Archivo para mayo 2011

A Todo Puedo Hacerle Frente

23 mayo, 2011

Filipenses 4.11-13

Umbral del dolor, es la expresión que se refiere a la intensidad mínima de un estímulo, misma que una persona requiere para sentir dolor. Las circunstancias, el tipo de estímulo y, sobre todo, el carácter de las personas explica el que algunas resistan más que otras la intensidad de estímulos similares.

El hecho es que todos los seres humanos experimentan dolor: físico y emocional. Uno de los estímulos que mayor dolor emocional, espiritual, producen es el fracaso. Este puede ser definido como: “Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio. [Y como] Suceso lastimoso, inopinado y funesto.”

En nuestra cultura, que ha resaltado como un indicador del éxito personal la acumulación de bienes: sean estos físicos, intelectuales, económicos, relacionales y materiales; la carencia o pérdida de cualquiera de estos es sinónimo de fracaso. Por lo tanto, quienes fracasan al no alcanzar o retener tales bienes o logros, generalmente entran en una condición de vulnerabilidad. Su ansiedad no solo es resultado de lo que perdieron o podrían perder, sino de la pérdida de su propia estima pues, como sabemos, nuestra cultura de pecado asocia lo que se es a lo que se tiene.

Vulnerable es el que puede ser herido. La historia de la humanidad registra una verdad que no conviene ignorar: aunque todos podemos ser heridos, no todos somos heridos de la misma forma ni en el mismo grado; y no todos somos heridos por las mismas cosas.

Pablo, ha hecho en el capítulo tres de Filipenses, un inventario de lo que alcanzó en la vida y de lo que ha perdido por causa de Cristo. En términos modernos, Pablo era un rico venido a menos, un desempleado, un paria social rechazado por los suyos. Al momento de escribir el pasaje que nos ocupa, está preso, depende económicamente de sus hermanos y amigos y, desde luego, su carrera profesional ha desaparecido.

En tal condición asegura: he aprendido a contentarme con lo que tengo. Loser, sería el epíteto con que lo calificaríamos. Parecería que Pablo fuera un perdedor. De él podría decirse que no solo había perdido todo lo que tenía, sino que, peor aún, se había vuelto un conformista. ¿Cierto?, no hay tal.

Pablo asegura que ha aprendido a ser suficiente en sí mismo. Tal expresión contiene dos declaraciones contundentes e importantes:

Pablo ha aprendido. Ha llegado a saber mediante la observación y mediante la práctica. Es decir ha desarrollado su capacidad de evaluación de sí mismo en comparación con lo que ve en otros modelos (Cristo mismo, en el caso de Pablo y de los creyentes); así como lo que ha ido practicando de manera diferente, y a veces en contra, de lo aprendido. Al aprender, Pablo ha desaprendido a pensar, juzgar y valorar como lo hacía en tanto no había madurado.

Pablo es suficiente en sí mismo. Se asume apto e idóneo, además de que encuentra en sí mismo lo bastante para lo que se necesita. En resumen, lo que Pablo ha aprendido es a no depender de los demás, ni de lo que tiene para asumir que lo que es, como persona, y lo que tiene a su disposición es suficiente para resolver la circunstancia que enfrenta, cualquiera que esta sea.

¿De dónde tal pretensión? Quizá primero, de su propia experiencia. Ha superado lo que parecía poder detenerlo y hasta destruirlo. Es un hecho que, vistas en perspectiva, las luchas del pasado resultan menos importantes, definitorias y poderosas que lo que nos pareció cuando las estábamos enfrentando.

Pero, no especulemos, fijémonos que Pablo declara de manera contundente: todo lo puedo en Cristo que me fortalece, o, como dice DHH, a todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.

Todo: cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. El término que usa Pablo se refiere, simplemente, a la totalidad de la vida. No hay nada que quede fuera de esta expresión, ni relaciones, ni conflictos, ni bendiciones… nada queda fuera del área de influencia de Cristo.

Cristo que me fortalece, que me hace fuerte, asegura Pablo. Una mejor traducción: Cristo me da las fuerzas (fortaleza y consistencia), para enfrentar todas las cosas.

Nuestro umbral del dolor personal, nuestra capacidad de resistencia al dolor y al fracaso se da en proporción directa con nuestra comunión con Cristo. Este abundar en Cristo produce una renovación espiritual en nuestra manera de juzgar las cosas, como lo asegura Pablo en Efesios 4.23: En cuanto a la pasada manera de vivir,  despojaos del viejo hombre,  que está viciado conforme a los deseos engañosos,  y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre. Vivir en tal comunión nos permite dimensionar las cosas adecuadamente y tomar conciencia de nuestra valía personal, así como de los recursos propios y los de quienes nos aman; mismos que están a nuestra disposición y nos ayudan a enfrentar la situación de que se trate.

Como Pablo, de manera decidida y confiada, tomemos la decisión de permanecer en Cristo. Al hacerlo podremos hacer frente a todo y se cumplirá la promesa que nos declara más que vencedores en todas las cosas. Romanos 8.37

La Doctrina del Bautismo en Agua

22 mayo, 2011

El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene información privilegiada sobre el surgimiento de la Iglesia. Conviene leerlo con atención. Podemos, para efectos de su estudio, dividir dicho capítulo en tres secciones principales: la primera compuesta por los versículos 1 al 13, relata el descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes. La segunda parte, versos 14 al 42, contiene el llamado Discurso de Pedro. La última parte contiene información esencial sobre el modelo de la iglesia primitiva, el que estudiaremos en sesiones siguientes.

En el Discurso de Pedro, hay un parte aguas que conviene atender: Pedro ha venido informando a sus oyentes del plan divino para salvar a la humanidad. Destaca el papel de Jesucristo, su pasión y muerte, su resurrección y su carácter de «Señor y Mesías». En ese momento de su predicación, Pedro es interrumpido por los oyentes con una pregunta clave: “¿Qué debemos hacer?” La respuesta petrina resulta fundamental para nuestra fe y es uno de los elementos básicos de la doctrina cristiana. Veamos:

Pedro les contestó: vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así el les dará el Espíritu Santo. Hch 2.38.

En esta declaración encontramos los siguientes elementos:

1. Vuélvanse a Dios. Obviamente aquí Pedro está haciendo un llamado a la conversión. Sin embargo, añade un elemento muy interesante: arrepiéntanse, metanoeo, que la versión Reina Valera traduce como arrepiéntanse. Literalmente se refiera a un “dar media vuelta” y en su sentido figurado apela al “cambio en la manera de pensar”. “Piensen de manera diferente”, les dice Pedro. Llamado que se repite como el principio y el sustento de la nueva vida en Cristo. Ro 12.2; Ef 4.23; Flp 2:5; 3.15; 2 Tes 2.2

2. Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo. De acuerdo con el libro de los Hechos, la Iglesia Primitiva utilizó siempre la fórmula bautismal “en el nombre de Jesucristo” y sus variantes. No existe una contradicción con Mateo 28.19, fórmula que se empezó a utilizar a fines del primer siglo. El hecho es que la invocación del nombre sobre el creyente significa que este “pasa a ser propiedad de”, o “a quedar bajo la autoridad de”, aquel cuyo nombre es invocado sobre él. Además implica la identificación que el creyente hace con Jesucristo en el bautismo, sin la cual no podría gozar de la nueva vida que es resultado de la resurrección de Cristo y, por lo tanto, del creyente mismo. Ro 6.3-14.

Aquí cabe destacar que arrepentimiento-conversión y bautismo en agua van de la mano. Los cristianos en general han considerado al bautismo en agua como un sacramento u ordenanza. Entendiendo estos como los ritos religiosos que son «fuente o signos de gracia». Es decir, aquellos mediante los cuales Dios hace algo extraordinario, sólo propio de él, en el creyente; así como en el que este [el creyente] hace algo extraordinario, sólo propio de él, en respuesta al quehacer divino. Hch 2.38; 8:16; 10:48; 19:5; 22.16.

En el bautismo en agua se hace evidente el perdón de los pecados del creyente, así como la reconciliación de Dios con él por medio de Jesucristo. Por su parte, el creyente hace pública su fe en Dios, su aceptación del sacrificio de Cristo y su compromiso de vivir consagrado a Dios. Ro 5. 1-5

Conviene señalar que hay distintas tradiciones cristianas que no consideran necesario el bautismo en agua. Otros insisten en un modelo bautismal particular: inmersión o aspersión; otros de si se debe o no bautizar a los niños; otros más discuten sobre la fórmula del nombre a ser utilizada, la corta de Hechos o la posterior de Mateo. Para cada inquietud hay diferentes respuestas que deben ser estudiadas y meditadas a la luz de la diversidad del Cuerpo de Cristo.

Pero, también conviene decir que en CASA DE PAN consideramos que aunque el bautismo de los niños tiene un cierto valor testimonial de la fe de los padres y como un elemento del proceso de conversión a Dios, el bautismo en agua del adulto que viene a Cristo y establece un compromiso personal, voluntario e intencional, resulta en un necesario y conveniente paso de obediencia. Por ello, no tenemos problemas en lo que algunos consideran el rebautismo. Ello porque entendemos que el bautismo del infante tuvo como sustento la fe de sus padres y padrinos, mientras que el bautismo del creyente adulto es expresión de su fe y ratificación de su compromiso personal.

3. Para que Dios les perdone sus pecados. La declaración oficial del perdón de Dios es recibida en el bautismo en agua y por el testimonio de la Iglesia que avala la legitimidad del bautismo recibido. Por lo tanto, requiere del arrepentimiento personal, voluntario y sincero del creyente; así como de la manifestación de su compromiso de santidad, resultante de la nueva vida en Cristo. No es la inmersión, ni el agua, lo que produce el quehacer divino; sino la “conciencia limpia” del creyente, la que produce la salvación. 1 Pe 3 21.22.

4. Y así él les dará el Espíritu Santo. Junto con la reconciliación con Dios, la nueva vida en Cristo, la comunión de la Iglesia y los dones del Espíritu, el creyente recibe gracias al bautismo en agua, la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Este es particular y diferente al primero. Implica el apoderamiento espiritual del creyente para realizar de manera extraordinaria las tareas que le son propias, sobre todo en el trabajo de la evangelización y el discipulado. Jn 14,15-31; 20.19-23; Hch 1.8; 2.1-13.

En Conclusión

El bautismo en agua es el medio por el cual el creyente se incorpora al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, dado que es testimonio público del Pacto de Salvación que Dios establece con quienes aceptan el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo como el único medio de redención.

Siguiendo la tradición apostólica, en CASA DE PAN utilizamos la llamada fórmula corta, atestiguada de manera reiterativa en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como la utilizada por la Iglesia Primitiva. Sin embargo, reconocemos como válido el bautismo celebrado bajo la fórmula larga o trinitaria, siempre que este se haya realizado como expresión de la voluntad de la persona y en la comprensión del significado pleno del bautismo, según lo que enseña la Palabra de Dios.

Dado que la Biblia nos enseña que el bautismo nos incorpora a un estado de gracia, muertos para el pecado y vivos para Dios, animamos a quienes no se han bautizado a que lo hagan. Al mismo tiempo que animamos a quienes ya han sido bautizados a que perseveren en su comunión y servicio a Dios, fortalecidos por el poder del Espíritu Santo.

La de la Maternidad no es una Tarea Fácil

15 mayo, 2011

La de la maternidad no es una tarea fácil. Las mujeres que son madres han de vivir enfrentando en primer lugar, no los retos de los hijos, sino el desafío que los mismos representan a su propio ser y quehacer. Contra lo que pudiera parecer, la fuente de las dificultades maternales no son los hijos, sino las propias limitaciones, reales o supuestas, que las mujeres enfrentan para proteger, formar y satisfacer las necesidades de sus hijos.

La maternidad hace evidente lo mejor de las madres, sus capacidades y virtudes; al mismo tiempo que pone de manifiesto lo peor de las mismas, sus limitaciones y, en no pocos casos, su incapacidad para cumplir las expectativas propias y de terceros, mismas que no siempre son, ni saludables ni propias de su tarea materna. De cualquier forma, la maternidad no es una tarea fácil.

De lo que la Biblia nos enseña respecto de la tarea materna, comprendemos que la maternidad consiste en una sucesión de etapas encaminadas a la emancipación, la autonomía, de los hijos y, en consecuencia, la de la madre misma. Es decir, aunque la maternidad es un estado que no termina sino con la muerte de la madre (pues se sigue siendo madre aún de los hijos muertos), el cómo de la relación maternal estará determinado por la edad y las circunstancias de los hijos. En la niñez, la madre, de manera particular, desarrolla una relación simbiótica con sus hijos. Se convierte en la primera fuente de cuidado, provisión y decisiones de los niños. El éxito o la consumación de la tarea materna en esta etapa consisten en propiciar que sus hijos vivan plenamente su niñez. Que el niño viva con gozo, libre para experimentar la vida, siendo amado y participante de un entorno familiar equilibrado, empoderante. Entorno que propicie en el niño el desarrollo de su espiritualidad integral, el amor y gusto por lo bello, lo sano, lo que trasciende, todo ello a la luz del fortalecimiento de su connatural fe en Dios.

En la etapa de la adolescencia, la tarea de los padres consiste, principalmente, en proporcionar la guía y el ánimo que sus hijos requieren en la búsqueda de su propia identidad. Se trata de ofrecer de manera objetiva una propuesta de los valores espirituales, morales y éticos, que el adolescente requiere para estar listo para su emancipación. Es esta una etapa de crisis, por lo que los padres tienen que aprender a buscar de manera constante el equilibrio entre la disciplina y la libertad, como elementos fundamentales de su tarea paterna. La tercera etapa, la más larga del quehacer materno, es la que está determinada por la adultez de los hijos. En esta, la tarea de la maternidad consiste en el acompañamiento respetuoso de la autonomía y responsabilidad de los hijos. Parte del reconocimiento del derecho que los hijos tienen de ser ellos, así como de la responsabilidad que los mismos tienen respecto de las decisiones tomadas, ya pasiva, ya activamente.

Cada etapa tiene sus propias expresiones de conflicto, riesgo y crisis. Quienes son madres, pueden identificar las fuentes de dolor que corresponden a cada una de ellas. Pero, otra vez, no se trata, primero, de las dificultades que los hijos viven, sino del cómo es que sus madres las enfrentan. Buen ejemplo es la ansiedad de las madres cuando no saben el paradero de sus hijos adolescentes, mientras que estos están tranquilos porque saben que, ellos mismos, están bien. No siempre lo que las madres ven, temen o esperan, tiene razón de ser. Así que, en no pocos casos, el dolor materno es causado no por la realidad sino por sus expectativas incumplidas.

De tal suerte, la de la maternidad es una tarea que no puede realizarse sólo en las fuerzas de la mujer que es madre. Lo que la madre es, por mucho y muy valioso que esto sea, no es suficiente, ni para ella, ni para sus hijos y su familia toda. Necesita de algo, más bien, de alguien más. Toda madre que está comprometida en su tarea maternal necesita de Dios.

Primero, porque Dios es la fuente de la vida que, en cada madre engendra, vidas nuevas, las de los hijos. Así, la vida de los hijos, lo que pasa con ellos, es tarea compartida entre Dios y las madres de estos. Dios, quien entrega a las mujeres la libertad de convertirse en madres, asume un papel de acompañante interesado, escucha atento y proveedor complementario de las fuerzas y los recursos maternos. La maternidad es una sociedad, entre la madre y Dios, mismos que enfrentan juntos las alegrías y las tristezas provocadas por los hijos. Y, sobre todo, es una sociedad solidaria cuando la madre y Dios tienen que enfrentar, impotentes, las situaciones que son propias de cada hijo; aquellas que resultan de sus decisiones o de las vicisitudes o incidencias de la vida misma.

En segundo lugar, las madres necesitan de Dios para crecer en sabiduría y discernimiento respecto de lo que sus hijos son y de lo que ellos hacen y enfrentan en la vida. La comunión con Dios da a las madres un sentido de perspectiva. Les permite ver más que el aquí y el ahora de sus hijos. Les permite prevenir y les permite mantener la fe y la esperanza, ser visionarias, cuando pareciera no haber razón para ello. En la comunión con Dios las madres encuentran razón para sentirse seguras, para mantenerse en equilibrio, ante los hechos de la vida de sus hijos. La comunión con Dios se traduce en sabiduría, fortaleza y poder personales que, desde luego, pueden ser puestos al servicio de los hijos.

Finalmente, las madres necesitan de Dios para seguir siendo ellas mismas, mujeres antes que madres. La maternidad es un rol, una función a desarrollarse, pero no es el todo de la vida de las mujeres. Mientras menos es ella misma, menos funcional como madre resulta. En Dios la mujer encuentra la razón de su ser y hacer en ella misma, puesto que Dios está en ella y él es la razón de su vida. Estando ella misma en equilibrio, puede permanecer firme ante las alegrías y las tristezas de la maternidad. Pudiendo así desarrollar la empatía necesaria para ser la clase de madre que sus hijos necesitan en cada etapa de sus vidas.  Aún cuando se identifiquen mental y afectivamente con sus hijos, las madres necesitan mantener la distancia necesaria que les permita seguir siendo ellas, crecer como personas y abundar en el desarrollo y los logros de su propia identidad. La madre que se ahoga en las alegrías o en las tristezas de los hijos, no cumple con su papel de modelo y no contribuye a la emancipación y autonomía de sus hijos.

Dios ama a las mujeres y se identifica con las que son madres. Pero, ni ama más  las que son mamás, ni ama menos a las que no lo son. Dios quiere estar en comunión con todos, también, y a veces me parece, especialmente, con las mujeres. Así que a las mujeres a quienes la maternidad les resulta una tarea difícil, siempre les queda el abundar en su comunión con Dios y así estar en condiciones de ser plenamente mujeres… y también madres, si así está bien que lo sean.