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Un Eterno Peso de Gloria

27 noviembre, 2010

Romanos 8.16-18; 2 Corintios 4.16-18

Entre 1997 y 2005, la venta de los analgésicos en los Estados Unidos aumentó un 90%. Uno solo de los cinco más vendidos, la oxicodona, incrementó su venta seis veces en el mismo período. Es tal la demanda de la misma que, a cincuenta centavos de dólar por miligramo, resulta de 30 a 60 veces más cara que el oro. Una de las razones que explican tales cifras es, en mi opinión, que para las generaciones presentes el dolor, el sufrimiento y aun la mera incomodidad resultan ser los principales enemigos de la humanidad. La propuesta hedonista que nos asegura que hemos venido a la vida para ser felices, reduce de manera significativa nuestra disposición y capacidad para enfrentar las dificultades de la vida.

Diversos estudios han demostrado que el umbral del dolor, es decir, la intensidad mínima de  un estímulo que despierta la sensación de dolor, es similar a los seres humanos sin importar las diferencias de raza, nacionalidad o cultura. Lo que sí varía de persona a persona es la reacción que se tiene ante el dolor. Lo que afecta a unos no necesariamente conmueve a otros. Al lugar que los factores sicológicos, culturales y aun físicos que explican el que unos enfrenten las desgracias con mayor coraje y éxito que otros, quiero anteponer la primacía de un factor determinante que explica tales diferencias: El factor de la fe.

En la carta a los Romanos encontramos un nuevo par de conceptos a los que conviene prestar atención. En efecto, el Apóstol contrapone a las aflicciones, lo que él llama la gloria venidera. A los corintios, les recuerda que el sufrimiento presente es pasajero, comparado con la gloria eterna (lo presente es una tribulación momentánea, que produce un eterno peso de gloria). Cabe destacar que de ninguna manera el Apóstol menosprecia la importancia y el grado del dolor que las desgracias presentes acarrean. Tampoco propone que, en razón de su fe, el creyente se complazca en los maltratos o humillaciones. Lo que el Apóstol hace es animar a sus lectores a que comparen las circunstancias presentes, su grado de tribulación y el tiempo de las mismas, con aquello que da testimonio de la presencia de Dios en el pasado, en el futuro y, desde luego, en el aquí y ahora de los creyentes.

A los romanos Pablo les asegura que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. En su carta a los corintios amplía y explica mejor su idea cuando asegura que esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. El término peso, utilizado por el Apóstol mantiene el sentido hebreo de la palabra que se refiere a la presencia de Dios. Así que, podemos concluir, la propuesta paulina consiste en el hecho de que las leves y momentáneas tribulaciones que enfrentamos en el tiempo presente, provocan una manifestación mayor y más significativa de la presencia de Dios en nosotros. Por lo que, comparadas con el poder, la consolación y el perfeccionamiento que Dios nos da mientras sufrimos, nuestras tribulaciones son apenas leves y momentáneas.

Leves y momentáneas. Términos que, indudablemente, pocos podrían utilizar para explicar o calificar las tragedias y desgracias que enfrentan. Hay quienes han padecido toda la vida. Otros, no salen de una cuando ya están en otra. Y, otros más, acuden incapaces al permanente y hasta acelerado deterioro integral de su ser persona: enfermedad, pérdida de las capacidades mentales, afectación de las relaciones familiares primarias. ¿Cómo puede llamarse a esto leve (ligero, de poco peso e importancia), y considerarlo momentáneo (que solo dura un momento)?

A lo que Pablo nos invita es a que comparemos. Comparar no es otra cosa sino fijar la atención en dos o más objetos para descubrir sus relaciones o estimar sus diferencias o semejanza. La invitación es a que enfrentemos nuestra realidad presente desde la perspectiva correcta. La perspectiva correcta es la perspectiva de la fe. Si tu fe no te alcanza para mantenerte firme en las circunstancias que estás viviendo, tienes que examinarte a ti mismo para saber si estás firme en la fe. 2 Corintios 5.13 ¿Por qué?, porque la fe nos ayuda a saber quiénes somos, cuáles son los propósitos implícitos en nuestras experiencias vitales y qué es aquello que nos espera y que debemos anhelar.

En Romanos, Pablo, destaca el quehacer del Espíritu Santo en nuestras vidas. Este es quien da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, herederos de Dios y coherederos de Cristo; por lo que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.  Nosotros, como el mismo Cristo, también al través del sufrimiento aprendemos la obediencia. Hebreos 5.9 La razón es que el sufrimiento coadyuva a nuestra perfección por cuanto nos libera de aquello que nos estorba al obligarnos a tomar conciencia de nuestra fragilidad y, por lo tanto, de la importancia de vivamos limpia y santamente para Dios. Puesto que, si alguno se limpia de estas cosas,  será instrumento para honra,  santificado,  útil al Señor,  y dispuesto para toda buena obra. 2 Timoteo 2.21

La fe, también, nos capacita para ver más allá de nuestras circunstancias actuales. El eterno peso de gloria se hace visible cuando vemos lo que generalmente no se puede ver en medio de las dificultades. Lo que Dios ha hecho y está haciendo, así como lo que Dios ha prometido que hará a favor nuestro. Y resulta que esto, las obras de Dios y no las circunstancias que enfrentamos, es lo que da sentido a nuestra vida. Ni la más terrible de nuestras desgracias es capaz de borrar la realidad de las bendiciones que hemos recibido, ni de disminuir importancia de estas. El tiempo de nuestras tribulaciones ha sido, también, el tiempo de la misericordia. Bien cantaba el salmista: Mas Jehová me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza. Salmos 94.22

Y la fe también nos ayuda a recordar que la vida es más, más que la comida, más que el vestido; sí, pero también más que la vida terrenal. En este sentido, la fe es el sustento de nuestra esperanza bienaventurada. La fe cristiana nos asegura la realidad de la eternidad, entendida esta como una forma de existencia plena, perfecta y gozosa en la presencia y compañía del Señor. A Timoteo se le recuerda que este mensaje es digno de crédito: Si morimos con él, también viviremos con él; si resistimos, también reinaremos con él. 2 Timoteo 2.11,12

Y, cabe destacar aquí, la Biblia indica que estando en Cristo, es precisamente el deterioro de nuestro cuerpo la evidencia irrefutable de la renovación ya iniciada de nuestra alma eterna. Por eso es que podemos creer lo que la Palabra promete a futuro, porque ya ha empezado a cumplirse en nuestro aquí y ahora. Por lo que Dios está haciendo en medio de nuestras tribulaciones presentes, podemos aceptar como cierta la promesa del Apocalipsis: Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.» El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza.» Apocalipsis 21.3-5

Esta es nuestra fe y por ello es que podemos enfrentar nuestras desgracias sabiendo que somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Como Plumas de Ganso

18 octubre, 2010

Alguna vez, nuestro Señor Jesucristo hizo referencia al hecho de que nuestro adversario el diablo sólo ha venido para robar, matar y destruir. Creo que difícilmente podemos encontrar una mejor descripción de lo que el abuso resultante de la violencia intrafamiliar hace en las personas, especialmente en las mujeres. Los abusos son equivalentes al hecho de esparcir plumas de ganso al aire, se llega al momento en el que el abusador pierde el control sobre lo que ha hecho y el daño se hace cada vez más grande, más poderoso y alcanza a más y más personas. Sucede lo mismo que con quien avienta plumas al aire, no sabe hasta dónde llegarán y a cuántas personas afectarán una vez que han salido de sus manos.

El padre o la madre que abusan de sus hijos, lo mismo que los esposos que abusan de sus esposas o los hijos que abusan de sus padres y madres, no sólo causan dolor y daño en el aquí y ahora de los suyos. Desatan fuerzas que nunca más podrán controlar y que esparcirán el dolor y el daño a muchos otros, en muchos lugares y al través de mucho tiempo. Conozco mujeres que a sus más de setenta años, todavía lloran y se estremecen cuando recuerdan lo que sus padres, abuelos o hermanos, hicieron con ellas. Van por la vida, tristes y provocando la tristeza, y a veces el dolor, de aquellos con los que comparten su vida. Al igual que conozco padres ancianos, a los que el menosprecio y las ofensas de los hijos los han marcado y, con toda seguridad, seguirán causando dolor hasta que la muerte los libere del mismo.

Debemos entender que la violencia intrafamiliar provoca un deterioro integral de la persona. Es decir, no sólo la afecta físicamente, sino que también la daña en lo espiritual, lo intelectual, lo emocional, y, desde luego, en el terreno de lo relacional. Sí, quienes sufren cualquier tipo de violencia, en cualquier edad de sus vidas, son despojados de mucho de aquello que les hace seres humanos. Sucede con ellos lo que nuestro Señor Jesús describe como la primera obra del diablo: son robados.

Se les roba dignidad. Esta es la principal característica de los seres humanos, consiste en el hecho de que las personas son merecedoras de respeto, dado que son creadas a imagen y semejanza de Dios. La falta de respeto es causa y efecto del menosprecio. Se abusa de aquellos a quienes se desprecia, a quienes se tiene en poco. Es decir, a quienes no se tiene en estima. A fuerza de repetir y aumentar el grado de tales expresiones de menosprecio, la persona abusada aprende que no vale, que no importa, que no es merecedora de respeto por parte de sus abusadores… y de los demás. En consecuencia, el robo de su dignidad le lleva a que su estima propia muera poco a poco, y de manera irreversible.

Sí, los abusadores y los sistemas familiares que los permiten, matan la estima propia de aquellos de quienes abusan. Muchas veces la violencia intrafamiliar provoca la muerte física de los suyos. Según la Revista Nexos el 20% de los asesinatos en México son de mujeres, en el contexto de la violencia intrafamiliar. Pero, con todo el drama y el dolor de quienes son asesinados por sus propios familiares, es mucho más dramático el hecho y mucho mayor el número de aquellos que, estando vivos, llevan la muerte en el alma. Y esta es mucho más que una mera frase efectista, es literal. El alma es el asiento de los pensamientos y las emociones de las personas. Es decir, en el alma se desarrolla también la capacidad intelectual que permite a las personas pensar atinadamente, tomar las decisiones adecuadas y oportunas, analizar y discernir sobre las cuestiones importantes de la vida.

Los abusadores matan tales capacidades en los abusados. No pocas veces, lo primero que me dice quien ha sido, o está siendo víctima de abuso, es “no sé”. “No sé qué pensar”, “No sé si estoy bien o no”, No sé…” Ante la pérdida o la disminución de la capacidad para pensar, razonar y decidir por sí misma, la persona abusada queda más y más a expensas de quien las ofende y daña. Cada vez son menos ellas, para ser, también cada vez más, quienes sus abusadores quieren que sean.

En consecuencia, la libertad de la persona abusada va muriendo poco a poco. Como en el caso de las víctimas de abuso sexual, se trate de mujeres o de hombres, quienes terminan por no presentar resistencia ante la violación que sufren. Aprenden que no pueden hacer nada, que sólo les queda resignarse y así se muere en ellos su dignidad, su capacidad para pensar y sentir y, desde luego, su libertad. He perdido ya la cuenta del número de veces que personas que han pedido hablar conmigo en busca de consejería, llaman por teléfono para disculparse porque ya hablé con mi marido-mi padre-mi hijo-mi jefe y no quiso que yo hablara con usted”. Lo peor es que no sólo sufren la muerte de su libertad para buscar ayuda, también va muriendo en ellos la fe, la confianza en Dios, la capacidad para creer que Cristo es su liberador, así como es su Salvador. Sí, el la violencia intrafamiliar mata el alma de las personas.

Robo más muerte, es igual a destrucción total. Como pasa con el diablo, los abusadores no se contentan con robar y matar, no descansan sino hasta que destruyen a sus víctimas. Al robo y a la muerte agregan la burla, la ostentación de su poder y los efectos del dolor infligido. Amenazan, presumen, evidencian, tanto su conducta, como los daños causados. Por eso dejan a la vista las fotos de sus conquistas, por eso señalan las debilidades y limitaciones de aquellos a quienes dañan, por eso cada vez causan más daño y dañan a más personas. Porque no les es suficiente con robar y con matar, necesitan destruir como lo hace su padre el diablo.

La buena noticia es que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo. Ha venido para regenerarnos, es decir para hacer de nuevo lo que estaba en nosotros desde nuestro nacimiento. Él nos ha justificado, ha quitado lo que está de más y ha añadido lo que hacía falta. Así que quienes han sido redimidos por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, son libres de dos cosas: del poder de sus abusadores, y, la segunda, del poder de las heridas recibidas. Pueden vivir en plenitud de vida. Pero, para ello, tienen que pagar el precio que representa el salir de su propio Egipto y caminar hasta la Tierra Prometida.

Es decir, tienen que asumir –hacer suya-, la convicción de que el sacrificio de Cristo en la cruz alcanza para que salgan de su condición de víctimas y vivan como mujeres y hombres libres. Deben creerlo y actuar en consecuencia. Denunciando, oponiéndose y haciendo público el hecho del abuso recibido. Pueden hacerlo a pesar de la vergüenza y el dolor que ello provoque, porque en Cristo son más que vencedores.

Pero, también, deben creerlo y actuar en consecuencia sobreponiéndose a los pensamientos, las emociones y los temores que los dañan y limitan. Por favor, no permitan que el diablo y quienes han abusado de ustedes se salgan con la suya. Al abuso, al menosprecio, al robo, la muerte y la destrucción que les han provocado, respondan con el poder liberador de la sangre de Cristo. Paguen el precio de salir al desierto y caminar hasta la Tierra Prometida, en su caminar no estarán solos: Dios será la nube que los proteja y la antorcha que los guíe. Será difícil y doloroso; habrá soledad y confusión, es cierto. Pero, quien pone sus pies en el agua de la vida no tiene otro destino sino la libertad gloriosa que Dios ha provisto para los suyos.

A ti te recuerdo el llamado a Josué: Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios, está contigo.

A la Luz del Amor de Dios

6 septiembre, 2010

La semana pasada, Milca me comentaba que mientras que en el día podía sobrellevar con mayor fortaleza los malestares propios de la enfermedad que le aflige, durante las noches el dolor y la tribulación resultaban casi insoportables. Al escucharla y cuando, orando por ella, he recordado sus palabras y el tono de su voz, no he podido sustraerme a la convicción de que la noche, las noches de la vida, tienen un efecto multiplicador de las tribulaciones, los temores y la ansiedad de los humanos.

La Biblia, que en la traducción Reina-Valera 69 contiene la palabra noche en 345 versículos, asume la noche como un período asociado a la separación de Dios y a la muerte misma. Quizá por ello es que una de las más hermosas promesas del Apocalipsis, un libro de esperanza y regocijo espiritual, es, precisamente que, en la presencia eterna del Señor, no habrá más noche. Es decir, los redimidos nunca más volverán a estar separados de su Dios, ni habrán de enfrentar el temor de la muerte.

El temor de la muerte. Quizá sea este el elemento más distintivo, dramático y desgastante de las noches de nuestra vida. Recordemos esas muchas noches en las que, al lado de la cama del ser amado –ya en el hospital, ya en la casa misma-, la oscuridad de la noche, la soledad asociada a la misma y la impotencia resultantes nos hacen temer, con mayor intensidad que durante el día, lo que nos parece ser la inminencia de la muerte. O, recordemos nuestra propia experiencia, cuando estando enfermos nosotros mismos, o en medio de circunstancias de gran tribulación ante los conflictos personales o los de aquellos a los que amamos, tememos con mayor intensidad la cercanía de la muerte. No sólo porque tememos morir físicamente, sino porque nos sentimos alejados –hasta olvidados-, de Dios y llegamos a asumir que no hay lugar para la esperanza mientras las tinieblas sigan cubriendo el todo de nuestra vida.

En tales circunstancias anhelamos el resplandor de la luz del día, porque, nos parece, nuestros afanes son menores, o menos definitivos, cuando la luz trae seguridad, abre horizontes y nos permite tomar conciencia de la presencia de aquellos a los que amamos; siendo la de Dios la primera presencia que se hace evidente a la luz del día.

Siempre que leo el Salmo 130, me identifico bien con el Salmista. No hablaba de nadie más, sino de sí mismo, cuando aseguraba: Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Y, sin embargo, expresaba la que es la experiencia de muchas mujeres y de muchos hombres; quienes, en las noches de la vida anhelan la llegada del nuevo día.

Sí, cuando nos encontramos atrapados en las noches de la vida no hay anhelo más ferviente que el que la noche pase y llegue un nuevo día. Porque, si de nosotros dependiera, nuestra vida bien podría componerse sólo de días, porque ¿a quién le hacen falta las noches de la vida?

Sin embargo, la Biblia nos enseña algunas cosas acerca de la noche, mismas que conviene tener presente. En primer lugar, la Biblia nos enseña que la vida se compone de días y de noches. De luz y de sombras. De alegrías y de tristezas. Ni los días sustituyen a las noches, ni estas expulsan de la vida los tiempos de luz y de seguridad. La riqueza de la vida está, precisamente, en el equilibrio interior que la persona mantiene tanto en los días como en las noches de la vida. El ser humano es más que las circunstancias de la vida. Las trasciende, va más allá de ellas porque las vive a la luz de la eternidad y no sólo de lo inmediato.

Ello es posible porque, como lo enseña la Biblia, la noche y el día son lo mismo para Dios. El Salmista le dice a Dios: Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. ¿En qué sentido es que el día y la noche le dan lo mismo a Dios? Permítanme proponer que la declaración del Salmista (29.10), contiene la razón que buscamos. En efecto, el Salmista asegura: Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre. En los diluvios nada permanece, el agua arrastra con todo, según sabemos. Sin embargo, el Salmista nos recuerda que Jehová preside en el diluvio; es decir, que el Señor retiene su autoridad y poder aun en la circunstancia del diluvio. También nos recuerda que no lo mantiene de cualquier forma, por el contrario, David asegura que el Señor se sienta como rey para siempre. Es decir, en las noches de la vida, Dios sigue estando al frente de la misma y se mantiene firme. Firme en su poder, pero también firme en su compasión y en su compromiso para con nosotros, sus hijos, su pueblo.

Además de lo anterior, podemos trascender –ir más allá de nuestras noches y nuestros días-, porque Dios, a quien le da lo mismo la luz que las tinieblas-, ha prometido acompañarnos en las noches de nuestra vida. El Salmo 23, como sabemos, nos asegura que cuando andemos por valles de sombra de muerte, el Señor estará con nosotros. Me gusta más la traducción de Dios Habla Hoy: Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Aunque muchas veces nos parece, cuando atravesamos las noches de la vida, que Dios nos espera al otro lado de la oscuridad, al amparo de la luz; lo cierto es que Dios camina a nuestro lado en los más oscuros valles de nuestra existencia. Aunque no vemos su luz, esta sigue brillando y guiándonos. Aunque a veces no sintamos su presencia, él, nuestro amoroso Padre, no sólo nos acompañan, también nos sostiene y nos anima: vivifica nuestro cuerpo e infunde vigor a nuestra alma.

Finalmente, las noches de la vida no tienen el poder para definir lo que somos, lo que valemos y nuestro destino. Las noches de la vida: nuestras enfermedades, nuestros conflictos, aun nuestras derrotas, son meras circunstancias. Es decir, meros accidente de tiempo, lugar, modo, mismos que con la ayuda de Dios no solo superamos, sino de los que podemos levantarnos en victoria. San Pablo nos recuerda que: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

En los días y en las noches de la vida, los que hemos sido salvados por la sangre preciosa del Cordero de Dios, nos mantenemos unidos a él. Esta es nuestra victoria, este es nuestro triunfo. Nada puede separarnos del amor de Dios, nada. Ni la luz, ni las tinieblas. Ni lo que vivimos de día, ni lo que vivimos de noche. Porque el amor de Dios permanece, trasciende, a nuestras circunstancias.

A Milca, y a las milcas y los milcos que me escuchan, quiero decirles que Dios está con ustedes en todo tiempo y en todo lugar. También quiero animarles, exhortarles a que de día y de noche hagan su principal petición a Dios, la de su amor y su presencia consoladora. Más importante que la salud, que la tranquilidad y que la abundancia, es la realidad presente del amor divino. Sin este, la salud, la tranquilidad y la abundancia, nada son, para nada sirven. Pero, el amor de Dios es suficiente, es bastante para lo que necesitamos. Con frecuencia, cuando oro por quienes atraviesan los valles oscuros de la vida, lo hago pidiendo que el amor de Dios sea tan abundante y tan evidente, que la persona en necesidad no pueda ignorarlo. Así, podrá seguir adelante en medio de las tinieblas, mirando el rostro de Dios a la luz de la fe. Quiera el Señor amarte a ti de esta manera. Que el amor de Dios se haga tan evidente en tu vida que lo mismo te sean las tinieblas que la luz, para seguir confiando en la misericordia y provisión divinas. Sí, mi oración es que transites por las noches de la vida a la luz esplendorosa del amor de Dios.