Lo que sí sé

Juan 9.25 NTV

La historia que Juan nos relata sobre el ciego sanado por Jesús contiene todos los elementos que rodean eso que llamamos milagro[1]. Para empezar, la interrupción misteriosa de un hecho natural, la ceguera de aquel hombre. Los recursos utilizados por Jesús para sanarlo: saliva y lodo. La reacción de los fariseos, representantes en ese momento de los incrédulos por la razón que sea, y, finalmente, la ignorancia de unos y otros ante un hecho incuestionable, el que antes estaba ciego ahora podía ver.

Conviene aquí enfatizar que los milagros son hechos no explicables por las leyes naturales, lo cual no implica que no sean cosas que suceden. El conflicto de la ciencia, entonces, no tiene que ver con la realidad o no de tales hechos sino con la explicación posible de los mismos. Dado que la ciencia es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente, la misma resulta insuficiente para la comprensión cabal de los milagros dado que no puede comprobarlos experimentalmente. Es decir, no los puede recrear y, por lo tanto, no los puede comprender ni explicar satisfactoriamente con el recurso de las leyes naturales.

No son los milagros los únicos fenómenos o hechos ante los cuales la ciencia ha enfrentado tal limitación. Tomemos por ejemplo al átomo. Los griegos, desde el Siglo V A.C., ya desarrollaron el concepto del átomo como la unidad indivisible de la que todas las cosas están hechas. Sin embargo, Demócrito, reconocido como el autor de la teoría del atomismo, recurrió a elementos filosóficos antes que científicos para sustentar su propuesta. No fue sino a partir del Siglo XVIII, cuando la teoría atómica empezó a ser sustentada científicamente. Cabría preguntarse si en el futuro el hombre podrá encontrar una explicación sustentada en la ciencia de aquello que ahora resulta inexplicable: los milagros.

En la Biblia los milagros no resultan de por sí extraordinarios dado que el autor de estos es Dios mismo. Es decir, si bien resultaría admirable (que es la raíz del término milagro), que un hombre fuese el autor de ellos, si Dios Todopoderoso los realiza se trata, entonces, en simples manifestaciones de su ser y de su poder. Es propio de Dios hacer aquello que para los hombres resulta extraordinario. Jesús así lo acredita diciendo: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Lucas 18.27 Por ello es que la significación de los milagros no reside en el hecho o resultado inmediato de los mismos sino en aquello hacia lo que apuntan. Es decir, en el contexto bíblico los milagros son señales que apuntan a un hecho, conocimiento o propósito superiores a los mismos.

En la cultura popular cristiana los milagros tienen como razón a aquel que los solicita o en quién se realizan. Se trata de la obtención de un don particular que se agota en el bienestar del beneficiario. Buscamos el milagro de la sanidad para ser sanados, el de la prosperidad para ser prósperos. Es decir, buscamos el milagro para resolver o mejorar nuestra condición actual. La razón del milagro somos nosotros.

Jesús estableció que los milagros son señales que acompañan a los que creen, es decir, son hechos que sustentan y consolidan el testimonio que se predica. Expulsar demonios; hablar en lenguas no conocidas por el hablante (glosolalia); inmunidad ante el veneno de las serpientes; y, la sanidad de los enfermos, todo ello son señales que confirman la validez de la palabra de los discípulos. Son hechos por medio de los cuales Dios autentica, acredita, tanto a los mensajeros como el mensaje que estos anuncian. Marcos 16.17, 18

Lo que en Marcos es una promesa en Hechos es una realidad: Por medio de los apóstoles se hacían muchas señales y milagros entre la gente. Hechos 5.12 Y, Pablo mismo da testimonio de que su predicación ha sido apoyada por el poder de señales y milagros y por el poder del Espíritu de Dios. Romanos 15.17ss

Si los milagros son señales, entonces debemos acercarnos a los mismos considerando lo siguiente:

  1. Los milagros responden al interés divino de revelar, confirmar o apoyar el anuncio del evangelio. Esto implica que es Dios quien toma la iniciativa o acepta o no acepta la solicitud de quien pide un milagro, en función del significado del mismo en el todo de su propósito. Creo que de ahí la insistencia de Jesús de que él sólo hacía lo que veía al Padre hacer. Juan 5.19
  2. La intención última de los milagros es que Dios sea glorificado: reconocido como Señor y obedecido en consecuencia. El milagro apunta hacia Dios: su propósito general y su intención particular para el beneficiado último. Juan 9.3 Este, por el milagro, es incorporado al quehacer divino convirtiéndose él mismo en una señal que da anuncia el propósito, el amor y el poder de Dios. El beneficio que recibe aquel en quien se realiza el milagro es sólo un beneficio colateral, dado que no se trata de un fin en sí mismo.
  3. El milagro obliga. Nuestra historia concluye con una nueva confrontación de Jesús con los fariseos. Pero, también se relata un hecho importante, la profesión de fe del hombre sanado milagrosamente. Creo, Señor, respondió cuando Jesús le preguntara: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Juan 9.35ss El milagro obliga a una redefinición de la relación de la persona con Dios, no sólo como hacedor de milagros, sino como el Señor del beneficiario. Así como para la realización del milagro se requiere de la sujeción de la naturaleza al señorío de Dios, así aquel en quien el milagro se realiza es llamado a permanecer bajo la gracia divina sirviendo a su Señor.

Los milagros nos enfrentan a la incertidumbre acerca del cómo de los hechos que los componen. Pero, el discernimiento de la fe nos capacita para comprender claramente el quién y el para qué de tales hechos. Lo que sí sabemos, como el hombre de nuestro relato es que es Dios quien decide realizarlo o acepta nuestra solicitud de hacerlo. Y tanto su decisión como su aceptación implican el para qué del milagro decidido u otorgado. Al pedir contraemos el compromiso de convertirnos en colaboradores con Dios para el cumplimiento último de su propósito. Así que esto nos anima a pedir como conviene. Romanos 8.23; Santiago 4.3 Porque sabemos que al pedir como conviene nos estamos sintonizando con Dios en cuanto a su propósito y quehacer y que él ha prometido que todo lo que pidiéramos en su nombre (que esté bajo su voluntad y autoridad), nos será concedido. Juan 14.13, 14

 

[1] Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino.

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