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La Vejez y las Emociones

19 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Cuando las emociones gobiernan a la mente, difícil situación es la que enfrentamos. El término emoción, en su raíz, también significa mover. Así, si las emociones gobiernan nuestra mente, son ellas las que nos mueven, las que marcan nuestro camino, las que definen nuestra vida. Esto resulta todavía más interesante cuando descubrimos que el Diccionario de la Real Academia Española, define emoción como: [la] alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Es decir, el dominio de las emociones se traduce en una situación inestable, en la que de pronto estamos contentos y de pronto estamos tristes y que tiene como consecuencia ineludible un mayor deterioro de nuestra salud física.

Es la vejez una etapa en la que fácilmente caemos bajo el dominio de las emociones. Hay muchas razones para ello: nuestro propio deterioro físico, la soledad resultante del abandono –real o supuesto- de nuestros seres amados; sobre todo, razón fundamental de nuestra vulnerabilidad ante las emociones es, precisamente, el temor. Sí, la vejez se caracteriza, en no pocos casos, por ser una etapa llena de temores. Tememos aquello que nos resulta cotidiano. A veces no nos damos cuenta que tememos lo que será estar viejos, cuando ya lo estamos; o que tememos lo que será vivir enfermos, cuando ya lo estamos; o, vivir solos, cuando cada vez estamos más a solas con nosotros mismos. En no pocos casos, es el temor a enfrentar lo que ya es nuestra realidad, nos lleva a ese sube y baja de la alegría y de la tristeza, del sentirnos plenos, al sentirnos, literalmente, despojados por la vida.

Las emociones, ¿quién puede librarse del poder de ellas? Si toda la vida hemos estado bajo el dominio de nuestras emociones, ¿será posible que en la vejez podamos liberarnos del poder de las mismas? Lo primero que debemos decir es que nuestras emociones no son ni buenas, ni malas en sí mismas. Que no es bueno o malo tener tales o cuales emociones. Estas son, como la fiebre, meros indicadores de nuestro estado de ánimo y, sobre todo, de nuestro carácter. Es decir, de la manera en que hemos aprendido a enfrentar las diferentes circunstancias de nuestra vida. Diversos factores, tanto internos como externos a nosotros, determinan el tipo de emociones que experimentamos. No es lo mismo perder una moneda de cinco pesos, que cinco mil pesos. Tampoco nos emocionamos de manera igual cuando llegan nuestros hijos a vernos, la presencia de algunos nos alegra más que la de otros; en algunos casos, al verlos experimentamos tanto alegría como pesar. Sobre todo cuando en su rostro podemos adivinar pesares que no han sido superados.

Al repensar en la pregunta ¿quién puede librarse del poder de las emociones?, recuerdo a San Pablo. Como sabemos, el Apóstol tenía un conflicto que le hacía sentirse miserable. Sabía y quería hacer lo bueno, aunque terminaba haciendo lo malo. Alguna vez, pensando en tal situación, Pablo se dice: “miserable de mí, ¿quién podrá librarme de este cuerpo de muerte? Él mismo se responde: “gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro”. En las últimas dos palabras, el Apóstol nos da una clave sumamente interesante, primero, para comprender nuestra propia naturaleza y, después, para recuperar el hecho de que nosotros no somos siervos ni del pecado, ni del poder de las emociones, sino de Jesucristo. Es decir, que a nosotros, aún a nosotros los viejos, no nos domina nadie más sino nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué significa esto? Primero, significa que los ancianos pueden vivir libres de la culpa de la vejez. Sí, a los muchos sinsabores de la vejez, no pocos agregan el sentirse culpables por estar viejos. Se sienten culpables las mujeres que no tienen fuerzas para limpiar la casa, cocinar o remendar la ropa como lo hacían antes. Se sienten culpables los hombres que ya no tienen fuerzas para trabajar, que ya no pueden aportar dinero, que ya no pueden sostener a la esposa cuando esta, débil, llega a caerse. Se sienten culpables, hombres y mujeres, de estar en enfermos y tener que obligar a sus hijos a que les cuiden y atiendan. En no pocos casos, prefieren silenciar sus dolores físicos, ignorar sus necesidades, poner en riesgo su propia integridad física, porque no quieren dar molestias.

Que a los viejos que creen en él como Señor y Salvador, los domine Cristo, significa que pueden vivir libres de la necesidad de ser complacientes. En no pocas ocasiones he sido testigo y partícipe de la renuncia de no pocos ancianos a lo que les es propio, a lo que tienen derecho. He visto, literalmente, a ancianos privarse de un bocado apetitoso y que estaban disfrutando, cuando un hijo, un nieto, cualquiera, se los pide… con palabras o con los ojos. Conozco a ancianos que entregan los recursos que les resultan indispensables a otros: hijos, hijas, parientes, amistades, que llegan a reclamar en nombre del amor y los lazos que los unen. Sé de ancianos que renuncian a su paz, a la conservación de sus fuerzas, a su propia seguridad, cuando acceden a las exigencias que otros les imponen: el cuidado de los nietos; la realización de trabajos penosos y no acordes a su dignidad y condición; la vivienda misma, por la que trabajaron toda su vida y ahora les es arrebatada bajo el pretexto de que “la casa es muy grande para que vivas sola”. En no pocos casos, me consta, los ancianos entregan lo que se les pide porque piensan que a menos que se muestren complacientes serán menos apreciados, menos amados y menos apoyados.

Que Jesucristo sea el Señor de los ancianos, también significa que estos pueden vivir libres del temor. Primero, del temor a la muerte. La muerte es nuestro enemigo, vencido, sí, pero igualmente nuestro enemigo. Nadie aprende a morir, y aunque la vida y la muerte siempre van de la mano, esta siempre nos resulta extraña, desconocida, atemorizante. Para los creyentes, en particular para los ancianos creyentes en Cristo Jesús, la vejez es anuncio de la cercanía del momento glorioso del encuentro con su Señor y Salvador. No obstante ello, saber que hemos de morir no resulta menos difícil. La tensión entre estar con el Señor y seguir vivos, estando con los que amamos, es en no pocas ocasiones, desgastante y generadora de emociones encontradas.

¿Cómo es que Jesucristo obra en nuestro favor, liberándonos del poder de las emociones que nos llenan de culpa, nos tornan complacientes y generan tantos temores? Otra vez, la respuesta es simple. Dios, en Jesucristo ha desplazado el dominio de las emociones y nos ha dado un nuevo espíritu. Es decir, nos ha dado una nueva manera de pensar, una nueva manera de juzgar: a Dios mismo, a nosotros mismos, a los nuestros, a nuestras circunstancias. Este nuevo espíritu es uno de poder, de amor y de dominio propio. Aún en la vejez, podemos experimentar esta realidad de poder, de amor y de dominio propio. Ello porque tal espíritu nuevo no tiene que ver con nuestra condición o edad, sino con nuestra relación con el Señor de la vida: Jesucristo.

Quien está en relación con Jesucristo pronto descubre que es más que su propio cuerpo. Y que el que el cuerpo se acabe, que los años lo desgasten, no significa necesariamente que la persona misma se acaba, ni se desgasta. Pablo dice: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día”. No, en Cristo no estamos cada vez más viejos, estamos siendo renovados día a día. En Cristo. Por Cristo. Para Cristo.

Hay quienes quieren enseñarnos a morir, sobre todo si nos ven viejos, pero el secreto para vencer la muerte no está ni en aceptarla, ni en desearla, ni siquiera, en esperarla resignadamente. El secreto es simple: lo único que vence a la muerte es la vida. La muerte solo es vencida por la vida. Por Jesucristo que es camino, verdad y vida. Si la vejez es sinónimo de pérdida, si es camino a la muerte, la vejez con sus emociones, desgastes y pérdidas, también ha sido vencida. Es, pero no tiene el poder de determinar nuestro ser, ni nuestra esperanza, ni nuestra realidad eterna.

Tenemos que aprender a despojarnos para ir al encuentro de Cristo. Podemos dejar en él todo lo que nos hace ser, para ser, finalmente quienes él nos ha hecho: criaturas nuevas, imagen de Dios, sus hermanos, su Cuerpo. Esta noche, antes de dormir, nos quitaremos la ropa, los lentes y los dientes, algunos, una que otra prótesis. Conservar tales cosas nos priva del descanso. Este día, esta noche, siempre en el tiempo que nos queda en este mundo, debemos irnos despojando de aquello que ya no nos es propio, que no nos pertenece, que no nos hace. Podemos renunciar al embrujo de la salud, podemos enfrentar el peso de la soledad, podemos vivir con nuestras pérdidas.

¿Por qué podemos hacerlo? Porque la gracia divina nos es suficiente. Y esta permanece para siempre. A diferencia de nuestras emociones, que van y vienen, la paz de Dios gobierna nuestros corazones cuando renunciamos a todo, para ser llenos de Cristo. Hermanas, hermanos, la vejez solo es anticipo de eternidad. En ella, que es el anticipo del sueño del que despertaremos en la presencia del Señor, podemos decir, como niños confiados: “en paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado”. Amén.

Hablemos de la Generación Ni-Ni

19 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Recientemente se ha acuñado el término Generación Ni-Ni. Con este se pretende distinguir al creciente número de jóvenes, de entre 12 y 20 años, que ni estudian ni trabajan. En México, la media nacional de los jóvenes en tal situación es de 20%. Sin embargo, en algunas zonas urbanas este porcentaje aumenta hasta un 30% o más.

Por razones obvias, quienes forman parte de la Generación Ni-Ni se incorporan a la misma abandonando los estudios. Los porcentajes de alumnos que abandonan la secundaria y el bachillerato son sumamente preocupantes; alcanzan hasta un cuarenta por ciento. Sí, de cada cien alumnos que entran a secundaria, cuarenta o más no terminan el bachillerato. Desde luego, una de las causas principales para ello es el estado de crisis económica que vive nuestro país desde hace muchas décadas. Lo sorprendente es que, si bien el 22% de los que abandonan la escuela lo hacen por razones económicas, alrededor de un 34% lo hacen porque “no les gusta la escuela”. Es decir, por falta de interés de los mismos estudiantes y, obviamente, por la falta de interés de sus propias familias.

Debemos destacar esto último pues la Generación Ni-Ni no es un asunto exclusivo de los jóvenes. Sólo se explica en función de un modelo familiar que no porque está presente prácticamente en todo el mundo, resulta ser un modelo adecuado, funcional. Más bien, los jóvenes que forman la Generación Ni-Ni ponen en evidencia que sus modelos familiares no han resultado ser lo suficientemente funcionales para guiarlos en sus procesos de crecimiento y maduración integrales.

Así, al acercarnos a la consideración del problema que representa la Generación Ni-Ni, y los problemas y conflictos que quienes forman parte de la misma enfrentan, debemos, primero, asumir que se trata de un asunto de responsabilidad compartida. Sí, los jóvenes que abandonan la escuela, como los que permanecen en ella sin asumir el compromiso de su propia formación escolar, son responsables del fracaso presente y futuro resultante de sus malas decisiones. Pero, mucha responsabilidad tienen también sus padres, y los integrantes de su familia nuclear. A veces, cuando escucho el lamento de algunos padres por la “mala cabeza” de sus hijos, me preguntó si, a final de cuentas, sus hijos no están obedeciendo las instrucciones de fracaso que los mismos padres les dieron con su propia falta de responsabilidad paterna.

¿Cómo es que los padres instruimos a los hijos para que fracasen? Desde luego, son pocos los padres, aunque los hay, que de manera conciente e intencional entrenan a sus hijos para que fracasen. Más bien, esta enseñanza se da de manera natural, inconciente, sin palabras. Se trata de la manera en que los padres y la familia viven, se conducen y eligen los valores que han de regir el todo de su vida.

Como insistimos en los diversos talleres que damos, entre ellos el Taller de Identidad, hay una mezcla familiar, propia de las familias disfuncionales, que garantiza el que los hijos estén orientados al fracaso. Pocos hijos formados en medio de esta mezcla superan las fuerzas negativas a las que han sido sometidos desde pequeños. Si es cierto aquello de las maldiciones generacionales, creo que estas son fruto de la mezcla que aquí mencionamos. Esta mezcla se compone de tres elementos básicos: padres ausentes, madres frustradas e hijos confundidos.

Los padres ausentes son tanto los que abandonan a la familia yéndose del hogar, como los que permanecen en este pero no se comprometen ni en la formación, ni en el cuidado de los hijos. Desarrollan una relación intermitente con los hijos en la que pasan de la permisividad total al castigo irracional y violento. Los hijos, y las madres de estos, saben que no cuentan con su padre. Así que se sienten atraídos hacia él, al mismo tiempo que desarrollan un fuerte rechazo ante su irresponsabilidad.

Las madres frustradas son mujeres que han sido sobrecargadas con la responsabilidad familiar. Se sienten, y de hecho lo están, solas en la tarea de sacar adelante a la familia. No solo en lo que se refiere a las cuestiones económicas sino, sobre todo, en lo referente a la formación del carácter de los hijos, así como a la educación de los mismos. Se frustran porque el hombre al que amaron y con el que procrearon los hijos las ha abandonado. También se frustran las que la atención de los hijos que ha parido, tienen que agregar la tarea de formar al hijo de su suegra, el mismo al que en no pocas ocasiones tienen que tratar, tolerar y apoyar como si fuera su propio hijo. A la frustración resultante de su relación con el marido, estas mujeres suman la que resulta de ver tan pocos resultados de su trabajo y entrega a favor de sus hijos, teniendo ellas mismas tan pocos recursos para hacerlo. Así, hacen sin esperanza y se entregan cada vez con menor entusiasmo. Asumen que su propia vida no tiene sentido y se sienten incapaces y hasta inservibles en las tareas maternas.

Los hijos confundidos aman a sus padres al mismo tiempo que están resentidos con ellos. Les duele la ausencia del padre, la pasividad del mismo. También les duele la frustración y el dolor de sus madres, al mismo tiempo que se asumen culpables en alguna medida del fracaso de ellas. Quieren, necesitan, admirar a sus padres; buscan en ellos la seguridad y apoyo que les hace falta; esperan que los guíen, que les pongan límites comprendiendo sus capacidades y limitaciones. Al no obtener lo que esperan se confunden respecto de sí mismos, de su propia importancia y acerca de la conveniencia para salir adelante. Después de todo, asumen, la vida de sus padres es la profecía de lo que sus propias vidas habrán de ser.

Conviene entonces recordar que los padres son los cauces que conducen a sus hijos hasta el mar de la vida. Y que los hijos que carecen de cauces, como los ríos, se desbordan y agotan su potencial inútilmente y ocasionando dolor para sí mismos y para cuantos están y estén junto a ellos. Dado que lo que pasó, pasó y no podemos hacer nada con ello, conviene que los padres que tienen hijos que ni estudian ni trabajan, empiecen a hacer en su aquí y ahora lo que pueden hacer y es conveniente que hagan. ¿Qué es lo que pueden hacer? Hebreos nos recuerda que el padre que ama a su hijo lo disciplina, lo castiga.

Los padres pueden decidir, en el consejo de la Palabra de Dios, la oración y la consejería pastoral, un marco disciplinario para sus propias vidas y las de su familia. Aún aquellos padres de hijos mayores, pueden establecer pautas de comportamiento familiar. Cierto es que no podrán obligar a sus hijos a que hagan lo que ellos, como padres, consideran lo adecuado; pero sí podrán hacer y dejar de hacer lo que les corresponde. Por ejemplo, no podrán obligar al hijo o a la hija a que estudien o trabajen, pero sí podrán dejar de mantenerlos y proveerles lo que, en justicia, corresponde a los hijos proveer para sí mismos. Si Dios permite, pronto abundaremos sobre el tema.

Los jóvenes integrantes de la Generación Ni-Ni, deben considerar que son valiosos, que son capaces y que, con la ayuda de Dios, su vida puede ser plena y satisfactoria. Tienen que luchar contra sí mismos y contra las fuerzas que los controlan. Deben saber que están siendo víctimas del poder del diablo quien ha venido a sus vidas con el único propósito de robarlos, destruirlos y matarlos. En este sentido, los jóvenes que ni estudian ni trabajan, deben saber que ni siquiera el fracaso de sus padres tiene el poder para impedirles triunfar en la vida. Deben saber que, en Cristo pueden ser más que vencedores.

Desde luego, hay que pagar precios altos. Uno de ellos consiste en asumirse –reconocerse a sí mismos- como responsables de sus propias vidas. De lo que piensan, de lo que son y aún de lo que sienten. Dejar de acusar “a la vieja de mi madre”, al “tal por cual de mi padre, o del maestro o del jefe”, etc., de lo que son, hacen o dejan de ser o hacer. El primer paso hacia la libertad consiste en asumirnos responsables de nosotros mismos. A veces, para dar tal paso habremos de separarnos, y hasta alejarnos, de quienes nos ayudan a permanecer atados en una condición que no nos es propia. Más allá del dolor, las dificultades y aún la tristeza que padezcamos al hacerlo, podemos estar seguros que, a final de cuentas, valdrá la pena caminar en la dirección adecuada.

Dicen los que han estudiado el asunto que una de las razones principales por las que los jóvenes no se interesan ni en estudiar ni en trabajar, es la pérdida de la esperanza. En estricto sentido, dejan de tener fe: en ellos mismos, en sus padres y familias, en la sociedad, en Dios, etc. Y, ciertamente, hay muchas razones que justifican el no tener fe. Pero, no se puede hacer la vida sin fe, sin confianza, sin esperanza. Necesitamos fe para salir adelante: fe en nosotros mismos, fe en los nuestros, fe en la vida, sí, pero, sobre todo, fe en Dios.

Especialmente los jóvenes que han sido criados en los ambientes cristianos, a veces encuentran que la fe de sus padres no les resulta ni atractiva, ni útil. Y tienen razón. La fe no es una cuestión de herencia, de imitación. El sacerdote Gustavo Gutiérrez dijo que, en cuestiones de fe, cada quien tiene que beber en su propio pozo. Ello implica que cada quien tiene que cavar, excavar, hasta encontrarse personal e individualmente con Dios.

Dios te ama, joven que me escuchas. Él está de tu lado y su interés principal es que tengas una vida abundante, plena y trascendente. Puedes venir a él y ponerlo a prueba. Puedes establecer una relación personal con él y descubrir quién es él y cuáles son las bendiciones que de él resultan. Sobre todo, en tu relación con él encontrarás la razón, el sentido de tu vida. Sabrás a donde quieres llegar y descubrirás que, en su amor, él está dispuesto a proveer lo que necesites para ser mucho más que un ni-ni.

Sin conocerte, oro por ti. Y, si en algún momento consideras que sería bueno que platiquemos, escríbeme. Será bueno que podamos caminar juntos el difícil camino de la vida.

Evita que te Desprecien por ser Joven

12 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo”, le decía Pablo a Timoteo. Tal recomendación nos indica que el conflicto del menosprecio a los jóvenes, por su condición de tales, es más viejo que todos nosotros juntos. Cuando menos, desde hace dos mil años, los jóvenes enfrentan el reto de la desconfianza, las exigencias y el menosprecio de los mayores.

Para contextualizar, y entender mejor la recomendación paulina, debemos analizar algunos conceptos. El elemento clave es la palabra “joven”. Biológica y sicológicamente el término apropiado es adolescente. Este se refiere a la etapa de transición entre la niñez y la edad adulta. Generalmente se acepta que va de los 12 a los 20 años. A esta etapa la conocemos como la de la adolescencia. Adolescentia tiene dos sentidos, el negativo (ad dolescere), al que le falta mucho; y, en un sentido propositivo, el que está creciendo. Es esta una década de ajustes en las áreas de las relaciones heterosexuales, la orientación ocupacional, el desarrollo de los valores, el desarrollo de la responsabilidad personal, el rompimiento de los vínculos de dependencia emocional respecto de los padres.

De lo anterior podemos concluir algunas cuestiones básicas: la etapa de indefinición e inestabilidad emocional, afectiva y vocacional es del todo natural en toda persona. Pero se trata de una etapa limitada en el proceso del desarrollo de la identidad. Inicia al término de la infancia y da lugar a la edad adulta. De los 12 a los 20 años. Lo que es propio de la adolescencia, ni es propio de la infancia, como tampoco lo es de la edad adulta.

A veces vemos a niños que viven como adolescentes. Lo más grave son los adultos que viven como adolescentes. Uno de los problemas sociales más importantes de nuestros días es la llamada adolescencia prolongada. Fernández Enguita, dice “los jóvenes crecen actualmente sin un cometido, se están preparando para hacer algo hasta los 20 o los 30 años, por ello los deberes no surgen de manera espontánea y las familias no saben como inculcarlos”. Se trata, entonces, de que cada día es mayor el número de adultos que mantiene relaciones de codependencia con sus padres, propia de los adolescentes. Esta codependencia se caracteriza por el ejercicio de los derechos propios de los adultos y la negación de las responsabilidades propias de los mismos.

Desde luego, situaciones así son altamente conflictivas. Desde los padres, existe el malestar por la dependencia excesiva de sus hijos en cuestiones económicas, de disciplina, de compromiso y, sobre todo, de autonomía. Desde los hijos, existe el malestar por la intrusión de sus padres en la toma de decisiones, que se supone, son propias y exclusivas de cada persona. Se dan así relaciones de atracción y rechazo, de necesidad y hastío, de gratitud y molestia, de aceptación y menosprecio.

Tres son las principales causas de situaciones como esta:

  1. Padres sobreprotectores. Se trata de aquellos padres que ven en sus hijos el medio para realizarse a sí mismos; como de quienes niegan a sus hijos la capacidad para ser ellos mismos. Son los padres que por cuestiones de temor, ignorancia y necesidad de control, no dejan que sus hijos lleguen a ser quienes son. Los menosprecian, por eso los sobreprotegen y al proceder así, los incapacitan, los castran, impidiendo que maduren y que sean fructíferos.
  2. El temor a la competencia profesional/laboral. Especialmente en economías débiles, como la nuestra, salir de la protección del hogar acarrea una serie de temores que pueden incapacitar a las personas en su proceso de desarrollo integral. Sobre todo cuando la formación paterna (de padre y madre), se ha realizado bajo el principio de que los hijos no deben sufrir. No se les prepara, por lo tanto, para la lucha ni para que aprendan a enfrentar el dolor de la vida. Los hijos formados bajo tales premisas van por la vida siendo temerosos e incapaces de asumir los retos que les son propios.
  3. El no cumplimiento de los estándares de belleza. En su fragilidad emocional y ante la falta de desarrollo de su identidad, el joven no acepta su auto imagen al compararla con los estándares culturales de belleza. Ello le lleva a regresiones y/o a la prolongación inconciente de su propia infancia. Sus actitudes infantiles, tanto como su apariencia, le protegen de los peligros del crecimiento. Hasta hace poco tiempo se pensaba que los conflictos y traumas resultantes de la conciencia de fealdad, era propia, exclusiva de las mujeres. Sin embargo, es notorio que cada vez más son los jóvenes varones los que se sienten presionados para cumplir con ciertos cánones de belleza y armonía corporal. Ana Delia, mi esposa, no deja de sorprenderse ante el creciente número de jovencitos heterosexuales que cuidan de sus cejas con mayor esmero que muchas muchachas.

Cualquiera de las tres causas mencionadas y las muchas combinaciones de las mismas propician que los jóvenes se resistan a convertirse en adultos. El adulto que insiste en conducirse como joven provoca un menosprecio a su juventud. Este era el riesgo de Timoteo: se encontraba en una etapa de transición que resultaba atractiva y confortable. Me llama la atención que Pablo no exhorte a quienes están alrededor de Timoteo para que lo respeten en su condición de joven, lo cual parecería ser lo conducente. Pablo, por lo contrario, desplaza el eje de la responsabilidad a Timoteo mismo. Le dice: “Timoteo, tú eres responsable de que la gente no te menosprecie por ser joven”.

“Timoteo, usa tu molestia, tu coraje, para evitar el menosprecio por tu juventud”. El coraje puede agotarse en el berrinche, o puede dar lugar a las revoluciones[1], sociales y personales.

¿Cómo hacerlo? Desde luego, no haciendo berrinche porque no se le respeta. Convirtiéndose en un modelo, en un ejemplo. El problema de la adolescencia prolongada es que [en ella] no se apela ya al esfuerzo. El resultado es una educación permisiva que crea personas light, sin carácter y sin voluntad, no preparadas para la vida.

“Timoteo, esfuérzate y dale sentido a tu vida.” Modifica tu forma de hablar, de portarte. Ámate –acéptate a ti mismo y a los demás-, ten fe y mantente puro.

Cambiar la manera de hablar. “De la abundancia del corazón habla la boca”. No sólo se trata de hablar con propiedad, la forma, sino del contenido de nuestro hablar. Hablar con propósito, hablar con sentido. La PNL ha mostrado la estrecha interrelación existente entre lo que decimos, lo que somos y lo que hacemos. Un joven que hace suyas las letras de las canciones nihilistas[2], tipo Molotov, sólo podrá aspirar a una vida sin sentido. A esta exhortación paulina corresponde el crecimiento en fe y en pureza de vida consecuentes del hablar con sentido, honrando a Dios, a sí mismo y al prójimo.

Cambiar la manera del comportamiento. Esto corresponde al actuar como adulto, con derechos, sí, pero también con responsabilidades. “[La] adolescencia prolongada, cada vez más extendida, impide la madurez que se logra a partir de la emancipación[3]. Hay que salir del nido.” Asegura el pedagogo Gerardo Castillo de la Universidad de Navarra. Sí, hay que ser constantes y evitar la inestabilidad.

Cambiar la manera de amar. Jóvenes, empiecen a amarse a ustedes mismos. Mucha de su inseguridad personal que se manifiesta en los celos, las contiendas, la rebeldía que caracteriza su conducta, tiene como raíz la falta de amor a sí mismos. Del que no se aceptan a ustedes mismos porque su cuerpo, su condición socio-económica, su apariencia, no corresponden a los estándares de belleza y éxito que esta cultura –animada por los antivalores satánicos-, promueve como los únicos válidos.

Algo que la vida nos ha enseñado es que solo es posible respetar a quienes se respetan a sí mismos. Y, resulta difícil respetar –reconocer como igual-, a quien, siendo un adulto o un adolescente mayor, insiste en comportarse como niño. El que los demás le respeten a uno, deviene del respeto a sí mismo. Y este no se gana exigiéndolo, el respeto a sí mismo se ejerce, se practica, se vive. Mis Timoteos, eviten que los desprecien por ser jóvenes.


[1] Modificar profundamente. Cambiar modos de pensar o hacer.

[2] nihilismo. (Del lat. nihil, nada, e –ismo). 1. m. Negación de todo principio religioso, político y social. 2. m. Fil. Negación de toda creencia.

[3] emancipar. (Del lat. emancipāre). 1. tr. Libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre. U. t. c. prnl. 2. prnl. Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.