El equilibrio de la pareja

Fe y familia 2018Cada día se casan menos personas y, cada día, también, aumenta el número de divorcios. No parecería que tales hechos sean indicadores de una evolución positiva de la relación matrimonial, del surgimiento de alternativas más atractivas o prometedoras, sino del temor y de la decepción. En efecto, los jóvenes optan cada vez más por las uniones libres ante el temor de que su relación fracase. Según diversos estudios, son las mujeres, en una proporción de dos tercios, las principales promotoras del divorcio. Martha Nieto lo explica así: Las mujeres son más sensibles a las dificultades en las relaciones, y, por lo tanto, hay más posibilidad de acabar con ellas.

Propongo que el fracaso de la institución matrimonial resulta más de la falta de equilibrio en la relación de la pareja que del estatus legal de la misma[i]. La relación de pareja, como todas las relaciones, está sometida a la presión de dinámicas encontradas, internas y externas, tangibles e intangibles, favorables y desfavorables, etc., de ahí la importancia de su equilibrio. Es decir, de su capacidad para desarrollar un estado de inmovilidad, un punto de apoyo que compense las fuerzas contrastantes y contribuya a la permanencia saludable de dicha relación de pareja.

La dinámica relacional de la pareja puede considerarse como tripartita ya que cada uno de sus integrantes aporta su propia dinámica personal y juntos, los cónyuges, generan una tercera fuerza, la de la pareja. En la perspectiva bíblica esto se explica en el hecho de que el hombre y la mujer se unen entre sí y producen una nueva, una tercera persona. Génesis 2.24 El vínculo matrimonial los hace uno, pero no lo hace a costa de la individualidad de ellos mismos. Cada uno sigue siendo él, o ella, con sus peculiaridades de carácter al mismo tiempo que desarrollan y confrontan las dinámicas propias de su relación.

Estas dinámicas son efecto y causa de lo que son y hacen los esposos. A mayor equilibrio personal, mejor la contribución al equilibrio de la relación conyugal. Pero, a menor equilibrio personal, mayores negativos resentirá la relación de la pareja. Un inmaduro más un inmaduro nunca se convertirán en una pareja madura. Y, desafortunadamente, la calidad del carácter de la relación matrimonial no estará determinado preferentemente por quien en lo individual haya alcanzado mayor madurez, sino por el aporte negativo del cónyuge más inmaduro.

La historia bíblica abunda en ejemplos que confirman lo aquí dicho. Cuando la Biblia compara la relación entre Dios y su pueblo -Israel y la Iglesia-, con una relación matrimonial, hace evidentes las tensiones propias y ajenas de tal relación. También hace evidente que la relación no resulta la que Dios desea, con todo y que él todo lo sabe y todo lo puede, sino la que su pueblo determina con su inmadurez. Jeremías 35.14-17

Toda pareja sabe de esto y consciente e inconscientemente procura superar la tensión que sufre. Casi de manera cíclica las parejas buscan su punto de equilibrio, su espacio de permanencia, en el atractivo físico y sexual, en la estabilidad económica, en la adquisición de bienes inmuebles, en la relación con los hijos, en el cultivo de intereses similares, etc. Todo para terminar descubriendo que, si bien resultan equilibradoras, apenas lo son temporalmente y siempre insuficientes. Lo temporal e insuficiente está determinado por el hecho de que tales equilibrios son pronto superados por las nuevas circunstancias que la dinámica relacional crea en el corto, mediano y largo plazos.

Ello se debe a que el equilibrio resulta de quien se es y no de qué se hace o tiene. La Biblia dice que la paga que deja el pecado es la muerte. Romanos 6.23 NTV  Dado que no se refiere a la muerte física inmediata del pecador, tal declaración exhibe una paradoja: Quien peca, viviendo está muerto. Es decir, confronta una condición ambivalente, contradictoria. O es un vivo que está muerto o un muerto que parece estar vivo. Alguien así difícilmente puede vivir en equilibrio dado que vive en un estado permanente de confrontación, de enemistad, con Dios, consigo mismo y con los demás. La recuperación de su equilibrio depende, pasa necesariamente, por la reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás. Lo mismo es válido para quienes se unen en yugo desigual con quienes no participan de su misma naturaleza. No importa cuántas ganas le echen a la relación, cuántas esperanzas y placer les anime, cuán bien se sientan. No hay comunión y sin comunión, no hay equilibrio[ii]. 2 Corintios 6.14ss

Siendo las cosas así, podemos proponer que el equilibrio de la pareja resulta del equilibrio individual de sus integrantes. Y que tal equilibrio personal sólo resulta de que los integrantes de la pareja estén, literalmente, en paz con Dios. Este estar en paz con Dios es una obra de gracia provista en Jesucristo, pero, también es un propósito. La paz con Dios resulta de la determinación firme de la persona de mantenerse en sintonía con su Señor y Salvador. En la relación de pareja esto se traduce en la disposición de hacer todo aquello que contribuya a que sus integrantes permanezcan en comunión con Dios y a evitar o superar todo aquello que atente contra la armonía en el día a día entre Dios y los esposos, así como entre Dios y la pareja.

Si la comunión con Dios es la base, el espacio de equilibrio de la pareja, la paciencia y el perdón mutuos son los principales elementos que contribuyen a permanecer en tal espacio de equilibrio. Quien asume como el bien superior de la pareja y sus integrantes la comunión con Dios estará dispuesto a perder (privilegios, derechos, paz, retribución, etc.), con tal de conservar tal comunión. La relación de pareja, como la relación con Dios, pasa por la digna negación de uno mismo. Por, el dejar ir, el renunciar a aquello, que contribuya a nuestra comunión con el Señor. No se trata, desde luego, de la disposición a participar en modelos indignos de relación, pero sí de privilegiar la dignidad de la relación por sobre aquellas cuestiones que, por causa de Cristo, podemos considerar basura. Filipenses 3.8

Quiero terminar con una palabra de esperanza, de ánimo. La relación matrimonial puede resultar satisfactoria, placentera y empoderante de lo mejor de nosotros. Si la ofrecemos a Dios y nos proponemos vivir de tal manera que nuestro hogar sea, en cualquier circunstancia, casa de Dios y puerta del cielo, el Señor tomará el control de nuestra vida y cumplirá su propósito de bendición en nosotros.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

 

[i] Es más, parecería que quienes optan por vivir en unión libre añaden mayor tensión a su relación de pareja, dado que tienen una duración menor que las relaciones matrimoniales (9.1 vs 13.5 años).

[ii] No se asocien íntimamente con los que son incrédulos. ¿Cómo puede la justicia asociarse con la maldad? ¿Cómo puede la luz vivir con las tinieblas? ¿Qué armonía puede haber entre Cristo y el diablo? ¿Cómo puede un creyente asociarse con un incrédulo?

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