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Como quieran que los demás hagan con ustedes

2 enero, 2011

San Pablo asegura que nuestra predicación es locura para muchos que la escuchan. Una de las razones para ello es que el mensaje de Cristo resulta extraño a quienes han aprendido a vivir de cierta manera. En muchos casos, aún la insatisfacción provocada por tal clase de vida no les impide rechazar, muchas veces a priori, el mensaje de vida.

Tal el caso del pasaje que nos ocupa. La llamada regla de oro se enfrenta con un hecho absoluto en quienes no viven la realidad del Reino de Dios se asumen como los acreedores de cuantos les rodean. Es decir, asumen que tarea de los demás es tratarlos como les es debido, hacer por y para ellos lo que necesitan y responder a sus expectativas, sin importar lo que ellos mismos sean o hagan. Es decir, se trata de personas que, por las razones que sean, van por la vida convencidas de que si de responsabilidades se trata, estas se les deben a ellas y si de derechos hablamos, estos les corresponden aún a costa de la dignidad, la paz y el equilibrio de los demás.

En efecto, muchos de los problemas relacionales: de pareja, filiales, amistosos, laborales, etc., se complican porque las partes en conflicto esperan que sean los otros los que hagan lo que es propio. Si de parejas se trata, se espera que el marido o la esposa cambien; si de los compañeros de trabajo, se espera que sea el otro el que se dé cuenta y haga lo que yo pienso, etc. Nuestro Señor Jesús hace evidente que en el origen de los conflictos relacionales se encuentran necesidades insatisfechas de las personas en lucha. La insatisfacción insatisfecha genera una mayor necesidad, hasta llegar al grado de que la persona necesitada resulta incapaz de controlar su frustración, su ira y deseos de revancha, lo que expresa con su intolerancia, persecución y diversas formas de agresión al otro. No solo ello, su capacidad de juicio se reduce de tal forma que se vuelve insensible a sus propios errores y propicia un mayor daño para sí misma y para con quienes está en conflicto.

El “como quieran que los demás hagan con ustedes” de la frase de Jesús, evidencia que Dios no solo no ignora nuestras necesidades y deseos, sino que los legitima en la medida que los mismos son expresión de nuestra condición y naturaleza humana.

En los conflictos relacionales, sean estos del tipo que sean, uno de los problemas que los exacerban es tanto el temor a que el otro no reconozca mis necesidades, como el efectivo menosprecio que el otro hace de las mismas. Por ejemplo, el esposo necesita que su mujer le escuche, pero también que le hable. Sin embargo, por la experiencia vivida, puede temer que a su mujer no le interese hacer ninguna de las dos cosas. Si a ello suma la incapacidad y/o el desinterés de la esposa en comprender su necesidad, generalmente actuará exigiendo al esposo que la escuche y le hable.

Lo que Jesús dice es que la necesidad del marido es real y es legítima. Y esto resulta fundamental comprenderlo. Todos tenemos necesidades sentidas, si algunas no tiene lógica o al otro le parecen que no son reales, siguen siendo nuestras necesidades. Sin embargo, tal no es el tema que ocupa a nuestro Señor. Él se ocupa de un modelo de satisfacción de necesidades que es propio del Reino de Dios. En cierta manera, a lo que Jesús nos llama es a dejar de buscar la satisfacción de nuestras necesidades en el modelo que es según la carne. Los que siguen tal modelo, no pueden agradar a Dios (Ro 8.8), ni, por lo tanto, satisfacer plenamente sus necesidades sentidas. La carne lo único que produce es corrupción, satisfactores chatarra. Como a muchos nos consta.

De lo que se trata, según el modelo propuesto por Jesús, es que quien está en necesidad tome el control del proceso para garantizar que encontrará lo que le hace falta. En este proceso, quien necesita ser tratado de cierta manera, actúa de la misma forma para con quien puede contribuir a la satisfacción de sus necesidades. Creo que aquí podemos aplicar uno que llamaremos principio de género. Género es la clase o tipo a que pertenecen personas y cosas. Otra forma de decirlo es iguales atraen a iguales. En la propuesta de Jesús está presente este principio, para recibir lo que deseas debes dar el mismo género, la misma clase, de lo que esperas recibir. Porque si das una clase distinta a lo que esperas recibir, nunca recibirás lo que estás esperando.

Es como salirse de curso, no importa cuánto avances en el mar o en el aire, cada vez estarás más lejos del destino deseado. Tan cierto es esto que nuestro Señor Jesucristo concluye que en eso se resumen la ley y los profetas. Es decir, toda la enseñanza de Dios para el cómo hacer la vida.

Los seres humanos tenemos mucho más capacidad y poder para definir nuestro destino que lo que generalmente estamos dispuestos a creer y aceptar. Si el futuro es cosecha, el mismo depende en buena medida de lo que sembramos hoy. Es cierto que nuestra siembra puede ser atacada y que habrá quienes en nuestro trigal siembren cizaña. Pero, según aseguró Jesús, en el día de la cosecha el trigo seguirá siendo trigo. Es decir, podemos confiar que el fruto de la justicia, siempre será justicia. Santiago3.18 asegura: los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia.

En la búsqueda de la satisfacción de nuestras necesidades, dejemos de actuar de la manera equivocada, mejor hagamos con los demás como queremos que hagan con nosotros. Replanteemos el modelo de nuestras relaciones, pero empecemos en y con nosotros mismos. Si nuestras relaciones son insatisfactorias, dolorosas y desgastantes, necesitamos cambiar. Pero, el principal actor del cambio somos nosotros mismos. Aun si el otro no desea cambiar, nuestro cambio lo confrontará y lo pondrá ante la disyuntiva de hacerlo o perder lo mucho que somos y representamos en su vida. Quien ante una propuesta fiel y santificada de cambio se resiste a cambiar, siempre terminará en pérdida.

Podemos estar seguros que Dios está interesado en nuestro bienestar. En Jeremías 29 el Señor asegura: Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. Por ello es que también podemos estar seguros de que él nos ayudará cuando nos propongamos vivir una vida acorde a su voluntad y propósito. Si durante este año de 2011 nos proponemos cumplir con la Regla de Oro, podemos estar seguros de que el Señor conducirá y apoyará nuestros pasos en la senda de nuestro bienestar, que nuestra vida será diferente, mejor, para la honra y gloria de Dios.

José, el Esposo Atípico

20 diciembre, 2010

José es el personaje de la historia de la Navidad que mejor me cae. Con frecuencia me siento solidario con él. Me parece que, en el fondo, José encarna uno de los aspectos más complejos, definitorios y aun difíciles del ser esposo: Asumir –hacer propias-, sin poder ni capacidad alguna para influir y lograr que cambien, las decisiones, las experiencias y/o las maneras de pensar de la esposa. En efecto, cuando José se entera, aparentemente de forma indirecta, que María está embarazada, se encuentra ante una situación en la que él no ha participado y de la que, sin embargo, debe responder de alguna forma.

Bien es cierto que María y José no vivían todavía juntos, como también es cierto que, por razones que no entendemos, Dios decidió tratar directamente con María sin tomar en cuenta el papel que José tenía como esposo de ella. En el entorno judío esta era una situación atípica. Las mujeres judías no gozaban de autonomía, ni cuando hijas, un cuando esposas. No podían establecer acuerdos sin la participación de su padre o de su esposo. En el caso de María, ya existía un contrato matrimonial con José, su relación se encontraba en la fase de la consagración matrimonial, la quedushín. En esta fase, que precedía a la de la consumación del matrimonio y el vivir juntos, la nissuín, María estaba tan obligada a la fidelidad y obediencia su marido José, como si ya viviera con él. Por ello es que resulta especialmente significativo que el ángel Gabriel se haya dirigido a María, y no a José o a los dos juntos, para comunicarle algo tan trascendente como el hecho de su embarazo por el poder y quehacer del Espíritu Santo.

Ante los acontecimientos que nos ocupan, José, como muchos esposos, se ve enfrentado a una situación que le rebasa y le coloca en la necesidad de hacer una decisión sumamente complicada. El evangelista Mateo nos dice que José era un hombre justo. En el contexto bíblico esto significa que José era un hombre que valoraba la Ley Mosaica y las tradiciones y costumbres de su pueblo. Por ello, ante el hecho de que su esposa resulta embarazada por alguien que no es él, enfrenta la necesidad de proceder en justicia; es decir, de hacer aquello que la Ley establecía para tales casos: denunciar a María y dar por finiquitado el compromiso matrimonial con ella.

Ahora bien, la justicia no resultó suficiente para José en la medida que proceder justamente, de acuerdo con lo que la Ley establecía, provocaba un conflicto con otro aspecto del carácter de José. No sólo era justo, sino que también era misericordioso. Como observante cuidadoso de la Ley, sabía que su repudio público de María no sólo significaría para ella vergüenza y marginación. También abría la puerta para que María fuera castigada conforme a lo que la Ley establecía como el castigo para una esposa adúltera: ser apedreada hasta que muriera.

Obviamente, José amaba a María. Más aún, la misericordia de José le impedía asumir la responsabilidad de la muerte de cualquiera, particularmente, de la muerte de la mujer que él amaba y legalmente ya era su esposa. ¿Qué hacer?, era el dilema de José. Cumplir con lo que se sabe, lo que se ha aprendido y lo que se cree; o correr el riesgo de transitar por caminos desconocidos en el cómo de las relaciones conyugales. No debe haber sido esta una situación fácil para José. Mateo dice que José no quería denunciar públicamente a María, [y] decidió separarse de ella en secreto. Una mejor traducción dice de José, pero a la vez no quería. José sabía lo que un esposo tenía que hacer ante el embarazo, la presunta infidelidad, de su mujer. Su forma de pensar, la manera en que había aprendido a ser esposo, por el ejemplo de su padre, su abuelo, los otros esposos con los que él convivía, le mostraban el camino a seguir. José, por lo tanto, sabía lo que debía hacer, pero a la vez no quería hacerlo.

Por ello estuvo dispuesto a violentar, él mismo, la Ley Mosaica. Llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era separarse de María en secreto. Pero, la Ley no contemplaba tal modalidad. De hacerlo, él mismo quedaría en entredicho porque si el hijo de María no era suyo, debía haberla denunciado públicamente; y si era de él, entonces no tenía razón para repudiarla.

Difícil situación la de José. ¿Qué hacer, cumplir de la forma debida o ir en contra de lo que él mismo era, creía y consideraba propio? ¿Qué hacer ante aquello en lo que el proceder de su mujer lo colocaba en una condición de ignorancia, confusión y conflicto interior? Esta es una pregunta válida no sólo para José, sino para muchos esposos de nuestros días. La cotidianidad de la vida conyugal lleva a los esposos a circunstancias inesperadas y desconocidas que actúan como parteaguas de lo que son, piensan, hacen y deciden. Muchas cosas de lo que sus mujeres piensan, hacen y deciden ponen a prueba lo que los maridos han aprendido que es lo correcto, lo propio, lo conveniente. Como José, no pocos concluyen que lo mejor es separarse en secreto de sus mujeres.

Este separarse en secreto, incluye la toma de distancia emocional, y aun espiritual, respecto de la esposa. Se termina por ver a la mujer como a alguien ajena al esposo, con la que, sin embargo, hay que seguir interactuando, relacionándose, de la mejor manera posible. Es decir, los maridos se separan de su mujer en lo secreto –muy dentro suyo-, aunque permanezcan en relación con ellas. Pero, como en el caso de José, llegar a tales conclusiones y/o tomar tales decisiones, lejos de traer paz al marido y de contribuir al bien de la relación matrimonial, sólo producen noches oscuras, como la de José.

Siempre me ha parecido muy interesante, bella y reveladora la expresión con la que el ángel anima a José: No tengas miedo de tomar a María por esposa (no temas recibir a María como tu mujer). El ángel mete el dedo en la llaga, pues hace evidente que la mayoría de los esposos experimentan miedo ante las expresiones de la libertad y autonomía de sus mujeres. Que la esposa no sea, piense y actúe como el marido piensa que debe hacerlo, genera miedo en el corazón del esposo. El miedo coarta la libertad y termina por destruir a quien lo experimenta y a quienes ama. Por ello es que el ángel invita a José a que no actúe como se acostumbra hacerlo; más bien, le propone, abre tus ojos y descubre que lo que pasa en María es quehacer del Espíritu Santo. José, ábrete y disponte a conocer y participar de los tiempos nuevos que el Espíritu Santo está trayendo a tu mujer, a ti mismo y a todo el mundo.

El nacimiento del niño Jesús también nos anuncia que el cómo de las relaciones matrimoniales es transformado a la luz de Cristo. Jesús libera a las mujeres y las trata de tú a tú, sin intermediarios, sin tutores. Reconoce en ellas la imagen y semejanza de Dios. Por ello, para hablar con María, Dios no tiene que pedirle permiso a José. Pero, Jesús también libera a los hombres de la pesada carga de ser los dueños, los responsables últimos de sus mujeres. El reconocerlas como iguales a ellos, el respetar sus espacios de decisión y autoridad, el participar de aquello en lo que ellas están envueltas, aun cuando parezca ponerlos en riesgo, no es razón para que teman. La razón es sencilla, en el fortalecimiento de la identidad, la individualidad, de su esposa, es el Espíritu Santo quien está actuando.

José me cae bien porque me identifico con él cuando me confundo, me estremezco, me enfado, ante el actuar independiente de mi esposa. Pero, José me cae mejor porque veo en él la clase de esposo que me propongo ser cada día. Justo, pero misericordioso; temeroso, pero confiado; cansado, pero paciente; ignorante, pero obediente a la palabra recibida de Dios para el bien de mi matrimonio. Y a esto animo a los esposos que me escuchan o leen. Oro por que la realidad de Cristo en los esposos cristianos nos permita ser participantes, junto con José, de las buenas nuevas de paz para los hombres que gozamos del favor de Dios.

Lo que Creemos Acerca de la Virgen María

6 diciembre, 2010

Con frecuencia, y sobre todo alrededor del 12 de diciembre, a los cristianos-evangélicos se nos acusa de no creer en la Virgen o de no ser buenos mexicanos por no reconocer como su madre a  Guadalupe. El hecho es que tal acusación o reclamo es fruto de la ignorancia acerca de lo que los cristianos-evangélicos creemos en acuerdo con lo que la Biblia enseña respecto de la Virgen María.

Para empezar, y hay que insistir en ello, los cristianos-evangélicos creemos todo, y nada más, lo que la Biblia enseña acerca de María, la madre de nuestro Señor Jesucristo. En primer lugar, creemos que María era una mujer temerosa de Dios, piadosa y sumamente conocedora de las Sagradas Escrituras. La razón para creer tal cosa la encontramos en el llamado Cántico de María, mismo que aparece en el Evangelio según San Lucas, capítulo dos, versos 46 al 55. Este es un recuento certero de los hechos de Dios a favor de la liberación de su pueblo; pero, también es una admirable interpretación acerca del significado de la salvación que el Mesías habría de traer a quienes pusieran su fe y confianza en él.

La Biblia también enseña, y nosotros lo creemos, que el embarazo de María fue un hecho extraordinario que manifiesta el poder de Dios. La enseñanza bíblica nos dice que María era una mujer virgen, a la que cuando pregunta cómo es que podrá dar a luz a un hijo sin haber tenido relaciones con ningún hombre, el ángel Gabriel le explica que el Espíritu Santo vendría sobre ella, y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra y entonces ella quedaría embarazada de aquél que sería llamado Hijo de Dios.

Pero, la Biblia también enseña que, una vez que el niño Jesús naciera, María y José practicaron el tipo de relación que es propia de todo matrimonio consagrado a Dios. En efecto, el evangelista Mateo, en el capítulo uno, verso 25 de su evangelio, explica que José y María no tuvieron relaciones conyugales hasta que dio a luz al niño Jesús.

Detrás de la hiperdulía (veneración o culto extraordinario), a María de Guadalupe, se encuentra todo un sistema de enseñanza respecto de la Virgen María, que ha sido cambiante a lo largo de la historia de la misma iglesia mayoritaria. Los principales dogmas marianos, es decir aquellas enseñanzas que deben ser aceptadas para poder ser salvos, aún cuando no se comprenda, son, además de todo, relativamente recientes. Estos dogmas son cuatro:

  • El Dogma de María, como Madre de Dios y de la Iglesia, acordado en el Concilio de Éfeso en 431.
  • El Dogma de la Perpetua Virginidad de María, aprobado en el IV Concilio de Letrán, en 1215.
  • El Dogma de la Inmaculada Concepción, decretado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854.
  • El Dogma de la Asunción de María al Cielo, decretado por Pío XII, en noviembre de 1950

Además de tales dogmas, la iglesia romana enseña que María es corredentora, junto con nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No deja de ser complicado para el razonamiento humano que se enseñe que María se ha aparecido en tres distintos lugares y momentos: Tepeyac, Lourdes y Fátima y que, sin dejar de ser una sea venerada con distintos énfasis y merecimientos; más aún, hasta en competencia consigo misma.
Además de los problemas derivados de la inconstancia de la doctrina mariana, cabría preguntarse qué de aquellos que se murieron sin saber que María era perpetuamente virgen; o que María hubiera ascendido al cielo, está un hecho por demás relevante: ninguno de tales dogmas tiene sustento bíblico. Es más, los dogmas y la enseñanza de María como corredentora, no solo son diferentes a la enseñanza bíblica, sino que contradicen lo que la Palabra de Dios enseña respecto de la obra redentora de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Por ejemplo, la doctrina del pecado original no tiene fundamento bíblico. La Biblia nos enseña que María era virgen cuando el Espíritu Santo vino sobre ella y concibió a Jesús en su vientre. Pero, también enseña que María y José tuvieron relaciones sexuales después de que Jesús nació. Además, diferentes pasajes bíblicos se refieren a las hermanas y los hermanos de Jesús, hijos de María y de José. También la Biblia nos enseña que Dios es, sin principio ni fin. Destaca que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, siempre distinguiendo la doble naturaleza de Cristo. Y enseña que María es madre del niño Jesús, es decir, este en cuanto hombre y no en tanto Dios. No hay sustento bíblico para el mito de que María fuera arrebatada al cielo. María, al igual que los que “durmieron en el Señor”, resucitará cuando Jesús venga por segunda vez a la tierra. Finalmente, la Biblia enseña que solo Dios es nuestro redentor.

Toda propuesta idolátrica contiene en sí misma consecuencias, muchas veces irreversibles, en contra de quienes las practican y promueven. El fruto del error solo puede ser más error. Así como del grano de maíz que se siembra, brota una planta que contiene muchas mazorcas con muchos más granos; así, de la semilla de la idolatría brotan muchas semillas más de error y castigo. México padece tantos males: corrupción, violencia, machismo, pobreza, etc., entre otras cosas, por la ignorancia idolátrica en la que siglos y siglos de engaño se ha sumido a nuestro pueblo. Guadalupe, se asegura es el factor de identidad del pueblo mexicano. Antes guadalupanos que mexicanos, se presume. Y, sí, tal propuesta idolátrica ha provisto una identidad a muchos mexicanos, pero es esta una identidad deformada, contraria a aquella con la que fueron creados: la imagen y semejanza de Dios.

“Mi pueblo perece [dice el Señor] por falta de conocimiento”. ¿De qué clase de conocimiento? ¿Qué es lo que el pueblo que perece desconoce? Desconoce al Dios de Jesucristo. La mentira idolátrica en la que vive atrapado le impide reconocer al único y verdadero Dios, le impide relacionarse con el único que puede darle vida, porque él mismo es la vida: Jesucristo.

La Biblia enseña que “el cazador tiende la trampa y cae en ella”. Así sucede con las propuestas idolátricas. Aún aquellos que las promueven, sabiendo que son falsas, resultan esclavos de las mismas. Vaya si no la experiencia quien fuera Abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulemburg quien, en privado y en público expresaba su convicción de que nada era cierto de la enseñanza guadalupana. Pero, su convicción no resultó suficiente para liberarlo del poder de ese sistema de mentira que, además de enriquecerlo, lo mantuvo a su servicio por muchos años y lo expulsó cuando dejó de serle útil.

La idolatría de los gobernantes, nos enseña la Biblia, termina por dañar al pueblo. Este, sobre todo cuando es abusado en su ignorancia, sufre las consecuencias de la rebeldía de los poderosos ante las enseñanzas y mandamientos divinos. Muchos casos en la historia de Israel, el pueblo de Dios, nos muestran como la ira del Señor se volvió contra su pueblo cuando este, siguiendo a sus líderes rebeldes, se alejó de los mandamientos recibidos. Pobreza, opresión, destierro, destrucción de las familias, etc., fueron las consecuencias resultantes de la idolatría.

Hoy, nuestro país paga, indudablemente, la idolatría de sus gobernantes. Cuando, lejos de buscar a Dios, estos mismos gobernantes consultan a adivinos y hechiceros, los males del pueblo todo irán en aumento. México vive hoy las consecuencias del pecado de aquellos hombres y mujeres en eminencia que, lejos de servir a Dios, le desobedecen y retan con su idolatría.

Nosotros sí creemos en María: la madre de Jesús, nuestra hermana en la fe. María de Guadalupe no es ni reina, ni camino a Jesús. Jesucristo es el único camino, es la verdad y es la vida. Solo en él y al través suyo podemos conocer a Dios. Tarea de quienes profesan creer y honrar al único y verdadero Dios, es animar a quienes padecen bajo el peso de la idolatría a que se vuelvan al Dios de Jesucristo. Con firme caridad y con compasión perseverante debemos proclamar en todo tiempo y lugar que solo Jesucristo es Rey, que solo él ha pagado el precio de nuestra redención. Que su sacrificio es suficiente para que podamos acercarnos confiadamente al trono de Misericordia de nuestro Dios.

Cuando Pablo estuvo en Atenas, “su espíritu se enardecía viendo a la ciudad entregada a la idolatría”. Algunos de nosotros podemos identificarnos bien con el Apóstol. Pero, les animo a que veamos más allá, con los ojos de la fe. México tiene que cambiar; cada día más y más personas están saliendo de la oscuridad a la luz admirable de Cristo. Oremos, intercedamos por el bien de nuestra nación. La perseverancia en la intercesión y en el anuncio del evangelio son las armas con las que, en el nombre del Señor, habrá de ser vencida toda clase de idolatría.

Quiero terminar con una palabra de esperanza, haciendo mía la visión de Isaías: “Solamente el Señor mostrará su grandeza en aquel día, y acabará con todos los ídolos. Isa 2.17