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Esperar sin Esperanza

18 abril, 2011

Hace algunos años, un buen amigo escribió un poema que en su parte medular decía: “Difícil es esperar, pero más difícil es esperar sin esperanza”. La esperanza es, según el diccionario: “[El] estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Así, que de acuerdo con Raúl, resulta muy difícil esperar cuando hemos dejado de creer que es posible aquello que deseamos.

Al recordar y pensar en las llamadas que muchos de ustedes nos hacen me parece descubrir la lucha de no pocos que siguen esperando sin esperanza. Pienso, por ejemplo, en las personas ancianas, en las madres de hijos e hijas rebeldes, en los esposos y las mujeres separados y/o separándose de su pareja, en las personas que día a día luchan con problemas económicos. Leo sus peticiones de oración y, me doy cuenta que muchos siguen esperando, aunque al final de cada día sus vacíos se han hecho más profundos y sus manos, al llegar la noche, se encuentran más vacías. Muchos de ustedes, y de nosotros, sabemos, sí, lo que es esperar sin esperanza.

¿Y Dios? Nuestras vidas están llenas de testimonios, recuerdos, de situaciones en las que clamamos pidiendo su ayuda y él oyó nuestro clamor, se puso de nuestra parte y nos trajo la respuesta ansiada. Cada uno de nosotros tiene sus muchos ebenezeres. Sí, el recuento de nuestras vidas pasa por un constante: hasta aquí nos ha ayudado Dios. Podemos recordar situaciones en las que no solo obtuvimos la respuesta deseada, o debida, sino que nuestra esperanza pareció tener razón de ser y fue fortalecida y aumentada.

Pero resulta que Dios también permanece callado. El silencio de Dios es una realidad que conocen, sobre todo, quienes más abundan en su relación con él. A veces, Dios no solo parece desentenderse de nuestro clamor, realmente se desentiende. “Aunque grité pidiendo ayuda, no hizo caso de mis ruegos”, reclama Jeremías, el profeta llorón. Más aún, no solo permanece callado, pareciera empeñado en aumentar nuestras penas y alimentar nuestra desesperanza. Como el profeta, también nosotros sabemos lo que significa:

Me encerró en un cerco sin salida;

me oprimió con pesadas cadenas; aunque grité pidiendo ayuda,

no hizo caso de mis ruegos; me cerró el paso con muros de piedra,

¡cambió el curso de mis senderos!

          Él ha sido para mí como un león escondido, como un oso a punto de atacarme.

          Me ha desviado del camino, me ha desgarrado, ¡me ha dejado lleno de terror!

          ¡Tensó el arco y me puso como blanco de sus flechas!

Me estrelló los dientes contra el suelo; me hizo morder el polvo.

          De mí se ha alejado la paz y he olvidado ya lo que es la dicha.

          Hasta he llegado a pensar que ha muerto mi firme esperanza en el Señor. Lam 3.7ss

Se trata de momentos en los que más que poder salir adelante, nos conformamos con permanecer ahí a donde hemos podido llegar. Recuerdo el testimonio de mi Madre. Hace muchos años, más de treinta, mi familia enfrentó un momento muy difícil. Todo aquello en lo que creíamos pareció venirse abajo. Todo lo que hacíamos, especialmente en el ministerio a Dios y a la Iglesia, pareció perder todo valor. Hacíamos lo que había que hacer en automático. Una noche, en una reunión de oración, Mamá contó su testimonio: subía unas escaleras muy altas, llegó a un momento en que ya no podía alcanzar el siguiente escaló. Entonces oyó una voz, ¿sería la de Dios?, que le decía “si no puedes seguir subiendo, permanece en donde estás”.

Sí, hay momentos en los que la voz de Dios no nos trae esperanza, nos conmina a permanecer en medio de la situación que nos está desgastando. No nos ofrece salida, sino que nos atrapa en tal condición.

Jeremías permaneció donde y por el tiempo que Dios dispuso. No hizo nada por acortar los días de su desierto. Y, entonces, comprendió un par de cosas. Empiezo por la segunda: “El hombre debe quedarse solo y callado cuando el Señor se lo impone; debe, humillado, besar el suelo, pues tal vez aún haya esperanza; debe ofrecer la mejilla a quien le hiera, y recibir el máximo de ofensas”, asegura el profeta. Quedarse solo y callado, besar el suelo. Raras maneras para encontrar la esperanza. ¿De veras el silencio y la humillación engendran esperanza?

Pablo nos ayuda a comprender el cómo de este proceso divino. Cuando Dios lo hizo permanecer en tragedia, también le dijo: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.” 1 Co 12.9. Y, Pablo descubrió que cuando nos quedamos solos, que cuando no tenemos más ya nada, Dios se vuelve la realidad más absoluta y esencial para el creyente. El Salmista también sabía de esto. Confundido y desalentado por el éxito de los malos y su propia condición de derrota, fue a la presencia de Dios… y ahí entendió. Supo lo que había de saber de los malos, pero, sobre todo, supo lo que tenía que saber de sí mismo. Lo que supo de sí mismo le llevó a declarar: “Sin embargo, siempre he estado contigo. Me has tomado de la mano derecha, me has dirigido con tus consejos y al final me recibirás con honores. ¿A quién tengo en el cielo? ¡Solo a ti! Estando contigo nada quiero en la tierra. Todo mi ser se consume, pero Dios es mi herencia eterna y el que sostiene mi corazón”. Salmos 73.23ss

La fe se perfecciona cuando descubrimos que nada de lo nuestro, ni de nosotros mismos, permanece para siempre. Que nuestra necesidad última solo se satisface en Dios. Que tiene razón el Salmista cuando exclama: ¿A quién tengo en el cielo? ¡Solo a ti! Todo mi ser se consume, pero Dios es mi herencia eterna y el que sostiene mi corazón.

En medio del silencio, besando el suelo, el creyente descubre, además, que el amor del Señor no tiene fin. Que sus misericordias se hacen nuevas cada mañana. Que la vida no se agota, no termina, ahí en la circunstancia que padecemos. Que la vida es más que nuestros temores, que nuestras luchas, que nuestro dolor. La vida es él en nosotros. Y, él en nosotros, es siempre una realidad de vida nueva.

Cuando todo se nos ha quitado, nos queda la esperanza. Y cuando aún la esperanza se nos arrebata, Dios permanece siendo nuestra realidad. Porque no es nuestra esperanza la que engendra a Dios, es él quien nos sustenta cuando tenemos esperanza y cuando nuestro estado de ánimo ya no nos permite creer que será posible lo que deseamos.

A ti que me escuchas, que enfrentas el silencio de Dios. A ti que has llegado hasta el límite de tus fuerzas. A ti que vas por la vida, sintiendo que todo lo que tienes es muerte. A ti, que no tienes más compañía que las voces de extraños al través de la radio. A ti, tengo algo que decirte:

El destino final de los hijos de Dios no es, y nunca lo será, el fracaso. El destino final de quienes hemos puesto, encargado, nuestra esperanza en él, es su amor eterno. Estamos destinados al amor de Dios. Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Siendo las cosas así, podemos permanecer en el suelo, podemos permanecer en silencio, podemos permanecer recibiendo el máximo de ofensas… porque el amor del Señor no tiene fin, y el Señor no ha de abandonarnos para siempre.

Mi oración es, hoy y cada vez que pienso en ustedes, que Dios les ame de tal manera que no puedan permanecer ajenos al poder y a la ternura de su inmensurable amor.

Como Vasijas de Barro

28 marzo, 2011

El pasaje que hemos leído, en 2Corintios 4.7-10, es uno de los pasajes más hermosos y poéticos de la literatura neotestamentaria. Parte de un supuesto que ha sido descuidado y desperdiciado, más aún, menospreciado por los muchos predicadores de la Teología de la Prosperidad. Se trata del supuesto de la fragilidad, como el punto de partida de nuestra experiencia cristiana. El Apóstol Pablo no se ocupa de dorarnos la píldora y animarnos a creer que somos lo que no somos. Por el contrario, se refiere a los creyentes, los describe, como meras vasijas de barro. Es decir, de una manera tan sintética y poética, el Apóstol asume nuestra fragilidad, nuestra impotencia y nuestra pobreza ante las vicisitudes de la vida.

Desde luego, no podemos encontrar belleza en la fragilidad, la impotencia y la pobreza, a menos que la contrastemos con aquello que hace de la fragilidad, la impotencia y la pobreza algo hermoso. Lo que contrasta y transforma tales realidades es, precisamente, el tesoro que procede de Dios: la salvación de nuestras almas y la incorporación al cuerpo de Cristo, la Iglesia; es decir, la verdad de Cristo en nosotros. Para Pablo, mientras más evidentes nuestras limitaciones, más resplandeciente la gloria de Dios que habita y se manifiesta en nosotros. Mientras mayor nuestra pequeñez, mayor la grandeza y el brillo de Cristo en nosotros; con todo lo que incluye su amor, su cuidado, su poder y su propósito en nuestra vida.

Pablo hace una relación contrastante de las circunstancias de la vida. Se ocupa del acoso que sufren los cristianos, de los apuros o dificultades que estos enfrentan, de las persecuciones a las que la fe en Cristo nos expone, a las caídas que el creyente enfrenta de tanto en tanto, etc. Asombra la honestidad del Apóstol. Ciertamente, debiera ser considerado como un mal publicista de la fe cristiana. Me decía alguna vez un pastor: hermano, no debemos hablar de problemas a los que vienen a la iglesia, la gente lo que quiere es oír de paz, de  tranquilidad, de gozo. Bueno, me temo que tales pastores no invitarían a Pablo a predicar en sus púlpitos, porque el Apóstol reconoce públicamente que la vida cristiana también se compone de acoso, apuros, persecución y que los cristianos caen en su fe muchas veces más de las que imaginamos.

Creo que Pablo lo hace, precisamente, para destacar el hecho y la importancia de la gracia divina. Este, el de la gracia de Dios, es un tema de primordial importancia para el creyente. Vivimos y andamos por gracia. Es decir, hemos sido salvos y nos mantenemos firmes en la comunión con Cristo, por su gracia, por su disposición favorable hacia nosotros. Hay quienes han aprendido que su comunión con Cristo depende, prioritariamente, de sus propios méritos. Que mientras más buenos sean y más cosas buenas hagan, más seguros pueden estar en Cristo. Otros viven aterrorizados por sus dudas, sus faltas y sus temores. Han aprendido a pensar que no pueden dar la medida de santidad que les asegure la entrada a la comunión y el amor de Dios en Cristo.

En nuestro pasaje, Pablo nos recuerda que somos, simplemente, vasijas de barro. Despostilladas, de tanto uso, poco agradables en su apariencia y, siempre, en el riesgo de agrietarse y terminar rotas. Pero, estas vasijas que somos nosotros, llevamos, poseemos, contenemos, el tesoro del poder de Dios que no sólo habita en nosotros, sino que se manifiesta en y al través de nuestra vida. Sólo por gracia, sólo porque Dios ha querido amarnos y privilegiarnos con su poder maravilloso, mismo al que no limita ni nuestra debilidad, ni nuestras propias limitaciones. Es cierto que somos llamados a hacer las buenas obras que Dios preparó desde el principio, para que anduviésemos por ellas. Es cierto, también, que somos llamados a santidad y a esforzarnos en la práctica de la justicia. Pero, también es cierto que si podemos hacer buenas obras, que si podemos mantenernos santos y practicando la justicia, ello se debe al poder que habita en nosotros y no a la calidad de vasijas que somos.

Ahora bien, la gracia se manifiesta de manera muy concreta en relación a nuestras fragilidades. Pablo destaca lo que debe ser entendido como un quehacer divino que convoca a un quehacer humano: estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,  pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. En este juego de contrastes, el Apóstol se refiere tanto a lo que Dios hace, como a lo que somos llamados a hacer. Permítanme tratar de explicarme.

Recuerdo a una mujer a la que, cuando sus hijos eran muy pequeños, la abandonó el marido. Fueron años difíciles los que enfrentó, literalmente a sus hijos para que estos salieran adelante en la vida. Desarrolló una muy especial relación con el mayor; desde pequeño este le proveyó de amor, comprensión y compañía. Los hijos salieron adelante, la mujer se hizo vieja. Llegaron los nietos y la vida parecía recompensar todo lo que antes había negado. Sin aviso previo, el hijo mayor muere. La madre se queda tan sola como nunca antes lo había estado. Se derrumba, se viene abajo y parece que todo hubiera acabado para ella. La muerte de su hijo mostró de manera ostensible la tremendamente frágil que era esta mujer y la absoluta carencia de recursos propios para enfrentar los apuros de la vida.

Los que estábamos a su lado temimos por ella. Guardábamos silencio cuando la acompañábamos, porque sabíamos que nuestras palabras eran insuficientes para remediar su pena. Pero, el que estaba y está en ella, ni tuvo temor, ni se quedó callado. La gracia de su Señor se hizo evidente en ella. La mujer encorvada por el dolor, la mujer que suspiraba por el hijo perdido, ella, esa vasija frágil, se levantó de entre la tragedia y dio testimonio de que si bien, la vida la había derribado, no había logrado rematarla.

Estoy seguro que la primera sorprendida fue ella misma. Como madre amorosa vivía temiendo siempre que algo malo pasara a alguno de sus hijos. Cuando la muerte de su primogénito la sorprendió, creyó que su propia vida había llegado a su fin. Lloró, se aisló, se derrumbó. Pero, una mañana se despertó temprano, se levantó y descubrió que podía seguir viviendo porque algo dentro suyo la animaba, la fortalecía y la guiaba a una nueva vida.

Como esta mujer, todos nosotros hemos enfrentado, y quizá estamos enfrentando, situaciones que parecieran tener el poder de acabar con nosotros. Déjenme decirles y asegurarles algo: nada tiene el poder para destruir a los que estamos en Cristo Jesús. Quienes llevamos en nosotros el Espíritu de Dios, ese tesoro al que se refiere el Apóstol, podemos salir delante de cualquier situación y circunstancia que enfrentemos. Podemos hacerlo no por nuestros propios méritos y fortaleza, sino por el Espíritu que habita en nosotros por la pura gracia de Dios.

Los días malos son, también, días de confianza y esperanza. El creyente puede estar seguro que los valles de sombra de muerte se acaban, y que al final abren espacios de bendición nunca antes conocidos. Que en las dificultades que enfrentamos la gracia sobreabunda. Que Dios es fiel y él nos sostiene cuando las fuerzas se nos acaban y él mismo se encarga de fortalecernos ante la adversidad. Hace muchos años, el Profeta Isaías, se refirió a esta confianza cuando le dijo a Dios: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado. Sea esta nuestra confianza, nuestra seguridad que se mantiene a pesar de la fragilidad de nuestro barro.

Un Eterno Peso de Gloria

27 noviembre, 2010

Romanos 8.16-18; 2 Corintios 4.16-18

Entre 1997 y 2005, la venta de los analgésicos en los Estados Unidos aumentó un 90%. Uno solo de los cinco más vendidos, la oxicodona, incrementó su venta seis veces en el mismo período. Es tal la demanda de la misma que, a cincuenta centavos de dólar por miligramo, resulta de 30 a 60 veces más cara que el oro. Una de las razones que explican tales cifras es, en mi opinión, que para las generaciones presentes el dolor, el sufrimiento y aun la mera incomodidad resultan ser los principales enemigos de la humanidad. La propuesta hedonista que nos asegura que hemos venido a la vida para ser felices, reduce de manera significativa nuestra disposición y capacidad para enfrentar las dificultades de la vida.

Diversos estudios han demostrado que el umbral del dolor, es decir, la intensidad mínima de  un estímulo que despierta la sensación de dolor, es similar a los seres humanos sin importar las diferencias de raza, nacionalidad o cultura. Lo que sí varía de persona a persona es la reacción que se tiene ante el dolor. Lo que afecta a unos no necesariamente conmueve a otros. Al lugar que los factores sicológicos, culturales y aun físicos que explican el que unos enfrenten las desgracias con mayor coraje y éxito que otros, quiero anteponer la primacía de un factor determinante que explica tales diferencias: El factor de la fe.

En la carta a los Romanos encontramos un nuevo par de conceptos a los que conviene prestar atención. En efecto, el Apóstol contrapone a las aflicciones, lo que él llama la gloria venidera. A los corintios, les recuerda que el sufrimiento presente es pasajero, comparado con la gloria eterna (lo presente es una tribulación momentánea, que produce un eterno peso de gloria). Cabe destacar que de ninguna manera el Apóstol menosprecia la importancia y el grado del dolor que las desgracias presentes acarrean. Tampoco propone que, en razón de su fe, el creyente se complazca en los maltratos o humillaciones. Lo que el Apóstol hace es animar a sus lectores a que comparen las circunstancias presentes, su grado de tribulación y el tiempo de las mismas, con aquello que da testimonio de la presencia de Dios en el pasado, en el futuro y, desde luego, en el aquí y ahora de los creyentes.

A los romanos Pablo les asegura que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. En su carta a los corintios amplía y explica mejor su idea cuando asegura que esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. El término peso, utilizado por el Apóstol mantiene el sentido hebreo de la palabra que se refiere a la presencia de Dios. Así que, podemos concluir, la propuesta paulina consiste en el hecho de que las leves y momentáneas tribulaciones que enfrentamos en el tiempo presente, provocan una manifestación mayor y más significativa de la presencia de Dios en nosotros. Por lo que, comparadas con el poder, la consolación y el perfeccionamiento que Dios nos da mientras sufrimos, nuestras tribulaciones son apenas leves y momentáneas.

Leves y momentáneas. Términos que, indudablemente, pocos podrían utilizar para explicar o calificar las tragedias y desgracias que enfrentan. Hay quienes han padecido toda la vida. Otros, no salen de una cuando ya están en otra. Y, otros más, acuden incapaces al permanente y hasta acelerado deterioro integral de su ser persona: enfermedad, pérdida de las capacidades mentales, afectación de las relaciones familiares primarias. ¿Cómo puede llamarse a esto leve (ligero, de poco peso e importancia), y considerarlo momentáneo (que solo dura un momento)?

A lo que Pablo nos invita es a que comparemos. Comparar no es otra cosa sino fijar la atención en dos o más objetos para descubrir sus relaciones o estimar sus diferencias o semejanza. La invitación es a que enfrentemos nuestra realidad presente desde la perspectiva correcta. La perspectiva correcta es la perspectiva de la fe. Si tu fe no te alcanza para mantenerte firme en las circunstancias que estás viviendo, tienes que examinarte a ti mismo para saber si estás firme en la fe. 2 Corintios 5.13 ¿Por qué?, porque la fe nos ayuda a saber quiénes somos, cuáles son los propósitos implícitos en nuestras experiencias vitales y qué es aquello que nos espera y que debemos anhelar.

En Romanos, Pablo, destaca el quehacer del Espíritu Santo en nuestras vidas. Este es quien da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, herederos de Dios y coherederos de Cristo; por lo que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.  Nosotros, como el mismo Cristo, también al través del sufrimiento aprendemos la obediencia. Hebreos 5.9 La razón es que el sufrimiento coadyuva a nuestra perfección por cuanto nos libera de aquello que nos estorba al obligarnos a tomar conciencia de nuestra fragilidad y, por lo tanto, de la importancia de vivamos limpia y santamente para Dios. Puesto que, si alguno se limpia de estas cosas,  será instrumento para honra,  santificado,  útil al Señor,  y dispuesto para toda buena obra. 2 Timoteo 2.21

La fe, también, nos capacita para ver más allá de nuestras circunstancias actuales. El eterno peso de gloria se hace visible cuando vemos lo que generalmente no se puede ver en medio de las dificultades. Lo que Dios ha hecho y está haciendo, así como lo que Dios ha prometido que hará a favor nuestro. Y resulta que esto, las obras de Dios y no las circunstancias que enfrentamos, es lo que da sentido a nuestra vida. Ni la más terrible de nuestras desgracias es capaz de borrar la realidad de las bendiciones que hemos recibido, ni de disminuir importancia de estas. El tiempo de nuestras tribulaciones ha sido, también, el tiempo de la misericordia. Bien cantaba el salmista: Mas Jehová me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza. Salmos 94.22

Y la fe también nos ayuda a recordar que la vida es más, más que la comida, más que el vestido; sí, pero también más que la vida terrenal. En este sentido, la fe es el sustento de nuestra esperanza bienaventurada. La fe cristiana nos asegura la realidad de la eternidad, entendida esta como una forma de existencia plena, perfecta y gozosa en la presencia y compañía del Señor. A Timoteo se le recuerda que este mensaje es digno de crédito: Si morimos con él, también viviremos con él; si resistimos, también reinaremos con él. 2 Timoteo 2.11,12

Y, cabe destacar aquí, la Biblia indica que estando en Cristo, es precisamente el deterioro de nuestro cuerpo la evidencia irrefutable de la renovación ya iniciada de nuestra alma eterna. Por eso es que podemos creer lo que la Palabra promete a futuro, porque ya ha empezado a cumplirse en nuestro aquí y ahora. Por lo que Dios está haciendo en medio de nuestras tribulaciones presentes, podemos aceptar como cierta la promesa del Apocalipsis: Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.» El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza.» Apocalipsis 21.3-5

Esta es nuestra fe y por ello es que podemos enfrentar nuestras desgracias sabiendo que somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.