Que se porten como deben hacerlo

Efesios 4.1

En Cristo, nosotros, los cristianos, somos diferentes. Diferentes a como éramos nosotros mismos antes de Cristo y, desde luego, diferentes a quienes no sirven a Cristo. La Biblia enseña que hemos renacido, es decir, que hemos sido creados de nuevo y, por lo tanto, no sólo somos creaturas nuevas (2 Co 5.17), sino que tenemos una nueva manera de pensar (2 Ti 1.7). Esta nueva manera de pensar tiene que ver con el propósito que da sentido a nuestra vida. Requiere de una constante renovación del espíritu de nuestra mente, de la manera en que juzgamos todas las cosas (Ef 4.23), así como de una forma de vida que tiene como característica principal el llamamiento que hemos de parte del Señor. En esencia, lo que nos hace diferentes es que hemos sido llamados por Dios para que seamos su pueblo.

Ser el pueblo de Dios es una cuestión privilegiada que garantiza la disposición de los recursos necesarios para vivir una vida equilibrada, plena y fructífera. En la historia del pueblo de Israel encontramos, una y otra vez, promesas de bendición que abarcaban el todo de la vida de los israelitas. Desde luego, una relación privilegiada con Dios, pero también bendiciones de prosperidad personal, familiar y como nación. Sin embargo, al acercarnos a la historia sagrada descubrimos que Israel fue incapaz de alcanzar la plenitud de las promesas recibidas. En consecuencia, no sirvió para el propósito divino y tampoco fue el instrumento para que Dios bendijera a las naciones todas. La razón última de tal fracaso fue la falta de integridad del pueblo de Dios.

Íntegro es la persona que no carece de ninguna de sus partes, aquella que está completa. Nosotros, dice la Biblia, hemos sido justificados por Dios (Ro 5.1). Es decir, en Cristo tenemos todo lo que necesitamos para honrar a Dios en todo lo que hacemos y, en consecuencia, para gozar de una vida bendecida y fructífera. Sin embargo, contar con tales recursos no es suficiente, se requiere, además, de la renovación constante del propósito de vivir de acuerdo con lo que somos y con el llamamiento recibido. Esto representa, en consecuencia, la disposición para pagar el precio, aceptar el sufrimiento y sufrir las consecuencias de una vida santa, antes de esperar y exigir el cumplimiento de las bendiciones recibidas.

Tal el caso de los jóvenes hebreos, quienes ante la amenaza de ser quemados en el horno de fuego si no adoraban la estatua construida por Nabucodonosor, dijeron: Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos es capaz de salvarnos. Él nos rescatará de su poder, su Majestad; pero aunque no lo hiciera, deseamos dejar en claro ante usted que jamás serviremos a sus dioses ni rendiremos culto a la estatua de oro que usted ha levantado. (Dn 3.17, 18) Estos jóvenes añadieron a los recursos que su comunión con Dios les proporcionaba, la disposición de vivir de manera digna, propia de su condición de hijos de Dios. Así, se convierten en modelo de integridad para nosotros.

Debo proponer a ustedes que asumamos, hagamos nuestro, el llamado paulino que dar razón a nuestra meditación. Que nos portemos como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios. Somos diferentes, somos iglesia. Por lo tanto, debemos vivir la cotidianidad de la vida de manera diferente. Nuestros valores no pueden ser los valores de los que no conocen a Cristo. Nuestra conducta tiene que ser diferente, tanto en lo que nosotros iniciamos como en aquello en que nos vemos obligados a responder. Sobre todo, nuestra diferencia debe hacerse manifiesta en el propósito que da razón a lo que somos y hacemos con y de nuestra vida.

Con tal propósito, quiero proponer a ustedes tres pensamientos gobernantes como cauces de vida para nosotros. Desde luego, esta propuesta parte del supuesto de que en Cristo hemos recibido todo lo necesario para vivir en novedad de Vida; y sin desconocer que vivir de acuerdo con tales pensamientos gobernantes, representa costos altos que debemos estar dispuestos a pagar.

Somos llamados a santidad. La santidad es condición ineludible para que gocemos de la comunión con Dios y alcancemos las promesas recibidas. No en balde la Biblia nos advierte: Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor. (Heb 12.14) Como sabemos, santidad es separación para Dios, es decir, vivir para Dios. Hacer sagrada nuestra vida. Vivir no para nosotros, sino para Dios, procurando agradarle en todo y honrarlo en todo. Preguntándonos, no si tenemos o no el derecho de hacerlo, si nos atrae hacerlo, etc., sino si al hacerlo agradamos y honramos al Señor. En consecuencia, santidad se refiere al estado que es propio de aquel que vive para Dios. Un estado de pureza moral y ética que facilite el que, libres de las ataduras del pecado, podamos portarnos como deben hacerlo los que son llamados por Dios.

Somos llamados a hacer discípulos. La tarea más importante encargada a la iglesia es la de hacer discípulos. (Mt 28.19) Esta se compone de dos partes, la primera es la que llamamos la evangelización. El que seamos portadores de las buenas nuevas de salvación, del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Esta tarea requiere tanto de la proclamación, del anuncio, de la buena noticia, como del ejemplo que nuestra vida da cuando vivimos a la manera de Cristo. Pero, también requiere de la formación del carácter de Cristo en aquellos a los que hemos evangelizado. Se trata de que nos multipliquemos en ellos, enseñándoles a vivir la forma de vida que Cristo ha establecido como buena.

Que sea esta nuestra tarea principal significa que debemos vivir de tal manera que todo lo que hagamos tenga como razón inicial y propósito final el que podamos cumplir con la misma. No se trata de salirnos del mundo, ni de dejar de ejercer nuestra vocación. Se trata de que enfoquemos el todo de nuestra cotidianidad a hacer discípulos. Somos agentes de cambio, llamados a impactar la vida de las personas tanto en lo individual como colectivamente.

Somos llamados a servir. Cada día se hace más y más evidente que, como congregación, somos una comunidad privilegiada. Gozamos de muchos dones, de muchas bendiciones espirituales y materiales. Aún somos privilegiados cuando podemos enfrentar las adversidades con recursos que muchos otros, ante situaciones similares, no cuentan. Ello, desafortunadamente, ha inoculado nuestra manera de pensar con dos elementos peligrosos. Primero, desarrollamos el sentido de derecho. Asumimos que si nosotros tenemos es porque es nuestro derecho tenerlo. Porque nos esforzamos, porque somos inteligentes, etc. Segundo, desarrollamos el sentido de exclusividad. Nos consideramos únicos, solos y terminamos distanciándonos de aquellos a los que no consideramos iguales a nosotros.

Pero, no somos dueños de lo que tenemos y todo aquello que gozamos lo hemos recibido por gracia, inmerecidamente. (Stg 1.17) Nosotros sólo somos administradores de los bienes que tenemos y somos llamados a compartirlos con nuestros semejantes. Somos llamados a encarnarnos, a hacernos uno con aquellos menos privilegiados. Somos una comunidad de amor, llamada a amar como Dios nos ama. Y, no debemos olvidarlo: Mas Dios muestra su amor para con nosotros,  en que siendo aún pecadores,  Cristo murió por nosotros. (Ro 5.8) Ello implica que debemos ser proactivos en nuestro servicio. Asumir que es propio de nuestra condición atender a las personas en lo individual, pero, también, convertirnos en actores sociales que contribuyan a la transformación de nuestra sociedad toda.

Obviamente, aquí sólo estoy enunciando los pensamientos gobernantes que orientarán y darán sentido a los énfasis y actividades que, con la ayuda y la dirección de Dios, habremos de realizar como congregación. Conviene, entonces, terminar esta reflexión animándonos mutuamente al amor y a las buenas obras. (Heb 10.24) Quiero invitarlos a que reconsagremos nuestra vida al Señor. A que nos hagamos el propósito de vivir como deben hacerlo aquellos que son llamados por Dios. A que, abundando en la gracia y la confianza que de ella resulta, estemos dispuestos a renovar nuestro propósito y paguemos el precio de nuestra santidad. No olvidemos que si vivimos o si morimos, somos del Señor. Porque, sea que vivíamos o que muramos, del Señor somos. (Ro 14.8)

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