Archivo para enero 2014

Todo lo que Hagan o Digan

19 enero, 2014

Colosenses 3.16 y 17; Juan 15.1 y 2

Hemos dicho que nuestro primer pensamiento gobernante consiste en asumir que hemos sido llamados a santidad. Desde luego, santidad es sinónimo de pureza moral. Sin embargo, propongo a ustedes que esta resulta irrelevante y hasta estéril cuando desconocemos que santidad es, ante todo, consagración. Esta significa, como hemos dicho, esa disposición a entregar el todo de nuestra vida al Señor. Vive consagradamente quien vive su vida con propósito, quien está lleno del propósito de hacer todo para el Señor. Colosenses 3.17

A quienes les resulta agresiva la idea de vivir para Dios, conviene recordarles que la Biblia dice que todo lo que tenemos: la vida misma, los recursos, las capacidades, los medios, etc., proviene de Dios. Santiago 1.16 y 17 Pablo nos recuerda que los recibimos como dones y que estos responden a dos razones: el amor del Señor que explica que recibamos aquello que no merecemos, y el interés del Señor de bendecir a otros al través de nuestra ministración. 1 Corintios 12. ; 1 Pedro 4.10 La Biblia nos enseña, también, que aunque Dios ha delegado en nosotros la administración de tales dones, él sigue siendo el Señor, dueño, de los mismos. Por ello es que el Señor participa activamente en nuestro quehacer cotidiano. Lo hace, podando cuando lo que hacemos lo hacemos en conformidad con su propósito. Esta poda consiste en el hecho de que él quita aquello que puede estorbarnos, facilitando la realización de nuestra tarea, capacitándonos y empoderándonos, abriendo espacios de oportunidad cada vez más significativos y poderosos. Pero, también, participa cortando las ramas que no dan fruto. Esto no significa literalmente que él nos separe de su Cuerpo, la Iglesia, sino que nos quita la autoridad, el poder hacer, con los dones y las oportunidades que los mismos representan para entregárselos a otros que sí cumplan el propósito divino. Juan 15.1 y 2; Mateo 21.43

(más…)

Que se porten como deben hacerlo

12 enero, 2014

Efesios 4.1

En Cristo, nosotros, los cristianos, somos diferentes. Diferentes a como éramos nosotros mismos antes de Cristo y, desde luego, diferentes a quienes no sirven a Cristo. La Biblia enseña que hemos renacido, es decir, que hemos sido creados de nuevo y, por lo tanto, no sólo somos creaturas nuevas (2 Co 5.17), sino que tenemos una nueva manera de pensar (2 Ti 1.7). Esta nueva manera de pensar tiene que ver con el propósito que da sentido a nuestra vida. Requiere de una constante renovación del espíritu de nuestra mente, de la manera en que juzgamos todas las cosas (Ef 4.23), así como de una forma de vida que tiene como característica principal el llamamiento que hemos de parte del Señor. En esencia, lo que nos hace diferentes es que hemos sido llamados por Dios para que seamos su pueblo.

Ser el pueblo de Dios es una cuestión privilegiada que garantiza la disposición de los recursos necesarios para vivir una vida equilibrada, plena y fructífera. En la historia del pueblo de Israel encontramos, una y otra vez, promesas de bendición que abarcaban el todo de la vida de los israelitas. Desde luego, una relación privilegiada con Dios, pero también bendiciones de prosperidad personal, familiar y como nación. Sin embargo, al acercarnos a la historia sagrada descubrimos que Israel fue incapaz de alcanzar la plenitud de las promesas recibidas. En consecuencia, no sirvió para el propósito divino y tampoco fue el instrumento para que Dios bendijera a las naciones todas. La razón última de tal fracaso fue la falta de integridad del pueblo de Dios.

(más…)