Efesios 5.21ss
¿Hasta dónde, qué tanto? Son preguntas frecuentes en la relación matrimonial. Tienen que ver con el qué tanto se debe estar dispuesto a someterse, a negarse a sí mismo o a sí misma, en aras de la convivencia matrimonial. Es decir, a renunciar a lo que se tiene derecho, como persona, con tal de que el lazo matrimonial no se rompa. Las respuestas equivocadas explican muchos de los rompimientos matrimoniales, en particular los innecesarios, así como la pervivencia de relaciones indignas en las que la unidad conyugal es más que una cuestión de forma, de apariencia, dada la separación de hecho que la pareja enfrenta.
Cada día se casan menos personas y, cada día, también, aumenta el número de divorcios. No parecería que tales hechos sean indicadores de una evolución positiva de la relación matrimonial, del surgimiento de alternativas más atractivas o prometedoras, sino del temor y de la decepción. En efecto, los jóvenes optan cada vez más por las uniones libres ante el temor de que su relación fracase. Según diversos estudios, son las mujeres, en una proporción de dos tercios, las principales promotoras del divorcio.
Un hombre en su tercer matrimonio atrapado en una relación de amasiato. Una mujer joven, soltera, víctima de violencia doméstica en una relación lésbica. Un hombre, profesionista reconocido, insatisfecho con lo que hace y en conflicto con la esposa. Un hombre de más de cincuenta años, soltero, viviendo con su anciana madre en una dinámica de amor-odio. ¿Qué tienen en común estas y muchas otras personas adultas con vidas disfuncionales? Cuando menos las aquí referidas aseguran, su infancia. Explican lo que son y lo que no son, lo que han logrado y lo que han perdido, en función de lo que fueron y vivieron como niños. Sin conocerse entre sí, coinciden en explicarse a sí mismos en función de lo que, según ellos, sus padres fueron y no fueron, hicieron y no hicieron. Así que, podemos preguntarnos: Niñez, ¿es destino?
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