El pequeño de papá, el hijo querido de mamá

Proverbios 4.3 PDT

Fe y familia 2018Un hombre en su tercer matrimonio atrapado en una relación de amasiato. Una mujer joven, soltera, víctima de violencia doméstica en una relación lésbica. Un hombre, profesionista reconocido, insatisfecho con lo que hace y en conflicto con la esposa. Un hombre de más de cincuenta años, soltero, viviendo con su anciana madre en una dinámica de amor-odio. ¿Qué tienen en común estas y muchas otras personas adultas con vidas disfuncionales? Cuando menos las aquí referidas aseguran, su infancia. Explican lo que son y lo que no son, lo que han logrado y lo que han perdido, en función de lo que fueron y vivieron como niños. Sin conocerse entre sí, coinciden en explicarse a sí mismos en función de lo que, según ellos, sus padres fueron y no fueron, hicieron y no hicieron. Así que, podemos preguntarnos: Niñez, ¿es destino?

Diversas escuelas de psicología asumen que la infancia es destino. Los seguidores de Freud coinciden en que: La infancia del ser humano va a determinar el carácter de todas sus experiencias tardías. Al igual que las primeras relaciones, madre y padre generalmente, van a teñir el modo de relacionarnos en la adultez, propone Taly Glatt Rosenthal. Aún parecería que la traducción judía sustenta tal presunción cuando asegura: Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él. Proverbios 22.6 Contra la traducción tradicional que asume camino como el camino de Dios, el término significa tanto modelo de vida como carácter moral. Se refiere, entonces, al impulso inicial que el niño recibe y que le conducirá inercialmente por los caminos de la vida.

Los estudiosos de la conducta humana proponen que son las primeras relaciones las que determinan, en buena medida, el desarrollo del carácter de las personas. Desde luego, la figura materna y la paterna son las que mayormente influyen en el individuo. No sólo se trata de los padres biológicos sino de las personas que hayan desempeñado tales roles. De acuerdo con Freud, ambas figuras, la materna y la paterna, resultan contrastantes y, agrego yo, tensionales en la formación del carácter individual. En la formulación del Complejo de Edipo, Freud propone que el hijo recibe palabras de aliento de su madre, mientras que del padre recibe palabras de realidad. Las primeras, se asume, son palabras de amor, mientras que las segundas resultan castrantes.

La propuesta freudiana establece que la persona hace suyas tanto las palabras de la madre como las del padre. Esto explica el que, como dice Moreno de la Rosa: Existe en la condición humana una compulsión muy fuerte hacia la repetición y que estamos atravesados por la pulsión de muerte, “más allá del principio del placer”, es decir, [Freud] se dio cuenta de que el ser humano no solamente tiende a la salud, al bienestar, a la felicidad, sino que dentro de la condición humana existe esa Cosa (sic) que empuja hacia la propia autodestrucción. Lacan llamará a eso “goce”, en donde el ser humano se siente atraído por maneras “insanas” de vivir la vida como lo es el exceso, el exceso en la droga, en la comida, en la bebida, etc., conductas autodestructivas que tienen su origen precisamente en la más tierna infancia y que se fueron moldeando por el deseo corrosivo de los padres.

Hay una interesante coincidencia con lo que la palabra de Dios explica como el origen del pecado del ser humano. En efecto, Santiago dice que: Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce. PDT O, como traduce TLAI: … cuando somos tentados, son nuestros propios deseos los que nos arrastran y dominan. La coincidencia resulta más relevante si consideramos que Jesús asegura que, el que practica el pecado es esclavo del pecado. Juan 8.34 Es decir, actúa bajo la compulsión de sus impulsos en un proceso de repetición que le degrada más y más, al mismo tiempo que exacerba su sumisión al diablo. Así que, podríamos llegar a la conclusión de que, en efecto, la vida adulta está determinada irremediablemente por las experiencias infantiles de las personas. Pero ¿es tal conclusión válida para quienes estamos en Cristo?

Al intentar responder tal pregunta debemos considerar dos declaraciones bíblicas. La primera tiene que ver con nuestra identidad: De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 2 Corintios 5.17 La segunda se refiere a la obra realizada por Cristo en nuestra regeneración: Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. 1 Juan 3.8b La Biblia reconoce implícita y explícitamente que las personas tenemos una historia en la que el quehacer satánico se ha manifestado y nos ha despojado de lo que es propio de nuestra condición de seres creados a imagen y semejanza de Dios. La degeneración de las personas y la de las relaciones humanas, empezando por las familiares, es consecuencia del pecado y tiene como final posible la destrucción plena de las personas. Juan 10.10

Ello implica la imposibilidad de componer (reparar), la vida de quien ha estado bajo el dominio del pecado. De ahí la radical necesidad del nuevo nacimiento. El reino de Dios, su orden, sólo es posible en quienes son criaturas nuevas, en quienes han muerto al pecado y nacido a la vida que es en Cristo Jesús. Juan 3; Romanos 6 Y, quienes hemos nacido de nuevo, habiendo muerto al pecado, somos libres del poder del pecado. Romanos 6.7 NTV Así que, en estricto sentido, quienes hemos nacido de nuevo estamos libres del poder de la pulsión de muerte a la que se refiere Moreno de la Rosa. En quienes somos creaturas nuevas, creación nueva, la infancia no tiene el poder para convertirse en nuestro destino. Somos nuevos, somos otros.

Pero, resulta que las personas a las que me he referido al inicio de esta reflexión son reales y cristianas. Son nuevas criaturas. Es decir, están libres del poder de sus vivencias infantiles. ¿Entonces? Primero, en mi intento de respuesta, una verdad de Perogrullo: No existen humanos perfectos. Nadie es perfectamente bueno, pero, tampoco nadie es perfectamente malo. Esto incluye a los padres y madres. La paternidad-maternidad, entonces, es un mosaico de grises. Los padres y las madres moldean el carácter de sus hijos con estímulos positivos y estímulos negativos. Son los hijos quienes eligen cuáles, cómo y cuándo validan unos u otros estímulos. Quienes no han nacido de nuevo tienen espacios de elección muy limitados, pero, quienes son nuevas criaturas eligen con mayor conocimiento, libertad y sentido de oportunidad. Precisamente porque son libres para hacerlo.

José Woldenberg propone: Somos nuestra memoria. Ella nos modela, nos hace ser quien somos… La memoria es decreciente, evanescente, además de selectiva. De ser ciertas tales propuestas, y no tenemos elementos para determinar que no lo sean, nuestros recuerdos pueden ser, o son, una mera interpretación de nuestra realidad, interpretación que está sujeta a circunstancias e intereses del momento en que los evocamos. De tal conclusión resultaría que nuestra infancia no es lo que nos define, sino que, a partir de nuestras circunstancias e intereses del momento, somos nosotros los que la recreamos, la reelaboramos para que dé sustento a lo que elegimos ser en nuestro aquí y ahora.

A los corintios Pablo les comparte: Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. Ello, porque: Todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado! Pablo añade que la consecuencia del estar en Cristo, del ser personas nuevas, es que ahora somos capaces de ser ministros de la reconciliación porque nosotros mismos hemos recuperado nuestro valor y nuestro equilibrio. Estamos en paz con lo que somos, independientemente de lo que fuimos. Por ello, podemos ser agentes de reconciliación aún con nuestros propios padres, quitando así toda la carga, el poder y las consecuencias de lo que ellos fueron y no fueron, hicieron y no hicieron.

Cultivar el resentimiento, mantener viva la memoria, nuestra memoria, de lo que hemos elegido hacer prevalecer de nuestra infancia no sólo nos separa de nuestras figuras parentales. Nos fragmenta y nos degrada a nosotros mismos . Pero, perdonar, superar, elegir desde nuestra condición de nuevas criaturas nos lleva a recuperar nuestro equilibrio y a volver nuestro corazón a favor de nosotros mismos.

A ello los invito, a ello los convoco.

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