La Familia y las Adicciones

Publicado 12 junio, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Adicciones, Agentes de Cambio, Esperanza, Familia

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Resulta de particular importancia el énfasis que diversas autoridades y organizaciones no gubernamentales han venido haciendo en los últimos días respecto del incremento del uso del alcohol por niños y adolescentes. Las cifras oficiales resultan de suyo alarmantes, además el hecho de que la edad promedio en la que los niños inician el consumo regular del alcohol, los diez años, evidencia el papel en que tal problema juegan las familias disfuncionales.

En efecto, los investigadores nos dicen que en no pocos casos son los mismos padres los que inducen a sus hijos menores a iniciarse en el consumo de las bebidas embriagantes. Por ejemplo, Ernesto Macareno Alvarado, funcionario de ISESALUD (Instituto De Servicios De Salud Pública Del Estado De Baja California), asegura: es muy común que en algunas de nuestras familias el papá le dé incluso a probar cerveza o algún bebida alcohólica al niño y que no se vea esto como algo malo o negativo. Esto tenemos que cambiarlo, pero no es fácil cambiar algunos aspectos culturales y estilos de vida.

Agrega el investigador: el alcoholismo es una enfermedad progresiva, que no tiene cura, pero se puede detener.  Que un niño consuma bebidas alcohólicas puede provocar en el organismo severos trastornos de salud. La cirrosis y los accidentes son la principal causa de muerte a consecuencia de este mal. Son frecuentes los problemas de gastritis, de úlceras que llegan a desarrollarse, pero también resultan padecimientos del hígado que tienen como causa principal el alcohol. Otro indicador de la importancia y seriedad del problema es el hecho de que, a nivel nacional, se estima que el 42% de los estudiantes de secundaria y el 12% de los estudiantes de primaria son consumidores frecuentes de bebidas alcohólicas, especialmente de cerveza.

Cuando la persona inicia el consumo de alcohol en la niñez o adolescencia, se expone de manera significativa a grandes riesgos. Según Carlos Tena Tamayo, titular de la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC), los jóvenes que consumen alcohol a temprana edad tiene tres veces más de posibilidades de convertirse en una persona dependiente, además, su cerebro no se desarrollará plenamente, tienen dieciséis veces más posibilidades de consumir otras drogas y enfrentarán diversas enfermedades tales como las hepáticas y las del corazón y el cerebro.

Si bien el alcoholismo se ha considerado tradicionalmente como un asunto de hombres, el hecho es que en los últimos años esta práctica se ha recrudecido entre el sexo femenino. 45% de los alcohólicos son mujeres. En nuestro país, el alcoholismo ocupa el tercer lugar entre las causales de muerte de las mujeres de entre 35 y 45 años. Algunos investigadores estiman que el número de mujeres alcohólicas han superado al de los hombres, con las consecuencias obvias que esto acarrea a los procesos de desintegración familiar. Alrededor del 90% de las mujeres alcohólicas son casadas y el 80% de ellas tienen hijos. Un dato importante es el que considera como especialmente vulnerables ante el alcoholismo a las mujeres solteras, las sin religión, las trabajadoras y las que enfrentan distintos grados de soledad.

El alcohol produce efectos más rápidos y graves en las mujeres que en los hombres. Diversas investigaciones indican que entre los problemas adicionales que el alcoholismo ocasiona entre las mujeres están: el abandono de sus responsabilidades hogareñas, sobre todo en lo que tiene que ver con la atención de los hijos, así como el maltrato violento y el abandono funcional de los mismos. En el caso de las mujeres embarazadas, el alcohol puede provocar malformaciones genéticas en el feto. Asimismo, el alcohol provoca una alteración de la menstruación y posibilita la menopausia precoz, además de que favorece el desarrollo de cirrosis hepática, demencia y los intentos de suicidio.

He querido abundar en cuestiones tan terribles porque es un hecho el que el problema del alcoholismo está afectando a las familias sin distingo de su profesión de fe. Lo mismo ataca a las familias cristianas, que a las católicas y a las incrédulas. De nada serviría negar o cerrar los ojos ante esta realidad que está afectando, particularmente, a un número creciente de familias cristianas. Niños, adolescentes y mujeres son quienes, cada día, nos preocupan más al caer en las garras de esta expresión del pecado que termina por convertirse en una enfermedad física, mental, espiritual del afectado y de la familia toda.

La fe que profesamos nos lleva a creer y proclamar que la sangre de nuestro Señor Jesucristo tiene el poder suficiente para proteger, rescatar y transformar a quienes están en el riesgo o bajo el poder del alcoholismo. Sin embargo, la fe es mucho más que creer y requiere, indudablemente, de la conversión. Desde luego, de la conversión de quien ha caído en esta o alguna otra dependencia o adicción, pero, y este es mi punto fundamental, en la conversión integral de las familias de los alcohólicos y drogadictos.

El alcoholismo no es otra cosa sino la expresión de una problemática mayor y más compleja. Particularmente los niños y las niñas, así como los y las adolescentes, que recurren al alcohol o a alguna otra adicción, son generalmente fruto de familias disfuncionales, de familias enfermas. Es el entorno familiar el que orilla a los hijos a buscar en el alcohol y las drogas un escape a la realidad que les oprime y les ha quitado la esperanza de vida. La violencia que se expresa de tantas maneras, en particular en la desatención y la indiferencia de las figuras de autoridad respecto de lo que sus hijos menores y adolescentes están viviendo. La doblez de espíritu, es decir, el cultivo de una cultura de la apariencia en la que, especialmente las familias cristianas, procuran aparentar que todo está bien y que los problemas son pequeños y pasajeros, así que no vale la pena ni reconocerlos, ni ocuparse de ellos. La ignorancia de los padres respecto del carácter de sus hijos. En fin, estas y otras muchas condiciones son aquellas que reclaman de nosotros un proceso constante de conversión a Dios y a su justicia. Es decir, son cuestiones que nos llevan a la necesidad de cambiar nuestra manera de pensar, para que así cambie nuestra manera de vivir. Somos llamados a hacer lo bueno, lo que conviene, de la forma adecuada y siempre en el momento oportuno.

Por ello es que convoco a las familias que están enfrentando este tipo de problemas con sus hijos e hijas para que se conviertan. Para que den la vuelta y dejen de hacer las cosas como las han venido haciendo hasta ahora. Habrá que empezar por reconocer el problema y aceptar que los recursos de los que disponen no son suficientes. Así que se requiere que busquen ayuda urgentemente. Ayuda espiritual, desde luego, pero también la clase de ayuda que les permita comprender cuáles son aquellas características de la dinámica familiar que están propiciando el que sus miembros se inclinen a buscar la falsa salida de las adicciones. Además, se requiere que se procure el compromiso de todos y cada uno de los miembros de la familia para cumplir con la tarea que les corresponde. Para ello habrá que propiciar una cultura de responsabilidades familiares acorde a la edad y circunstancias de cada uno de sus miembros.

La recuperación de las adicciones implica un largo y difícil camino que conviene empezar a caminar desde hoy. Les animo a ello. Les exhorto a que paguen los precios de la conversión, pues sólo así podrán cosechar los frutos de la bendición. Los padres, las familias y, sobre todo, quienes han caído en algún tipo de adicción no están solos. Dios está con ustedes y la Iglesia, nosotros sus hermanos en la fe, también estamos con ustedes para orar por y con ustedes, para acompañarlos en este caminar por el desierto y para alegrarnos cuando la redención de los nuestros se haga realidad.

A Todo Puedo Hacerle Frente

Publicado 23 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: crisis, Fe, Sufrimiento

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Filipenses 4.11-13

Umbral del dolor, es la expresión que se refiere a la intensidad mínima de un estímulo, misma que una persona requiere para sentir dolor. Las circunstancias, el tipo de estímulo y, sobre todo, el carácter de las personas explica el que algunas resistan más que otras la intensidad de estímulos similares.

El hecho es que todos los seres humanos experimentan dolor: físico y emocional. Uno de los estímulos que mayor dolor emocional, espiritual, producen es el fracaso. Este puede ser definido como: “Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio. [Y como] Suceso lastimoso, inopinado y funesto.”

En nuestra cultura, que ha resaltado como un indicador del éxito personal la acumulación de bienes: sean estos físicos, intelectuales, económicos, relacionales y materiales; la carencia o pérdida de cualquiera de estos es sinónimo de fracaso. Por lo tanto, quienes fracasan al no alcanzar o retener tales bienes o logros, generalmente entran en una condición de vulnerabilidad. Su ansiedad no solo es resultado de lo que perdieron o podrían perder, sino de la pérdida de su propia estima pues, como sabemos, nuestra cultura de pecado asocia lo que se es a lo que se tiene.

Vulnerable es el que puede ser herido. La historia de la humanidad registra una verdad que no conviene ignorar: aunque todos podemos ser heridos, no todos somos heridos de la misma forma ni en el mismo grado; y no todos somos heridos por las mismas cosas.

Pablo, ha hecho en el capítulo tres de Filipenses, un inventario de lo que alcanzó en la vida y de lo que ha perdido por causa de Cristo. En términos modernos, Pablo era un rico venido a menos, un desempleado, un paria social rechazado por los suyos. Al momento de escribir el pasaje que nos ocupa, está preso, depende económicamente de sus hermanos y amigos y, desde luego, su carrera profesional ha desaparecido.

En tal condición asegura: he aprendido a contentarme con lo que tengo. Loser, sería el epíteto con que lo calificaríamos. Parecería que Pablo fuera un perdedor. De él podría decirse que no solo había perdido todo lo que tenía, sino que, peor aún, se había vuelto un conformista. ¿Cierto?, no hay tal.

Pablo asegura que ha aprendido a ser suficiente en sí mismo. Tal expresión contiene dos declaraciones contundentes e importantes:

Pablo ha aprendido. Ha llegado a saber mediante la observación y mediante la práctica. Es decir ha desarrollado su capacidad de evaluación de sí mismo en comparación con lo que ve en otros modelos (Cristo mismo, en el caso de Pablo y de los creyentes); así como lo que ha ido practicando de manera diferente, y a veces en contra, de lo aprendido. Al aprender, Pablo ha desaprendido a pensar, juzgar y valorar como lo hacía en tanto no había madurado.

Pablo es suficiente en sí mismo. Se asume apto e idóneo, además de que encuentra en sí mismo lo bastante para lo que se necesita. En resumen, lo que Pablo ha aprendido es a no depender de los demás, ni de lo que tiene para asumir que lo que es, como persona, y lo que tiene a su disposición es suficiente para resolver la circunstancia que enfrenta, cualquiera que esta sea.

¿De dónde tal pretensión? Quizá primero, de su propia experiencia. Ha superado lo que parecía poder detenerlo y hasta destruirlo. Es un hecho que, vistas en perspectiva, las luchas del pasado resultan menos importantes, definitorias y poderosas que lo que nos pareció cuando las estábamos enfrentando.

Pero, no especulemos, fijémonos que Pablo declara de manera contundente: todo lo puedo en Cristo que me fortalece, o, como dice DHH, a todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.

Todo: cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. El término que usa Pablo se refiere, simplemente, a la totalidad de la vida. No hay nada que quede fuera de esta expresión, ni relaciones, ni conflictos, ni bendiciones… nada queda fuera del área de influencia de Cristo.

Cristo que me fortalece, que me hace fuerte, asegura Pablo. Una mejor traducción: Cristo me da las fuerzas (fortaleza y consistencia), para enfrentar todas las cosas.

Nuestro umbral del dolor personal, nuestra capacidad de resistencia al dolor y al fracaso se da en proporción directa con nuestra comunión con Cristo. Este abundar en Cristo produce una renovación espiritual en nuestra manera de juzgar las cosas, como lo asegura Pablo en Efesios 4.23: En cuanto a la pasada manera de vivir,  despojaos del viejo hombre,  que está viciado conforme a los deseos engañosos,  y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre. Vivir en tal comunión nos permite dimensionar las cosas adecuadamente y tomar conciencia de nuestra valía personal, así como de los recursos propios y los de quienes nos aman; mismos que están a nuestra disposición y nos ayudan a enfrentar la situación de que se trate.

Como Pablo, de manera decidida y confiada, tomemos la decisión de permanecer en Cristo. Al hacerlo podremos hacer frente a todo y se cumplirá la promesa que nos declara más que vencedores en todas las cosas. Romanos 8.37

La Doctrina del Bautismo en Agua

Publicado 22 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Bautismo en Agua, Biblia, Conversión

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El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene información privilegiada sobre el surgimiento de la Iglesia. Conviene leerlo con atención. Podemos, para efectos de su estudio, dividir dicho capítulo en tres secciones principales: la primera compuesta por los versículos 1 al 13, relata el descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes. La segunda parte, versos 14 al 42, contiene el llamado Discurso de Pedro. La última parte contiene información esencial sobre el modelo de la iglesia primitiva, el que estudiaremos en sesiones siguientes.

En el Discurso de Pedro, hay un parte aguas que conviene atender: Pedro ha venido informando a sus oyentes del plan divino para salvar a la humanidad. Destaca el papel de Jesucristo, su pasión y muerte, su resurrección y su carácter de «Señor y Mesías». En ese momento de su predicación, Pedro es interrumpido por los oyentes con una pregunta clave: “¿Qué debemos hacer?” La respuesta petrina resulta fundamental para nuestra fe y es uno de los elementos básicos de la doctrina cristiana. Veamos:

Pedro les contestó: vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así el les dará el Espíritu Santo. Hch 2.38.

En esta declaración encontramos los siguientes elementos:

1. Vuélvanse a Dios. Obviamente aquí Pedro está haciendo un llamado a la conversión. Sin embargo, añade un elemento muy interesante: arrepiéntanse, metanoeo, que la versión Reina Valera traduce como arrepiéntanse. Literalmente se refiera a un “dar media vuelta” y en su sentido figurado apela al “cambio en la manera de pensar”. “Piensen de manera diferente”, les dice Pedro. Llamado que se repite como el principio y el sustento de la nueva vida en Cristo. Ro 12.2; Ef 4.23; Flp 2:5; 3.15; 2 Tes 2.2

2. Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo. De acuerdo con el libro de los Hechos, la Iglesia Primitiva utilizó siempre la fórmula bautismal “en el nombre de Jesucristo” y sus variantes. No existe una contradicción con Mateo 28.19, fórmula que se empezó a utilizar a fines del primer siglo. El hecho es que la invocación del nombre sobre el creyente significa que este “pasa a ser propiedad de”, o “a quedar bajo la autoridad de”, aquel cuyo nombre es invocado sobre él. Además implica la identificación que el creyente hace con Jesucristo en el bautismo, sin la cual no podría gozar de la nueva vida que es resultado de la resurrección de Cristo y, por lo tanto, del creyente mismo. Ro 6.3-14.

Aquí cabe destacar que arrepentimiento-conversión y bautismo en agua van de la mano. Los cristianos en general han considerado al bautismo en agua como un sacramento u ordenanza. Entendiendo estos como los ritos religiosos que son «fuente o signos de gracia». Es decir, aquellos mediante los cuales Dios hace algo extraordinario, sólo propio de él, en el creyente; así como en el que este [el creyente] hace algo extraordinario, sólo propio de él, en respuesta al quehacer divino. Hch 2.38; 8:16; 10:48; 19:5; 22.16.

En el bautismo en agua se hace evidente el perdón de los pecados del creyente, así como la reconciliación de Dios con él por medio de Jesucristo. Por su parte, el creyente hace pública su fe en Dios, su aceptación del sacrificio de Cristo y su compromiso de vivir consagrado a Dios. Ro 5. 1-5

Conviene señalar que hay distintas tradiciones cristianas que no consideran necesario el bautismo en agua. Otros insisten en un modelo bautismal particular: inmersión o aspersión; otros de si se debe o no bautizar a los niños; otros más discuten sobre la fórmula del nombre a ser utilizada, la corta de Hechos o la posterior de Mateo. Para cada inquietud hay diferentes respuestas que deben ser estudiadas y meditadas a la luz de la diversidad del Cuerpo de Cristo.

Pero, también conviene decir que en CASA DE PAN consideramos que aunque el bautismo de los niños tiene un cierto valor testimonial de la fe de los padres y como un elemento del proceso de conversión a Dios, el bautismo en agua del adulto que viene a Cristo y establece un compromiso personal, voluntario e intencional, resulta en un necesario y conveniente paso de obediencia. Por ello, no tenemos problemas en lo que algunos consideran el rebautismo. Ello porque entendemos que el bautismo del infante tuvo como sustento la fe de sus padres y padrinos, mientras que el bautismo del creyente adulto es expresión de su fe y ratificación de su compromiso personal.

3. Para que Dios les perdone sus pecados. La declaración oficial del perdón de Dios es recibida en el bautismo en agua y por el testimonio de la Iglesia que avala la legitimidad del bautismo recibido. Por lo tanto, requiere del arrepentimiento personal, voluntario y sincero del creyente; así como de la manifestación de su compromiso de santidad, resultante de la nueva vida en Cristo. No es la inmersión, ni el agua, lo que produce el quehacer divino; sino la “conciencia limpia” del creyente, la que produce la salvación. 1 Pe 3 21.22.

4. Y así él les dará el Espíritu Santo. Junto con la reconciliación con Dios, la nueva vida en Cristo, la comunión de la Iglesia y los dones del Espíritu, el creyente recibe gracias al bautismo en agua, la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Este es particular y diferente al primero. Implica el apoderamiento espiritual del creyente para realizar de manera extraordinaria las tareas que le son propias, sobre todo en el trabajo de la evangelización y el discipulado. Jn 14,15-31; 20.19-23; Hch 1.8; 2.1-13.

En Conclusión

El bautismo en agua es el medio por el cual el creyente se incorpora al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, dado que es testimonio público del Pacto de Salvación que Dios establece con quienes aceptan el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo como el único medio de redención.

Siguiendo la tradición apostólica, en CASA DE PAN utilizamos la llamada fórmula corta, atestiguada de manera reiterativa en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como la utilizada por la Iglesia Primitiva. Sin embargo, reconocemos como válido el bautismo celebrado bajo la fórmula larga o trinitaria, siempre que este se haya realizado como expresión de la voluntad de la persona y en la comprensión del significado pleno del bautismo, según lo que enseña la Palabra de Dios.

Dado que la Biblia nos enseña que el bautismo nos incorpora a un estado de gracia, muertos para el pecado y vivos para Dios, animamos a quienes no se han bautizado a que lo hagan. Al mismo tiempo que animamos a quienes ya han sido bautizados a que perseveren en su comunión y servicio a Dios, fortalecidos por el poder del Espíritu Santo.