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Entregar el Espíritu

2 agosto, 2010

Hace muchos años, más de treinta, tuve la oportunidad de volar por primera vez en una pequeña avioneta. Cruzamos buena parte de la Sierra Madre, en el Estado de Chihuahua, así que tuvimos que despegar y aterrizar varias veces en rústicas pistas, entre tierra y no pocas piedras. Al observar al piloto que, después de que la avioneta se encarreraba un tanto sobre la pista, jalaba una palanca produciéndose así el despegue, le pregunté: ¿cómo sabe cuándo es el momento de jalar la palanca para elevarse? El piloto, quizá extrañado por mi pregunta, dudó un poco y entonces me contestó: la avioneta te dice cuándo está lista para dejar la tierra y volar.

Tan pocas palabras compusieron uno de los mejores sermones que haya yo escuchado. Resultaron una parábola sobre la fe, la confianza y la entrega de nuestra vida a Dios, nuestro Señor. Y es que al reflexionar sobre la respuesta del piloto vienen a mí los momentos de la vida en los que debemos dejar, separarnos, distanciarnos de alguien o de algo para poder ir al encuentro de lo que está delante. Pienso en las mujeres y los hombres de la Biblia quienes llegaron a períodos clave, determinantes en y de sus vidas, en los que tuvieron que renunciar a la seguridad de sus espacios, al pretendido control de sus circunstancias y se entregaron a lo desconocido.

Algunos, cuando la vida o Dios mismo los llamó a ir más allá de lo que eran, tenían y estaban haciendo, respondieron en obediencia y, como Abraham, salieron de su tierra, dejando a su parentela para ir a lugares que no sabían dónde quedaban. Otros, como Jonás, simplemente no quisieron dejar de ser lo que eran, ni de tener lo que tenían; tampoco quisieron caminar caminos oscuros y correr riesgos desconocidos. Estos últimos, decidieron permanecer en tierra, caminar sí, pero en dirección contraria a la que Dios les estaba indicando.

Es que no resulta fácil ni sencillo dejar la seguridad de lo que somos y tenemos. Una de las tendencias naturales del ser humano es la que lo inclina al confort, a la comodidad de lo que conoce y puede controlar. Cuando la vida lo coloca en situaciones de cambio, sobre todo cuando la propuesta de la vida conlleva, o parece hacerlo, el riesgo del dolor y del sufrimiento, las personas nos resistimos a salir de nuestra zona y confort y nos aferramos a lo que somos, tenemos, nos hace sentirnos seguros.

Pero, resulta, que como las avionetas de la Sierra de Chihuahua, no importa cuántas veces hayamos aterrizado y despegado en nuestra vida, siempre habrá una vez más para hacerlo, siempre habrá una nueva pista de la cuál tendremos que partir para ir al encuentro de nuestra realidad y destino. Esta realidad tiene que ver con el todo de nuestra vida y la enfrentamos y vivimos, en acuerdo o en desacuerdo, cada día… hasta que se acaben los días de viajar.

Pensemos en los padres de familia y en esa circunstancia, accidente de tiempo inevitable, que significa el dejar ir a los hijos y quedarse solos y a solas. Mientras menos tienen los padres, como individuos y como pareja, más difícil les resulta dejar lo que conocen y controlan. Se aferran a los hijos, no por los hijos mismos, sino por lo que ellos representan para los padres incapacitados para volar a la nueva etapa de sus vidas. En la mayoría de los casos el aferrarse a los hijos, o a los padres, provoca una serie de complicaciones tales que lejos de hacer la convivencia entre los padres y sus hijos mayores una fuente de bendición, paz y crecimiento, se convierte en motivo de discordia, frustración y amargura crecientes.

O pensemos también en aquellos hombres y mujeres que iniciaron alguna empresa importante en la vida. Fueron visionarios, valientes y arrojados, dispuestos a volar por zonas que no conocían y a recorrer caminos en los que no sabían qué habrían de encontrar. Pero, llegados a la vejez se niegan a pasar la estafeta. Se aferran a lo que fueron e hicieron, a lo que tanto les costó y a lo que con tanto esfuerzo lograron echar a andar. Por lo tanto, no dan oportunidad a otros para que enriquezcan la empresa iniciada por ellos. Se aferran creyendo sinceramente que pueden seguir en control, cuando en la realidad lo único que están haciendo es sofocar, asfixiar, la obra que Dios les encomendó y que con tanto éxito hicieron fructificar en el tiempo favorable. Es esta una historia que se repite, una y otra vez, en empresas familiares de todo tipo; así como, desafortunadamente, en un número creciente de iglesias y movimientos eclesiales que habiendo sido fructíferos ahora languidecen bajo el liderazgo de hombres y mujeres cansados; mismos que no han estado dispuestos a despegar y dar así la oportunidad a que la vida siga y otros tomen la estafeta que ellos recibieron de quienes les precedieron o de Dios mismo.

Hay un tercer espacio en el que el reto de dejar lo conocido para asumir e ir hacia lo que no conocemos, se vuelve especialmente difícil y doloroso. Tiene que ver con la aceptación de nuestro propio desgaste, de esa dinámica en la que el deterioro de nuestra humanidad parece ir en proporción inversa a nuestro deseo de ser todavía relevantes, útiles y productivos. No sé ustedes, pero a veces me encuentro con que todavía tengo mucho más que dar, que aquello que mi cuerpo está en condiciones de hacer, de procesar. Queremos seguir al mismo ritmo que lo hicimos hasta aquí… o hasta ayer. Queremos seguir trabajando, comiendo, relacionándonos, importando… como antes. Por eso nos volvemos, no solo perseverantes, sino tercos y hasta groseros cuando otros, no falta quien lo haga, nos recuerden que ya no somos, ni podemos, lo que antes éramos y podíamos.

Son circunstancias en las que tenemos que dejar de correr por las pistas de arena y piedra conocidas para elevarnos a las realidades nuevas que tenemos por delante. La cuestión es que hemos aprendido que siempre será mejor aquello que resulte de nuestras fuerzas e inteligencia. Por eso queremos seguir haciendo, permaneciendo, controlando y no aceptamos que ha llegado un momento, una manera diferente de ser y hacer. Hemos creído que si hacemos más, si nos esforzamos más, si nos presionamos a nosotros mismos y a los demás, podremos lograr todavía cosas buenas, importantes y trascendentes.

Resulta, sin embargo, que al ir a la Palabra de Dios nos encontramos que cuando las mujeres y los hombres temerosos de Dios han llegado a tales momentos de cambio, la respuesta no ha estado en el hacer más, sino en el que permanezcamos quietos. Isaías reclama, en nombre de Dios, que en medio de su conflicto, Israel todavía siguiera creyendo que la respuesta a su tragedia estaba en hacer más de su propia mano. Isaías (30.15), les recuerda: así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: en descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos;  por tanto,  vosotros huiréis. Sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores.

Siempre he creído que quien sí creyó tal promesa y la hizo suya fue, precisamente, nuestro Señor Jesús. Lucas nos cuenta que, en la cruz, Jesús llegó al momento en que ya nada podía hacer, ni por sí mismo, ni por los que habían confiado en él. Todo lo que fue, todo lo que hizo, todo lo que pudo había llegado a su fin. Entonces, relata Lucas, Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús llegó al lugar y al momento en el que tuvo que soltar todo lo que había estado en su control y abandonarse en los brazos y la gracia del Padre.

¿Qué no podría haber hecho otra cosa? ¿Qué su fe no era suficiente para bajar de la cruz? ¿Qué no tenía el poder para echar fuera los demonios que poseían a la multitud que lo estaba crucificando? A todas estas preguntas la respuesta es una sola: sí. Pero, nuestro Señor Jesús supo que había llegado el momento de estar quieto y descansar en la misericordia del Padre. Que había llegado el momento en el que habría de conocer lo que hasta ese instante no había conocido del Padre: su poder para resucitarlo a él y para redimir a todos los que hacen suyo el sacrificio del Calvario.

Entre los que me leen hay quienes, al igual que las avionetas, intuyen que ha llegado el momento de despegar, de abandonar la pista que representa lo que conocen, disfrutan y controlan. Naturalmente, algunos tienen temor y otros se rebelan ante tal revelación. Sin embargo, es tiempo de entregar el espíritu, el aliento, el aire que les queda (nos queda), y abandonarnos en las manos del Señor para que sea él quien haga de y con nosotros lo que él se ha propuesto. En algunos casos, quizá, como en el de Jesús en la cruz, ello implique que se acepte que se ha llegado al final del camino. Como la Nicolina, una mujer a quien tuve el honor de pastorear. En la camilla de la sala de urgencias del hospital al que la llevaron me dijo: Pastor, me muero. Le recomendé entonces: Nicolina, si se ha llegado el momento, deje de luchar y entréguese al Señor. De veras, dijo. Reposó la cabeza sobre la camilla y así, en paz, el Señor la llevó a su presencia.

En otros casos, quizá los más, entregar el espíritu significa entregar el control de nuestra vida, renunciar a lo que controlamos, o creemos hacerlo (nuestra salud, nuestra provisión, la felicidad de los nuestros, etc.), y reposar en el Señor. Creo que es esta la expresión mayor y más sublime de nuestra fe. La que no solo cree que Dios puede hacer cosas para nosotros, sino la que cree también que él puede hacer grandes cosas con y en nosotros. Es la fa que anima nuestro salir de casa y dejar a la parentela para ir al encuentro de su bendición. Es la fe que se cristaliza en el entrar en el reposo del Señor y habitar confiados bajo la sombra del Omnipotente.

Cuando el piloto no entiende lo que la avioneta le está diciendo corre el riesgo de estrellarse en la tierra que ha sido llamado a abandonar. No permitamos que esta tierra, con todo lo que tiene y representa, nos impida entrar en la profundidad del amor y el consuelo de nuestro Dios. Recordemos que él, cuando todo se nos ha quitado, nos prepara un banquete delante de nuestros enemigos y nos ha preparado lugar del que nunca más tendremos que separarnos, el lugar de su presencia amorosa e infinita.

Estando en la cruz nuestro Señor Jesucristo supo que había llegado el momento de jalar la palanca. ¿Cómo lo supo? ¿Qué señal tuvo de que era el momento propicio para abandonarse en los brazos del Padre? Estoy seguro que fue el testimonio mismo del Espíritu del Padre lo que hizo que Jesús supiera. El mismo Espíritu de Dios está en nosotros y sigue dando testimonio al nuestro de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, podemos saber y entender los tiempos divinos. Te animo a que, como Jesús, te mantengas en comunión con el Padre, así sabrás cuando ha llegado el tiempo de jalar la palanca y podrás disfrutar del reposo del Señor.

Somos el Pueblo de la Palabra

31 julio, 2010

2Timoteo 4.1-5

En México, agosto es el mes de la Biblia. En pleno Siglo XXI tal celebración pareciera un despropósito, sobre todo ante la propuesta de que toda verdad es relativa. La Biblia, se nos dice, es una colección de historias inexactas, de preceptos pirateados a otros escritos religiosos, un compendio de principios moralistas irrelevantes, etc. Sin embargo, para nosotros los cristianos la Biblia es nuestra regla de fe y, en cuestiones espirituales, está libre de error. Ello significa que, en materia de fe (Dios, la salvación, la ética y la moral, etc.), juzgamos y calificamos todo a la luz de lo que la Palabra nos enseña. Por más interesante, atractiva y complaciente que resulte cualquier idea o enseñanza religiosas, nosotros vamos a la Biblia para comprobar la fidelidad de tales ideas o enseñanzas. Si estas no están de acuerdo con el pensamiento bíblico… las desechamos.

Vivimos en un mundo saturado de propuestas religiosas. Algunas de ellas parecen ser una novedad cuando realmente son las mismas enseñanzas erradas promovidas por el diablo desde siglos atrás. Todas ellas tienen como propósito el impedir que las personas sirvan al único y verdadero Dios. Algunas de estas corrientes religiosas son francas, abiertas, y declaran su propósito honestamente. Otras resultan más peligrosas en cuanto que toman elementos de la sana enseñanza y los mezclan con propuestas totalmente ajenas a la misma. Sin embargo, es esta mezcla la que las hace especialmente peligrosas y, paradójicamente, sumamente atractivas para las personas que viven en ignorancia de Dios y de su Palabra.

Como hemos dicho, el propósito original de las enseñanzas diabólicas es impedir que las personas conozcan y sirvan al único y verdadero Dios. Esto se logra en la medida que se alimenta el deseo de la gente de ser como Dios. Es decir, de decidir por sí misma qué es lo bueno y qué es lo malo. A esta gente Pablo la califica como “amadores de sí mismos”, y dice de ellos que aparentarán ser muy religiosos, pero con sus hechos negarán el verdadero poder de la religión. 2Ti 3.5 Más aún, de acuerdo con nuestro pasaje, estas personas llegarán al momento en que “no soportarán la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso de toda clase de cuentos”. 2Ti 4.1-5

Toda clase de cuentos. Para que los cuentos sean creídos se requiere tanto de la habilidad del cuentista como de la disposición de quien los escucha. Esta disposición está determinada por los intereses del oyente. Es a esto a lo que Pablo llama “caprichos”, sus deseos. En un diciembre pasado, un periodista se refería a las multitudes que abarrotaron nuestra Ciudad, como “un pueblo de huérfanos que necesitan de una figura paternal fuerte”. Y en verdad, detrás de tanta emoción y alboroto se esconden necesidades profundas e insatisfechas que llevan a la gente a desear con pasión una salida de su condición actual. Sin embargo, se trata de que la salida de su condición actual sea una que les beneficie sin comprometerlos ni obligarlos a salir de la comodidad de sus pensamientos y tradiciones.

Por ello están dispuestos a creer en cuentos, historias falsas. Al profeta Isaías se el advierte que la gente que no está dispuesta a escuchar la sana enseñanza (por el compromiso y sufrimiento que esta incluye), pedirá: “No nos cuenten revelaciones verdaderas; háblennos palabras suaves; no nos quiten nuestras ilusiones.” Isa 30.10 La Biblia Latinoamérica traduce esto así: No nos comuniquen la verdad, sino que, más bien, cuéntenos cosas interesantes de mundos maravillosos.

Entre otros medios, el semanario Proceso ha publicado una serie de artículos que demuestran que la pintura de la Virgen de Guadalupe, fue pintada por manos humanas. Investigadores destacados, restauradores reconocidos e historiadores serios dan testimonio tanto del origen humano de la pintura referida, como de la no certeza histórica de la existencia de Juan Diego. Sin embargo, creer y aceptar estas verdades representa la necesidad de renunciar a las ilusiones con que muchos alimentan su existencia. Desde luego, resulta mucho más emocionante creer en cosas interesantes de mundos maravillosos, que creer en la Palabra que transforma nuestra vida. Pero, resulta, no sólo quienes profesan la fe católica asumen como reales tales cosas interesantes. No pocos cristianos evangélicos tienen sus propios mundos maravillosos. Y, desafortunadamente, cuando son confrontados por otros, o por la vida misma, acerca del sustento de sus creencias, entran en crisis y terminan, en no pocos casos, por escoger y privilegiar sus propias fantasías antes que la enseñanza bíblica. Así mantienen sus ilusiones. Son quienes dicen a los a los profetas: No nos cuenten revelaciones verdaderas; háblennos palabras suaves; no nos quiten nuestras ilusiones. Isa 30.10 Porque este es precisamente el atractivo de los cuentos, de las fábulas: no te obligan a transformar tu vida, pues todo lo que te ofrecen son meras ilusiones… te llevan a vivir una realidad virtual, misma que puedes ir cambiando y adaptando a tus deseos e intereses más inmediatos.

La fe cristiana es una fe racional, no reñida con la inteligencia de las personas. La fe cristiana tiene que ver con el pensamiento antes que con las emociones. Por eso se basa en la Escritura, que está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. 2Ti 3.16

¿Cuál es nuestra tarea en las circunstancias que nos toca vivir? Obviamente tendremos que enfrentar mayor intolerancia, incomprensión y experimentaremos el celo de Dios en nuestros corazones ante la manifestación burda de la idolatría. Pero debemos ser cuidadosos para enfrentar todo esto en el espíritu de Cristo. Y Pablo dice a Timoteo: pero tú conserva siempre el buen juicio, soporta los sufrimientos, dedícate a anunciar el evangelio, cumple bien con tu trabajo. 2Ti 4.5

Y es que Pablo tenía un secreto, sabía que las tinieblas no avanzan. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron ante ella. Jn 1.5 No importa lo que veamos, lo que escuchemos ni lo que padezcamos, Jesucristo sigue siendo la luz del mundo, la luz de México. Pero si las tinieblas no avanzan, la luz sí puede retroceder. Y este es nuestro reto, fielmente sustentados en el espíritu de Cristo, debemos seguir iluminando con la luz que está en nosotros y no permitir que la luz de Cristo retroceda. No se trata de que nos entristezcamos al grado de la parálisis, ni de que nos enojemos con quienes viven en el engaño. Tampoco se trata de que nos desgastemos en discusiones estériles. Se trata de que, en medio de esta oscuridad, brillemos con la luz de Cristo.

Nuestros recursos son poderosos. Entre ellos, la palabra de Dios que es la espada que nos da el Espíritu Santo. Ef 6.17 Más poderosa aún que los machetes de San Salvador Atenco. Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón. Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él; todo está claramente expuesto ante aquel a quien tenemos que rendir cuentas. Heb 4.12-13

No debemos olvidarlo, somos el pueblo de la Palabra.

Que no se Rompa la Cadena

24 julio, 2010

Hechos 18.24-28

Manuel J. Gaxiola Ph Dr

Dr. Manuel J. Gaxiola

Desde que inicié mi carrera ministerial escuché de mi Padre, muchas veces, su llamado: “hijo, que no se rompa la cadena”. Se trataba, desde luego, de una invitación para que el don que yo había recibido mediante la imposición de manos de otros ministros, no se agotara en mí sino que fluyera también a otros. Dos cosas muy importantes resultan del llamado de mi Padre: la primera, me relevaba del tener que responder por lo que otros hicieran con el don recibido, cada eslabón es responsable de sí mismo. En este sentido, el llamado de mi Padre consistía en que no permitiera que mi eslabón se rompiera y así la cadena se interrumpiera. La segunda enseñanza consiste en el hecho de que somos, los discípulos de Cristo, parte de algo que es mucho más grande, trascendente e importante que nosotros, nuestro espacio y nuestro tiempo. Así, se trata de tomar conciencia de la trascendencia de nuestro aquí y ahora, pero, al mismo tiempo, vivir de tal manera que el propósito superior, el propósito divino, se cumpla al final de los tiempos.

Me he permitido esta digresión personal para animarles a ustedes a que nos descubramos en el personaje central del pasaje leído, Apolos. Aun cuando conocemos bajo el nombre de Hechos de los Apóstoles, la obra de Lucas; hay quienes nos proponen que debiera llamarse Hechos del Espíritu Santo. Fundamentan tal propuesta en el hecho de que el actor principal de la historia bíblica es, precisamente, el Espíritu Santo; el mismo que actúa en y al través de los Apóstoles y demás cristianos. No se trata, desde luego, que el Espíritu Santo tome el control de la voluntad de los hombres y las mujeres miembros de la Iglesia y protagonistas de su historia. Pero, sí de que al aceptar ser animados y dirigidos por el Espíritu que habita en ellos, los cristianos se convierten en colaboradores y hacedores del propósito divino en general y de los propósitos particulares para los cuales el Señor los ha llamado. Tal el caso de Apolos.

Resulta interesante la manera en que Lucas introduce a Apolos en su relato: natural de Alejandría, hombre elocuente, poderoso en las Escrituras… instruido en el camino del Señor… de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente… aunque solo conocía el bautismo de Juan. Lucas establece un contraste que nos permite ver que, en el camino y la obra de Dios, nadie es suficiente en sí mismo. Nadie se agota en sí mismo, sino que forma parte de un todo, requiere de la coparticipación de otros y en la medida que aporta lo suyo, enriquecido por sus compañeros de camino, cumple una tarea superior y de mayor importancia.

A veces pareciera que con lo que somos, hemos alcanzado y hacemos, es suficiente. Conciente e inconcientemente vamos por la vida poniendo límites a nuestros horizontes de servicio a Dios. Nos parece que si nos realizamos, si somos mejores y tenemos más que otros, es suficiente. Sin embargo, Apolos nos revela que a menos que encajemos, nos sincronicemos, con el todo de Dios, lo que hayamos logrado no tendrá ni sentido ni relevancia. Dios nos ha llamado con un propósito específico y a lo largo de nuestra vida nos ha ido preparando para que podamos cumplir con tal llamamiento y la tarea, o las tareas, que ello implica. Como con Apolos, cuyo trasfondo social, así como su preparación y aún su carácter entusiasta, podrían ser indicadores del éxito total. Sin embargo, Lucas señala que en las cuestiones trascendentes, las importantes, apenas se había quedado en los fundamentos de la fe: solo conocía el bautismo de Juan.

El relato lucano nos revela que, como en el caso de Apolos, en nosotros ni lo que hemos logrado obvia la necesidad de aprehender lo que carecemos; ni lo que carecemos invalida la importancia de lo que ya tenemos. Se trata, de acuerdo con el pasaje que nos ocupa, de ir más allá. Y este ir más allá es posible gracias, y solo, en el entorno de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo. Lucas relata que en la sinagoga de Éfeso, dato de por sí revelador, Priscila y Aquila escucharon a Apolos, quienes lo tomaron aparte y le expusieron con más exactitud el camino de Dios. El resultado fue que en la región de Acaya (que ahora forma parte de Grecia), Apolos fue de gran provecho y refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.

De Lucas podríamos deducir que Apolos no fue llamado para ser hombre elocuente y para enseñar diligentemente. Fue llamado, y preparado, para anunciar el evangelio en Acaya y demostrar por las Escrituras que Jesús era el Cristo. Tarea para la que lo que había logrado por sí mismo no era suficiente y que sólo pudo cumplir con el aporte de Priscila y Aquila. Lo que tenemos aquí es que la vida en comunidad, el cultivo de la comunión, la cercanía de los creyentes, resulta indispensable para la capacitación, el crecimiento integral del creyente y la realización de la tarea que se le encarga.

En el cultivo de la comunión del Cuerpo de Cristo, cuando los creyentes no solo están juntos, sino en relación vital unos con otros se cumple lo que la Biblia asegura: Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro. Efesios 4.16 NVI Quizá en la experiencia con Priscila y Aquila es que Apolos encuentra razón para exhortarnos a que no dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca. Hebreos 10.25

El testimonio de la Iglesia Primitiva se convierte en un poderoso llamado para que nosotros permanezcamos en la relación que nos permita superar nuestras deficiencias en el ánimo de que podamos cumplir con la tarea que a cada uno se ha encomendado. Pero, también es un poderoso llamado para que permanezcamos en tal calidad de comunión que resulte natural y confiable el que podamos tomar aparte a nuestros hermanos para contribuir a su crecimiento y perfeccionamiento. Haciéndolo así podemos asegurarnos que la cadena no habrá de romperse en el eslabón que somos cada uno de nosotros.

El crecimiento integral de la vida cristiana pasa por la asistencia comprometida –regular, implicada y entusiasta-, a las actividades regulares de la Iglesia. Pasa, también, por el cultivo proactivo e intencionado de las disciplinas espirituales: la oración, la lectura y estudio de la Biblia, la adoración y la mayordomía fiel. Y nada de esto puede hacerse de manera plena en la individualidad. Requerimos siempre de los nosotros, así como nuestros hermanos requieren de nosotros. Lo que a ellos les falta lo tenemos nosotros, lo que nosotros carecemos ellos pueden proporcionárnoslo.

Sí, que no se rompa la cadena en nosotros. La fortaleza y la utilidad del eslabón que representamos dependen de nosotros, es nuestra responsabilidad. Lo mejor es que, con la ayuda de Dios, podemos asegurar la fortaleza y continuidad de la cadena porque, en Cristo, somos más que vencedores.