Sométanse unos a otros

Efesios 5.21ss

¿Hasta dónde, qué tanto? Son preguntas frecuentes en la relación matrimonial. Tienen que ver con el qué tanto se debe estar dispuesto a someterse, a negarse a sí mismo o a sí misma, en aras de la convivencia matrimonial. Es decir, a renunciar a lo que se tiene derecho, como persona, con tal de que el lazo matrimonial no se rompa. Las respuestas equivocadas explican muchos de los rompimientos matrimoniales, en particular los innecesarios, así como la pervivencia de relaciones indignas en las que la unidad conyugal es más que una cuestión de forma, de apariencia, dada la separación de hecho que la pareja enfrenta.

Factores culturales, sociales y familiares, así como interpretaciones parciales del texto bíblico, provocan que no pocos cónyuges cristianos vivan su matrimonio en desaliento y frustración. Aman a sus esposos, cierto, pero no lo hacen ni en alegría ni en esperanza. Asumen sus relaciones como espacios de restricción antes que como espacios de libertad. En no pocos casos esto resulta del hecho de que padecen la sumisión mutua antes que encontrar en ella el placer de hacerse uno y de dar a luz una nueva persona, la suya como pareja. Quien ve en su relación matrimonial y en su cónyuge un limitante infructuoso de su identidad vive atrapado en un circulo viciado que, a mayor entrega de sí mismo produce mayor frustración y enojo.

Dado que esta es la primera de una serie de tres propuestas sobre el tema del sometimiento conyugal, he de empezar considerando algunos de los presupuestos que dan razón al mismo. Asumo que el tema del sometimiento conyugal mutuo sólo tiene sentido si se considera al matrimonio como una institución divina. Condicionado en su forma por circunstancias histórico-culturales, pero único en su propósito: empoderar al hombre y a la mujer para que lleguen a ser plenamente ellos. Desde luego, tal aproximación se da dentro del terreno de la fe, de ahí que llame presupuestos a los que desde la perspectiva de la fe serían principios, reglas o normas que rigen la vida matrimonial plena.

El primero de tales presupuestos es que tal empoderamiento sólo es posible cuando la relación matrimonial se da en Cristo. Es decir, cuando los integran han nacido de nuevo y viven en comunión con su Señor y Salvador. Esto, porque han sido regenerados, es decir, Cristo ha recuperado en ellos todo aquello que es propio de su ser imagen y semejanza de Dios. Dado que comparten la misma naturaleza espiritual, por cuanto ambos son templo del Espíritu Santo que habita en ellos, es que la comunión y la capacidad para complementarse les resulta propia. No así, cuando la unión se da entre quienes no sirven a Cristo o entre un creyente y un incrédulo. 2 Corintios 6.14ss

El segundo presupuesto tiene que ver con el hecho de que sólo quien tiene como el objetivo superior de su vida el honrar a Dios puede estar dispuesto a renunciar a aquello que considera su derecho con tal de que Cristo sea glorificado en su vida. Como en todo de la vida, en el matrimonio los cristianos somos llamados a ver más allá del momento actual y de los intereses y beneficiarios más cercanos. Pablo indica que el qué y el cómo del matrimonio cristiano es, en sí mismo, un misterio porque ilustra la manera en que Cristo y la iglesia son uno. Así, en la dinámica matrimonial está presente mucho más que la sola relación o que la vida de sus integrantes. Hay una dimensión sobrenatural que afecta el cómo es que la relación entre Cristo y su iglesia es comprendida por la gente. Efesios 5.32

El presupuesto anterior da razón al tercero: sólo quien cultiva su comunión personal con Dios puede mantenerse firme ante los sucesos del matrimonio, tanto de los positivos como de los negativos. Jesús aseguró que separados de él no podemos hacer nada. Juan 15.5 La dinámica matrimonial es tan compleja y poderosa que afecta el todo de la persona: física, emocional, social y espiritualmente. Nuestros recursos personales nunca serán suficientes para que permanezcamos firmes y fructíferos en tales circunstancias. Necesitamos de la fortaleza, la dirección, la corrección y el ánimo del Señor cada día. De ahí que el cultivo de la vida devocional, íntima, sea no sólo importante sino indispensable en el ser y quehacer de los esposos. La vida devocional de la pareja sólo tiene sentido cuando es expresión de la vida devocional de sus integrantes. En el matrimonio, nadie es sustentado por la fe de su cónyuge.

Se requiere del desarrollo de los tres primeros presupuestos para proponer y considerar el cuarto: el sometimiento mutuo no resulta de la imposición o de un acto de fuerza (física, económica, psicológica o espiritual), sino de una disposición voluntaria en aras de la unidad y de la realización del propósito matrimonial. Efesios 4.2,3; 4.15-17; 4.21ss  Sólo quien está en Cristo es libre y, siendo libre, elige el honrar a Dios en todo como el leitmotiv de su existencia y, en consecuencia, se esfuerza por cultivar su comunión personal con Cristo. Quien así piensa y actúa puede negarse a sí mismo, renunciando a aquello que, aún siendo valioso para él, no resulta conveniente o esencial -temporal o definitivamente-, en su propósito de vivir su vida matrimonial para honra y gloria de Dios.

Con la ayuda de Dios seguiremos abundando en el tema. Los animo a que lo hagamos en esperanza y animados por el gozo de nuestra salvación. ¡Somos salvos, somos iglesia! Por ello es por lo que podemos aspirar a cosas mejores, entre ellas, a mejores relaciones matrimoniales. En estas, la experiencia final de quien se somete en y por amor a su consorte no es una experiencia de pérdida sino de ganancia plena.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

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