Parejas, Matrimonio, Compasión

Pastor Adoniram Gaxiola

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el INEGI ha informado que, en nuestro país, el número de divorcios se ha incrementado casi en un cinco por ciento, siendo los estados con una mayor incidencia de divorcios son los de Chihuahua, Baja California y el Distrito Federal. De mayor preocupación que ello, me parece, es que, al mismo tiempo, los estudios de ese Instituto revelan que el número de matrimonios ha disminuido en poco más de siete por ciento. Es decir, no solo tenemos más divorcios, sino que el número de parejas que deciden vivir fuera del matrimonio se incrementa, sensiblemente, cada día.

El rechazo al matrimonio, mismo que tiene sus principales causas en la disfuncionalidad creciente de las familias mexicanas no significa un rechaza a la convivencia en pareja ni, mucho menos, una disminución de la actividad sexual en los sectores jóvenes de la población. Por el contrario, un estudio realizado en México, por las Naciones Unidas, reportó que 17 por ciento de los varones y cinco por ciento de las mujeres de 15 años ya habían tenido relaciones sexuales. A la edad de 18 años, la mitad de los hombres y un quinto de las mujeres reportaron ser sexualmente activos.

No deja de ser interesante que en una época en la que se rinde un desmesurado culto al amor, al derecho y la libertad para establecer relaciones afectivas, la relación matrimonial vaya a la baja. De mayor interés, y preocupación, resulta el hecho de que entre la comunidad cristiana, tanto católica como evangélica, las cosas no parecen ir en mejor dirección. De acuerdo con el reconocido investigador norteamericano George Barna, los índices de divorcio entre parejas de personas que han nacido de nuevo son similares a los de aquellas parejas que no conocen a Cristo. Más aún, Barna nos indica que, tratándose de los divorciados que vuelven a casarse, es entre los cristianos que los ciclos de permanencia en la nueva relación son más cortos, y el número de segundos divorcios, mayor.

Si la familia es el núcleo de la sociedad y es un espacio común el considerar que los problemas sociales que enfrentamos son consecuencia de la disfuncionalidad familiar, también es cierto que el núcleo de la familia es la pareja y que los problemas familiares empiezan siendo, generalmente, un problema de pareja. Alguien ha dicho que el principal bien que los padres pueden hacer por sus hijos, es el de la estabilidad de su pareja. En la fortaleza matrimonial es que los hijos encuentran el sustento de su propia identidad y carácter.

En los últimos años, al conversar con los jóvenes, cada vez más me encuentro con un rechazo, originado en el temor de repetir la experiencia de sus padres, al matrimonio. Cada vez más escucho declaraciones de muchachas que, al mismo tiempo que aseguran no querer casarse, se han puesto plazos para tener un hijo. Su idea de familia se ha transformado, asumen que la misma está compuesta por ellas y los hijos. No podía ser de otra manera, cuando el número de mujeres cabeza de familia se ha ido incrementando y cada vez resulta más normal el ser parte de familias en las que la relación matrimonial no existe o, de plano, resulta un problema antes que una bendición.

Desde luego, son muchos los factores sociales, económicos y demográficos que deben ser tomados en cuenta en el análisis de esta situación. Pero, es mi convicción, es indispensable que consideremos, también, los factores espirituales que están detrás de esta creciente problemática de la sociedad mexicana. La disfuncionalidad familiar, originada en los conflictos de la pareja, nos refiere de entrada a la aparición del pecado, así como las consecuencias iniciales del mismo. En el relato bíblico, la primera afectación resultante del pecado es, precisamente, el rompimiento del vínculo de armonía que caracteriza a la creación. No solo el ser humano huye de la presencia del Señor, sino que, al ser confrontado en su pecado, no duda en entregar a su prójimo como víctima responsable de su propia conducta. Así, Adán, lejos de asumir su propia responsabilidad, culpa “a la mujer que tú me diste”, de su propia falta. A partir de ahí, como fruto del pecado, la relación de la pareja está determinada por las carencias humanas y condenada a ser fuente de conflicto y dolor constantes.

Es mi convicción que solo la recuperación del modelo bíblico de relación matrimonial podrá contribuir a la recuperación de las familias mexicanas y, en ellas, al de la sociedad toda. No se trata de un planteamiento simplista. Sin dejar de reconocer la importancia de los otros factores antes enumerados, creo que, a menos que como matrimonios cristianos, hagamos evidente el secreto de la relación entre Cristo y su Iglesia, las generaciones que nos siguen habrán de caminar, cada vez más, en mayor confusión y con menor conocimiento y autoridad para establecer relaciones familiares firmes.

Si la familia es el núcleo de la sociedad y la pareja es el núcleo de la familia, mi propuesta que es, precisamente, el amor el núcleo de la relación de pareja. Ahora bien, como hemos visto, en el contexto bíblico hay cuatro expresiones prácticas del amor: ágape, filios, sortogo y eros. Generalmente, cuando se trata de la pareja, partimos del principio de que el amor de pareja es, prioritariamente, el amor eros. Desde luego, la relación matrimonial se caracteriza por requerir de la pasión, la atracción, el deseo y las sensaciones físicas. Pero, sustentar el todo de la relación matrimonial en estas cualidades del amor conlleva el riesgo de desconocer irresponsablemente una serie de factores endógenos y exógenos que dimensionan tales cualidades. Por ejemplo, las circunstancias resultantes de la edad de los integrantes de la pareja determinarán, en buena medida, tanto el grado como la importancia concedida a las sensaciones físicas o a la pasión afectiva en el vínculo matrimonial. Por otro lado, las etapas de la familia, como la aparición de los hijos o su incorporación al sistema escolar, también determinarán las oportunidades, las fuerzas y el entusiasmo para ocuparse del cultivo de las relaciones físicas en la pareja. Así, las parejas descubrimos, a lo largo de nuestra relación que sustentar nuestra relación matrimonial en el poder del amor erótico conlleva una serie de riesgos y peligros que no tenemos el derecho a ignorar.

Al repasar la enseñanza paulina respecto de la relación matrimonial, me reencuentro con que el mandato de Pablo a los hombres de que amemos a nuestras esposas no se refiere a que las amemos con amor eros. Más bien, el Apóstol nos indica que debemos amarlas con amor ágape. Buena cosa esta, lo que nos dice Pablo es que debemos amar a nuestra pareja con la misma calidad de amor con el que Dios nos ha amado. En este sentido, la indicación es que debemos amarnos espiritualmente. Sí, espiritualmente. Esto puede parecer absurdo, después de todo, el amor ágape, nos dirán algunos, está bien para los hermanos en la iglesia… y ciertamente no para todos. Pero, ¿amar a mi esposa/esposo con amor ágape?, por favor.

Pues sí, el éxito de la pareja estará determinado por la medida del amor ágape que la misma desarrolle. Este, recordemos, no es un amor fincado en los sentimientos, ni resultante de una fuerza ajena a la voluntad de la persona. No tiene que ver, ni con la atracción física, ni con el deseo de amar. Tiene que ver con la decisión conciente y renovada de amar al otro, independientemente de las circunstancias y o cualidades del otro y de la pareja. Más aún, este amor solo se hace creíble cuando las acciones del que ama se traducen en el bien del otro. Es, de acuerdo con el estudio de la Palabra de Dios, el amor que se manifiesta en la compasión hacia el otro.

Clave del éxito matrimonial es la compasión. Si queremos tener éxito en nuestra relación matrimonial debemos estar dispuestos a amar compasivamente a nuestra pareja, al mismo tiempo que debemos estar dispuestos a recibir la compasión de la misma. ¡Un momento!, dirán quienes me escuchan, “yo no estoy dispuesto o dispuesta a que me tengan compasión”. Sí, desafortunadamente hemos aprendido que la compasión es una agresión, una expresión de lástima. Pero, bíblicamente, tener compasión es “sentir con”. Es la raíz de la palabra simpatía. Así, el que tiene compasión se pone en los zapatos del otro, procura ubicarse en las circunstancias del otro para comprenderlo y, entonces, actuar en consecuencia.

Es más, actuar compasivamente nos lleva a estremecernos interiormente ante la condición del otro.
Creo que una de las principales causas y de los primeros reclamos en los conflictos matrimoniales es la falta de comprensión. “Tú no me comprendes”, es una de las frases que se repiten una y otra vez, en la dinámica de pareja. Y, en la mayoría de los casos ello es cierto. Queremos ser comprendidos, poco dispuestos estamos a comprender al otro. Esto no podrá cambiar si permanecemos aferrados a la modalidad del amor eros, como el sustento de nuestra relación. Tenemos que ir un paso más arriba. Al amor eros debemos sumar el amor ágape, el amor compasivo.

Creo que los cristianos podemos hacer por nuestra sociedad lo que nadie más puede lograr. Dicen que Dios, en cada nuevo matrimonio, se da a si mismo una nueva oportunidad para recuperar su propósito al crear al ser humano: que en cada pareja quiere hacer posible su proyecto Adán y Eva. ¿Podremos las parejas cristianas estar a la altura de dicha expectativa divina? ¿Podremos estar dispuestos a amarnos con el amor de Cristo a su Iglesia?

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