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Ante las Masacres de Cd. Juárez y Tijuana

25 octubre, 2010

Esta mañana escuché el lamento dolorido del corazón de un pastor. Una conocida periodista entrevistaba al aire al sacerdote de la mayoría de los jovencitos asesinatos el sábado pasado en Ciudad Juárez, el padre Roberto Ramos. Ellos eran no sólo asiduos asistentes, sino gente comprometida en las tareas de evangelización y servicio a su comunidad religiosa. Es decir, los asesinados eran gente limpia, jóvenes que confiaban en el poder del evangelio para la transformación de sus vidas y las de otros jóvenes que, como ellos, enfrentan el cotidiano reto de elegir el bien entre tanta abundancia del mal como la que se da en esa ciudad fronteriza. Más allá de su ser católicos, eran hombres y mujeres, casi niños, a quienes su fe en Dios animaba y alentaba para ser luz en medio de las tinieblas.

Muy temprano, también, he tenido la oportunidad de ver algunas fotografías del centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, en el que apenas anoche fueron asesinados catorce hombres jóvenes que estaban luchando por salir de la drogadicción y recuperar la libertad de su alma. Me llama la atención que, en algunas de tales fotografías, destaque la razón social, el nombre, de la organización que patrocina el trabajo del albergue de referencia: El Camino, A.C. A todas luces, quienes se han comprometido en la tarea de ofrecer a drogadictos y alcohólicos, así como a sus familiares, una alternativa de vida, lo hacen animados por su fe en Jesucristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. De la misma manera que quienes, derrotados por el pecado y atraídos por la luz de Cristo, buscaron en el camino de la fe la salida de una manera de vivir que era más muerte que vida. Con muchas probabilidades, era una perspectiva evangélica-cristiana la que animaba a quienes ahora están muertos, a buscar en Dios la luz que iluminara sus respectivas vidas.

No sé ustedes, pero enterarme de cuestiones como estas me provoca, al igual que al sacerdote católico de referencia, dolor, ira y tristeza. Pareciera que estamos ante el fracaso de la fe, del poder del evangelio, del testimonio de la iglesia. Pareciera, también, que Dios se ha ido o que ha endurecido su corazón ante tanto dolor humano. Sin embargo, como el corazón dolido de ese pastor asegurara a la reportera esta mañana, ni la muerte de catorce jovencitos, ni las muchas otras expresiones de la violencia injusta que sufre nuestro País en particular, son la voluntad de Dios. Tanto dolor, tanta muerte, tanta pérdida, confusión y frustración, lastiman y ofenden también a Dios. Por eso, decía el párroco de la Iglesia del Señor de los Milagros, en medio de toda esta violencia y del dolor que la misma genera, podemos estar seguros que Dios está de nuestro lado.

Sí, podemos asegurar también nosotros, Dios está de nuestro lado, del lado de la justicia. La Biblia nos asegura que Dios se acuerda de los afligidos y no olvida sus lamentos; castiga a quienes les hacen violencia. Y, también asegura: Esto ha dicho el Señor: “A los pobres y débiles se les oprime y se les hace sufrir. Por eso voy ahora a levantarme, y les daré la ayuda que tanto anhelan.» Salmos 9.12; 12.5

Si esto es así, si las cosas que están sucediendo en nuestro país no sólo no son la voluntad de Dios, sino que al ir contra la misma provocan que Dios actúen en contra de los violentos y los corruptos e ineptos, ¿cuál es nuestro papel como comunidad cristiana?, ¿qué somos llamados a hacer ante la violencia que destruye miles de vidas (alrededor de 30,000 bajo la presente administración federal), y daña a miles más que enfrentan la orfandad, la ausencia de los hijos y hermanos, etc.? ¿Podemos quedarnos callados, acostumbrándonos a lo que sucede a nuestro alrededor, rogando porque a nosotros no nos suceda?

Desde luego que no. La Iglesia, la comunidad de creyentes que nos asumimos discípulos de Cristo, tenemos una doble obligación: primero, la de ser solidarios con aquellos que sufren la violencia injustamente. Es decir, hacer nuestra la causa de ellos y asumir su dolor y la injusticia que padecen como nuestra. Además, tenemos la obligación de la denuncia profética, tenemos que levantarnos y denunciar tanto la injusticia de la violencia asesina, como la injusticia de un sistema político, económico y social que permite y favorece el fortalecimiento del poder de los delincuentes.

Una vez debo denunciar, como muchos otros lo están haciendo también a riesgo de su propia seguridad, que la estrategia presidencial para contrarrestar a la delincuencia organizada ha fracasado. El empecinamiento del Presidente Calderón para ignorar las voces que alertan sobre la falta de atención a las causas sociales que favorecen a la delincuencia, no sólo es fanático sino también irresponsable. Reitero que es fácil ir por la vida ofreciendo la sangre de otros, cuando la propia se encuentra bajo seguro resguardo. Sobre todo, cuando mucha de la sangre que se derrama en una estrategia sin rumbo ni concierto, es sangre inocente y que no tiene a quienes reclamen por ella.

Los delincuentes, los asesinos, deben ser detenidos. La suya es una cruzada injusta y pecaminosa. Como destino sólo tienen el castigo de Dios y nosotros no podemos ni darles la razón, ni ponernos de su lado. Mucho menos, justificar lo que hacen. Nuestro deber cristiano incluye tanto el llamarlos al arrepentimiento, como denunciar como malas sus obras. En este sentido, la Iglesia de Cristo, debe estar al lado de las autoridades fieles que enfrentan con sabiduría, valor y sacrificio a los delincuentes.

Pero, nuestra tarea profética también incluye el denunciar que gobiernos que propician la pobreza de muchos para mantener el bienestar de los pocos, son igualmente contrarios a la voluntad de Dios y, por lo tanto, igualmente injustos y pecadores. El avance de la llamada delincuencia organizada no sería tal si no se contara con la complacencia y aún con la colusión de muchas autoridades. Por ello, no basta con que el Presidente denuncie que hay gobernadores y funcionarios que, como cantaba Pedro Infante, ante el avance de la delincuencia se agachan y hacen a un lado. Si lo sabe, si sabe quiénes son las autoridades que actúan a lo Pedro Infante, y cuenta con los elementos probatorios de su dicho, su deber es denunciarlas y perseguirlas con los recursos que la ley y su investidura le proveen y no seguir haciendo política con la aplicación de la justicia. Al igual que él, los muchos políticos, funcionarios, y hombres y mujeres de autoridad, que se llenan la boca insinuando la culpabilidad de otros, tienen la obligación de la congruencia para así contribuir a detener no sólo a los que matan con las armas a los inocentes, sino contra aquellos que con el hambre, la pobreza, la marginación y la explotación, atentan injustamente con la vida presente y futura de millones de mexicanos.

Como Iglesia, como comunidad de creyentes en Cristo, ya se trate de católicos o de cristianos-evangélicos, todos somos llamados a asumir como propia la responsabilidad de ser, efectivamente, luz y sal en este Mundo. Luz, porque guiamos, porque animamos con nuestro ejemplo a que todos sigamos las enseñanzas de Cristo. Como sal, porque contribuimos a detener, cuando menos a estorbar, el crecimiento de la injustica que se evidencia en la muerte, y la pérdida de la esperanza, de los inocentes. Como sucedió en Monterrey, también este fin de semana, somos llamados a comprometernos en la oración intercesora a favor de nuestro México. Pero, como Juan el Bautista, también somos llamados a pararnos en la plaza pública y denunciar a los poderosos recordándoles que no les es lícito hacer lo que están haciendo.

Como en otras ocasiones, conviene que un servidor asuma la total y exclusiva responsabilidad de lo aquí dicho. Sé que corro el riesgo de que mi voz sea apagada y lo asumo en la esperanza de que, si esto fuera así, Dios levantará a otros que denuncien la injustica y proclamen la llegada del año agradable del Señor. Es este el tiempo de llorar con los que lloran, de hacer nuestro el dolor de los que sufren, pero, también es el tiempo de proclamar con fe y compromiso santo la buena noticia de nuestro Señor Jesucristo, quien ha venido para que los hombres tengan vida y vida en abundancia.

Termino mis palabras en la confianza de que seguiremos caminando juntos. Y que, de no ser así, podremos decir como ese profeta de nuestros tiempos, el Pastor Juan Marcos Rivera, decía: ahí nos vemos, Jesús, por el camino.

A la Luz del Amor de Dios

6 septiembre, 2010

La semana pasada, Milca me comentaba que mientras que en el día podía sobrellevar con mayor fortaleza los malestares propios de la enfermedad que le aflige, durante las noches el dolor y la tribulación resultaban casi insoportables. Al escucharla y cuando, orando por ella, he recordado sus palabras y el tono de su voz, no he podido sustraerme a la convicción de que la noche, las noches de la vida, tienen un efecto multiplicador de las tribulaciones, los temores y la ansiedad de los humanos.

La Biblia, que en la traducción Reina-Valera 69 contiene la palabra noche en 345 versículos, asume la noche como un período asociado a la separación de Dios y a la muerte misma. Quizá por ello es que una de las más hermosas promesas del Apocalipsis, un libro de esperanza y regocijo espiritual, es, precisamente que, en la presencia eterna del Señor, no habrá más noche. Es decir, los redimidos nunca más volverán a estar separados de su Dios, ni habrán de enfrentar el temor de la muerte.

El temor de la muerte. Quizá sea este el elemento más distintivo, dramático y desgastante de las noches de nuestra vida. Recordemos esas muchas noches en las que, al lado de la cama del ser amado –ya en el hospital, ya en la casa misma-, la oscuridad de la noche, la soledad asociada a la misma y la impotencia resultantes nos hacen temer, con mayor intensidad que durante el día, lo que nos parece ser la inminencia de la muerte. O, recordemos nuestra propia experiencia, cuando estando enfermos nosotros mismos, o en medio de circunstancias de gran tribulación ante los conflictos personales o los de aquellos a los que amamos, tememos con mayor intensidad la cercanía de la muerte. No sólo porque tememos morir físicamente, sino porque nos sentimos alejados –hasta olvidados-, de Dios y llegamos a asumir que no hay lugar para la esperanza mientras las tinieblas sigan cubriendo el todo de nuestra vida.

En tales circunstancias anhelamos el resplandor de la luz del día, porque, nos parece, nuestros afanes son menores, o menos definitivos, cuando la luz trae seguridad, abre horizontes y nos permite tomar conciencia de la presencia de aquellos a los que amamos; siendo la de Dios la primera presencia que se hace evidente a la luz del día.

Siempre que leo el Salmo 130, me identifico bien con el Salmista. No hablaba de nadie más, sino de sí mismo, cuando aseguraba: Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Y, sin embargo, expresaba la que es la experiencia de muchas mujeres y de muchos hombres; quienes, en las noches de la vida anhelan la llegada del nuevo día.

Sí, cuando nos encontramos atrapados en las noches de la vida no hay anhelo más ferviente que el que la noche pase y llegue un nuevo día. Porque, si de nosotros dependiera, nuestra vida bien podría componerse sólo de días, porque ¿a quién le hacen falta las noches de la vida?

Sin embargo, la Biblia nos enseña algunas cosas acerca de la noche, mismas que conviene tener presente. En primer lugar, la Biblia nos enseña que la vida se compone de días y de noches. De luz y de sombras. De alegrías y de tristezas. Ni los días sustituyen a las noches, ni estas expulsan de la vida los tiempos de luz y de seguridad. La riqueza de la vida está, precisamente, en el equilibrio interior que la persona mantiene tanto en los días como en las noches de la vida. El ser humano es más que las circunstancias de la vida. Las trasciende, va más allá de ellas porque las vive a la luz de la eternidad y no sólo de lo inmediato.

Ello es posible porque, como lo enseña la Biblia, la noche y el día son lo mismo para Dios. El Salmista le dice a Dios: Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. ¿En qué sentido es que el día y la noche le dan lo mismo a Dios? Permítanme proponer que la declaración del Salmista (29.10), contiene la razón que buscamos. En efecto, el Salmista asegura: Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre. En los diluvios nada permanece, el agua arrastra con todo, según sabemos. Sin embargo, el Salmista nos recuerda que Jehová preside en el diluvio; es decir, que el Señor retiene su autoridad y poder aun en la circunstancia del diluvio. También nos recuerda que no lo mantiene de cualquier forma, por el contrario, David asegura que el Señor se sienta como rey para siempre. Es decir, en las noches de la vida, Dios sigue estando al frente de la misma y se mantiene firme. Firme en su poder, pero también firme en su compasión y en su compromiso para con nosotros, sus hijos, su pueblo.

Además de lo anterior, podemos trascender –ir más allá de nuestras noches y nuestros días-, porque Dios, a quien le da lo mismo la luz que las tinieblas-, ha prometido acompañarnos en las noches de nuestra vida. El Salmo 23, como sabemos, nos asegura que cuando andemos por valles de sombra de muerte, el Señor estará con nosotros. Me gusta más la traducción de Dios Habla Hoy: Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Aunque muchas veces nos parece, cuando atravesamos las noches de la vida, que Dios nos espera al otro lado de la oscuridad, al amparo de la luz; lo cierto es que Dios camina a nuestro lado en los más oscuros valles de nuestra existencia. Aunque no vemos su luz, esta sigue brillando y guiándonos. Aunque a veces no sintamos su presencia, él, nuestro amoroso Padre, no sólo nos acompañan, también nos sostiene y nos anima: vivifica nuestro cuerpo e infunde vigor a nuestra alma.

Finalmente, las noches de la vida no tienen el poder para definir lo que somos, lo que valemos y nuestro destino. Las noches de la vida: nuestras enfermedades, nuestros conflictos, aun nuestras derrotas, son meras circunstancias. Es decir, meros accidente de tiempo, lugar, modo, mismos que con la ayuda de Dios no solo superamos, sino de los que podemos levantarnos en victoria. San Pablo nos recuerda que: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

En los días y en las noches de la vida, los que hemos sido salvados por la sangre preciosa del Cordero de Dios, nos mantenemos unidos a él. Esta es nuestra victoria, este es nuestro triunfo. Nada puede separarnos del amor de Dios, nada. Ni la luz, ni las tinieblas. Ni lo que vivimos de día, ni lo que vivimos de noche. Porque el amor de Dios permanece, trasciende, a nuestras circunstancias.

A Milca, y a las milcas y los milcos que me escuchan, quiero decirles que Dios está con ustedes en todo tiempo y en todo lugar. También quiero animarles, exhortarles a que de día y de noche hagan su principal petición a Dios, la de su amor y su presencia consoladora. Más importante que la salud, que la tranquilidad y que la abundancia, es la realidad presente del amor divino. Sin este, la salud, la tranquilidad y la abundancia, nada son, para nada sirven. Pero, el amor de Dios es suficiente, es bastante para lo que necesitamos. Con frecuencia, cuando oro por quienes atraviesan los valles oscuros de la vida, lo hago pidiendo que el amor de Dios sea tan abundante y tan evidente, que la persona en necesidad no pueda ignorarlo. Así, podrá seguir adelante en medio de las tinieblas, mirando el rostro de Dios a la luz de la fe. Quiera el Señor amarte a ti de esta manera. Que el amor de Dios se haga tan evidente en tu vida que lo mismo te sean las tinieblas que la luz, para seguir confiando en la misericordia y provisión divinas. Sí, mi oración es que transites por las noches de la vida a la luz esplendorosa del amor de Dios.

La Fe y Nuestras Zonas de Confort

24 agosto, 2010

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.