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Los Retos en la Vejez

24 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

La expectativa de vida en nuestro país se incrementa año con año. Por ahora, se espera que los hombres vivan un promedio de 75 años y que las mujeres alcancen casi los 78 años de vida. El que cada día haya un mayor número de ancianos representa una serie de retos para los que, en general, ni la Nación, ni las familias, ni los ancianos mismos, estamos preparados. Se requiere de servicios médicos especializados, así como de programas sociales de atención a los adultos mayores. Se hace necesaria la adaptación física de calles, edificios y medios de transporte. Se requiere también que el gobierno destine grandes cantidades de dinero para apoyar a los ancianos que viven en pobreza y abandono. En fin, el crecimiento del número de ancianos pone a prueba el todo de la estructura socio-económica del país.

El que las personas vivan más años, también representa una serie de retos para las familias. Estos tienen que ver con la necesidad de atender las necesidades elementales de quienes cada vez tienen menos fuerza, recursos y capacidad para ver por sí mismos. Ello obliga a la familia a ocuparse de manera creciente de cuidar, acompañar y servir a sus ancianos; lo cual obliga a organizar horarios, distribuir recursos y asignar tareas en función de los abuelos. Los retos también tienen que ver con las dinámicas de relación que se dan al interior de las familias, es decir con la forma en la que conviven bajo un mismo techo ancianos, adultos, jóvenes, adolescentes y niños. Desde luego, representa un reto el hecho de que la mayoría de los ancianos no cuentan con, ni pueden generar, recursos propios. Aunque también resulta un reto el hecho de que, en no pocos casos, son los ancianos los únicos miembros de la familia que cuentan con un ingreso regular, por más magro que este resulte, el de su pensión.

Hay, sin embargo, un área en la que el reto de convivir por más tiempo con los padres y abuelos resulta especialmente conflictivo. Se trata del área de las relaciones entre los hijos adultos y sus padres ancianos, especialmente cuando estos acusan un deterioro emocional y de sus facultades mentales. Cuando su mente ya no funciona con la claridad de tiempos pasados y la memoria se complica; tanto por lo que olvida como por aquello que insiste en recordar. Cuando la capacidad para tomar decisiones adecuadas y oportunas merma y es suplida con actitudes y conductas tercas e inflexibles.

Alguna ocasión, nuestro Señor Jesús le advirtió a Pedro (Jn 21.18): “Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir adonde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir”. Aunque Juan advierte que Jesús se refería a la muerte que tendría Pedro, sus palabras describen con precisión el cambio fundamental que la vejez propicia. Se trata de un cambio de roles, de funciones, tanto del anciano como de los suyos.

De acuerdo con nuestro Señor Jesús, en la vejez se llega a un momento en el que la persona anciana ya no decide por sí misma: lo que hace, a donde va, la forma en que administra su tiempo y recursos económicos, etc. Los porqués de tal cambio son muchos y tienen que ver con un hecho que no deja de resultar doloroso, penoso y hasta deprimente. Se trata del deterioro integral que acompaña a la vejez; lo que el Apóstol Pablo refiere como el “desgaste del hombre exterior) (2 Co 4.16). Es el desgaste integral del anciano lo que le obliga a dejar de ser y hacer lo que hacía cuando joven y tener que depender de otros para que hagan por él y en lugar de él.

Pero el desgaste del hombre exterior del anciano y de la anciana, les afecta a ellos. El “otro te vestirá”, de las palabras de Cristo, implica que otros, generalmente los hijos y los nietos, son quienes asumen la tarea de hacer por sus padres y abuelos lo que ellos ya no pueden, o ya no deben, hacer. Así, los viejos dejan de hacer lo que hacían y los jóvenes empiezan a hacer lo que no habían hecho. Y, es que, cuando los ancianos se debilitan, toca a los jóvenes apuntalarlos. Como a una pared agotada por el tiempo.

Es esta una experiencia llena de dolor, conflictos y hasta enfrentamientos. Una experiencia que propicia la aparición de raíces de amargura tanto en los ancianos como en sus hijos y demás familiares. También una experiencia que viene a reabrir las heridas que han acompañado, desde la niñez, especialmente la relación entre padres e hijos. Recuerdo a una mujer quien tuvo que atender a su padre en los últimos años de su vida. Por un accidente de tránsito, él había perdido la memoria y no podía valerse por sí mismo, casi ni para los aspectos básicos de su cuidado persona. Aunque se volvió un hombre tranquilo y dócil, su demencia lo volvió terco y difícil en su trato. Su hija me decía, llena de culpa, como había momentos en los que, mientras lo atendía y aseaba, se preguntaba: “¿qué hago yo con este hombre que me golpeaba a mi madre, nos maltrataba y terminó por abandonarnos cuando más lo necesitábamos?”

Como esta mujer, muchos hijos enfrentan, al tener que cuidar a sus padres ancianos, una ambivalencia de sentimientos. Que los aman, no hay duda… en la mayoría de los casos. Pero, de que se cansan, se desesperan y hasta se hartan de servirlos, tan poco hay duda alguna. El conflicto se complica cuando la razón que los hijos tienen para servir a sus padres pasa por la culpa, por el remordimiento. No han sido pocos los hijos que me han confesado que atienden a sus padres, procurando recompensarlos por el abandono o el maltrato que en su juventud les prodigaron. Otros más, lo hacen animados por el temor de que si ellos no atienden a sus padres, sus propios hijos no los ayudarán cuando se hagan viejos.

El resultado de tales conflictos internos en los hijos es que dejan de ser lo que sus padres ancianos necesitan. Alguien me decía: “Los padres ancianos dependientes requieren de columnas a su alrededor. Cuando sus hijos, sea por cansancio, resentimiento o culpa, se doblan, ya no sirven de apoyo a sus padres. Peor aún, contribuyen a que el deterioro de los padres ancianos se vuelva en el deterioro de toda la familia”.

La relación entre los ancianos dependientes y sus familiares es parecida a la relación entre un tornillo y su tuerca. Para que haya firmeza entre ambos, se requiere apretar lo necesario y aflojar lo conveniente. Si se aprieta de más, pueden dañarse el tornillo y la tuerca; si se deja floja la unión, no hay fortaleza y se propicia un daño mayor. Así, los hijos, nietos y familiares de los ancianos dependientes tienen que aprender a ser firmes cuando se requiere y tolerantes cuando convenga. Ello implica la disposición a pagar las emociones, sentimientos y reclamos resultantes. Pero, buscando su bien, si hay que vestir al padre, hay que vestirlo. Y, si no es el tiempo de hacerlo, hay que dejarlo desnudo. Así lo honraremos, lo protegeremos y lo serviremos aún cuando nuestro corazón, y el suyo, rebosen de dolor, confusión y tristeza. El amor, la caridad, nos lleva a hacer lo que hay que hacer y a dejar de hacer lo que no conviene.

En algún momento el Salmista exclama: “Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte” (Sal 94.17). Quienes convivimos con ancianos dependientes, padres, abuelos, hermanos, etc., podemos decir lo mismo. Sí, si el Señor no nos ayudara, lo que enfrentamos pudiera destruirnos. Pero, también los ancianos que tienen que ir renunciando a vestirse como, e ir a donde quieren, saben que si el Señor nos los ayudara, su suerte sería peor. Saber esto nos permite comprender un hecho importante: los retos que enfrentamos, los ancianos y sus hijos, no tienen el poder para destruirnos.

Dios ha puesto a nuestra disposición los recursos que necesitamos para ser más que vencedores en estas cosas. Podemos aprender, podemos recibir consejo y ayuda para hacer y dejar de hacer; podemos consolarnos los unos a los otros y, sobre todo, podemos contar con la gracia divina que nos anima, dirige y fortalece en el día a día.

Por ello quiero terminar con una palabra de esperanza. Decir a quienes se sienten culpables y/o lastimados por aquellos a los que sirven, su padre o su madre, que el sacrificio de Cristo les libra de toda culpa. Que pueden venir a él y encontrar descanso para sí mismos. Decirles, también, a los ancianos, que no hay nada de malo en ser débil y necesitar ayuda. Para empezar, porque en su debilidad se manifiesta el poder de Dios. Pero, también, porque su debilidad da la oportunidad a quienes los aman a aprender nuevas formas de expresarles su amor. Y que el amor de sus hijos es, a pesar de los errores que como padres hayan tenido, sí, es fruto de lo bueno que ellos sembraron en sus corazones. Recordar a todos que también en estos retos se cierta la promesa implícita en la declaración de Pablo, cuando nos llama a creer que todo lo podemos en Cristo, que nos fortalece.

Cuando los Padres se Llenan de Dios

14 agosto, 2009

Tener hijos es, al mismo tiempo, bendición, oportunidad y reto. Es una tarea difícil de llevar a cabo. Mucho más cuando se es padre o madre de más de un hijo. Cada uno de estos demanda de un tratamiento particular, cambiante y al mismo tiempo firme en cuanto a los principios que animan y guían a los padres.

Desde luego, el ejercicio de la tarea paterna requiere de algunos recursos indispensables. Entre estos destacan: la sabiduría para guiar y acompañar a los hijos en las distintas etapas de su vida; el valor para “dejarlos ser”, es decir, para respetar sus decisiones; el coraje para aceptar los propios errores y volver a empezar todas las veces que sea necesario; el conocimiento para entenderse a sí mismos y poder saber qué es lo que los hijos necesitan. Dado que esta lista es apenas enunciativa, cabe enfatizar la importancia de un recurso al que no siempre se le dedica la atención debida: la espiritualidad.

La espiritualidad es el cultivo de la relación personal con Dios. Esta se da en lo privado, pero también en la compañía de otros creyentes. La relación con Dios es cimiento y fuente. Cimiento, por cuanto provee a los padres y a los hijos del equilibrio necesario en cualquier circunstancia de la vida. Fuente, porque lo que hay de Dios en uno fluye, como el agua de los ríos, y termina bendiciendo a los demás. Cuando los padres “se llenan de Dios”, se convierten en cauces de la bendición que el Señor tiene para los hijos. Por ello, conviene que los padres se esfuercen, día a día, en estar llenos de Dios; serán benditos ellos y de bendición para sus hijos.

Bendecirá a los que temen a Jehová, a pequeños y a grandes. Aumentará Jehová bendición sobre vosotros; sobre vosotros y sobre vuestros hijos. Salmos 115:13,14

La Fe y las Enfermedades Mentales

3 agosto, 2009

Con frecuencia creciente escuchamos a diversas personas decir “que se encuentran en la depre”. Es decir, se asumen depresivas y aseguran que lo que hacen y dejan de hacer es consecuencia de la depresión que experimentan. Sorprende, no solo el número de quienes se asumen en depresión, sino la ligereza con la que se auto diagnostican. También sorprende el que, especialmente madres de adolescentes y jóvenes justifican las conductas de sus hijos con el argumento de que “están deprimidos”.

Lo cierto es que los especialistas previenen sobre el riesgo de caer en el error de llamar depresión a lo que no lo es. Vivir episodios de tristeza, melancolía, infelicidad, o sentirse miserable y desanimado, no significa necesariamente que se esté enfermo de depresión. La depresión es eso, una enfermedad que afecta tanto al organismo, como al estado de ánimo y a los patrones de pensamiento de la persona. Como todas las enfermedades, el diagnóstico de la depresión requiere de la valoración médica. Y no de cualquier médico, sino de los especialistas en siquiatría.

Dado que se trata de una enfermedad que afecta al organismo de las personas, la depresión, como todas las enfermedades mentales, no puede ser superada solo con la determinación de la persona de “echarle ganas”. Animar a quien sufre de depresión, o alguna otra enfermedad mental, para que “se proponga salir adelante”, que “decida ponerse bien” o que “declare su sanidad”, etc., no le ayudará a superar su padecimiento. Al contrario, puede ello provocar un recrudecimiento del mismo gracias al sentimiento de culpa que el paciente asume al sentirse responsable de no “echarle las ganas suficientes” para superar su estado de ánimo.

Desafortunadamente, las enfermedades mentales son campo propicio para prejuicios y mitos que, lejos de ayudar a los enfermos, los perjudican. En particular, ciertas aproximaciones parciales y sin sustento en el campo de la fe bíblica, contribuyen a hacer más complejos los padecimientos mentales. Por ejemplo, hay quienes pretenden identificar toda enfermedad mental con posesiones satánicas. Así, el número de hombres y mujeres, con diversos tipos de enfermedades tales como la sicosis, la esquizofrenia, la depresión, el trastorno bipolar, la ansiedad, el Alzheimer, etc., que van, o los llevan, de una iglesia a otra buscando “liberación”, resulta alarmante. Tan alarmante como la ligereza e irresponsabilidad con la que algunos líderes religiosos, sean pastores, profetas, líderes de células, maestros, etc., acusan a quienes padecen algún tipo de enfermedad mental de ser los responsables de su supuesta posesión pues, o no han confesado sus pecados, o no han renunciado a las llamadas maldiciones generacionales resultantes del pecado de sus antepasados, o, peor aún, “no tiene la fe suficiente” para que Dios los escuche.

Desde luego, aquí debemos reiterar nuestra convicción en la realidad presente de la sanidad divina. También creemos en la liberación de los endemoniados, mediante la oración y la invocación del nombre que es sobre todo nombre, el nombre del Señor Jesús. No solo creemos en ello, lo practicamos y son muchos los testimonios de lo que hemos visto y de lo que el Señor nos ha permitido hacer mediante la práctica de la oración por los enfermos y la liberación. Pero, no es esta la cuestión. Más bien se trata de que tanto los ministros como los miembros de la Iglesia seamos llamados a discernir los espíritus. Es decir, a distinguir entre lo que son enfermedades mentales y las posesiones demoniacas. La razón es sencilla, unas y otras requieren de aproximaciones y tratamientos distintos.

Así que a quienes padecen alguna enfermedad mental, o a los familiares de enfermos mentales, permítanme decirles que las enfermedades mentales no son denigrantes ni motivo de vergüenza alguna. El enfermo mental merece el respeto de los demás y aún cuando le resulte difícil, por los síntomas y la problemática de su propia enfermedad; merece también apreciarse y respetarse a sí mismo. Quienes padecen enfermedades mentales deben estar seguros de que Dios los ama, los comprende y se ocupa de ellos. Que su enfermedad no los hace ser menos que el resto de los mortales. Sí, no deben olvidar que, como enfermos, son dignos de respeto y merecedores del aprecio y cuidado de los demás.

Pero también deben tomar en cuenta que su enfermedad debe ser atendida debida y oportunamente por los médicos apropiados. Que no les denigra ser atendidos por un siquiatra, ni tomar los medicamentos que su médico les indique. Desafortunadamente, hay quienes piensan que la fe y la medicina están reñidas. No hay tal, la ciencia y la sabiduría que comparten los médicos les ha sido dada por Dios. Proverbios nos recuerda que: “Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia”. Quienes aconsejan a quienes padecen esquizofrenia, ansiedad, trastorno bipolar, Alzheimer, etc., que dejen de tomar los medicamentos indicados por su médico, son irresponsables y habrán de responder por los daños que contribuyen a crear en el enfermo.

Desde luego, la atención médica de quienes padecen enfermedades mentales puede y debe ser acompañada de la oración. La búsqueda confiada que resulta de nuestra fe en el poder y el amor de Cristo, deben ayudarnos a perseverar en oración hasta que la respuesta determinada por Dios se haga evidente. Hemos acompañado y sido testigos de sanidades extraordinarias de quienes padecieron esquizofrenia, por ejemplo. Pero, también hemos comprobado, aún personalmente, cómo es que la gracia divina opera aún cuando los nuestros sigan padeciendo tales enfermedades. Hemos podido comprobar cómo en nuestra debilidad se hace manifiesto el poder de Dios y cómo, también, se hace evidente la suficiencia de su gracia.

Déjenme terminar reiterando a los familiares de pacientes con enfermedades mentales, que estas no nos disminuyen en dignidad. Es decir, que tener familiares mentalmente enfermos, aún en casos extremos de demencia, no significa que la vergüenza haya caído sobre nosotros. Por el contrario, este tipo de enfermedades es, siempre, una oportunidad de bendición pues permite a las familias abundar en la confianza en Dios, pero también en el cultivo de la caridad, la compasión y la paciencia. Los enfermos mentales pueden carecer de la capacidad para ejercitar su área cognitiva, cierto, pero aún pueden expresar y sentir afecto y distintas manifestaciones de cariño. Gracias a ello, aún cuando ni los podamos entender, ni ellos lo puedan hacer con nosotros, la comunión espiritual es posible si perseveramos en el propósito de vivir llenos del Señor. Porque él en nosotros permitirá que su presencia fluya hasta el espíritu de los nuestros, sin importar su condición espiritual, como ríos de agua viva que transmiten bendiciones abundantes.