Archivo para septiembre 2016

Líbrame de mentirme a mí mismo

25 septiembre, 2016

Salmos 119.29 NTV

No hay nada que nos resulte más sencillo que mentirnos a nosotros mismos. Nos mentimos respecto de lo que somos y lo que no somos. De lo que hacemos y de lo que no hacemos. De las causas que explican nuestro aquí y ahora y acerca de la responsabilidad de las mismas. Mientras más tratamos de convencer a los demás de lo que no es, más expuestos estamos a caer en la trampa de nuestras propias mentiras. Desde luego, tenemos muchas razones para mentirnos a nosotros mismos. Propongo a ustedes tres de ellas, quizá las más comunes y las más comprensibles.

En primer lugar, nos mentimos a nosotros mismos por soberbia. Esta consiste en el aprecio que damos a nuestras propias capacidades -reales o supuestas- por sobre los otros y su propio conocimiento. Desde luego, la soberbia presupone la consideración de nosotros mismos como el punto de referencia que valida o invalida lo que es verdad, lo que es conveniente, lo que es lo apropiado. La soberbia no es sino la expresión de nuestra pretensión de ser como Dios, teniendo la capacidad para decidir por nosotros mismos el bien y el mal. Génesis 3.5 Cuando el resultado de nuestra decisión no es el que esperamos, insistimos en mentirnos a nosotros mismos justificando, racionalizando, la realidad de tal manera que encaje en nuestros supuestos.

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El riesgo de la fe: los pensamientos mágicos

18 septiembre, 2016

Conforme nos hacemos más viejos resulta que el conocimiento, es decir el ejercicio de nuestras facultades intelectuales y de pensamiento, va cediendo el paso a la importancia que damos a nuestra experiencia personal. Entendemos como experiencia personal todo aquello que hemos sentido o practicado. Así, conforme pasan los años cada vez estamos más convencidos de lo que sentimos, de lo que creemos, de lo que nos parece lo correcto, lo apropiado y lo oportuno.

Cuando sucede que lo que sentimos o lo que creemos entra en conflicto con la realidad, por ejemplo, cuando físicamente nos sentimos bien pero la lectura de nuestros signos vitales muestra que nuestra presión arterial es superior a los 100-160; o cuando insistimos en asumir como propias las responsabilidades económicas o familiares de nuestros hijos y descubrimos que cada día son más irresponsables y en consecuencia cada vez tenemos que dar o hacer más, generalmente optamos por privilegiar lo que sentimos o creemos por sobre lo que la realidad nos está mostrando.

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Lo que sí sé

11 septiembre, 2016

Juan 9.25 NTV

La historia que Juan nos relata sobre el ciego sanado por Jesús contiene todos los elementos que rodean eso que llamamos milagro[1]. Para empezar, la interrupción misteriosa de un hecho natural, la ceguera de aquel hombre. Los recursos utilizados por Jesús para sanarlo: saliva y lodo. La reacción de los fariseos, representantes en ese momento de los incrédulos por la razón que sea, y, finalmente, la ignorancia de unos y otros ante un hecho incuestionable, el que antes estaba ciego ahora podía ver.

Conviene aquí enfatizar que los milagros son hechos no explicables por las leyes naturales, lo cual no implica que no sean cosas que suceden. El conflicto de la ciencia, entonces, no tiene que ver con la realidad o no de tales hechos sino con la explicación posible de los mismos. Dado que la ciencia es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente, la misma resulta insuficiente para la comprensión cabal de los milagros dado que no puede comprobarlos experimentalmente. Es decir, no los puede recrear y, por lo tanto, no los puede comprender ni explicar satisfactoriamente con el recurso de las leyes naturales.

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