Una Fe entre Muchas

Pastor Adoniram Gaxiola

Quienes profesamos la fe cristiana enfrentamos el reto de hacerlo en un contexto de una creciente diversidad religiosa. Se trata de un reto porque cada alternativa religiosa desafía la convicción de los cristianos, así como su capacidad para proclamar el evangelio de Cristo en competencia con quienes ofrecen opciones más atractivas y acordes a la cultura contemporánea.

A lo largo de su historia, los cristianos han enfrentado diversas amenazas. Desde luego, han enfrentado la persecución violenta: muerte, despojo y aún el exilio de sus comunidades y/o países. Otros han enfrentado la marginación social, laboral y aún escolar. No pocos han sido encarcelados. En nuestros días, la amenaza mayor consiste en la propuesta postmoderna de que todas las creencias tienen igual valor, ya se trate de cuestiones de fe religiosa, de preferencias sexuales o de asuntos de moralidad. Todos, se enfatiza, tienen el mismo derecho de creer lo que prefieran y nadie tiene el derecho de imponer su creencia a los demás.

Otra faceta de la amenaza que enfrenta el cristianismo, y esta viene principalmente desde su interior, consiste en el hecho de que en la cultura postmoderna el sentimiento suple a la razón. Es decir, cada vez más importa menos la doctrina o enseñanza y la experiencia personal (lo que se siente), resulta el sustento de la fe. En este contexto, conviene acercarnos a la Palabra de Dios para entender lo que se espera de los discípulos de Cristo ante el hecho de la creciente diversidad religiosa.

El Carácter Único de la Fe Cristiana

La fe cristiana es excluyente (deja fuera y rechaza). La Biblia confiesa la existencia y señorío de un solo Dios. Nuestro Señor Jesucristo lo resume diciendo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. El Apóstol Pablo abunda en el carácter único del evangelio cuando asegura que: “Pero si alguien les anuncia un evangelio distinto del que ya les hemos anunciado, que caiga sobre él la maldición de Dios…”.

La exclusividad de la fe cristiana representa una tensión tanto para los no cristianos como para quienes lo son. Para los primeros, la fe cristiana resulta incómoda. Muestra de ello es la polémica actual respecto de los matrimonios gays, por ejemplo. El que la Biblia (Ro 1.26-28), asuma que la práctica de la homosexualidad es pecado, molesta a muchos y provoca que la fe cristiana sea menospreciada, objeto de burla y, aún, perseguida.

Pero, también el carácter exclusivo de la fe cristiana afecta a los cristianos mismos. Además de que son llamados a mantener la ortodoxia bíblica, creyendo y aceptado como la única regla de su fe lo que la Biblia dice, evitando toda clase de sincretismo religioso; los creyentes enfrentan el reto de parecer (y en no pocos casos serlo), intolerantes  ante la propuesta de que toda creencia tiene el mismo valor para llegar a Dios. Los cristianos fieles no pueden ser políticamente correctos y asegurar que todos los caminos llevan a Dios.

Desde luego, el que la fe cristiana se asume como el único camino para llegar a Dios representa no solo un reto, sino también un peligro para los propios cristianos. Estos pueden caer, y no pocos lo han hecho, en actitudes y conductas persecutorias y discriminadoras respecto de aquellos que no creen lo que el cristianismo enseña. Ejemplos clásicos de tales excesos son las Cruzadas, la Santa Inquisición y, en nuestros días, el menosprecio, la burla y las amenazas espirituales contra quienes ignoran o se rebelan contra los presupuestos de la doctrina cristiana.

Nada más alejado del Espíritu de Cristo.

Los Cristianos y su Relación con los No Cristianos

El elemento clave en la relación de los cristianos con quienes no lo son es la compasión. Esta consiste en una disposición favorable a los no creyentes, considerando su condición como ovejas sin pastor. Tal disposición favorable provoca al cristiano a interceder ante Dios por quienes viven sin fe y sin esperanza; así como a presentarles de la manera más adecuada posible el evangelio de redención. No se trata de perseguirlos, menospreciarlos o burlarse de ellos. Por el contrario, la compasión se expresa en el más absoluto respeto de ellos como personas y al derecho que tienen de creer o no creer, de aceptar o no aceptar el mensaje de Cristo.

Contra lo que muchos cristianos creen y enseñan, la disposición favorable hacia los no creyentes les obliga a permanecer en el mundo. Es decir, a mantenerse en relación estrecha con los no creyentes, a encarnarse en la realidad social y a no asumirse ajenos a la misma. La razón es sencilla, es en medio de las tinieblas donde se requiere que la luz brille. El cristiano es llamado a permanecer firme en su propósito de compartir con quienes no la tienen, la luz de Cristo. Hay cristianos que a la primera dificultad, ante el primer rechazo o ante la incomprensión que sufren, se aíslan, huyen o se amoldan a las circunstancias, se mimetizan (adoptan la apariencia de quienes les rodean).

En un mundo hostil, el creyente no es llamado a perseguir, humillar o burlarse de quienes profesan una fe distinta a la suya. Son llamados a permanecer firmes dando testimonio de aquel que vive en ellos y haciéndolo no solo visible, sino creíble. Para ello, su propia fidelidad a Cristo, su arraigo bíblico y su corazón compasivo son las armas espirituales que les garantizan la victoria sobre las tinieblas.

Ante las Diferencias Intra-Cristianas

La intolerancia religiosa se da también al interior de la familia cristiana y de las familias cristianas. Las muchas corrientes del cristianismo enfatizan, defienden y promueven diversos énfasis doctrinales, litúrgicos y morales. Fumar o no fumar, pre o post milenaristas, aplaudir o no aplaudir, bailar o no bailar, pentecostales o cesacionistas, etc. Son muchas las razones, o los pretextos, que amenazan no solo la unidad entre los cristianos, sino la armonía entre ellos.

La Biblia nos llama a la unidad entre los cristianos y no a la uniformidad. El cuerpo de Cristo, la Iglesia, como todo cuerpo humano tiene diversos miembros, cada uno con su propia forma y función. Pero, todos los miembros son un mismo cuerpo. Más allá de las diferencias secundarias en cuestiones de fe, los cristianos somos llamados a preservar la unidad del cuerpo de Cristo. Otra vez, la compasión que se expresa en el respeto al otro y a su otredad, resulta la clave para permanecer fieles al Señor y unidos a nuestros hermanos. Se trata de mantener la unidad del Espíritu, entre tanto llegamos a la unidad de la fe.

El riesgo de que rompamos la unidad del cuerpo de Cristo se da entre las distintas confesiones e iglesias cristianas. Pero, resulta mucho más inmediato y peligroso al interior de las familias cristianas. En ellas afloran distintos énfasis, prácticas y tradiciones que ponen en peligro su unidad no solo religiosa, sino familiar. Esposas que creen y acusan que sus maridos son menos cristianos porque hacen o no hacen lo que ellas consideran bueno o malo. Padres perseguidores de sus hijos adolescentes o jóvenes, a quienes quieren obligar a que asistan a la misma iglesia que ellos, les guste la misma música y se interesen en las mismas cosas que ellos, etc.

Al interior de nuestras familias debemos actuar, también, con compasión y caridad. Los adultos debemos respetar el derecho de los otros a profesar su fe en Cristo conforme a lo que el Espíritu Santo les revela a ellos. En aquellas cosas en que no nos parezca que proceden de manera correcta, debemos procurar aconsejarles con paciencia y humildad. Y si han caído en el error, debemos procurar restaurarles en la fe considerando que nosotros mismos enfrentamos el riesgo de tropezar y caer.

En el caso de los padres de adolescentes y jóvenes, debemos confiar en el poder de la Palabra que han recibido. Además, debemos abundar en el testimonio fiel, congruente y consistente. Tomando en cuenta que ellos nos conocen y saben de nuestra sinceridad, nuestra fidelidad y de nuestra integridad. Pero, también saben de nuestra simulación, nuestra carnalidad y nuestra incongruencia. Por ello, a más de abundar en el consejo sabio y paciente, debemos ocuparnos de que nuestro testimonio glorifique realmente al Cristo que servimos y amamos.

Desde luego, la oración paciente, perseverante y llena de fe a favor de los nuestros, puede mucho. Oremos con gozo y en esperanza por nuestra familia, procurando no ser nosotros mismos el obstáculo que impida que nuestra oración sea cumplida.

En Conclusión

Ya se trate de mantenernos firmes en medio de un mundo incrédulo y hostil, o ya se trate de mantener la unidad del cuerpo de Cristo, y/o de mantener la unidad y la paz al interior de nuestras propias familias, somos llamados a imitar el modelo de Cristo. Fieles, firmes y compasivos. Encarnándonos en la sociedad a la cual hemos sido llamados a servir, permaneciendo entre las tinieblas, pero sin perder nuestra identidad cristiana.

Sí, la obediencia al principio bíblico esbozado por Pablo, es y será la garantía de que podremos ser fieles y relevantes en medio de aquellos que no solo no confiesan su fe en Jesucristo, sino que atentan contra ella.

Haced todo sin murmuraciones ni discusiones, para que seáis irreprochables y sencillos,  hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como lumbreras en el mundo, asidos de la palabra de vida,  para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.

Filipenses 2.14-16

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