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A Punto de Ahogarme

28 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Salmo 69

El silencio, la pasividad de Dios, su lejanía, se convierten en la mayor causa de nuestro dolor. Además, el sufrimiento propio de los creyentes se caracteriza por ser, en principio, injusto. No hay, o cuando menos no resulta evidente, una razón justa que lo explique, que lo haga lógico. Al contrario, las dificultades parecen crecer en proporción inversa a nuestra búsqueda y servicio cristianos. Mientras más nos acercamos a Dios, más son nuestras dificultades. Más crece el número de nuestros enemigos. Más razones para el desánimo aparecen dentro de nosotros.

Los momentos de prueba, sea cual sea la expresión de los mismos: enfermedad, pobreza, rompimiento de relaciones, son, siempre, momentos de definición.

El camino más fácil es alejarse de Dios y de su iglesia. De jure o de facto. Algunos se alejan tratando de evitar el sufrimiento.

El salmista David, por su lado, como prototipo de Cristo, nos enseña que el momento de la prueba es la ocasión para radicalizar nuestra fidelidad. En primer lugar, dejando a un lado su dolor y derecho a la lástima propia, para encarar su realidad: es pecador. «Dios mío, tú sabes cuán necio he sido; no puedo esconderte mis pecados.»

En segundo lugar, desviando el centro de su atención de sí mismo a sus hermanos en la fe. «Que no pasen vergüenza… que no se decepcionen» Por mi causa, por mi culpa.

En tercer lugar, reconoce la razón de sus sufrimientos: «Por ti he soportado ofensas; mi cara se ha cubierto de vergüenza.»

Si los momentos de prueba son momentos de definición, ¿cómo podemos definirnos de la manera apropiada?

En primer lugar, estando preparados para la prueba. El Eclesiástico dice:

«Hijo mío, si tratas de servir al Señor, prepárate para la prueba. Fortalece tu voluntad y sé valiente, para no acobardarte cuando llegue la calamidad. Aférrate al Señor, y no te apartes de él… Acepta todo lo que te venga, y sé paciente si la vida te trae sufrimientos.»

El Apóstol Pedro, por su parte, dice (1Pedro 4.12ss):

«Queridos hermanos, no se extrañen de verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también se llenen de alegría cuando su gloria se manifieste.»

En segundo lugar, abundando en nuestra fidelidad. Nosotros decidimos respecto de nuestra fidelidad, no las circunstancias. Aunque generalmente hagamos a las mismas las responsables de nuestros altibajos espirituales. A la iglesia de Esmirna, después de que el Señor le dice que no tenga miedo de lo que va a sufrir, la anima a que se mantenga fiel hasta la muerte.

Fieles hasta el extremo de la muerte. A diferencia de los que creen que la felicidad, o la paz, mañosamente ofrecidas son suficientemente valiosas para justificar el hecho de su infidelidad. Se engañan y son engañados. El mismo que reclama la fidelidad hasta el extremo de la muerte, es el que otorga «la vida como premio».

Jesús, que dijo, «en el mundo tendréis aflicción». También dijo: «Pero confiad, yo he vencido al mundo.»

Pescadores de Hombres

15 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Como sabemos, el llamado a salvación conlleva el llamado al ministerio. No se trata de dos llamados diferentes, sino de dos dimensiones de uno mismo: el llamado a seguir a Cristo. Uno de los principios implícitos en el llamamiento divino es que llamamiento es destino. Tanto si se obedece, como si se ignora, aquello para lo cual hemos sido llamados determina nuestro presente y nuestro futuro.

Mateo, en su relato del llamamiento de Pedro y Andrés, descubre la estructura del llamamiento divino. En efecto, establece el “volverse a Dios” como el eje central de tal llamamiento. Además, descubre que, en la mayoría de los casos, el llamamiento al ministerio parte de un principio evolutivo; es decir, afecta la conducta, el propósito y la actitud de la persona, y le lleva a pasar de una situación (o estado), a otra. Finalmente, Mateo destaca que la única respuesta apropiada al llamamiento recibido es la obediencia inmediata y definitiva.

Nadie puede, ni tiene derecho, a ignorar la realidad y cercanía del reino de los cielos. Este debe ser entendido como el gobierno de Dios. En la economía de la salvación, Jesús indica el momento en que Dios retoma el dominio sobre la Creación toda. Jesús anuncia la derrota definitiva del diablo y, por lo tanto, llama a los hombres a que reconozcan en sí mismos la soberanía divina. Para ello tienen que cambiar su manera de pensar y asumir como propio lo que Jesús revela del Padre. Son llamados a conversión para que en ellos se haga presente y evidente el reinado de Dios en medio de una esfera de pecado.

Quienes asumen el gobierno de Dios en su vida, son llevados a un nuevo nivel, a otra esfera vital. No solo es afectado el todo de su vida que ahora está bajo el gobierno de Dios, sino que el propósito de la misma es redimensionado, elevado para estar en sintonía con el propósito mismo de Dios. Según Mateo, Jesús llama a “pescadores en activo” y les indica que seguirán siéndolo, pero ya no de peces sino de hombres. Es decir, los llama a evolucionar porque solo en un nuevo estado, definido aquí como el de “pescadores de hombres”, podrán hacerse uno con su Señor.

Los llamamientos revolucionarios, aquellos que implican que la persona no evolucione sino que ocupe un estado lateral, son los menos. A pocos se les llamó a hacer algo más que evolucionar, a que se ocupen de algo diametralmente diferente a lo que han venido realizando. Pero, a la mayoría de los discípulos de Cristo se les anima a que evolucionen a una nueva esfera de servicio, manteniendo un lazo con lo que ha sido su vocación, espacio vital y experiencia. Dejan todo, sí, pero en el sentido de que van a una nueva esfera más trascendente, más demandante y más acorde con su nueva naturaleza espiritual.

No se trata de que dejen de ser lo que son, ni que renuncien a sus conocimientos y experiencia. Se trata de que pongan todo ello al servicio de una causa superior, la causa de Cristo. Seguirán siendo pescadores, sí; pero, hemos dicho, ya no de peces, sino de hombres. Comprender esto es vital para poder entender y responder positivamente al llamamiento al ministerio. Primero, porque se hace evidente que Dios se vale de lo que somos y solo lo perfecciona y eleva a una nueva dimensión. Después, porque revela que el área de nuestro servicio es, precisamente, el área de nuestra influencia natural. Finalmente, porque eleva el nivel de compromiso, desde luego, pero añade a nuestra tarea una dimensión de trascendencia, de eternidad.

Mateo registra de manera breve, pero sustancial, la calidad de la respuesta de Pedro y Andrés: “Al momento dejaron sus redes y se fueron con él”. Quizá la brevedad de su relato sea el testimonio de su propia experiencia. Él mismo, cuando Jesús le dijo “sígueme”, se levantó y lo siguió.

Los cristianos somos salvos y llamados al ministerio. La relación con Cristo redimensiona el todo de nuestra vida. Cristo mismo nos invita a ver lo que él ve y a actuar en consecuencia. A “alzad vuestros ojos y mirad que los campos ya están listos para la siega,” nos invita. Es decir, el llamamiento que hemos recibido implica que lo mejor de nuestra tarea, de nuestro aporte en la vida, se da a partir de nuestra relación con Cristo. Sí, en y con él podemos dejar nuestras redes y, siguiéndole, hacer aquello con lo que impactaremos la eternidad.

Piedra Viva, Piedras Vivas

1 agosto, 2009

1 Pedro 2:1-12

Cuando la Biblia se refiere a la Iglesia como la comunidad de creyentes, siempre lo hace utilizando figuras en proceso de crecimiento: labranza, cuerpo, edificio. De ello podemos deducir que la vida cristiana es, siempre, una vida de oportunidades. Que nada es definitivo, por cuanto gracias a la obra redentora de Cristo y a la comunión con Dios mediante el Espíritu Santo, el creyente siempre puede “ir a más” en todas las áreas de su vida.

Jesucristo, la Principal Piedra del Ángulo

La comparación de la Iglesia con un edificio pasa por la consideración de un tema fundamental en el mensaje bíblico: Jesucristo es la piedra angular del edificio que es la Iglesia. Es decir, Jesucristo no solo es el sustento de la Iglesia, sino quien le da forma, sentido y consistencia. La Iglesia no puede ser otra sino aquella que Jesucristo ha establecido y a la que está edificando actualmente. Así que Jesucristo es esta clase de piedra, la primera y la que sirve de referencia única para la construcción toda del edificio.

Pedro se refiere a Jesucristo como “piedra y viva” y a continuación hace una interesante e importante traslación. En efecto, haciendo un giro discursivo se dirige a los creyentes y también a ellos los define como “piedras vivas” y los anima a que sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, ya que así podrán “ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

Casa Espiritual y Sacerdocio Santo

Las expresiones casa espiritual y sacerdocio santo resultan de por sí interesantes y retadoras. La primera (oikos), se refiere a la influencia espiritual que los creyentes unidos a Cristo pueden ejercer en su entorno social. Esta influencia no depende de sus conocimientos, habilidades o recursos. Es, simple y llanamente, la expresión del Espíritu de Cristo que habita en ellos. Mientras más Cristo en sí mismo, el creyente tiene una mayor influencia positiva, regeneradora, entre quienes convive.

Al ser una influencia espiritual, esta se caracteriza por ser invisible e intrínsecamente poderosa. El creyente no tiene que pregonar lo que está en él, de ahí la cuestión de la invisibilidad; pero, lo cierto es que el creyente tiene el poder para vivir de tal manera que quienes están a su alrededor sean afectados positivamente por el Espíritu que está en él. Este poder tiene que ver tanto con el liderazgo espiritual que el creyente ejerce de manera natural, como con la capacidad para llevar a Cristo hasta las personas y al entorno en que se desarrolla cotidianamente.

La segunda expresión, sacerdocio santo, también resulta importante. La función o tarea sacerdotal consiste en acercar a Dios a los hombres y a estos a Dios. El sacerdote acerca a Dios a los hombres haciéndolo comprensible y creíble. El sacerdote, es decir el creyente que tiene la mente de Cristo, revela la verdad de Dios a quienes están en oscuridad. Dios ha sido falsificado ante los ojos de los hombres. Eso explica tanto rechazo e incredulidad de muchos. Entre ellos, algunos de los que nos resultan cercanos. Por ello somos nosotros, que estamos unidos a Cristo, los que podemos ministrar a los incrédulos y los rebeldes para que se vuelvan a Dios.

Además, el sacerdote intercede ante Dios a favor de los hombres. La sanidad de la tierra, entendiendo esta como la regeneración integral de los hombres, depende, en buena medida, de la oración de los creyentes, tal como lo establece 2 Crónicas 7.14.

En Conclusión

Empezamos diciendo que, en Cristo, “el creyente puede ir a más”. Habiendo sido edificados en el fundamento de apóstoles y profetas, del cual Jesucristo es la principal piedra del ángulo, nosotros, como piedras vivas podemos crecer en nuestra fe al grado de poder ofrecer a Dios sacrificios espirituales que le sean agradables.

Podemos influenciar positivamente a quienes están en nuestro derredor y así convertirnos en agentes de cambio que contribuyan a la transformación de los individuos y aún de la sociedad. Es decir, podemos contribuir al establecimiento del Reino de Dios entre los hombres.

Además, podemos acercar a Dios a los hombres. Es decir, podemos hacer creíble a Dios y animar a quienes han perdido, no han hallado, la fe, a que se vuelvan a Dios y reciban la gracia redentora de nuestro Señor Jesucristo.