Archivo para abril 2010

Nada Podrá Separarnos

24 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 8.28ss

Alguien me preguntaba recientemente si las cosas que vivimos en nuestro país son más difíciles, más violentas, más generadoras de temores que las que vivieron nuestros antepasados. Creo que no. Si comparamos, por ejemplo, el número de muertes violencias de los últimos tres años con el de quienes murieron hace un siglo, por causa de la Revolución Mexicana, no hay punto de comparación. Tampoco lo hay, si comparamos las catástrofes naturales que enfrentan muchos mexicanos, con las que, en el pasado, han provocado miles de muertos, tal el caso de los sismos de 1985.

Así que si lo que hace tan impactantes los acontecimientos recientes, lo que provoca nuestra ansiedad y nuestros temores no es el tamaño de las tragedias que enfrentamos, o el número de víctimas con el que nos bombardean los medios noticiosos, ¿qué es lo que provoca que haya tanta zozobra, temor y desesperanza en no pocos de nosotros y de nuestros conciudadanos? Mi propuesta, o el intento de la misma, considera dos elementos: el primero consiste en el hecho de que somos nosotros los que estamos enfrentando las dificultades, los temores y aún los sufrimientos provocados por las circunstancias que nos toca vivir. El segundo tiene que ver con lo que podríamos llamar la frustración de la esperanza. Los creyentes no sólo tenemos fe, también tenemos esperanza. Es decir, no solo sabemos y creemos, sino que también tenemos expectativas que se sustentan en la confianza que tenemos en Dios: en su amor, en su interés y en su poder para cambiar las cosas que nos duelen y dañan.

Hemos orado tanto por tantas situaciones. Por tantas cosas que no solo son malas y dolorosas en sí mismas, sino que han demostrado tener el poder para afectar a muchas más personas y muchas más cosas. Ahí están las enfermedades, los conflictos familiares, los problemas de los hijos, las dificultades económicas, las soledades, etc.

Debo confesar que a veces mi fe, mi conocimiento de la Palabra, mi experiencia pastoral, no me parecen suficientes en el ánimo de servirles y apoyarles en su caminar diario. Quizá esto no sea sino el reflejo de mi propia confusión, sorpresa y tristeza ante las situaciones, ¿cada vez más extraordinarias?, a las que la vida nos enfrenta. La violencia irracional que vivimos ya de cerca, el incremento de la violencia intrafamiliar, el número creciente de divorcios –con su consecuente cauda de soledad, pobreza, amargura, etcétera, la violencia callejera contra las mujeres, el alcoholismo y otras adicciones; en fin, tantas cosas que parecen tan lejanas y, sin embargo, cada día tocan a nuestra puerta o, de plano se meten en nuestras vidas sin siquiera avisar ni, mucho menos, pedir permiso. Realidades estas que provocan preguntas tales como: ¿qué es lo que permanece en la vida? ¿Hay alguna garantía de bien? ¿Hay alguna posibilidad para la paz, para la felicidad?

En estas circunstancias la relación con Dios me resulta incómoda. Dios me resulta incómodo. Los porqués se multiplican y arrastran con ellos confusión y rebeldía. Y creo que no estoy solo en esta circunstancia. Creo que somos muchos los que, de tanto en tanto, enfrentamos la frustración de la esperanza.

Hay quienes aseguran que lo que la sociedad toda y los individuos que la formamos necesitamos es tocar fondo. Que sólo cuando llegamos a una situación en la que ya no tenemos, ni podemos, nada, estamos en condiciones de superar nuestras circunstancias. Hasta nos aseguran que lo que necesitamos para comprender a Dios y volvernos a él es que las cosas se descompongan hasta que ya no haya más esperanza. Hasta yo he llegado a pensar así y, mucho me temo, también alguna vez he enseñado en tal sentido. Bueno, pues si alguna vez les aseguré tal cosa, ahora debo decir que estaba equivocado. No es la derrota, ni el fracaso, los espacios donde podemos encontrar razón para permanecer en la esperanza y encontrar fortaleza para la misma.

Hay un canto en los Estados Unidos que en su parte medular dice: Tú eres la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Debo agradecer al Señor que en las últimas semanas él ha sido la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Dios tiene una forma particular de llevarnos a su presencia, de animarnos a entrar en su santuario. Ahí él se revela y nos muestra que, en medio de toda la confusión, él permanece en control. Tal era la convicción del salmista que explica que su forma de pensar, que la frustración de su esperanza terminó cuando “entrando en el santuario de Dios”, comprendió…”

Al ir al Señor nos encontramos con la declaración paulina: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, y a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”. “Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios”, sería una buena paráfrasis. Él lo ha dicho, se ha comprometido a ello, y el recuerdo de su actuar pasado así lo confirma.

Al “salir de su santuario”, donde hemos presentado a Dios nuestra confusión y nuestra desesperanza, por lo general las cosas siguen igual. Ello hace relevante la promesa paulina y, por lo tanto, hace importante que pidamos a Dios se cumpla su promesa: Que todas las cosas que estamos pasando, sufriendo, decidiendo, sean para bien. Mientras esperamos en medio de las circunstancias que nos duelen, debemos pedir que seamos fortalecidos y así podamos permanecer firmes en el Señor. También debemos orar pidiendo que el mal que originó nuestros problemas y tristezas, sea detenido en nosotros. Pero, sobre todo, nuestra oración debe pedir que aquello que Dios nos tiene preparado se manifieste plenamente.

Hay una razón para tal confianza en medio de tanta confusión y debilidad: la certeza del amor de Dios. -En su santuario y fuera de él este siempre se manifiesta-. Dios nos ama y su amor lo mantiene unido a nosotros. Por eso nada podrá separarnos del amor que Dios ha mostrado en Cristo. La primera consecuencia de tal amor es su adicción a nosotros, su anhelo de nosotros. Sufrimiento, dificultades, persecución (violencia), hambre, falta de ropa, peligro o muerte violenta. Son solo circunstancias, difíciles y dolorosas, pero circunstancias al fin al cabo, es decir: “Aspectos no esenciales que influyen o aparecen en un fenómeno, acontecimiento, etc.”.

Los días que vivimos son difíciles y no hay razón para esperar que los inmediatos resulten mejores. Creo, y les invito a ello, que debemos prepararnos para enfrentar más dificultades, más violencia, más peligros, más… Como Jeremías en su tiempo, contra lo que falsos profetas aseguraban y mucha gente deseaba oír, no podemos anunciar tiempos de paz y de abundancia. Esperábamos paz, pero no llegó nada bueno. Esperábamos un tiempo de salud, pero sólo nos llegó el terror, tuvieron que aceptar quienes vivían la tragedia de sus días. Alguien dijo esta semana, al referirse a los múltiples asesinatos en la periferia de la Ciudad, que el cerco se está cerrando alrededor de nuestra ciudad y creo que tiene razón. Pero no creo que debamos aceptar que será en la aceptación fatalista de un destino indeseable, donde podamos encontrar razón para la esperanza. Mi invitación a ustedes que, quizá como yo, resultan confundidos, desanimados y lastimados por las circunstancias de la vida, consiste en animarles a que entren en el santuario de Dios. A que sea en su presencia que descubran el qué y el cómo del bien que tanto dolor habrá de tener como consecuencia. La presencia del Señor trae paz a nuestras circunstancias. Él gobierna las lluvias, asegura el Salmista. Todavía puede ordenar al viento y a las aguas que se calmen. El Señor es nuestro santuario y por ello podemos alzar nuestros ojos en esperanza.

Así, animados por lo que en el santuario descubrimos de Dios, podemos asumirnos a nosotros mismos como agentes de cambio, portadores de la esperanza y ministros de la reconciliación. Podemos hacerlo porque conocemos y somos sustentados por el amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.

Parejas, Matrimonio, Compasión

23 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el INEGI ha informado que, en nuestro país, el número de divorcios se ha incrementado casi en un cinco por ciento, siendo los estados con una mayor incidencia de divorcios son los de Chihuahua, Baja California y el Distrito Federal. De mayor preocupación que ello, me parece, es que, al mismo tiempo, los estudios de ese Instituto revelan que el número de matrimonios ha disminuido en poco más de siete por ciento. Es decir, no solo tenemos más divorcios, sino que el número de parejas que deciden vivir fuera del matrimonio se incrementa, sensiblemente, cada día.

El rechazo al matrimonio, mismo que tiene sus principales causas en la disfuncionalidad creciente de las familias mexicanas no significa un rechaza a la convivencia en pareja ni, mucho menos, una disminución de la actividad sexual en los sectores jóvenes de la población. Por el contrario, un estudio realizado en México, por las Naciones Unidas, reportó que 17 por ciento de los varones y cinco por ciento de las mujeres de 15 años ya habían tenido relaciones sexuales. A la edad de 18 años, la mitad de los hombres y un quinto de las mujeres reportaron ser sexualmente activos.

No deja de ser interesante que en una época en la que se rinde un desmesurado culto al amor, al derecho y la libertad para establecer relaciones afectivas, la relación matrimonial vaya a la baja. De mayor interés, y preocupación, resulta el hecho de que entre la comunidad cristiana, tanto católica como evangélica, las cosas no parecen ir en mejor dirección. De acuerdo con el reconocido investigador norteamericano George Barna, los índices de divorcio entre parejas de personas que han nacido de nuevo son similares a los de aquellas parejas que no conocen a Cristo. Más aún, Barna nos indica que, tratándose de los divorciados que vuelven a casarse, es entre los cristianos que los ciclos de permanencia en la nueva relación son más cortos, y el número de segundos divorcios, mayor.

Si la familia es el núcleo de la sociedad y es un espacio común el considerar que los problemas sociales que enfrentamos son consecuencia de la disfuncionalidad familiar, también es cierto que el núcleo de la familia es la pareja y que los problemas familiares empiezan siendo, generalmente, un problema de pareja. Alguien ha dicho que el principal bien que los padres pueden hacer por sus hijos, es el de la estabilidad de su pareja. En la fortaleza matrimonial es que los hijos encuentran el sustento de su propia identidad y carácter.

En los últimos años, al conversar con los jóvenes, cada vez más me encuentro con un rechazo, originado en el temor de repetir la experiencia de sus padres, al matrimonio. Cada vez más escucho declaraciones de muchachas que, al mismo tiempo que aseguran no querer casarse, se han puesto plazos para tener un hijo. Su idea de familia se ha transformado, asumen que la misma está compuesta por ellas y los hijos. No podía ser de otra manera, cuando el número de mujeres cabeza de familia se ha ido incrementando y cada vez resulta más normal el ser parte de familias en las que la relación matrimonial no existe o, de plano, resulta un problema antes que una bendición.

Desde luego, son muchos los factores sociales, económicos y demográficos que deben ser tomados en cuenta en el análisis de esta situación. Pero, es mi convicción, es indispensable que consideremos, también, los factores espirituales que están detrás de esta creciente problemática de la sociedad mexicana. La disfuncionalidad familiar, originada en los conflictos de la pareja, nos refiere de entrada a la aparición del pecado, así como las consecuencias iniciales del mismo. En el relato bíblico, la primera afectación resultante del pecado es, precisamente, el rompimiento del vínculo de armonía que caracteriza a la creación. No solo el ser humano huye de la presencia del Señor, sino que, al ser confrontado en su pecado, no duda en entregar a su prójimo como víctima responsable de su propia conducta. Así, Adán, lejos de asumir su propia responsabilidad, culpa “a la mujer que tú me diste”, de su propia falta. A partir de ahí, como fruto del pecado, la relación de la pareja está determinada por las carencias humanas y condenada a ser fuente de conflicto y dolor constantes.

Es mi convicción que solo la recuperación del modelo bíblico de relación matrimonial podrá contribuir a la recuperación de las familias mexicanas y, en ellas, al de la sociedad toda. No se trata de un planteamiento simplista. Sin dejar de reconocer la importancia de los otros factores antes enumerados, creo que, a menos que como matrimonios cristianos, hagamos evidente el secreto de la relación entre Cristo y su Iglesia, las generaciones que nos siguen habrán de caminar, cada vez más, en mayor confusión y con menor conocimiento y autoridad para establecer relaciones familiares firmes.

Si la familia es el núcleo de la sociedad y la pareja es el núcleo de la familia, mi propuesta que es, precisamente, el amor el núcleo de la relación de pareja. Ahora bien, como hemos visto, en el contexto bíblico hay cuatro expresiones prácticas del amor: ágape, filios, sortogo y eros. Generalmente, cuando se trata de la pareja, partimos del principio de que el amor de pareja es, prioritariamente, el amor eros. Desde luego, la relación matrimonial se caracteriza por requerir de la pasión, la atracción, el deseo y las sensaciones físicas. Pero, sustentar el todo de la relación matrimonial en estas cualidades del amor conlleva el riesgo de desconocer irresponsablemente una serie de factores endógenos y exógenos que dimensionan tales cualidades. Por ejemplo, las circunstancias resultantes de la edad de los integrantes de la pareja determinarán, en buena medida, tanto el grado como la importancia concedida a las sensaciones físicas o a la pasión afectiva en el vínculo matrimonial. Por otro lado, las etapas de la familia, como la aparición de los hijos o su incorporación al sistema escolar, también determinarán las oportunidades, las fuerzas y el entusiasmo para ocuparse del cultivo de las relaciones físicas en la pareja. Así, las parejas descubrimos, a lo largo de nuestra relación que sustentar nuestra relación matrimonial en el poder del amor erótico conlleva una serie de riesgos y peligros que no tenemos el derecho a ignorar.

Al repasar la enseñanza paulina respecto de la relación matrimonial, me reencuentro con que el mandato de Pablo a los hombres de que amemos a nuestras esposas no se refiere a que las amemos con amor eros. Más bien, el Apóstol nos indica que debemos amarlas con amor ágape. Buena cosa esta, lo que nos dice Pablo es que debemos amar a nuestra pareja con la misma calidad de amor con el que Dios nos ha amado. En este sentido, la indicación es que debemos amarnos espiritualmente. Sí, espiritualmente. Esto puede parecer absurdo, después de todo, el amor ágape, nos dirán algunos, está bien para los hermanos en la iglesia… y ciertamente no para todos. Pero, ¿amar a mi esposa/esposo con amor ágape?, por favor.

Pues sí, el éxito de la pareja estará determinado por la medida del amor ágape que la misma desarrolle. Este, recordemos, no es un amor fincado en los sentimientos, ni resultante de una fuerza ajena a la voluntad de la persona. No tiene que ver, ni con la atracción física, ni con el deseo de amar. Tiene que ver con la decisión conciente y renovada de amar al otro, independientemente de las circunstancias y o cualidades del otro y de la pareja. Más aún, este amor solo se hace creíble cuando las acciones del que ama se traducen en el bien del otro. Es, de acuerdo con el estudio de la Palabra de Dios, el amor que se manifiesta en la compasión hacia el otro.

Clave del éxito matrimonial es la compasión. Si queremos tener éxito en nuestra relación matrimonial debemos estar dispuestos a amar compasivamente a nuestra pareja, al mismo tiempo que debemos estar dispuestos a recibir la compasión de la misma. ¡Un momento!, dirán quienes me escuchan, “yo no estoy dispuesto o dispuesta a que me tengan compasión”. Sí, desafortunadamente hemos aprendido que la compasión es una agresión, una expresión de lástima. Pero, bíblicamente, tener compasión es “sentir con”. Es la raíz de la palabra simpatía. Así, el que tiene compasión se pone en los zapatos del otro, procura ubicarse en las circunstancias del otro para comprenderlo y, entonces, actuar en consecuencia.

Es más, actuar compasivamente nos lleva a estremecernos interiormente ante la condición del otro.
Creo que una de las principales causas y de los primeros reclamos en los conflictos matrimoniales es la falta de comprensión. “Tú no me comprendes”, es una de las frases que se repiten una y otra vez, en la dinámica de pareja. Y, en la mayoría de los casos ello es cierto. Queremos ser comprendidos, poco dispuestos estamos a comprender al otro. Esto no podrá cambiar si permanecemos aferrados a la modalidad del amor eros, como el sustento de nuestra relación. Tenemos que ir un paso más arriba. Al amor eros debemos sumar el amor ágape, el amor compasivo.

Creo que los cristianos podemos hacer por nuestra sociedad lo que nadie más puede lograr. Dicen que Dios, en cada nuevo matrimonio, se da a si mismo una nueva oportunidad para recuperar su propósito al crear al ser humano: que en cada pareja quiere hacer posible su proyecto Adán y Eva. ¿Podremos las parejas cristianas estar a la altura de dicha expectativa divina? ¿Podremos estar dispuestos a amarnos con el amor de Cristo a su Iglesia?

Soledad en Familia

22 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Con frecuencia nos encontramos que uno de los problemas más serios que enfrentan los miembros de la familia es, precisamente, la soledad. Soledad es, según la Real Academia Española: la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Si tal cosa es la soledad, difícil no solo asumir que quien es parte de una familia, de una comunidad humana, carezca de compañía. Sin embargo, son muchos los que viviendo en la misma casa que los suyos, compartiendo muchas horas del día, aun durmiendo acompañados, o acompañadas, sufran de lo que bien podríamos llamar: soledad en familia.

Desde luego, son muchos los rostros de la soledad en familia. Pensemos, por ejemplo, en las madres de familia. Curiosa o lamentablemente, representan la mayoría de quienes se quejan de sentirse solas. Por lo general, no se trata de las madres solteras, divorciadas, separadas, o viudas. Más bien, quienes se quejan de padecer tal soledad son mujeres casadas, que viven en compañía de su marido y, no pocas veces, de sus hijos y hasta de sus nietos. También están las hijas solteras, generalmente las que han tenido que renunciar a su propia vida en aras de acompañar y servir a los suyos: a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, etc. No pocos adolescentes, mujeres y hombres, se asumen en soledad. Se aíslan y los marginan, el ruido que hacen con su música y con su conducta retadora, pareciera ser la manera en que algunos adolescentes quieren gritar su soledad. Están, también y en número creciente, los abuelos. Verdaderos extranjeros en sus propios hogares, diferentes, marginados y siempre a la caza de un gesto, una palabra, una acción que les recuerde que no sólo están vivos, sino que también son amados por los suyos. Desde luego, no pocos de los que padecen del mal de la soledad en familia son los hombres de la casa. Maridos y padres, sí, pero que se sienten extraños, fuera de lugar, en la compañía de aquellos a los que aman y que les aman.

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar solo, sin compañía; sino, más bien, soledad es el no sentirse apreciado por los demás. El aprecio es la estimación afectuosa de alguien. Así, ser apreciado es ser reconocido con afecto; es decir, saber que aquellos a quienes uno ama y que son importantes para nosotros, están inclinados a nuestro favor y por lo tanto dispuestos a mostrarnos su amor, interés y favor incondicionalmente.

La soledad de las mujeres casadas no consiste, entonces, en la percepción que ellas tienen de la carencia de la compañía del esposo, sino en la falta de disposición del mismo para mostrar a su esposa amor, interés y favor incondicional. La soledad de las hijas solteras pasa por el dolor de la ingratitud. Ellas no solo han entregado su propia vida, sus recursos, su tiempo, a los que aman. También han tenido que, en no pocos casos, enfrentar la ingratitud, el reproche injusto, los desaires de aquellos a quienes han servido. A veces, sirven cada vez más esperando que se les reconozca el mérito de su entrega y, en no pocos casos, la muerte de los que sirvieron sólo viene a confirmar que su amor, su entrega y su servicio, al igual que ellas mismas, no fueron apreciados ni reconocidos con afecto.

En tratándose de los adolescentes y de los ancianos, nos encontramos con que se cumple aquello de que los extremos se unen. Quizá la principal razón que ambos grupos tienen para explicar su no ser comprendidos, su saberse ajenos a quienes les rodean, no es solo su edad, sino el hecho de que se encuentran en una etapa de transición. En efecto, adolescencia y vejez no son etapas terminales, son etapas que anuncian el advenimiento de una nueva forma de vida. En el caso de los adolescentes, se les anuncia la llegada de la edad adulta, en la que se hará notorio quienes son y qué pueden hacer. En el caso de los ancianos, etapa que anuncia la cercanía de la eternidad. Del dejar esta vida para dormir y esperar la manifestación plena de la vida eterna. ¿Quién podrá comprender a quienes viven tales circunstancias?

Los hombres, aún llenos de amigos, siguen estando solos en casa. Aislados, cuando no se les comprende y aislándose cuando no se comprenden a sí mismos. Asumiendo sus responsabilidades y cansándose de las mismas. A veces queriendo recibir un poco más, y deseando dar un poquito menos. Cuando no son lo que se espera que sean, pagan el precio de la incomprensión y hasta el abandono.

El salmista oraba, en solitario, preguntándose: ¿de dónde vendrá mi socorro? Algunos buscan la respuesta a su soledad en los lugares altos, en los montes. Es decir, fuera de sí mismos y en aquello que los hombres pueden construir por sí mismos. Lo cierto es que la soledad, entendida esta como el no ser apreciados por los demás se resuelve dentro de uno mismo. El camino que nos libra de la prisión de la soledad empieza en el interior de nuestra mente, de nuestro corazón.

Primero, porque empieza tomando conciencia de que somos personas apreciadas por Dios. Para saber esto no necesitamos buscar, preguntar, escuchar a otros. “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”, dice Dios. Cuando en nuestra soledad buscamos a Dios sucede algo extraordinario: su Espíritu da testimonio al nuestro de que somos sus hijos. Quien se sabe hijo de Dios está en condiciones de enfrentar el hecho de su soledad, sea esta real o apenas una percepción.

Real, o apenas una percepción. ¿Qué significa esto? Bien, esto nos lleva al segundo paso. Una vez que nuestro espíritu tiene el testimonio de la presencia y compañía divinas, estamos en condiciones de analizar si realmente los que amamos no nos aprecian, o si se trata de una percepción equivocada de nuestra parte. ¿Qué es lo que nos hace pensar y sentir que no les interesamos? ¿Será que lo que recibimos no nos es suficiente porque nuestro vaso está roto y se filtra? O, ¿será que somos nosotros los que inconcientemente nos alejamos impidiendo a los demás que formen parte del círculo interior de nuestros afectos y sentimientos?

El tercer paso para superar nuestra soledad consiste en preguntarnos qué tanto estamos dispuestos a mostrar nuestra vulnerabilidad a los que nos aman. Que tan dispuestos estamos a mostrarnos tal como somos, tal como estamos. Dios, cuando quiso comprendernos mejor, se hizo hombre. Es decir, estuvo dispuesto a conocer y dejarse conocer. A hablar y a escuchar. A dar y a recibir. A agradecer y a mostrarse complacido con el agradecimiento de los demás. Nos sorprenderemos cuando permitamos que los otros vean lo que hay en nosotros y que escuchen lo que la voz de nuestro corazón quiere decirles.

Hay un factor que está al inicio, durante y al final del camino que nos lleva más allá de la soledad. Este es el cultivo de la comunión con Dios. Estar en comunión con Dios significa gozar de su compañía. Esta es un acompañar que sale del corazón, del lugar donde el Espíritu de Dios habita en nosotros. No depende, por lo tanto, de factores externos, simplemente, está en nosotros. Y desde nuestro interior, fructifica. Primero, porque trae orden y equilibrio en nosotros mismos. Dado que él es suficiente, llena cualquier vacío, real o supuesto, que resulte de nuestras relaciones con los demás. Dado que él es fiel, permanece el mismo independientemente de nuestras circunstancias. Por lo tanto, llenos de su presencia podemos enfrentar los retos que suponen nuestras relaciones con los que amamos.

Cristo en nosotros significa una total ausencia de soledad. Cuando nuestros familiares no satisfacen nuestras necesidades espirituales y afectivas, Cristo lo hace. Cuando los demás no nos aprecian, Cristo lo hace. Cuando nos sentimos, o estamos solos realmente, Cristo hace evidente su presencia. Cuando ya no nos queda nada, Cristo sigue siendo nuestro todo.

No hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya experimentado el dolor provocado por la soledad en familia. Tampoco hay nadie que no vaya a experimentarlo en algún otro momento de su vida. La razón es sencilla, nadie es suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. ¿Nadie, he dicho? Bueno, no es verdad, sí hay uno que puede hacerlo y este es Dios. El salmista decía, lo que les invito sea nuestra oración confiada y constante:

¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío, ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz!