Injusticia y la Guardería ABC

Publicado 7 junio, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Corrupción, Estado de Derecho, Guardería ABC, Injusticia

El pasado sábado cinco de junio, decenas, si no es que cientos de familias sonorenses recordaron un día que, estoy seguro, desearían no haber vivido. En efecto, el cinco de junio de 2009, la Guardería ABC, subrogada por el Instituto Mexicano del Seguro Social a familiares de funcionarios federales y estatales, fue el espacio donde murieron cuarenta y nueve niños y decenas más quedaron heridos y algunos con discapacidades de por vida.

Difícilmente podemos comprender el dolor que madres y padres, junto con sus demás familiares, vivieron en tan fatal fecha. Menos podemos comprender el dolor que se renueva cada mañana, cuando se hace más y más evidente el hecho de las ausencias injustas. Injustas, sí, porque esos cuarenta y nueve niños no debieron morir; ni las decenas de niños heridos tenían por qué enfrentar la vida en la desventaja a la que la irresponsabilidad de unos pocos les ha condenado.

Estoy seguro que los padres de los niños muertos y los de los niños heridos habrán escuchado de labios piadosos, pero ignorantes, la invitación a que se resignen porque, después de todo, esa ha sido la voluntad de Dios. Sin embargo, lo que Dios nos revela de su carácter en la Biblia, nos hace estar seguros de que la tragedia de la Guardería ABC, de Hermosillo, Sonora, es todo menos el cumplimiento de la voluntad divina. Por el contrario, existen suficientes elementos que nos permiten asegurar que la tragedia que condena al dolor y a la desesperanza a todos, lejos de ser un acto de Dios, es un atentado contra la voluntad divina por cuanto es fruto de la injusticia, la corrupción, el pecado, vaya, de autoridades federales, estatales y municipales.

Sustenta nuestro dicho el que, hasta el momento, a poco más de un año de la tragedia, ninguna persona haya asumido responsabilidad alguna al respecto de la misma. A favor de los responsables opera la lasitud de del sistema jurídico mexicano. No solo porque las leyes reflejan, con sus lagunas y contradicciones, la ignorancia jurídica de los legisladores que las elaboran; sino, porque a más de con tal ignorancia jurídica, las leyes se elaboran de tal forma que quienes detentan el poder puedan encontrar salidas a modo a sus excesos u omisiones. El caso de la Guardería ABC, viene a mostrar cómo el marco jurídico está de tal forma elaborado, que garantiza la impunidad de los poderosos, de los beneficiarios del sistema político mexicano.

Contra el discurso frecuente y manipulador de nuestros gobernantes, México no es un Estado de Derecho, en el sentido ortodoxo del término. Porque, si el Estado de Derecho es aquel en el que autoridades e individuos se rigen por el Derecho, y éste incorpora los derechos y las libertades fundamentales, y es aplicado por instituciones imparciales y accesibles que generan certidumbre, la realidad nacional evidencia que tal no es el caso de México. En nuestro país, las instituciones creadas para preservar las garantías individuales, para asegurar el respeto a los derechos humanos y, sobre todo, para fortalecer la práctica de la justicia, han sido rebasadas por un estado legaloide que al través de las leyes hechas a modo termina legitimando la injusticia.

Cabe aquí hacer referencia a lo dicho por el Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, quien en el documento denominado Facultad de Investigación 1/2009, referente precisamente al caso de la Guardería ABC, establece: que las instituciones se ven rebasadas por la dimensión de los hechos o cuando las condiciones no les permiten actuar con libertad en el sistema democrático… Cuestión que obedece a que, en ocasiones, los entramados institucionales y metajurídicos dificultan el señalamiento de responsabilidad de las instancias de gobierno de la que dependen o con las que están orgánicamente vinculados los entes encargados de investigar y sancionar las conductas violatorias de los derechos.

Lo que el Ministro Zaldívar establece es, sencillamente, que el sistema legal mexicano está a expensas de los que él llama entramados institucionales y metajurídicos. Se refiere, indudablemente, a cuestiones tales como las alianzas corruptas entre funcionarios y sus familiares, el uso de prestanombres y, sobre todo, el poder económico que hermana a quienes tienen el deber de ejercer justicia y a quienes han hecho su fortuna gracias a la violación constante de la ley y la justicia misma.

Quizá alguno de mis oyentes esté pensando que cuestiones como esta no debieran ser del interés de una barra cristiana de radio, ni, mucho menos, de un pastor y predicador del Evangelio. La cuestión es que el Reino de Dios demanda de nosotros la práctica y la defensa de la justicia. El Profeta Miqueas asegura que lo que Dios pide de nosotros es: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios. Y en Isaías, Dios nos exhorta a aprended a hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.

Nuestra fidelidad a Dios exige de nosotros que no permanezcamos indiferentes ante la injusticia de los poderosos y la impunidad de los mismos. Los padres de los niños muertos y los de los niños heridos, no solamente padecen la injusticia de la muerte y el dolor de sus hijos. Padecen también la injusticia de la impunidad de los responsables y la del cinismo de los que llevan la espada para hacer justicia, como dice Pablo. Impunidad y cinismo que actúan como abono en un estado de cosas en las que, cada vez menos, parece haber razón para cumplir con la ley y para mantener la esperanza de la justicia.

La manipulación que se ha hecho de los padres adoloridos, entre otras cosas con invitaciones a modo en la Presidencia de la República. El cinismo de los funcionarios señalados por el Ministro Zaldívar, quienes, seguros del poder de sus relaciones cortesanas, ni sudan ni se acongojan ante el reclamo de que rindan cuentas. O, el uso político que hacen quienes quieren dañar a sus adversarios, como el de quien desde Bucareli, asegura sin sustentar su dicho, que el incendio fue intencional. En fin, todo esto y mucho más, no es sólo una cuestión jurídica o política. Es, en su origen mismo, una cuestión espiritual. Lo es por cuanto evidencia que quienes han sido puestos por Dios para impartir justicia, han terminado sirviendo al diablo al ir en contra de lo que Dios ha establecido. En el caso de la Guardería ABC, los gobernantes han olvidado que: la justicia enaltece a una nación, pero el pecado deshonra a todos los pueblos.

La injusticia que propició la tragedia de la Guardería ABC; la injusticia que alienta en los familiares de los muertos y heridos, semillas de amargura que ahogan cualquier posibilidad de esperanza; la injusticia que exime a los responsables de la mínima rendición de cuentas, es pecado que deshonra a nuestro México.

Los cristianos, además de interceder de corazón a favor de los que se duelen por la ausencia y/o por la tragedia de por vida que sus hijos habrán de enfrentar, debemos, tenemos la obligación, no sólo de solidarizarnos con ellos, sino también la de asumir nuestra responsabilidad a favor de la justicia. Esto empieza por no asumirnos ajenos a lo que otros padecen por la impunidad, la corrupción, el cinismo, de nuestros gobernantes.

Pero, también requiere del que nos reconozcamos responsables de ser nosotros mismos hacedores de justicia. Cumpliendo y velando por el cumplimiento de las leyes justas. Exigiendo a funcionarios y gobernantes que cumplan con las tareas que se les hayan encomendado y que honren la confianza que, como ciudadanos, les hemos otorgado.

Muchas cosas habrán de cambiar en México cuando nosotros, la Iglesia de Cristo, asumamos nuestra tarea de ser sal de la tierra y luz del mundo. Mientras tanto, quiera Dios bendecir, consolar y hacer justicia a quienes hoy sufren la ausencia y el dolor de sus pequeños hijos.

Con Llamamiento Santo

Publicado 6 junio, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Biblia, Espiritualidad, Fe, Fruto del Creyente, Servicio Cristiano

¿Qué es la Vida Cristiana?

Pastor Adoniram Gaxiola

¿Qué es la vida cristiana? La vida cristiana es el aquí y ahora que se vive en la realidad del Reino de Dios. Vivir la vida cristiana es vivir igual, pero de manera diferente. Así lo estableció nuestro Señor Jesucristo cuando, en su oración sacerdotal dijo: No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. (Jn 17.15 DHH) Tiene que ver más con el cómo que con el qué de la vida.

En efecto, tiene que ver con el cómo vivimos la vida en cada una de las llamadas esferas vitales: como esposos, como padres, como hijos, como trabajadores y estudiantes, como ciudadanos, etc. La vida cristiana se distingue no por lo que hacemos, sino por el cómo lo hacemos. La diferencia la establece, de entrada, la manera en que se cumple en nosotros una doble dinámica: la del llamamiento y la vocación.

La Biblia nos enseña que el cristiano, el discípulo de Cristo, ha sido llamado con llamamiento santo. La cualidad de santo tiene que ver con quién hace el llamamiento: Dios, mismo. Además, tiene que ver con el hecho de que en tal llamamiento hay un propósito y hay gracia. Tal propósito no es otra cosa sino el deseo de Dios, mismo que ha de cumplirse con nuestra colaboración. Desde luego, el creyente participa de tal deseo de Dios, cuando es animado por el mismo Espíritu del Señor. En la salvación hay una incorporación, no sólo a la Iglesia, sino, sobre todo, al sentir de Dios. A esto se refiere nuestro Señor cuando pide: como tú,  Padre,  en mí y yo en ti,  que también ellos sean uno en nosotros,  para que el mundo crea que tú me enviaste. (Jn 17.21)

Por otro lado, el Apóstol Pablo, en Efesios 4.1, hace una especial convocatoria: os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados. Añade al hecho del llamamiento santo, la cuestión de la vocación. En principio parecería que nos encontramos ante una redundancia. Llamamiento y vocación serían sinónimos; sin embargo, podemos distinguir un matiz en ambos. Primero, el llamamiento se origina en Dios, como hemos visto y es, por lo tanto, un estímulo externo que apela a la persona. La vocación sigue siendo un llamado, pero actúa desde el corazón del creyente, quien ante el impacto de la gracia recibida se asume y siente motivado a responder al llamado que Dios le hace. En el binomio llamamiento-vocación, hay una doble fuerza de atracción y empuje para cumplir con el propósito divino en y para nosotros.

Esta doble fuerza se manifiesta y pone a prueba el todo de nuestro quehacer cotidiano. De acuerdo con Romanos 8, la calidad de vida está determinada por el espíritu que anima a las personas. Estas pueden ser animadas por la carne, o ser animadas por el Espíritu. Ser animados por la carne no significa, necesariamente, tener la intención de hacer cosas malas. Tiene que ver, sobre todo, con el hecho de que la razón para la vida es la satisfacción prioritaria del interés personal, vivir para uno mismo. En tal caso, la persona, lo suyo, se convierte en origen y propósito de su quehacer todo. Este egoísmo, [el] inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Afecta el todo de nuestra vida, lo familiar, lo laboral, lo social, etc. Desde luego, también afecta el cómo de nuestra relación y servicio a Dios. La pauta es la misma, nosotros primero, los demás, después.

Ser animados por el Espíritu de Dios no significa desatendernos de nosotros mismos. Por el contrario, nos obliga a prestar a lo nuestro la atención debida. Dios quiere fortalecer la obra de nuestras manos, tiene para nosotros propósitos de bien, porque en la medida que haya un equilibrio en nosotros, en la medida que seamos fuertes y estemos firmes, podremos servir mejor al propósito divino. Por ello, con honrosas excepciones, tales como quienes somos llamados al ministerio pastoral, Dios no saca a las personas de su dinámica diaria. No provoca el rompimiento familiar, ni el abandono laboral o escolar, ni la marginación social de los suyos. Por el contrario, Dios quiere que cada quien siga viviendo su propia vida, que cumpla sus sueños y alcance sus metas. Sí, pero que lo haga de una manera diferente.

¿En qué consiste tal diferencia?, podemos preguntarnos. Primero, se trata de que en todo lo que hacemos tengamos conciencia de que somos llamados, escogidos y fieles. Es decir, se requiere de asumirnos a nosotros mismos como diferentes. No basta con que nuestro hacer sea diferente, es indispensable que seamos y nos ocupemos de ser diferentes. Pedro nos llama extranjeros y peregrinos. (1Pe 2.11) En razón de tal cualidad, debemos, dice, abstenernos de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. De tal suerte, el primer elemento que marca la diferencia es que nuestro quehacer vital es santo: tanto porque es limpio, puro, por cuanto está consagrado para glorificar a Dios. Tratamos al esposo de manera limpia, porque queremos glorificar a Dios en nuestra relación matrimonial. Trabajamos honesta y comprometidamente, sin corrupción alguna, porque queremos que Dios sea glorificado y conocido por nuestro trabajo.

El segundo elemento diferenciador consiste en asumir como propias las prioridades divinas. Todo lo que hacemos, todo, tiene como propósito reconciliar a los hombres con Dios. El Señor nos ha llamado a ello y su llamamiento es irrevocable. (Ro 11.29). De ahí que toca a nosotros mantenernos firmes en el cultivo de nuestra vocación, es decir del impulso interior que nos lleva a responder al llamamiento divino. Esto, que empieza por la conciencia de nuestro ser diferentes, se traduce en que debamos asumir cuestiones tales como el éxito en la vida, la felicidad, la trascendencia, etc., de manera diferente. Debemos hacerlo a la luz de la eternidad. De ahí la importancia que tiene la exhortación que hace nuestro Señor: No os hagáis tesoros en la tierra,  donde la polilla y el orín corrompen,  y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo,  donde ni la polilla ni el orín corrompen,  y donde ladrones no minan ni hurtan.  Porque donde esté vuestro tesoro,  allí estará también vuestro corazón. (Mt 6.19-21)

Con tristeza vemos como muchos, en el afán de ganar su propia vida, la van perdiendo. Teniendo más, cada día tienen menos. Haciendo más, cada día cosechan menos bueno. Conviene que animemos nuestra vocación, para así responder a nuestro llamado, tomando cotidianamente la advertencia-exhortación hecha por Jesucristo: Todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará, porque  ¿de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Mc 8.35-36)(

Cuando el Diablo Ronda

Publicado 29 mayo, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: crisis, Fe, león rugiente, Soledad

Pastor Adoniram Gaxiola

1 Pedro 5.6-11

En Primera de Pedro 5.6-11, encontramos uno de los pasajes más interesantes y descriptivos acerca de la manera en la que el diablo observa, acorrala y, cuando logra su propósito, daña a los creyentes. Pedro les escribía a cristianos que se encontraban en crisis, una crisis provocada por su fidelidad a Cristo. El aceptar a Jesucristo como su Señor no sólo había cambiado de religión, sino que su vida entera fue transformada y se encontraron con que su nueva forma de vida era una contracultura. Es decir, vivían no sólo de una manera diferente a la de sus conciudadanos, sino de una manera que incomodaba a estos pues ponía en evidencia su pecado y su desobediencia a Dios.  En consecuencia, los creyentes enfrentaron la enemistad de sus familiares y vecinos, así como la persecución de las autoridades.

Antes, el Apóstol Pedro ya les había explicado a los creyentes el porqué de la persecución y maltrato que sufrían (4.4). Les dice que a quienes los conocieron antes de ser cristianos, les parece extraño que ustedes ya no corran con ellos en ese mismo desbordamiento de inmoralidad, y por eso los insultan. Una vez más, nos encontramos que para quien sigue y sirve a Cristo, la vida se vuelve más y más complicada y difícil de lo que podría esperarse.

Igual que complicado y difícil resulta el comprender la recomendación petrina, en el sentido de que los creyentes que se encuentran en tal crisis, sean humildes y acepten la autoridad de Dios, en tales circunstancias. Pero, lejos de recomendar que se solamente se resignen, el Apóstol anima a los creyentes a que enfrenten y resuelvan su circunstancia a la luz del poder de Dios y en la esperanza del cumplimiento de su promesa. Por eso resulta relevante la exhortación que les hace para que pongan sus preocupaciones en manos de aquel que tiene cuidado de ellos.

Desde luego, Pedro enseña que las crisis han de resolverse con el recurso de la fe. Entendida la fe en cuanto confianza y esperanza; pero, también fe en cuanto sustento del hacer lo que es propio y oportuno. San Pablo describe de manera extraordinaria este tipo de crisis que frecuentemente enfrenta el cristiano. Dice (2Co 7.5), que el cristiano, se ve acosado por todas partes; conflictos por fuera, temores por dentro. Pues bien, tener fe haciendo lo que es propio y oportuno se caracteriza por el cultivo de la prudencia, por el mantenerse despierto y por el resistir firmes en la fe. En este contexto, la prudencia no es otra cosa sino el ejercicio del dominio propio, el mantenerse despierto consiste en permanecer alerta y resistir firmes en la fe consiste en guardar la estabilidad en medio de la crisis.

La estructura del pasaje da sustento al argumento petrino de manera ingeniosa e irrebatible. El doble llamado a ser prudentes y mantenerse despiertos, se sustenta en la figura representada por el león rugiente que anda buscando a quien devorar. Este andar buscando, rondar, se refiere a la observación cuidadosa que el diablo hace de todas y cada una de nuestras actividades cotidianas buscando la oportunidad para alejarnos de la fe. La figura se refiere, también, a la técnica de caza seguida por los leones, misma que consiste en rondar a las manadas, rugiendo para provocar terror y propiciando que los miembros más débiles e inexpertos, se alejen del grupo principal de sus semejantes quedando así más fácilmente a merced de su depredador.

Lo que Pedro enseña es que el creyente sólo está seguro y es beneficiado por la provisión divina cuando permanece en comunión estrecha con los demás creyentes. Que aislándose, manteniéndose al margen del Cuerpo de Cristo, se vuelve más vulnerable. La Biblia nos enseña que la razón para ello es sencilla: es sólo en la comunión de la Iglesia donde los dones espirituales actúan a favor de los creyentes; es la oración corporativa el espacio donde el poder de Dios se hace presente; y, es en la Palabra que se predica y enseña en la Iglesia, donde el creyente se nutre para permanecer fuerte y firme en cualquier circunstancia. La Biblia también nos enseña que el creyente debe permanecer alerta ante cualquier espacio de debilidad que lo ponga en riesgo: tanto de lo que dentro suyo (pecado, temores, concupiscencias, raíces de amargura, etc.), lo anime a separase del resto del Cuerpo de Cristo. Pero que también debe permanecer alerta ante aquellos ataques, desde fuera, que resultan en su contra como resultado de las relaciones disfuncionales, de la animadversión de sus enemigos y aun de las circunstancias de la vida misma. Ante todo ello hay que ser prudentes y mantenerse alertas, dice Pedro.

El llamado a permanecer firmes en la fe ante el rondar del diablo, aunado a la referencia de que en todas partes del mundo los hermanos nuestros sufren las mismas cosas, nos lleva al tema de la auto-victimización. Cuando ante las crisis vitales se asume que sólo nosotros sufrimos, o que nuestro dolor es más grande que el de los otros, o que los demás no nos comprenden, tendemos a aislarnos de los demás quedando a expensas del ataque del diablo. Debemos entender que el dolor aísla, sí, pero no lo hace de manera natural. El aislamiento como fruto del dolor evidencia la fragilidad, la debilidad de los lazos de amor de quien sufre y los suyos. Y en esto hay una corresponsabilidad en unos y otros. De ahí la necesidad de, cotidiana e intencionalmente, desarrollar relaciones sanas, complementarias y sustentadas en la fe común.

Pedro asegura que a quienes se mantienen en comunión intencional, propositiva y sustentada en la fe, con su Señor y su Iglesia, Dios los hará perfectos, firmes, fuertes y seguros. Pero, aclara que ello sucederá, después de que hayan sufrido por un poco de tiempo. Aquí, Pedro se une a Pablo cuando este asegura por su lado que, en Cristo, esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.

La desesperación de los animales que se sienten bajo el poder del león que los rodea, les lleva a asumir que su fin ha llegado y se abandonan ante quien los ataca. Lo mismo sucede con los creyentes que no han permanecido fieles en la Palabra que han recibido. Se vuelven fatalistas. Se resignan porque no ven la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero los creyentes que permanecen en Cristo, saben que ningún sufrimiento permanece indefinidamente y que ningún sufrimiento tiene el control definitivo de nuestra vida. En Cristo, se sufre por un poco de tiempo y toda tribulación es momentánea. Además, el fruto del sufrimiento es la perfección, la firmeza, la fuerza y la seguridad eternas. Así como que los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. (1 Co 4.17)

En pleno Siglo XXI, los creyentes seguimos enfrentando situaciones de crisis. El diablo sigue rondando alrededor nuestro, buscando destruirnos. Cierto. Pero, más cierto aún, porque es promesa divina, es que el Dios de toda gracia,  que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo,  después que hayamos padecido un poco de tiempo,  él mismo nos restablecerá,  afirmará,  fortalecerá y nos cimentará. Tal y como lo ha hecho una y otra vez, siempre que hemos enfrentado la prueba, cada vez que el diablo nos ha atacado… y hemos permanecido unidos a Cristo.

Por eso, quienes están enfrentado la crisis, o cuando la misma llegue a nuestra vida, debemos tener presente que el Dios quien nos ha traído hasta aquí y que ahora nos sustenta, es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo. Que, consecuentemente, nuestro destino no es ni el fracaso, ni el dolor eternos. Por el contrario, nuestro destino es la manifestación gloriosa del poder, de la paz, del amor y del cuidado divino por siempre.