Enfrentándose al Miedo

Publicado 2 julio, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Fe, Miedo

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Salmos 34.1-10

Alguien ha dicho que la generación actual es una generación movida por el miedo. Los individuos tienen miedo de sí mismos y miedo a las demás personas. Cada día tenemos más motivos para vivir con miedo. Tenemos miedo de lo que pasa y de lo que puede pasar: a nosotros, a los que amamos Sobre todo, tenemos miedo de lo que pasa en nosotros mismos: pensamientos, deseos, conflictos.

Por ello, muchos son los que se lanzan en la búsqueda de nuevas técnicas para huir de sus temores. Pero, casi siempre, hierran, y es que solamente tratan con los síntomas, con las consecuencias. Su acercamiento es, generalmente, superficial y abarca solo algunos aspectos de su vida y no resuelve las profundas necesidades del corazón. Solamente la Palabra de Dios habla directamente a las necesidades del corazón.

David escribe este salmo en medio de una crisis. Solo y desarmado se encuentra rodeado de enemigos. Tiene que fingirse loco en un esfuerzo para salvar la vida. “Fingiéndose loco escribía garabatos en las puertas y dejaba que la saliva le corriera por la barba”, dice el historiador bíblico. 1 S 22.12. David el rey, David el perseguido, David, el que está solo.

En tan peligrosa situación, David decide “bendecir al Señor”. La palabra bendecir tiene un significado particular: “arrodillarse”. Así, David decide, en la situación en que se encuentra, arrodillarse ante el Señor. Es decir, reconocer a Dios como el Señor y ampararse bajo su autoridad.

En reconocimiento al señorío divino, y al poder que Dios tiene para gobernar en medio de la tormenta, David recurre a Dios. Salmos 29.10 Este término es bien interesante, significa tres cosas: (1) Acudir a un juez o autoridad con una demanda o petición. (2) Acogerse en caso de necesidad al favor de alguien… (3) Dicho de una cosa: Volver al lugar de donde salió.

Creo que el recurrir de David abarcó tales tres cosas. El resultado es la emergencia una realidad inesperada, misma que le lleva a decir: “me libró de todos mis temores”. Quienes conocemos la historia, sabemos que las circunstancias de David no cambiaron significativamente en el corto plazo. Pero, también sabemos que hubo un cambio significativo en David mismo y ello lo colocó en el inicio de su camino a la victoria.

Ahora bien, Pablo asegura que toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para nuestra edificación. ¿Qué podemos aprender de la experiencia de David? ¿Qué nos dice el Salmo 34? Podemos encontrar que David hace dos cosas que posibilitan la actuación poderosa de Dios.

Expone a Dios su realidad. Lo hace honesta y claramente. David ha aprendido, cuando se encuentra ante el rey de Gat, Aquis, que si ante los hombres se justifica que aparente ser lo que no es; ante Dios no hay necesidad de ello. Por tal razón, David recurre a Dios, reconoce su pobreza, confiesa sus temores y grita sus angustias.

Se apropia del poder de Dios. Sabe que el ángel del Señor, Dios mismo, protege y salva a los que le honran. La Biblia dice que es necesario que quien busque a Dios, debe creer que existe y que recompensa a los que lo buscan. Hebreos 11.6. El pensamiento gobernante que dirige los pensamientos y acciones de David es la seguridad de la gracia divina. No su necesidad, no su derecho, sino la misericordia favorable de Dios hacia él. Por lo tanto, David confía al ver las cosas desde una nueva perspectiva, la que resulta de su saberse contenido en y por el poder de Dios.

Cuando David ha dado estos dos pasos, entonces da a Dios la oportunidad para que él actúe graciosamente.

Dios fortifica a quienes confían en él. David descubre que Dios, protege y salva a los que honran al Señor. O, como dice, Reina-Valera, que el ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Es interesante notar el término escogido por David: acampa. Este se refiere al acto de detenerse y permanecer en despoblado. Lo que David dice es que, Dios, actúa en su favor ahí donde no hay nada que pueda librarlo o protegerlo. Es decir, que Dios fortifica, construye un cerco alrededor de los suyos y los defiende.

Los temores limitan, destruyen y terminan por amargar a quienes los padecen. Impiden el desarrollo de nuestras capacidades y el logro de nuestros sueños. También nos alejan de los que amamos y terminan por aislarnos, aún cuando permanecemos entre los que nos aman.

Por gracia de Dios, somos amados por él y su perfecto amor, dice su Palabra, hecha fuera el temor. Las circunstancias que vivimos son un espacio excepcional para que el amor de Dios se manifieste en nuestra vida. Él nos ama, irremediable e incondicionalmente. Y, en su amor, viene a nosotros para estar en comunión.

¿Querrás en las circunstancias que actualmente vives, dar una oportunidad al amor de Dios?

El Bautismo en Agua, ¿qué, para qué y cómo?

Publicado 26 junio, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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El que creyere y fuere bautizado será salvo

Una de las declaraciones más contundentes de nuestro Señor Jesucristo la registra el Evangelio de Marcos 16.16: El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Lejos de ser una expresión aislada, tal declaración es consistente con la enseñanza bíblica respecto de la estrecha relación que existe entre el bautismo en agua y la salvación.

Nacer de agua y del Espíritu

Según el evangelista Juan, nuestro Señor Jesús le indicó a Nicodemo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3.5 Tal enseñanza se refiere al misterio mismo de la obra redentora realizada por nuestro Señor Jesucristo. Una vez que, por el pecado, la persona está muerta espiritualmente no basta una tarea de recomposición de su naturaleza caída. Lo que se requiere es que la persona nazca de nuevo, que sea regenerada en ella la naturaleza con la que fue creada. De hecho, el Apóstol Pablo enseña que quien está en Cristo, nueva criatura es. 2 Corintios 5.16

En la enseñanza a Nicodemo, nuestro Señor se refiere a la obra del Espíritu Santo, quien regenera al creyente y le da nueva vida. Pero, destaca también, en primer orden, el nacimiento de agua. De manera unánime, los estudiosos de la Biblia asumen que con tal expresión el Señor se refiere al bautismo. Henry Alford asegura: Nacer de agua se refiere a la prenda y señal externa del bautismo —ser nacido del Espíritu a lo que significa, o sea la gracia interna del Espíritu Santo.

La salvación es, desde luego, una obra de gracia; pero no es una cuestión unilateral. No es suficiente con que Dios esté dispuesto a remitir los pecados por la sangre derramada por Jesucristo, su Hijo; se requiere que el creyente exprese de manera pública y suficiente su fe y, por lo tanto, la aceptación que hace de la obra de gracia ofrecida por Dios y su compromiso para vivir en consecuencia.

De acuerdo con la enseñanza paulina, es por el bautismo en agua que estamos en Cristo, que somos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte. Ello se debe al hecho de que en el bautismo morimos a nosotros mismos y renacemos para vivir para Dios. Romanos 6.3-14

De tal suerte, el bautismo en agua es la expresión contundente de la fe del creyente. A quien no le es suficiente el creer, sino que debe expresar pública y contundentemente tanto lo que cree respecto de la obra redentora de Jesucristo, como lo que se propone hacer en consecuencia.

En este sentido, el bautismo es, además de una ordenanza establecida por el mismo Señor Jesucristo, en razón de su autoridad (Mateo 28.19ss), un sacramento. Es decir, la señal evidente del quehacer salvífico de Dios, así como de la conversión a él del creyente.

Para perdón de los pecados

La respuesta que da Pedro a quienes habiendo oído las buenas nuevas de Jesucristo preguntaron: ¿qué haremos?, es sumamente reveladora del propósito, el cómo y la obra del bautismo en agua. En efecto, el Apóstol Pedro exhorta: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hechos 2.37,38.

Lo primero que destaca de tal declaración es el hecho de que la conversión tiene que ver con lo que se piensa y no con lo que se siente. El término usado por Pedro, metanoeo, se refiere a un cambio de opinión o de propósito. Del contexto se desprende que la persona que no está en Cristo simplemente no puede vivir en comunión con él, tener en sí misma el Espíritu Santo de Dios.

Quien no está en Cristo, está en pecado y es, por lo tanto, enemigo de Dios. Santiago 4.4 Nadie puede, por sí mismo, cambiar su condición de enemigo a ser uno con Cristo. Romanos 3.20 Por lo tanto, se requiere de la gracia divina que opera en favor del creyente mediante la remisión de sus pecados. Es decir, mediante el perdón de los pecados.

La Biblia declara que todos los seres humanos hemos pecado y, por lo tanto, estamos destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3.23 Otra traducción, La Palabra, lo expone así: puesto que todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios. Este estar privados de la gloria de Dios, no sólo separa a la persona del Señor, sino que la hace esclava de Satanás. Juan 8.34; Romanos 6.16-20 Como esclavos bajo el poder del diablo, sólo tenemos una mayor degradación integral de nosotros mismos, misma que afecta a los nuestros y termina por destruir el todo de la vida. Jesucristo, según su propio testimonio, ha venido para liberarnos del poder del pecado y para destruir las obras del diablo. Juan 10.10; 1 Juan 3.8 Él ha pagado el precio de nuestra redención y por lo tanto tiene el poder para perdonar nuestros pecados.

De acuerdo con Pedro, es el bautismo el medio establecido por Dios para el perdón de los pecados. Según Pedro, el arrepentimiento no es suficiente; a este ha de seguirle el bautismo en agua. Conviene aquí citar a J. W. McGarvey, quien explica que el perdón de los pecados no tiene que ver con la convicción interior de la persona, sino con la determinación de Dios mismo. Al respecto, McGarvey dice:

Pero el perdón no es un acto que se verifique dentro del alma del culpable; ocurre en la mente del que perdona, y esto no puede ser conocido por quien ha sido perdonado, sino por algún medio de comunicación.

El medio por el cual Dios comunica su perdón es, precisamente, el bautismo en agua. Dado que la Iglesia, el cuerpo de Cristo, es quien lo realiza en el nombre (la autoridad del Señor), la misma tiene el poder para testimoniar que Dios ha perdonado los pecados de quien ha sido bautizado. Es tal sentido que debemos entender lo que Pablo dice a Tito [3.5]: Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.

Que el bautismo en agua sea para el perdón de los pecados, plantea un serio cuestionamiento a la razón y validez del bautismo de los infantes. Primero, porque los niños son sin pecado y así, ya es de ellos el reino de Dios. Mateo 18.3; 19.14 La Biblia asegura que Dios no imputa, no hace responsables a los hijos del pecado de los padres, ni viceversa. Ezequiel 18.20 En segundo lugar, porque para que el bautismo sea válido se requiere de la fe de quien se bautiza. El bautismo en agua es mucho más que un mero símbolo, que un mero rito. Es un pacto que requiere tanto de la voluntad de Dios ya expresada en Jesucristo, como de la voluntad del creyente que se manifiesta, precisamente, en el acto del bautismo. 1 Pedro 3.21 Y, en tercer lugar, porque en el bautismo el creyente confiesa sus pecados, así como su propósito de honrar a Dios el resto de su vida.

Quienes fueron bautizados de niños, no se bautizaron, los bautizaron. Por el contrario, la forma imperativa de la instrucción petrina contenida en Hechos 2.38, así como la indicación dada a Saulo para su propio bautismo: Levántate, bautízate y lávate de tus pecados, invocando el nombre del Señor [Hechos 22.16], son evidencia de la necesidad de que el bautismo en agua sea resultado del arrepentimiento, la conversión y la decisión personales, antes que de la fe y la buena intención de padres y padrinos.

Aquí hay agua;  ¿qué impide que yo sea bautizado?[1]

La manera en que la Iglesia Primitiva realizó la ceremonia bautismal nos proporciona un modelo a seguir. Para empezar, debemos tomar en cuenta que la palabra bautismo viene del término baptisma, que se refiere al proceso de inmersión, sumersión, y emergencia [salir a la superficie]. De ahí que, siguiendo la práctica neotestamentaria, nosotros practicamos el bautismo por inmersión; es decir, sumergiendo por completo en agua a la persona. Desde luego, no consideramos que sea la cantidad de agua la que determine la validez del acto. Pero, imitamos a la Iglesia Primitiva en esta práctica.

Por otro lado, y de indudable superior importancia, durante la ceremonia bautismal invocamos la autoridad de nuestro Señor Jesucristo sobre el creyente, utilizando la fórmula bautismal que la Iglesia Primitiva utilizó de manera recurrente en el primer Siglo de la Era Cristiana. El libro de los Hechos de los Apóstoles, registra que la Iglesia Primitiva bautizó utilizando la fórmula en el nombre de Jesucristo, o alguna de sus variantes. Hechos 2.38; 8.12,16; 10.48; 19.5 Desde luego, esto no contraviene lo establecido por nuestro Señor Jesucristo en Mateo 28.19, pues, tal como lo comprueba Lucas 24.47, nuestro Señor enseñó que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.

Al respecto conviene hacer dos precisiones. Aunque nosotros recuperamos la fórmula bautismal utilizada por la Iglesia Primitiva, reconocemos la validez de los bautismos realizados utilizando la fórmula: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Primero, porque la misma aparece en labios de nuestro Señor Jesucristo. Además, porque entendemos las razones doctrinales históricas que hicieron necesario que la Iglesia Primitiva desarrollara tal fórmula –en las postrimerías del primer Siglo-, ante los embates heréticos que atentaban contra la doctrina de la doble naturaleza de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Resulta importante recuperar lo que el conocido y respetado teólogo católico Hans Küng, declara al respecto:

¿Qué quiere decir ´en nombre de Jesús´? Nombre, en este contexto, es un concepto jurídico que significa autoridad y ámbito jurídico. Al pronunciarse sobre el neófito el nombre de Jesús, pasa a ser propiedad del Señor resucitado, es sometido a su señorío y protección. Se torna propiedad del Señor resucitado y participa así de su vida, de su espíritu y de su relación filial con Dios. Tiene parte en el Señor mismo. En este sentido, la fórmula trinitaria sólo atestiguada en Mt 28,29 es desarrollo de lo contenido en la fórmula cristológica… Este es también el sentido de la fórmula bautismal trinitaria: El bautismo se administra en el nombre de aquel en quien, por el Espíritu, Dios mismo está con nosotros.[2]

Finalmente, Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, suma suficientes evidencias que muestran que el bautismo es oficiado por los líderes espirituales de la comunidad cristiana. Pedro, Silas, el mismo Pablo, entre otros, fueron los encargados de oficiar las ceremonias bautismales de la Iglesia Primitiva. Por ello es que nosotros imitamos esta práctica y son los ministros de la Iglesia quienes, en ceremonia pública y frente a ella, ofician tan importante ceremonia. Así, la Iglesia es testigo fiel de la conversión –la muerte al pecado y el nacimiento a una nueva vida del creyente-; al mismo tiempo que por la autoridad que le ha sido conferida, la Iglesia declara en el nombre de Jesucristo que los pecados del neófito han sido perdonados.

En conclusión

En el libro citado, Hans Küng declara que el bautismo es más que un mero signo de fe y de confesión, destinado solamente a confirmar la fe… pero, el bautismo no da sin más solidez a la fe; la fe no es simplemente resultado natural o fruto automático del bautismo. De ahí la importancia de que quienes han venido a Cristo y creído en su evangelio, se bauticen de manera voluntaria y consciente. As, al nacer de nuevo por el poder de la sangre de Jesucristo, podrán caminar en comunión perfecta con el Señor y se le unirán en la magna tarea de la evangelización y la diaconía, siendo así testigos de Cristo en medio de una generación que vaga sin Dios y sin esperanza. Así se cumplirá en nosotros la promesa de nuestro Señor Jesucristo:

… recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y los capacitará para que den testimonio de mí en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el último rincón de la tierra. Hechos 1.8


[1] Hechos 8.36

[2] La Iglesia. Küng, Hans. Biblioteca Herder. Págs. 249 y 250

En el Día del Padre

Publicado 19 junio, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Día del Padre, Paternidad, Vida Cristiana

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Pensando en Manuel, mi amado padre

La paternidad es una institución en crisis. Entre otras razones, porque aunque cada día aumenta el número de los que procrean hijos, cada día hay menos padres. Es decir, cada día hay menos hombres que aman a sus esposas, lideran a sus familias y que forman a sus hijos. Las consecuencias de ello son evidentes, dolorosas y con un potencial de dolor y daño que provoca temor y tristeza. Al mismo tiempo que, a quienes hemos tenido el privilegio de un padre amoroso, fiel y congruente, nos mueve la gratitud por tan precioso don recibido.

Tres son las principales causas que explican la crisis de la institución paterna:

Inmadurez del padre. La Biblia muestra diversos ejemplos de cómo padres inmaduros condujeron a sus familias al fracaso. Abraham, Isaac, Jacob, David, etc., son muestra de ello. Algo que tal tipo de padres tiene en común es que provienen de entornos familiares disfuncionales. De familias que no animaron en sus hijos un carácter firme, responsable y comprometido. Lo mismo vemos en nuestros días. Cada vez más, quienes forman una familia provienen de familias disfuncionales. Van por la vida carentes de identidad y, por lo tanto, no tienen la capacidad para actuar de manera íntegra y son esclavos de sus temores y pasiones.

Menosprecio de la esposa. Alguien ha dicho que muchas mujeres han pasado de la sumisión al menosprecio del marido. El menosprecio es poco aprecio, poca estimación. No siempre, el poco aprecio es resultado del desamor o de la condición del menospreciado. Mical, la hija de Saúl, estaba enamorada de David –héroe valiente, hombre con fama y poder, exitoso por sobre todos-, y, sin embargo, lo menospreciaba. En términos generales el menosprecio del marido tiene que ver más con la mujer que con este. Muchas mujeres han mamado el menosprecio al marido de sus propias madres. Dado que les resulta tan natural, no sólo tienen dificultad para tomar conciencia de ello, sino que lo transmiten sistemáticamente a sus hijos. El esposo menospreciado termina siendo un padre menospreciado.

Ingratitud. La tarea de los padres y las madres, ni tiene precio ni debe ser pagada. Pero, se espera que sea agradecida. Es decir, que se responda debidamente al beneficio recibido. Muchos padres varones, si no la mayoría, llegan al momento en que perciben la ingratitud de los suyos. Hay señales, actitudes, sobre todo, que les muestran que lo que hacen ha dejado de ser correspondido por su familia. Como en el caso de Absalón, se trata de que el quehacer del padre se asume, por la esposa y por los hijos, como una obligación absoluta, no merecedora de aprecio y valoración. Lo cotidiano del servicio paterno, como del materno, provoca que se estime como natural, cuando es una expresión extraordinaria y valiosa del amor del esposo y del padre. Quizá en las familias en las que tanto la esposa como los hijos, desde edades tempranas, contribuyen al gasto familiar, las expresiones de ingratitud sean menores, dado que en razón de su esfuerzo pueden valorar mejor el significado del aporte paterno al bienestar familiar.

Cuando una, o las dos últimas causas se suman a la primera, no resulta raro que el padre entre en crisis. Su inmadurez empodera el efecto del menosprecio y la ingratitud percibidos. Pero, aún en el caso de los hombres maduros, el enfrentar el menosprecio y la ingratitud de los suyos les dificulta el mantener su entrega a la causa paterna. Quienes de plano no renuncian a ella la realizan cuesta arriba, desgastándose más y más cada día. ¿Qué es, entonces, lo que el marido y padre comprometido necesita hacer para cumplir con su tarea como cabeza de la esposa y la familia?

Caminar cotidianamente el camino de la conversión. El hombre sensible a la dirección del Espíritu Santo desarrolla una conciencia de Dios que le revela sus debilidades y le anima y dirige a abundar en sus fortalezas. Sin embargo, la acción del Espíritu Santo no es suficiente. Se requiere que el esposo y padre se convierta, haga lo que le corresponde. Que, siendo guiado por el SSTO, identifique las áreas que requieren de su madurez y se comprometa en la tarea de crecer integralmente. Toda crisis, aún aquellas que parecen ser, o son, fruto de la injusticia de los demás, conllevan el beneficio de la reflexión. Nos animan a reflexionar y, por lo tanto, a valorar la importancia y las áreas de la conversión requerida. Jacob se convirtió a Dios, luchó con él y se convirtió a él. Dejó de ser el usurpador, para ser uno que gobernara a su casa como Dios a su pueblo.

Asumir el reto de la autonomía. Somos lo que somos, no lo que los demás quieran hacer de nosotros.  El esposo y padre debe procurar pensar, sentir y actuar en función de lo que es y no estar sometido a los afectos y tratos circunstanciales de los suyos. Como líder de la familia enfrenta el reto de ejercer la doble tarea de marido y esposo animado por la visión que Dios le ha dado para los suyos. En tal tarea no siempre contará ni con la comprensión ni con el acuerdo de su familia, pero habrá de discernir con la ayuda del Espíritu Santo lo que mejor conviene. Por lo tanto, deberá asumir la cuota de incomprensión familiar resultante. Así como deberá asumir las inconsistencias afectivas y aún la soledad que es propia de su condición de líder.  Como David, el esposo/padre cristiano debe estar dispuesto a confesar sus faltas y a pedir fervientemente que Dios lo limpie de toda impureza y le de un espíritu (una manera de pensar), renovado cada día.

Permanecer fiel a la visión recibida. Los hijos son don de Dios, por lo tanto, quien los recibe también recibe una visión para ellos. El padre fiel ve en sus hijos lo que Dios ve en ellos y acompaña al Señor en la tarea de cumplir el propósito que él tiene para cada uno. En este sentido, el padre fiel es llamado a asumir la doble dimensión del discipulado cristiano. Él mismo debe permanecer siendo un discípulo de Cristo, amando aún a aquellos los de su familia que le son ingratos, que le lastiman, que se vuelven sus enemigos circunstanciales o permanentes. Ello, al mismo tiempo que no renuncia a la tarea de discipular a los suyos, a su esposa y a sus hijos. Puede hacerse esto aún en medio de la ingratitud y el cuestionamiento injustos, cuando se tiene presente el objetivo que Dios ha animado en el corazón del esposo/padre para cada uno de los suyos. Aquí resulta de especial valor comprender y tener presente lo que la Madre Teresa de Calcuta dice a los padres:

Para los padres

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño,
perdurará siempre la huella del camino enseñado.