Archivo para julio 2009

La Fe que Resiste la Prueba

29 julio, 2009

En los tiempos de crisis resulta más difícil creer en Dios. No pareciera que él escucha, ni que se interesa; es más, a veces hasta pareciera que él no puede hacer nada para cambiar las circunstancias que se enfrentan. Pero, en los tiempos de crisis urge poder creer en Dios. Después de todo, él es la esperanza última, el recurso extremo con el que se cuenta para no ser arrastrado por las olas de la desventura. En su primera Carta, el Apóstol Pedro no le saca la vuelta a la cuestión del sufrimiento de los creyentes. La enfrenta y asume, pero, además, ofrece el recurso invaluable con el que puede enfrentarse la desesperanza, el dolor y la confusión. Se trata de la fe. Y, asegura Pedro, la calidad de nuestra fe “ha de ser probada por medio del fuego”. Conviene aquí recordar que la fe bíblica es certidumbre y convicción de lo que no se ve.

Ello implica un par de cuestiones. La primera, que quien tiene fe es el que ve más allá del momento y la circunstancia presente. Se trata de quien no permite verse avasallado por la realidad presente, sino que confiado en Dios y su Palabra, está dispuesto a creer que lo que vive es apenas un breve momento de prueba que, con la ayuda de Dios, podrá ser superado y dejado atrás. La segunda cuestión tiene que ver con el hecho de que quien ve más allá y cree en la Palabra de Dios, se esfuerza por alcanzar lo que espera. La fe, entonces, implica también el esfuerzo y la perseverancia. La lucha, la pelea, contra las circunstancias adversas que amenazan la integridad presente y futura del creyente.

Desde luego, la fe tiene una dimensión primaria de individualidad. Cada uno es responsable de su fe. Pero, la fe del uno puede contagiar y animar la fe del otro. Generando así un principio de solidaridad que permite, al compartir lo que se es y tiene, animar la construcción solidaria de un presente y futuro mejores. Si bien a veces resulta difícil creer en Dios, lo cierto es que a él no le detiene nuestra incredulidad. Por lo tanto, él sigue siendo quien es y sigue haciendo a nuestro favor lo que ha prometido hacer.

Los Ancianos en Tiempos de Pobreza

27 julio, 2009

Los informes sobre la situación de pobreza que enfrenta nuestro País no pueden ser tomados a la ligera. Pobreza es mucho más que una palabra, es una realidad lacerante que atenta contra la dignidad y la integridad de millones de nuestros compatriotas. Que más de dieciocho millones de mexicanos no tengan lo suficiente para comer cada día y que casi cincuenta millones  además de no tener para comer, tampoco puedan satisfacer sus necesidades mínimas son hechos que cuestionan el todo de nuestro sistema social, político y económico. Cuestiona, también, el papel que las iglesias jugamos dentro del quehacer nacional. Sobre todo, en lo que se refiere a la responsabilidad profética que hemos omitido y que nos ha llevado a guardar silencio ante el fortalecimiento de un sistema injusto que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos.

Uno de los sectores más afectados por la crisis que enfrentamos los mexicanos es el de los ancianos. El número de estos sigue creciendo día a día, al grado de que las personas mayores de sesenta años ya casi suman los ocho millones en México. De estos, solo el treinta por ciento cuenta con algún tipo de pensión y quienes, como en la Ciudad de México, reciben un subsidio gubernamental encuentran que el mismo no les es suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. Ochocientos pesos al mes representan apenas poco más de veintiséis pesos diarios, demasiado poco cuando los precios van constantemente a la alza. Además, a la pobreza los ancianos tienen que sumar la carencia de servicios médicos adecuados; el abandono y el maltrato creciente de sus familiares, mismo que provoca que día a día sea mayor el número de ancianos que eligen vivir solos, al grado de que estos ya representan el 30% del total de los adultos mayores en México; y, lamentablemente enfrentan también, la marginación y hasta el olvido de los pastores y miembros de las iglesias de las que forman parte.

Desde luego, son muchas las tareas pendientes para la atención adecuada y digna de nuestros ancianos. Hay cuestiones estructurales qué atender y que tienen que ver con el modelo económico, el establecimiento de políticas sociales, etc. Pero, al mismo tiempo, hay otras tareas que deben y pueden ser asumidas en el aquí y el ahora. Si bien es cierto que las tareas asistenciales no transforman la realidad en que el anciano vive, también lo es el que, en muchos casos, la ayuda solidaria en dinero, especie, servicios, etc., viene a resolver en el corto plazo necesidades que no pueden esperar para ser atendidas.

Las familias de los ancianos son, desde luego, las que tienen la responsabilidad primaria de atender a los suyos. Honrar a los padres es un mandamiento divino, no una elección ni, mucho menos, una cuestión a discutir. La honra incluye tanto el trato digno y respetuoso, como la provisión y el cuidado que les son propios a nuestros viejos. Aún las familias pobres deben y pueden ver por sus ancianos. Deben compartir con ellos, de manera privilegiada, sus escasos recursos, así como investigar cuáles son las alternativas gubernamentales y de asistencia privada con las que pueden contar para la atención de los mismos.

La iglesia, el Cuerpo de Cristo, es la institución que después de la familia tiene el deber y la oportunidad de servir a la Gente Grande. La iglesia puede y tiene que acercar a Cristo a la Gente Grande que está en necesidad. No solo con cuestiones asistenciales: dándoles de comer, beber y vestir, según aconseja Santiago. La iglesia también puede tomar y animar alternativas de apoyo radicales para acompañarles en su vida cotidiana; contribuir al mantenimiento y mejora de sus viviendas; y, sobre todo, consolándolos con la consolación que los miembros más jóvenes de la iglesia han sido consolados.

A los ancianos que me escuchan quiero decirles que estos son tiempos de fe y de fidelidad. De fe, porque son tiempos en los que debemos abundar en nuestra confianza en Dios. Nuestro Señor Jesús, que nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicción, también nos llamó a confiar en él quien ha vencido al mundo. Él ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por ello, en nuestros días y situaciones difíciles podemos y debemos confiar en él. Además, estos son tiempos de fidelidad, de perseverancia en nuestro propósito de honrar y glorificar a Dios. Esto, en situaciones de crisis económica, implica, desde luego, el cumplimiento de nuestras obligaciones de fe, diezmar y ofrendar. Pero, sobre todo, tiene que ver con la sabia y correcta administración de los recursos económicos y materiales que hemos recibido de Dios. En la correcta mayordomía de nuestra vida y recursos encontraremos la evidencia de la gracia suficiente. No solo de la provisión divina, sino de la capacidad para enfrentar en esperanza y con gozo los retos que la realidad nos impone cada día.

Dejar, Unir

25 julio, 2009

Génesis 2.22-25

En la boda de Adriana y Milton

Dicen que cada nuevo matrimonio es una oportunidad que Dios se da a sí mismo para recuperarse del fracaso de Adán y Eva. No sé si ello será cierto, lo que sí sé es que cada nuevo matrimonio representa la oportunidad de empezar una nueva forma de vida. Oportunidad que da a los casados el espacio para descubrir lo mejor (y lo peor), de sí mismos, sabiendo que son ellos quienes irán creando el camino para su plena realización con personas y como pareja.

El camino a la plenitud matrimonial pasa por dos condiciones: hay que dejar y hay que unir. Muchos matrimonios se han quedado a la mitad del camino porque no han dejado y no han unido. Y es que el cumplimiento de ambas condiciones resulta esencial, costoso, sí, pero siempre gratificante. Dejar y unir, como una semilla llena de vida, siempre darán como fruto “una nueva carne”, es decir, la formación de esa persona a la que llamamos “pareja”.

Todos los novios, cuando se preparan para ir a la que será su “nidito de amor”, descubren que hay que dejar cosas, costumbres y relaciones. Aún los que reciben al cónyuge en su propia casa, tienen que escoger, separar y deshacerse también de cosas, costumbres y relaciones. Lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que habrá de venir en el día a día del nuevo matrimonio. Conciente e inconcientemente se tendrá que ir dejando lo que no es propio de la nueva relación.

Dejar Padre y Madre

La figura bíblica que se refiere a dejar “padre y madre” es por demás reveladora. Lo primero que implica es que los que se casan salen, deben hacerlo, de la cobertura parental. Se trata, por lo tanto, de una emancipación plena. Me gusta la segunda acepción del término emancipar: “Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia”. Para ser una nueva persona, para ser pareja, los casados deben estar libres de cualquier sometimiento o reconocimiento a un poder familiar superior.

Para los casados esto significa el asumir plenamente la responsabilidad de sí mismos. Hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones, así como del costo de las mismas. Deben asumirse otros, respecto de sus padres, hermanos y demás familiares. Esto tiene que ver con el establecimiento de prioridades, así como la reelaboración de los roles personales los que tienen que ver con la relación con sus familias parentales. Para los nuevos esposos, el uno y el otro son y están antes que sus padres y demás parientes. Aunque persiste su condición de hijos y hermanos, esta se reestructura y queda subordinada a los intereses, las prioridades y las responsabilidades propias de la relación de esposos. Tarea difícil esta.

Desde luego, tarea difícil para los esposos. En particular para quienes llegan al matrimonio trayendo hijos, y hasta nietos, de pasadas relaciones. También a estos hay que dejar, en el sentido bíblico de la expresión, para asumir como primera y principal relación la que les une a su pareja.

Pero, también, tarea difícil para las familias parentales. Para que los nuevos esposos puedan dejar, se requiere que los padres, hermanos y demás parientes, estén dispuestos a dejarlos ir. Antes decía que lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que ha de venir. Después de treinta años de casar parejas, conozco bien de los conflictos intrafamiliares por cuestiones tales como si hay o no recepción de bodas, por el monto de los gastos nupciales, por a quién se invita y a quién no, etc. Estas y otras muchas cuestiones solo evidencian la necesidad conciente e inconciente de los padres, hermanos, abuelos, tíos, etc., de mantener bajo la cobertura familiar a los que se están yendo. Y son, también, anuncio de lo que puede venir si unos y otros no se deciden a irse y a dejar ir. El matrimonio es asunto de los dos que se casan. Ellos marcan rumbo, establecen tiempos y prioridades y pagan, siempre, el precio de sus decisiones.

Así que, a los novios les digo: “paguen el precio de ser ustedes mismos, dejen y váyanse”. A los familiares les recomiendo: “dejen ir a sus hijos, hermanos, padres, etc.”, el camino por el que habrán de andar es de ellos y a ellos toca el decidir a dónde, cuándo, cómo y con quiénes habrán de transitarlo. Que los novios se vayan y que los suyos los dejen ir es una expresión sublime del amor. Porque no se van porque dejen de amar a los suyos, ni los dejamos ir porque ya no los queramos. No, se van y los dejamos para que ellos y nosotros podamos descubrir y transitar nuevos caminos de amor.

Llegarán a Ser como Una Sola Persona

Las últimas palabras de nuestra lectura bíblica, NVI las traduce así: “Y los dos se funden en un nuevo ser”. Dejar padre y madre para llegar a ser uno solo, sin dejar de ser uno mismo. En tal propósito, ser como una sola persona, existe la tensión del “ya y todavía no”. En cierta manera, los nuevos esposos ya son una nueva persona, por eso son un matrimonio, una pareja. Pero, al mismo tiempo, no lo son sino que están en dirección de serlo. Por eso es que he utilizado el término “camino” como sinónimo de la relación matrimonial. Camino es la “tierra hollada por donde se transita habitualmente” y “vía que se construye para transitar”.

El matrimonio es tierra que hay que transitar habitualmente. También es una vía que nos lleva al propósito de terminar siendo uno solo. Tres son las etapas de este hollar la tierra que convertimos en vía: el deseo, los sueños y el propósito. La etapa del deseo es emocionante y candente; llena de romanticismo y pasión. Sin embargo, no garantiza el que la pareja se funda en un nuevo ser. Tampoco la etapa de los sueños, cuando la pasión se agota, cuando las emociones disminuyen, soñamos con lo que fue y con lo que nos gustaría que fuera. Pero, como los sueños, sueños son, poco sirven para hacer de la pareja un solo ser. La unión de la pareja pasa necesariamente por el compromiso. Es decir, por la obligación contraída con uno mismo y con el otro. La obligación que se mantiene pese a las dificultades, pese a los desánimos, pese a las decepciones.

Quien empieza un camino sabe que lo que valida la experiencia no es el iniciarlo, sino el llegar al final previsto. Pero, son muchas las parejas que dejaron el camino cuando dejó de haber razón para el compromiso. Hablar de esto así y en las circunstancias sociales que nos envuelven puede resultar incómodo y, para algunos, hasta obsoleto. Pero, quiero creer que quienes se casan quieren alcanzar el propósito de llegar a ser una sola persona. Que no se unen para fracasar, sino para trascender. Que más interesados están en el fin del asunto, que en estos emocionantes momentos del principio del mismo.

A quienes ya han hollado tierras de otros caminos, debo advertir que en su actual caminar habrán de encontrar paisajes que les recordarán viejos caminos. Y que, por momentos les parecerá que están allá y no aquí. Y, quizá, se vean animados a renunciar al viaje que han emprendido. Yo les animo a que se propongan alcanzar la meta, que luchen contra todo lo que pretenda echarlos fuera del camino. Que, contra toda desesperanza, mantengan la esperanza. Que perseveren y que no desistan a menos que permanecer en este camino atente contra su propia dignidad y valía.

Los caminos largos nos hacen viajar de noche, entre las tinieblas. Los que se casan habrán de encontrar valles de sombra y de muerte. Pero no estarán solos cuando enfrentan tales realidades. El que consagren su matrimonio a Dios les garantiza la presencia divina a lo largo de su caminar. La gracia, el amor y la guía divinos son, han sido y serán la razón que les sostiene, les consuela y les dirige.

Salir al camino del matrimonio sin la presencia de Dios no es un acto de valor y autosuficiencia, es, cuando menos, un acto irresponsable. Todos los matrimonios necesitamos de la gracia divina. Del regalo incondicional que Dios nos da de la salvación en Cristo. San Pablo aseguro que, por gracia, Dios nos ha dado un espíritu, una manera de pensar, que se distingue por el amor, el poder para ser dignos en cualquier circunstancia y el dominio propio que nos permite prevalecer aún ante la inmadurez del otro. Necesitamos también del amor que escucha, comprende y acompaña en las más diversas circunstancias a las que el matrimonio nos lleva. Y, desde luego, necesitamos de la guianza divina. Si el matrimonio es camino que no conocemos, hay uno que ya nos espera al final del mismo: nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Él puede decirnos por donde, cuando y como ser y hacer matrimonio. Cuando no sabemos, él sabe y cuando no podemos, él puede.

En Cristo, quienes se casan, pueden alcanzar las metas que se han propuesto. Pueden disfrutar el placer de caminar juntos por caminos desconocidos. Es más, en Cristo, quienes se casan pueden encontrar la libertad para ser totalmente ellos y totalmente uno. Porque en Cristo, no solo el inicio es bueno, el final lo es mejor.