Posted tagged ‘Familia’

Amarse a Uno Mismo

27 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

2 Samuel 13.10-22

Amarse a uno mismo resulta de primordial importancia. Quien se ama está en paz consigo mismo, por lo tanto puede conservar su equilibrio interior en cualquier circunstancia. Sobre todo, quien se ama a sí mismo puede mantener su dominio propio ante los retos implícitos en toda relación humana. Es más, amarse a sí mismo es una capacidad inherente a la condición de ser humano. La misma naturaleza humana, el diseño divino con que hemos sido creados hace que el amarnos, tanto como capacidad como necesidad, esté unido a nuestra identidad. Por ello quien no se ama a sí mismo sufre un desgarramiento de su identidad, pues no sólo no se ama, sino que se priva a sí mismo de lo que le es propio. Atenta contra sí mismo, de la misma manera que lo hace quien destruye las columnas que sostienen a una construcción.

Son muchas las razones que explican la falta de amor a uno mismo, el desamor. Fundamentalmente se originan tanto en el interior de la persona, como en su entorno social inmediato, la familia. La persona, al nacer, es maleable en su carácter por lo que resulta especialmente sensible a los estímulos familiares que recibe. Se dice que el carácter emocional de las personas se define en los primeros años de vida. Así, la persona no solo aprende a sentir respecto de los demás, sino que también aprende a sentir respecto de sí misma. Uso de manera reiterativa la expresión aprende a sentir, porque  no necesariamente lo que la persona siente respecto de sí mismo y respecto de los demás es natural, propio de su identidad. Más bien, aprehende lo que los demás sienten y perciben de ella. Es decir, hace propio, coge, lo que los demás tienen para ella. Dada su inmadurez emocional, la persona no tiene el juicio que le permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo propio de lo impuesto, lo bueno de lo malo.

Un personaje bíblico que nos permite entender mejor esto es Absalón, el hijo de David. Absalón fue uno de los 19 hijos varones de David y tuvo una hermana. La familia de David era una familia en extremo disfuncional. El padre era un hombre pasional, inestable y sensual. Sus hijos sufrieron las consecuencias del pecado de su padre, fueron marcados existencialmente por el ambiente familiar, especialmente Absalón. En él podemos descubrir un peculiar sentido de lealtad familiar, protege y venga su hermana por la deshonra ocasionada por su hermano mayor, Amnón. Pero, también traiciona a su propio padre, al extremo de ponerlo en peligro de muerte. La historia de David y Absalón descubre a un hijo consentido, que había aprendido a sentirse superior, con mayor derecho y enfermamente cercano y enfrentado a su padre.

Absalón difícilmente podía amar a otros, puesto que no estaba en equilibrio consigo mismo… no parece que pudiera amarse a sí mismo.

Los conflictos de los padres, el alejamiento entre ellos y la separación de facto que los hijos pueden percibir, así como el abandono real o virtual que enfrenten, atenta contra el amor propio de estos. Lo mismo sucede con las relaciones diferenciadas y privilegiadas respecto de los hijos, los que resultan menos favorecidos por sus padres aprenden que no hay en ellos qué los haga dignos de ser amados. Pero, también, los que son amados en exceso aprenden a sentir lo que no es propio, lo que no les ayuda a desarrollar y conservar el equilibrio interior. Como Amnón sienten que los demás están a su servicio y disposición, necesitan someter a los otros para sentirse completos, todavía dignos de ser amados.

Si todo esto resulta importante y digno de ser tomado en cuenta, no es, con todo, lo más importante. Dios creó al hombre para vivir en comunión con él, lo hizo digno [merecedor] de ser amado y Dios es el primero que ama al ser humano de manera incondicional. Porque lo ama, el hombre es lo que más importa a Dios, más que la naturaleza, más que el Universo, más que los ángeles. Por amor al hombre, Dios entregó a su propio Hijo con el fin de recuperar la relación de amor que inicialmente se propuso. Sin embargo, el diablo no sólo ha querido arrebatarle a Dios su gloria y señorío; ya que no pudo hacerlo se propuso arrebatarle a quien Dios más ama: el hombre, creado a su imagen y semejanza. Satanás quiso hacer del hombre un ser indigno de ser amado, por ello es que, según la enseñanza de Jesús nos revela: el diablo ha venido a robar, matar y destruir lo que de Dios hay en el hombre.

Lo interesante es que Satanás destruye dando, incrementando aquello que daña al hombre. Santiago nos enseña que el pecado, el errar, empieza cuando cada uno de su concupiscencia es atraído y seducido. [1.14] Una traducción más actual dice que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seduce. [NVI] Los malos deseos, la concupiscencia, no son otra cosa sino deseos desordenados.

La construcción de nuestro carácter, desde la infancia, generó, desarrolló deseos de dos clases: deseos ordenados y deseos desordenados. Los primeros animan y fortalecen lo que nos es propio, la superación, el gusto de lo bueno, el servicio a los demás. Los deseos desordenados, por el contrario, animan y fortalecen actitudes y conductas que atentan contra nuestra dignidad propia y, por lo tanto, dificultan de manera creciente el que nos amemos a nosotros mismos.

Más y más de lo que los deseos desordenados producen, poder, sensualidad, dinero, promiscuidad, etc., nunca producen mayor amor propio. Como Absalón, no se amó más cuando derrocó a su padre, ni siquiera se amó más cuando se acostó con las mujeres de David. Por eso es el diablo nos quita dándonos. Él sabe que mientras más tengamos de lo que es fruto de nuestros deseos desordenados, más vacíos estaremos y menos razón tendremos para amarnos a nosotros mismos.

Jesucristo dijo que él había venido para destruir las obras del diablo y para que nosotros tuviéramos vida en abundancia. ¿Cómo lo hizo? Recuperando en nosotros el amor del Padre. No que el Padre hubiera dejado de amarnos, sino que nuestro pecado hizo que dejáramos de ser amables; es decir, dignos de ser amados. Lo hizo, destruyendo las obras del diablo y dándonos un nuevo espíritu, una nueva manera de pensar y de sentir. Pablo lo define así: Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio. [2 Ti 1.7]Es decir, en Cristo ha traído a nosotros el equilibrio perdido y, por lo tanto, ha recuperado la paz que nos permite amarnos a nosotros mismos y amar a nuestros semejantes.

Siempre me ha parecido excepcionalmente importante y atractiva la declaración paulina: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. [Fil 4.7] Lo importante es la promesa: la paz de Dios guardará nuestros corazones y pensamientos. Es decir, lo que sentimos y lo que pensamos. El término sugiere que la paz de Dios pondrá una guardia militar que impida el ataque del enemigo. Más aún, resulta interesante que el Apóstol se refiere, como paz, a la armonía entre Dios y el hombre y, por consiguiente la armonía de este consigo misma y, en consecuencia la capacidad para poder permanecer en equilibrio en las vicisitudes de las relaciones humanas.

En conclusión

La Biblia nos enseña que en y por Cristo, aquellos que han perdido el derecho de ser amados por Dios y por lo tanto la capacidad de amarse a sí mismos, recuperan tanto el derecho como la capacidad de hacerlo. Pero, también nos enseña que se ama a sí mismo quien se sabe amado por Dios y permanece en una relación nutricia con su Señor. Enseña que nuestro amor a nosotros mismos se nutre del amor que el Padre nos tiene y manifiesta. Que, a final de cuentas, nos amamos con el mismo amor que somos amados.

Y que ese amor en nosotros, el amor de Dios, recupera definitiva, aunque paulatinamente, el equilibrio interior que nos permite ser libres del poder de nuestros más íntimos deseos desordenados. Sabiéndonos amados, podemos amarnos a nosotros mismos.

Los jóvenes tienen derecho

24 noviembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Es un hecho que la iglesia es el principal obstáculo que muchos jóvenes enfrentan en su búsqueda de Dios. Y no es que se trate de un mero pretexto de estoy jóvenes, esto es cierto y no podemos, ni debemos, ignorarlo. No siempre se trata de una mala intención, o de que a la iglesia no le interesen o le estorben los jóvenes. Lo trágico es que, muchas veces, aquello que irrita a los adolescentes y jóvenes y que termina por alejarlos de la iglesia es, paradójicamente, fruto del interés y la preocupación que la misma tiene a favor de ellos.

Las razones para ello son muchas, quizá la principal el deseo de no pocos padres, madres y amigos que no quieren que los adolescentes y jóvenes pasen y enfrenten lo que ellos han vivido y les ha llenado de dolor, fracaso y amargura. Lo malo es que tan buena intención no siempre se expresa de la manera más adecuada y oportuna. Por lo general, los adultos y viejos (incluyendo a no pocos pastores), optan por recurrir a la prohibición, el control absoluto y el descuento de los deseos, las inquietudes y el derecho de los jóvenes a decidir por sí mismos las cosas que consideran importantes en su vida.

Dios y la Biblia se convierten, en manos de los padres y líderes preocupados por los jóvenes, en instrumentos que justifican el control, el miedo inducido y hasta las amenazas explícitas e implícitas con las que se pretende proteger a los muchachos y las muchachas de las tentaciones y los peligros del mundo. Así, mucho antes de que los jóvenes tengan la oportunidad de conocer al Señor por sí mismos y de descubrir a sus propias expensas el verdadero mensaje de la Biblia, desarrollan un rechazo al grado de que se vuelven alérgicos a Dios, a la Biblia y, no se diga, a la iglesia misma.

Por el otro lado están muchos de los jóvenes que permanecen en la iglesia… por las razones equivocadas. De vez en cuando me meto a los foros juveniles de Internet y no deja de sorprenderme, una y otra vez, lo que leo. Pero, me parece justo usar la palabra alienación para definir mucho de ello. La Real Academia Española define la alienación como “[el] proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”. Y uso este término porque la Palabra de Dios asegura que Cristo ha venido para traer libertad a los cautivos; que su Palabra nos hará libres; y que, si el Hijos nos hace libres, seremos verdaderamente libres.

La contradicción consiste en el hecho de que no pocos jóvenes cristianos van por la vida siendo esclavos de juicios, prohibiciones y temores que están lejos de significar libertad y vida plena. Cuestiones relacionadas con el tipo de música que escuchan, su vestimenta, la relación amistosa con quienes no son cristianos, etc., son terreno en que no pocos jóvenes permanecen atrapados. Dejan de ser ellos mismos para ser lo que otros quieren que sean. En consecuencia se cumple en ellos lo que el Apóstol Pablo asegura a los romanos: “yo sé que no hay nada impuro en sí mismo; como creyente en el Señor Jesús, estoy seguro de ello. Pero si alguno piensa que una cosa es impura, será impura para él”. Ro 14.14

Creo que unos y otros, tanto aquellos jóvenes que abandonan la iglesia y reniegan de Dios; como aquellos que permanecen en la misma sin crecer por sí mismos, comprendiendo el sentido bíblico de la libertad cristiana, padecen de un mismo mal: desconocen lo que la Biblia enseña acerca de la libertad, la responsabilidad personal y la plenitud de la vida en Cristo.

Por ejemplo, creo que son pocos los jóvenes que saben que la Biblia tiene recomendaciones tales como: “Diviértete, joven, ahora que estás lleno de vida; disfruta de lo bueno ahora que puedes. Déjate llevar por los impulsos de tu corazón y por todo lo que ves, pero recuerda que de todo ello Dios te pedirá cuentas”. Ec 11.9 Y que, si acaso han escuchado algún sermón sobre este pasaje, el énfasis de tal predicación ha sido la oración final del versículo.

Permítanme aventurar una propuesta diferente. Esta parte del principio de que Dios nos ha creado, a todos, a su imagen y semejanza. Es decir, con la capacidad de elegir ante las distintas alternativas que la vida, en todas sus áreas, nos propone. Además de ello, los seres humanos hemos sido bendecidos con ese gobierno interior que es la conciencia. Esta es la facultad que todo ser humano tiene de llegar a conocer la voluntad de Dios y que Dios ha dispuesto para gobernar nuestras vidas. Dios ha decidido correr el riesgo de que el ser humano pueda elegir por sí mismo lo que le conviene. Aún cuando Dios sabe de las limitaciones propias de la naturaleza pecadora del hombre, así como del poder de las influencias personales, familiares y sociales que las personas enfrentan, Dios nunca, repito, nunca, ha impuesto a nadie que haga aquello que Dios ha establecido como lo justo, como lo correcto.

Dios, por así decirlo, se ha convertido a sí mismo como una opción más por las que las personas podemos optar. La bien conocida convocatoria deuteronómica: “Miren, hoy les doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal, por el otro”. Sí, ya sé que en el siguiente versículo Dios se refiere a lo que él ha mandado y de ello nos ocuparemos a continuación. Pero, el hecho es que Dios “da a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal”. No impone la vida, ni el bien; como tampoco impide la elección del mal que conduce a la muerte.

¿Estoy diciendo, entonces, que los jóvenes pueden hacer lo que quieran con su vida, y ya? Lejos de mí tal cosa. El pasaje que hemos leído en Eclesiastés 9, invita a los jóvenes a que gocen la vida. A que se dejen llevar por los impulsos de su corazón y por todo lo que ven. En tal invitación está implícito el reconocimiento al derecho que tienen para proceder así. Pero, no es todo lo que el autor bíblico dice, también les invita a que recuerden que de todo ello Dios les pedirá cuentas. Es decir, la Palabra enseña que la libertad de elección no deja de lado la responsabilidad, esta implica el hecho de enfrentar las consecuencias de aquello que se decide y hace.

El “acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”, nos ayuda a comprender mejor esto. En efecto, el término acuérdate, significa también piensa, toma en cuenta, añadiríamos. Es decir, joven, en el ejercicio de tu libertad, al decidir lo que consideres mejor para ti, piensa, toma en cuenta a Dios. Toda decisión se compone de diversos elementos: pensamientos, emociones, sensaciones, deseos, etc. En función de ellos es que decidimos. Si nos hace sentir bien o no, si pensamos que está bien, qué tanto lo deseamos, etc. Bueno, mi recomendación es que a tales elementos de decisión añadas uno más: la voluntad de Dios.

El Apóstol Pablo tiene una propuesta en principio subversiva, revolucionaria. A los corintios les asegura: “Se dice, uno es libre de hacer lo que quiera, es cierto… pero no todo conviene”. Así que, los jóvenes que me escuchan o leen, deben saber que sí, que tienen del derecho de hacer lo que quieran. También deben recordarlo sus padres. Porque no se trata de ir contra tal derecho, sino de acompañarlo con la convicción de que no todo conviene, que no todo edifica.

La iglesia, los padres, tenemos que aprender a correr el riesgo de que nuestros adolescentes y jóvenes tomen decisiones por sí mismos. Aún a correr el riesgo de que se equivoquen. Podemos hacerlo confiados en el Señor si en lugar de prohibirles, reprimirlos y/o amenazarlos les damos ejemplo de sabiduría, temor de Dios y buena conducta. Si, como hacen los padres y pastores sabios enriquecemos la experiencia de nuestros hijos aportándoles elementos de juicio sanos, respetuosos y congruentes para que ellos puedan usarlos por sí mismos.

Los jóvenes tienen que crecer y abundar en el ser ellos mismos, no meros apéndices ni prolongación de nosotros. Así, sus padres y la iglesia somos llamados a respetarlos. Sí padres, abuelos, pastores y maestros, hay que respetar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes. Exactamente de la misma manera en que Dios nos ha respetado a nosotros mismos.

La gente joven tiene todo el derecho a ser respetada. Es decir, a que le tengamos consideración, a que los tomemos en cuenta, a que los escuchemos, a que seamos pacientes. Sobre todo, a que les tengamos confianza. Esta es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo. Yo confío en mis hijos y en mis hijas, mantengo mi esperanza en ellos. Pero, no tengo nada de que vanagloriarme, porque mi confianza en ellos no es concesión mía, es el más absoluto respeto al derecho que ellos tienen de ser considerados como personas confiables.

A veces, y en no pocos casos, parecería que no hay razón para confiar y mantener la esperanza en los hijos. En tales circunstancias conviene recordar dos cosas. La primera es que Dios ama a nuestros hijos mucho más de lo que nosotros podemos amarlos. La segunda, que la Palabra de Dios tiene poder y cumplirá el propósito para el cual ha sido enviada. Concientes de tales cosas podemos orar confiadamente, interceder por nuestros hijos y, sobre todo, respetar lo que son y lo que hacen aunque no siempre lo entendamos, ni estemos de acuerdo con ello.

Termino reiterando a los jóvenes que tienen el derecho a ser ellos mismos. Tienen derecho a vestirse de la forma que quieran y oír la música que les guste. Más importante, les recuerdo que tienen derecho a soñar y a querer. A ir hasta donde quieran llegar. Pero, les animo a que no lo hagan a solas. A que recuerden que sin Dios no estarán nunca completos. A que sueñen los sueños que Dios les revele por medio de su Espíritu Santo. Y que adonde quieran llegar, lo hagan caminando el camino de Cristo. A que no permitan que los errores, fruto del amor y la preocupación de los viejos, los aparten de Cristo y de su iglesia. En fin, los invito a que descubran por sí mismos, y al lado de nuestro Señor, que la vida en Cristo es en verdad plena y la libertad que él nos ofrece es la única que nos hace verdaderamente libres.

Evita que te Desprecien por ser Joven

12 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo”, le decía Pablo a Timoteo. Tal recomendación nos indica que el conflicto del menosprecio a los jóvenes, por su condición de tales, es más viejo que todos nosotros juntos. Cuando menos, desde hace dos mil años, los jóvenes enfrentan el reto de la desconfianza, las exigencias y el menosprecio de los mayores.

Para contextualizar, y entender mejor la recomendación paulina, debemos analizar algunos conceptos. El elemento clave es la palabra “joven”. Biológica y sicológicamente el término apropiado es adolescente. Este se refiere a la etapa de transición entre la niñez y la edad adulta. Generalmente se acepta que va de los 12 a los 20 años. A esta etapa la conocemos como la de la adolescencia. Adolescentia tiene dos sentidos, el negativo (ad dolescere), al que le falta mucho; y, en un sentido propositivo, el que está creciendo. Es esta una década de ajustes en las áreas de las relaciones heterosexuales, la orientación ocupacional, el desarrollo de los valores, el desarrollo de la responsabilidad personal, el rompimiento de los vínculos de dependencia emocional respecto de los padres.

De lo anterior podemos concluir algunas cuestiones básicas: la etapa de indefinición e inestabilidad emocional, afectiva y vocacional es del todo natural en toda persona. Pero se trata de una etapa limitada en el proceso del desarrollo de la identidad. Inicia al término de la infancia y da lugar a la edad adulta. De los 12 a los 20 años. Lo que es propio de la adolescencia, ni es propio de la infancia, como tampoco lo es de la edad adulta.

A veces vemos a niños que viven como adolescentes. Lo más grave son los adultos que viven como adolescentes. Uno de los problemas sociales más importantes de nuestros días es la llamada adolescencia prolongada. Fernández Enguita, dice “los jóvenes crecen actualmente sin un cometido, se están preparando para hacer algo hasta los 20 o los 30 años, por ello los deberes no surgen de manera espontánea y las familias no saben como inculcarlos”. Se trata, entonces, de que cada día es mayor el número de adultos que mantiene relaciones de codependencia con sus padres, propia de los adolescentes. Esta codependencia se caracteriza por el ejercicio de los derechos propios de los adultos y la negación de las responsabilidades propias de los mismos.

Desde luego, situaciones así son altamente conflictivas. Desde los padres, existe el malestar por la dependencia excesiva de sus hijos en cuestiones económicas, de disciplina, de compromiso y, sobre todo, de autonomía. Desde los hijos, existe el malestar por la intrusión de sus padres en la toma de decisiones, que se supone, son propias y exclusivas de cada persona. Se dan así relaciones de atracción y rechazo, de necesidad y hastío, de gratitud y molestia, de aceptación y menosprecio.

Tres son las principales causas de situaciones como esta:

  1. Padres sobreprotectores. Se trata de aquellos padres que ven en sus hijos el medio para realizarse a sí mismos; como de quienes niegan a sus hijos la capacidad para ser ellos mismos. Son los padres que por cuestiones de temor, ignorancia y necesidad de control, no dejan que sus hijos lleguen a ser quienes son. Los menosprecian, por eso los sobreprotegen y al proceder así, los incapacitan, los castran, impidiendo que maduren y que sean fructíferos.
  2. El temor a la competencia profesional/laboral. Especialmente en economías débiles, como la nuestra, salir de la protección del hogar acarrea una serie de temores que pueden incapacitar a las personas en su proceso de desarrollo integral. Sobre todo cuando la formación paterna (de padre y madre), se ha realizado bajo el principio de que los hijos no deben sufrir. No se les prepara, por lo tanto, para la lucha ni para que aprendan a enfrentar el dolor de la vida. Los hijos formados bajo tales premisas van por la vida siendo temerosos e incapaces de asumir los retos que les son propios.
  3. El no cumplimiento de los estándares de belleza. En su fragilidad emocional y ante la falta de desarrollo de su identidad, el joven no acepta su auto imagen al compararla con los estándares culturales de belleza. Ello le lleva a regresiones y/o a la prolongación inconciente de su propia infancia. Sus actitudes infantiles, tanto como su apariencia, le protegen de los peligros del crecimiento. Hasta hace poco tiempo se pensaba que los conflictos y traumas resultantes de la conciencia de fealdad, era propia, exclusiva de las mujeres. Sin embargo, es notorio que cada vez más son los jóvenes varones los que se sienten presionados para cumplir con ciertos cánones de belleza y armonía corporal. Ana Delia, mi esposa, no deja de sorprenderse ante el creciente número de jovencitos heterosexuales que cuidan de sus cejas con mayor esmero que muchas muchachas.

Cualquiera de las tres causas mencionadas y las muchas combinaciones de las mismas propician que los jóvenes se resistan a convertirse en adultos. El adulto que insiste en conducirse como joven provoca un menosprecio a su juventud. Este era el riesgo de Timoteo: se encontraba en una etapa de transición que resultaba atractiva y confortable. Me llama la atención que Pablo no exhorte a quienes están alrededor de Timoteo para que lo respeten en su condición de joven, lo cual parecería ser lo conducente. Pablo, por lo contrario, desplaza el eje de la responsabilidad a Timoteo mismo. Le dice: “Timoteo, tú eres responsable de que la gente no te menosprecie por ser joven”.

“Timoteo, usa tu molestia, tu coraje, para evitar el menosprecio por tu juventud”. El coraje puede agotarse en el berrinche, o puede dar lugar a las revoluciones[1], sociales y personales.

¿Cómo hacerlo? Desde luego, no haciendo berrinche porque no se le respeta. Convirtiéndose en un modelo, en un ejemplo. El problema de la adolescencia prolongada es que [en ella] no se apela ya al esfuerzo. El resultado es una educación permisiva que crea personas light, sin carácter y sin voluntad, no preparadas para la vida.

“Timoteo, esfuérzate y dale sentido a tu vida.” Modifica tu forma de hablar, de portarte. Ámate –acéptate a ti mismo y a los demás-, ten fe y mantente puro.

Cambiar la manera de hablar. “De la abundancia del corazón habla la boca”. No sólo se trata de hablar con propiedad, la forma, sino del contenido de nuestro hablar. Hablar con propósito, hablar con sentido. La PNL ha mostrado la estrecha interrelación existente entre lo que decimos, lo que somos y lo que hacemos. Un joven que hace suyas las letras de las canciones nihilistas[2], tipo Molotov, sólo podrá aspirar a una vida sin sentido. A esta exhortación paulina corresponde el crecimiento en fe y en pureza de vida consecuentes del hablar con sentido, honrando a Dios, a sí mismo y al prójimo.

Cambiar la manera del comportamiento. Esto corresponde al actuar como adulto, con derechos, sí, pero también con responsabilidades. “[La] adolescencia prolongada, cada vez más extendida, impide la madurez que se logra a partir de la emancipación[3]. Hay que salir del nido.” Asegura el pedagogo Gerardo Castillo de la Universidad de Navarra. Sí, hay que ser constantes y evitar la inestabilidad.

Cambiar la manera de amar. Jóvenes, empiecen a amarse a ustedes mismos. Mucha de su inseguridad personal que se manifiesta en los celos, las contiendas, la rebeldía que caracteriza su conducta, tiene como raíz la falta de amor a sí mismos. Del que no se aceptan a ustedes mismos porque su cuerpo, su condición socio-económica, su apariencia, no corresponden a los estándares de belleza y éxito que esta cultura –animada por los antivalores satánicos-, promueve como los únicos válidos.

Algo que la vida nos ha enseñado es que solo es posible respetar a quienes se respetan a sí mismos. Y, resulta difícil respetar –reconocer como igual-, a quien, siendo un adulto o un adolescente mayor, insiste en comportarse como niño. El que los demás le respeten a uno, deviene del respeto a sí mismo. Y este no se gana exigiéndolo, el respeto a sí mismo se ejerce, se practica, se vive. Mis Timoteos, eviten que los desprecien por ser jóvenes.


[1] Modificar profundamente. Cambiar modos de pensar o hacer.

[2] nihilismo. (Del lat. nihil, nada, e –ismo). 1. m. Negación de todo principio religioso, político y social. 2. m. Fil. Negación de toda creencia.

[3] emancipar. (Del lat. emancipāre). 1. tr. Libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre. U. t. c. prnl. 2. prnl. Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.