo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3.5 Tal enseñanza se refiere al misterio mismo de la obra redentora realizada por nuestro Señor Jesucristo. Una vez que, por el pecado, la persona está muerta espiritualmente no basta una tarea de recomposición de su naturaleza caída. Lo que se requiere es que la persona nazca de nuevo, que sea regenerada en ella la naturaleza con la que fue creada. De hecho, el Apóstol Pablo enseña que quien está en Cristo, nueva criatura es. 2 Corintios 5.16

En la enseñanza a Nicodemo, nuestro Señor se refiere a la obra del Espíritu Santo, quien regenera al creyente y le da nueva vida. Pero, destaca también, en primer orden, el nacimiento de agua. De manera unánime, los estudiosos de la Biblia asumen que con tal expresión el Señor se refiere al bautismo. Henry Alford asegura: Nacer de agua se refiere a la prenda y señal externa del bautismo —ser nacido del Espíritu a lo que significa, o sea la gracia interna del Espíritu Santo.

La salvación es, desde luego, una obra de gracia; pero no es una cuestión unilateral. No es suficiente con que Dios esté dispuesto a remitir los pecados por la sangre derramada por Jesucristo, su Hijo; se requiere que el creyente exprese de manera pública y suficiente su fe y, por lo tanto, la aceptación que hace de la obra de gracia ofrecida por Dios y su compromiso para vivir en consecuencia.

De acuerdo con la enseñanza paulina, es por el bautismo en agua que estamos en Cristo, que somos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte. Ello se debe al hecho de que en el bautismo morimos a nosotros mismos y renacemos para vivir para Dios. Romanos 6.3-14

De tal suerte, el bautismo en agua es la expresión contundente de la fe del creyente. A quien no le es suficiente el creer, sino que debe expresar pública y contundentemente tanto lo que cree respecto de la obra redentora de Jesucristo, como lo que se propone hacer en consecuencia.

En este sentido, el bautismo es, además de una ordenanza establecida por el mismo Señor Jesucristo, en razón de su autoridad (Mateo 28.19ss), un sacramento. Es decir, la señal evidente del quehacer salvífico de Dios, así como de la conversión a él del creyente.

Para perdón de los pecados

La respuesta que da Pedro a quienes habiendo oído las buenas nuevas de Jesucristo preguntaron: ¿qué haremos?, es sumamente reveladora del propósito, el cómo y la obra del bautismo en agua. En efecto, el Apóstol Pedro exhorta: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hechos 2.37,38.

Lo primero que destaca de tal declaración es el hecho de que la conversión tiene que ver con lo que se piensa y no con lo que se siente. El término usado por Pedro, metanoeo, se refiere a un cambio de opinión o de propósito. Del contexto se desprende que la persona que no está en Cristo simplemente no puede vivir en comunión con él, tener en sí misma el Espíritu Santo de Dios.

Quien no está en Cristo, está en pecado y es, por lo tanto, enemigo de Dios. Santiago 4.4 Nadie puede, por sí mismo, cambiar su condición de enemigo a ser uno con Cristo. Romanos 3.20 Por lo tanto, se requiere de la gracia divina que opera en favor del creyente mediante la remisión de sus pecados. Es decir, mediante el perdón de los pecados.

La Biblia declara que todos los seres humanos hemos pecado y, por lo tanto, estamos destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3.23 Otra traducción, La Palabra, lo expone así: puesto que todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios. Este estar privados de la gloria de Dios, no sólo separa a la persona del Señor, sino que la hace esclava de Satanás. Juan 8.34; Romanos 6.16-20 Como esclavos bajo el poder del diablo, sólo tenemos una mayor degradación integral de nosotros mismos, misma que afecta a los nuestros y termina por destruir el todo de la vida. Jesucristo, según su propio testimonio, ha venido para liberarnos del poder del pecado y para destruir las obras del diablo. Juan 10.10; 1 Juan 3.8 Él ha pagado el precio de nuestra redención y por lo tanto tiene el poder para perdonar nuestros pecados.

De acuerdo con Pedro, es el bautismo el medio establecido por Dios para el perdón de los pecados. Según Pedro, el arrepentimiento no es suficiente; a este ha de seguirle el bautismo en agua. Conviene aquí citar a J. W. McGarvey, quien explica que el perdón de los pecados no tiene que ver con la convicción interior de la persona, sino con la determinación de Dios mismo. Al respecto, McGarvey dice:

Pero el perdón no es un acto que se verifique dentro del alma del culpable; ocurre en la mente del que perdona, y esto no puede ser conocido por quien ha sido perdonado, sino por algún medio de comunicación.

El medio por el cual Dios comunica su perdón es, precisamente, el bautismo en agua. Dado que la Iglesia, el cuerpo de Cristo, es quien lo realiza en el nombre (la autoridad del Señor), la misma tiene el poder para testimoniar que Dios ha perdonado los pecados de quien ha sido bautizado. Es tal sentido que debemos entender lo que Pablo dice a Tito [3.5]: Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.

Que el bautismo en agua sea para el perdón de los pecados, plantea un serio cuestionamiento a la razón y validez del bautismo de los infantes. Primero, porque los niños son sin pecado y así, ya es de ellos el reino de Dios. Mateo 18.3; 19.14 La Biblia asegura que Dios no imputa, no hace responsables a los hijos del pecado de los padres, ni viceversa. Ezequiel 18.20 En segundo lugar, porque para que el bautismo sea válido se requiere de la fe de quien se bautiza. El bautismo en agua es mucho más que un mero símbolo, que un mero rito. Es un pacto que requiere tanto de la voluntad de Dios ya expresada en Jesucristo, como de la voluntad del creyente que se manifiesta, precisamente, en el acto del bautismo. 1 Pedro 3.21 Y, en tercer lugar, porque en el bautismo el creyente confiesa sus pecados, así como su propósito de honrar a Dios el resto de su vida.

Quienes fueron bautizados de niños, no se bautizaron, los bautizaron. Por el contrario, la forma imperativa de la instrucción petrina contenida en Hechos 2.38, así como la indicación dada a Saulo para su propio bautismo: Levántate, bautízate y lávate de tus pecados, invocando el nombre del Señor [Hechos 22.16], son evidencia de la necesidad de que el bautismo en agua sea resultado del arrepentimiento, la conversión y la decisión personales, antes que de la fe y la buena intención de padres y padrinos.

Aquí hay agua;  ¿qué impide que yo sea bautizado?[1]

La manera en que la Iglesia Primitiva realizó la ceremonia bautismal nos proporciona un modelo a seguir. Para empezar, debemos tomar en cuenta que la palabra bautismo viene del término baptisma, que se refiere al proceso de inmersión, sumersión, y emergencia [salir a la superficie]. De ahí que, siguiendo la práctica neotestamentaria, nosotros practicamos el bautismo por inmersión; es decir, sumergiendo por completo en agua a la persona. Desde luego, no consideramos que sea la cantidad de agua la que determine la validez del acto. Pero, imitamos a la Iglesia Primitiva en esta práctica.

Por otro lado, y de indudable superior importancia, durante la ceremonia bautismal invocamos la autoridad de nuestro Señor Jesucristo sobre el creyente, utilizando la fórmula bautismal que la Iglesia Primitiva utilizó de manera recurrente en el primer Siglo de la Era Cristiana. El libro de los Hechos de los Apóstoles, registra que la Iglesia Primitiva bautizó utilizando la fórmula en el nombre de Jesucristo, o alguna de sus variantes. Hechos 2.38; 8.12,16; 10.48; 19.5 Desde luego, esto no contraviene lo establecido por nuestro Señor Jesucristo en Mateo 28.19, pues, tal como lo comprueba Lucas 24.47, nuestro Señor enseñó que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.

Al respecto conviene hacer dos precisiones. Aunque nosotros recuperamos la fórmula bautismal utilizada por la Iglesia Primitiva, reconocemos la validez de los bautismos realizados utilizando la fórmula: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Primero, porque la misma aparece en labios de nuestro Señor Jesucristo. Además, porque entendemos las razones doctrinales históricas que hicieron necesario que la Iglesia Primitiva desarrollara tal fórmula –en las postrimerías del primer Siglo-, ante los embates heréticos que atentaban contra la doctrina de la doble naturaleza de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Resulta importante recuperar lo que el conocido y respetado teólogo católico Hans Küng, declara al respecto:

¿Qué quiere decir ´en nombre de Jesús´? Nombre, en este contexto, es un concepto jurídico que significa autoridad y ámbito jurídico. Al pronunciarse sobre el neófito el nombre de Jesús, pasa a ser propiedad del Señor resucitado, es sometido a su señorío y protección. Se torna propiedad del Señor resucitado y participa así de su vida, de su espíritu y de su relación filial con Dios. Tiene parte en el Señor mismo. En este sentido, la fórmula trinitaria sólo atestiguada en Mt 28,29 es desarrollo de lo contenido en la fórmula cristológica… Este es también el sentido de la fórmula bautismal trinitaria: El bautismo se administra en el nombre de aquel en quien, por el Espíritu, Dios mismo está con nosotros.[2]

Finalmente, Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, suma suficientes evidencias que muestran que el bautismo es oficiado por los líderes espirituales de la comunidad cristiana. Pedro, Silas, el mismo Pablo, entre otros, fueron los encargados de oficiar las ceremonias bautismales de la Iglesia Primitiva. Por ello es que nosotros imitamos esta práctica y son los ministros de la Iglesia quienes, en ceremonia pública y frente a ella, ofician tan importante ceremonia. Así, la Iglesia es testigo fiel de la conversión –la muerte al pecado y el nacimiento a una nueva vida del creyente-; al mismo tiempo que por la autoridad que le ha sido conferida, la Iglesia declara en el nombre de Jesucristo que los pecados del neófito han sido perdonados.

En conclusión

En el libro citado, Hans Küng declara que el bautismo es más que un mero signo de fe y de confesión, destinado solamente a confirmar la fe… pero, el bautismo no da sin más solidez a la fe; la fe no es simplemente resultado natural o fruto automático del bautismo. De ahí la importancia de que quienes han venido a Cristo y creído en su evangelio, se bauticen de manera voluntaria y consciente. As, al nacer de nuevo por el poder de la sangre de Jesucristo, podrán caminar en comunión perfecta con el Señor y se le unirán en la magna tarea de la evangelización y la diaconía, siendo así testigos de Cristo en medio de una generación que vaga sin Dios y sin esperanza. Así se cumplirá en nosotros la promesa de nuestro Señor Jesucristo:

recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y los capacitará para que den testimonio de mí en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el último rincón de la tierra. Hechos 1.8


[1] Hechos 8.36

[2] La Iglesia. Küng, Hans. Biblioteca Herder. Págs. 249 y 250

La Familia y las Adicciones

12 junio, 2011

Resulta de particular importancia el énfasis que diversas autoridades y organizaciones no gubernamentales han venido haciendo en los últimos días respecto del incremento del uso del alcohol por niños y adolescentes. Las cifras oficiales resultan de suyo alarmantes, además el hecho de que la edad promedio en la que los niños inician el consumo regular del alcohol, los diez años, evidencia el papel en que tal problema juegan las familias disfuncionales.

En efecto, los investigadores nos dicen que en no pocos casos son los mismos padres los que inducen a sus hijos menores a iniciarse en el consumo de las bebidas embriagantes. Por ejemplo, Ernesto Macareno Alvarado, funcionario de ISESALUD (Instituto De Servicios De Salud Pública Del Estado De Baja California), asegura: es muy común que en algunas de nuestras familias el papá le dé incluso a probar cerveza o algún bebida alcohólica al niño y que no se vea esto como algo malo o negativo. Esto tenemos que cambiarlo, pero no es fácil cambiar algunos aspectos culturales y estilos de vida.

Agrega el investigador: el alcoholismo es una enfermedad progresiva, que no tiene cura, pero se puede detener.  Que un niño consuma bebidas alcohólicas puede provocar en el organismo severos trastornos de salud. La cirrosis y los accidentes son la principal causa de muerte a consecuencia de este mal. Son frecuentes los problemas de gastritis, de úlceras que llegan a desarrollarse, pero también resultan padecimientos del hígado que tienen como causa principal el alcohol. Otro indicador de la importancia y seriedad del problema es el hecho de que, a nivel nacional, se estima que el 42% de los estudiantes de secundaria y el 12% de los estudiantes de primaria son consumidores frecuentes de bebidas alcohólicas, especialmente de cerveza.

Cuando la persona inicia el consumo de alcohol en la niñez o adolescencia, se expone de manera significativa a grandes riesgos. Según Carlos Tena Tamayo, titular de la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC), los jóvenes que consumen alcohol a temprana edad tiene tres veces más de posibilidades de convertirse en una persona dependiente, además, su cerebro no se desarrollará plenamente, tienen dieciséis veces más posibilidades de consumir otras drogas y enfrentarán diversas enfermedades tales como las hepáticas y las del corazón y el cerebro.

Si bien el alcoholismo se ha considerado tradicionalmente como un asunto de hombres, el hecho es que en los últimos años esta práctica se ha recrudecido entre el sexo femenino. 45% de los alcohólicos son mujeres. En nuestro país, el alcoholismo ocupa el tercer lugar entre las causales de muerte de las mujeres de entre 35 y 45 años. Algunos investigadores estiman que el número de mujeres alcohólicas han superado al de los hombres, con las consecuencias obvias que esto acarrea a los procesos de desintegración familiar. Alrededor del 90% de las mujeres alcohólicas son casadas y el 80% de ellas tienen hijos. Un dato importante es el que considera como especialmente vulnerables ante el alcoholismo a las mujeres solteras, las sin religión, las trabajadoras y las que enfrentan distintos grados de soledad.

El alcohol produce efectos más rápidos y graves en las mujeres que en los hombres. Diversas investigaciones indican que entre los problemas adicionales que el alcoholismo ocasiona entre las mujeres están: el abandono de sus responsabilidades hogareñas, sobre todo en lo que tiene que ver con la atención de los hijos, así como el maltrato violento y el abandono funcional de los mismos. En el caso de las mujeres embarazadas, el alcohol puede provocar malformaciones genéticas en el feto. Asimismo, el alcohol provoca una alteración de la menstruación y posibilita la menopausia precoz, además de que favorece el desarrollo de cirrosis hepática, demencia y los intentos de suicidio.

He querido abundar en cuestiones tan terribles porque es un hecho el que el problema del alcoholismo está afectando a las familias sin distingo de su profesión de fe. Lo mismo ataca a las familias cristianas, que a las católicas y a las incrédulas. De nada serviría negar o cerrar los ojos ante esta realidad que está afectando, particularmente, a un número creciente de familias cristianas. Niños, adolescentes y mujeres son quienes, cada día, nos preocupan más al caer en las garras de esta expresión del pecado que termina por convertirse en una enfermedad física, mental, espiritual del afectado y de la familia toda.

La fe que profesamos nos lleva a creer y proclamar que la sangre de nuestro Señor Jesucristo tiene el poder suficiente para proteger, rescatar y transformar a quienes están en el riesgo o bajo el poder del alcoholismo. Sin embargo, la fe es mucho más que creer y requiere, indudablemente, de la conversión. Desde luego, de la conversión de quien ha caído en esta o alguna otra dependencia o adicción, pero, y este es mi punto fundamental, en la conversión integral de las familias de los alcohólicos y drogadictos.

El alcoholismo no es otra cosa sino la expresión de una problemática mayor y más compleja. Particularmente los niños y las niñas, así como los y las adolescentes, que recurren al alcohol o a alguna otra adicción, son generalmente fruto de familias disfuncionales, de familias enfermas. Es el entorno familiar el que orilla a los hijos a buscar en el alcohol y las drogas un escape a la realidad que les oprime y les ha quitado la esperanza de vida. La violencia que se expresa de tantas maneras, en particular en la desatención y la indiferencia de las figuras de autoridad respecto de lo que sus hijos menores y adolescentes están viviendo. La doblez de espíritu, es decir, el cultivo de una cultura de la apariencia en la que, especialmente las familias cristianas, procuran aparentar que todo está bien y que los problemas son pequeños y pasajeros, así que no vale la pena ni reconocerlos, ni ocuparse de ellos. La ignorancia de los padres respecto del carácter de sus hijos. En fin, estas y otras muchas condiciones son aquellas que reclaman de nosotros un proceso constante de conversión a Dios y a su justicia. Es decir, son cuestiones que nos llevan a la necesidad de cambiar nuestra manera de pensar, para que así cambie nuestra manera de vivir. Somos llamados a hacer lo bueno, lo que conviene, de la forma adecuada y siempre en el momento oportuno.

Por ello es que convoco a las familias que están enfrentando este tipo de problemas con sus hijos e hijas para que se conviertan. Para que den la vuelta y dejen de hacer las cosas como las han venido haciendo hasta ahora. Habrá que empezar por reconocer el problema y aceptar que los recursos de los que disponen no son suficientes. Así que se requiere que busquen ayuda urgentemente. Ayuda espiritual, desde luego, pero también la clase de ayuda que les permita comprender cuáles son aquellas características de la dinámica familiar que están propiciando el que sus miembros se inclinen a buscar la falsa salida de las adicciones. Además, se requiere que se procure el compromiso de todos y cada uno de los miembros de la familia para cumplir con la tarea que les corresponde. Para ello habrá que propiciar una cultura de responsabilidades familiares acorde a la edad y circunstancias de cada uno de sus miembros.

La recuperación de las adicciones implica un largo y difícil camino que conviene empezar a caminar desde hoy. Les animo a ello. Les exhorto a que paguen los precios de la conversión, pues sólo así podrán cosechar los frutos de la bendición. Los padres, las familias y, sobre todo, quienes han caído en algún tipo de adicción no están solos. Dios está con ustedes y la Iglesia, nosotros sus hermanos en la fe, también estamos con ustedes para orar por y con ustedes, para acompañarlos en este caminar por el desierto y para alegrarnos cuando la redención de los nuestros se haga realidad.